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martes. 16.08.2022

Dices tú de raíces…

En mi pueblo es muy frecuente tomar una palabra o una expresión para dar un giro a la conversación y llevarla...

En mi pueblo es muy frecuente tomar una palabra o una expresión para dar un giro a la conversación y llevarla donde realmente se desea. La finta verbal arranca con un dices tú… y, a continuación, se introduce lo que realmente importa. Es un recurso lingüístico justificado por la oratoria para coger el rábano por las hojas, para que ya que el Pisuerga pasa por Valladolid… digo que quiero aprovechar la coyuntura para referirme a la cuestión de si son brotes o son raíces las cosas que se ven en torno nuestro.

Para los más inquietos y expectantes, para aquellos que anden muy preocupados por la cuestión de la economía a la que se refería el presidente del gobierno, desde aquí ya le digo que ni una cosa ni la otra, en términos económicos lo que le ocurre a España es que le han injertado una parte que parece totalmente incompatible con el organismo primero, de modo que ni hay brotes ni hay raíces, sólo el torpe y cotidiano retorcimiento de las cuerdas que sujetan el injerto y que ya yugulan lo poco que queda del árbol original.

Pero, dices tú de raíces… Esto es algo serio, porque si sobrevivimos al caso en que nos han metido éstos, la cuestión de afianzar las raíces va ser muy importante. Pero no las raíces que empujan décima arriba o abajo el indicador del PIB o los datos empleo estival, me refiero a las raíces poderosas que hacen que una sociedad se sostenga sobre su propia base, sobre el ramaje que sus decisiones ha ido generando, digna y erguida sabedora de que los vientos pueden moverla, pero no derrumbarla. Esas raíces son sociales, no estrictamente económicas. Y por tanto afectan a la esencia constitutiva de la sociedad, en nuestro caso del modelo social democrático.

Y en ese contexto en España de momento no se ven más que brotes verdes, muy verdes en los días festivos en que se pasean vírgenes y concejales por calles y plazas. Porque este país ha incorporado elementos formales de la democracia, como las elecciones, los partidos, el entramado institucional de representación, los tribunales, etc. Ha puesto en pie un edificio formalmente democrático, de fachada, por fuera, pero carente de cimientos, desraizado. Se vislumbran brotes democráticos pero no sus raíces. Por eso es insostenible, por eso a la menor contrariedad se bloquea, no se sabe cómo atender a las solicitudes coherentes de partes de su ciudadanía, sea en lo que se refiere a la recomposición de la soberanía, la distribución igualitaria de esfuerzos y recursos,  la redefinición territorial o el mecanismo de control de la gestión de las instituciones. Para eso este país no tiene respuesta, porque dicha respuesta sólo puede salir de un único lugar: la autonomía integral de los individuos sin verse acosados ni por el orden ni por la costumbre. Actuar con sabiduría y con decencia en este tipo de situaciones requiere algo más que el reconocimiento formal de hallarnos en el seno de una sociedad democrática  y en un estado de derecho, requiere el respeto máximo a las decisiones que los ciudadanos puedan tomar respecto de sí mismo y de sus vecinos, requiere la interiorización de todos de que por encima de la voluntad de los ciudadano no hay nada, solo el acuerdo y el consenso a través de la fórmula que éstos, los ciudadanos, sean capaces de poner en marcha, por novedosas, disidentes, alternativas e incluso caprichosas que en un primer momento puedan parecer sus voluntades.

En este terreno es en el que debemos esforzarnos en echar raíces. España, desafortunadamente, ha gozado de escasos periodos de vida democrática. Y esos cortos años han estado siempre contaminados de un mal nocivo para las raíces democráticas, presente también hoy: La sacralización del statu quo. Que no es sino una operación destinada a magnificar las señas de identidad del poder y mantener a sangre y fuego el respeto por el mismo, como si éste fuese el fin. En el modelo democrático español lo que prima es significar claramente el poder, siempre alejado de los ciudadanos, y completar un mecanismo de acceso al mismo restringido, ajeno por supuesto a las posibilidades de los ciudadanos en cuanto tales, sin sed de poder. La monarquía es el icono de esta forma de entender la organización social democrática en la que la figura de máxima relevancia nos está vetada,  no somos ni podemos ser reyes. Por ende nos somos siquiera ciudadanos.

Y se no nos nota, no nos tienen en cuenta, nos humillan y nos extorsionan y hay formas conservadoras de hacer política que ahondan esta relación inversa entre poderes y ciudadanos. Pero afortunadamente despiertan movimientos que antes de dotarse de estructura, programa, cuadros, ideario, etc. defienden echar raíces ciudadanas, conquistar el derecho a que la sociedad se organice en torno y sobre la soberanía del individuo. Él y su responsabilidad son la única cosa sagrada de este mundo. No más justificaciones de legalidad dudosa, no más cesiones temporales de la soberanía, ni interpretaciones parciales sobre las formas en la que puede o no puede expresarse la voluntad ciudadana organizada. Y desde luego no más chantajes, ni de las fuerza del orden, ni de la hacienda, ni de los mercados.

Dices tú de raíces…