domingo 31.05.2020

Como cuchillo en mantequilla

Resulta curioso y esperanzador que en Europa, el país de la mantequilla, Holanda, haya frenado de momento la incisión fácil del cuchillo

Lo más llamativo de la involución que arrasa el mundo, lo que me alucina (que dice mi sobrino) del éxito del autoritarismo en todo el planeta es la facilidad con que ideas atrabiliarias e incoherentes se han abierto paso, como cuchillo en mantequilla. Una facilidad que levanta dudas sobre la capacidad que tiene la democracia para impedir y combatir la barbarie.

Del movimiento autoritario se destacan la estupidez y la brutalidad de los botarates que encarnan sus propuestas y llevan la voz cantante en sus respectivos países. Erdogan, Putin, Trump, Netanyahu, Urban y unos cuantos más surgen aparentemente como anomalías del sistema democrático y generan alarma cuando, ya tarde, se desvela su ataque a los fundamentos de la civilidad del propio sistema. La escasa calidad humana de los personajes que ponen cara al autoritarismo no me parece lo más significativo. No me llama la atención.

Sus ataques a los medios de comunicación, que no aplaudo, tampoco me parecen determinantes, no me parece extraordinariamente llamativo. Es sintomático, pero digamos que me siento habituado a esta modalidad de interferencia. Constato sin más que la tendencia a la creación de monopolios en la economía se  ha trasladado a la acción política siguiendo la misma estrategia de dominio: comprar o primar medios seleccionados y hundir todo lo demás al precio que sea necesario, incluidas notas de asociaciones profesionales que actúan como lobby de la intransigencia. Es la forma habitual de capturar y mantener cautivo un mercado, que ahora se transfiere a la acción política.

No me resulta particularmente llamativo su desprecio por todo aquello que queda fuera de su foco, que es tanto como decir fuera de su control. Si no estás conmigo estás contra mí es más que una frase, es un hecho arquitectónico de su proyecto. La devoción que requiere seguir al líder autoritario se desmorona con la simple existencia de actos de rebeldía, aunque solo fueran de pensamiento y opinión.  La exigida devoción exclusiva convierte a la disidencia social y política en una auténtica hostilidad y por ello no me extraña nada en absoluto su obsesión enfermiza por lo que consideran enemigos. Matar, encarcelar, envenenar, despedir o ningunear son prácticas que no refuerzan al sujeto autoritario, simplemente machacan con toda la saña posible  al inconforme. Infligir sufrimiento y provocar terror es una regla de oro del sentimiento autoritario.

A estas evidencias se pueden sumar otras que el lector tiene en mente y que tampoco me resultan llamativas en sí mismas porque no son sino expresiones del autoritarismo de libro: la perversión del lenguaje que encubre como aceptable aquello que es a todas luces incorrecto, la acentuación de la inquina sobre los elementos más débiles para reforzar a bajo coste la idea de autoridad del ejecutor, o el abandono de estrategias de acción social para centrarse en movimientos tácticos que cultivan exclusivamente el propio proceso de consolidación de la autoridad.

No, todo ello me parece denunciable pero no me resulta llamativo. Son prácticas que han desempolvado muchos de los renovadores líderes autoritarios del planeta que ya practicaban Mugabe o Hussein de manera magistral hace años.  Pero mientras éstos últimos ejercían su particular modo de violencia contra unas sociedades inermes frente a la brutalidad del autócrata,  las zonas desarrolladas del planeta se consideraban blindadas ante el capricho de potenciales plutócratas, especialmente las democracias avanzadas.

Y tal presunción se ha venido abajo y es lo que me resulta verdaderamente llamativo: la escasa capacidad de resistencia que las democracias avanzadas tienen para enfrentarse al demonio interno del autoritarismo ramplón  que no ha necesitado más que dos ideas para capitalizar la decepción que la actualidad causa: ¡quieren lo tuyo, esos, los de fuera!  Entrégame tu alma y déjame las manos libres para defenderte.  

Para construir un muro vergonzoso, para recuperar el esplendor imperial zarista o para dar la estabilidad gubernativa que los mercados nos requieren, ven a mí, tapona tus dudas morales, olvida tus valores y tus logros culturales. Y ha funcionado, el discurso ha calado con la suavidad con la que el cuchillo penetra la mantequilla! Ya lo denunció Dalton Trumbo ante el Macarthysmo  “la cultura americana se traiciona a sí misma para mantener sus piscinas particulares”.    

No obstante, resulta curioso y esperanzador que en Europa, el país de la mantequilla, Holanda, haya frenado de momento la incisión fácil del cuchillo.

Como cuchillo en mantequilla