viernes 23/10/20

Ciudadanos: la transición por fin acabada

La transición generó un modelo político imperfecto y desequilibrado porque debían gestionarse las expectativas que movilizaron a la base obrera y obrerista de la sociedad, con las seguridades de inviolabilidad y amnistía que las elites franquistas demandaban. De modo que tuvo que provocarse por un lado la ficción de que España se convertía en una democracia profunda, así, surgida de un chasquido de dedos, como si no fuera necesario el alcanzarla por medios propios y con los esfuerzos requeridos (recordemos que el dictador murió en la cama) y por otro garantizar que el relevo en el poder formal no iba a suponer ataque al poder real.

Y bajo este par de fuerzas nace y se desarrolla un modelo que, aunque se le pueden reconocer algunos logros, no ha dejado de hacer aguas debido a sus deficiencias de diseño en el origen, entre las que cabe destacar la falta de proporcionalidad entre la representación del votante y su radicación, con distritos electorales virados para dar “estabilidad al sistema”, las interferencias entre los poderes legislativos y judiciales arbitrados desde el poder ejecutivo, la jefatura del estado otorgada a un sujeto “irreprochable y campechano” y un código penal trazado con escuadra y cartabón para perseguir la disidencia. Ejemplar, vamos.

Pero todo sueño tiene un despertar y éste ha llegado en forma de burla al estado de derecho por parte de quienes pueden torcerle el brazo con sentencias ridículas y aplicaciones excepcionales de artículos para todo tipo de ocasión, sea el 135, el 155 o lo que venga. Un mal sueño, pero nada comparado con despertar habiendo perdido tus derechos sociales, laborales o de expresión, y hasta la pensión. Despertar en medio de esta pesadilla pone de un humor de perros que nadie sabe cómo puede acabar, de las huidas al patriotismo filofascista y xenófobo o a recuperar la calle, todo puede ocurrir.

Inestabilidad es lo que se percibe, aunque algunos lo llaman fin del bipartidismo. Inestabilidad que pone de los nervios a los poderosos  porque son conscientes de que ellos pueden perder más (dado que son los que más tienen. Corrijo, son los que tienen). Y así como el desencanto de la sociedad expoliada reaccionó con formas espontaneas de reivindicación en el 15M, las PAH y la acción social solidaria de tantas organizaciones y plataformas, la oficina de estrategias del poder establecido pone sus máquinas a funcionar y deciden que el Partido Popular ya no es de ayuda, está infiltrado de gorrones de nuevo y antiguo cuño, demasiados exfranquistas sociológicos y demasiados chorizos de por libre. Fue bueno mientras duró, pero entramos en una nueva fase que debería devolver España a su estado de auténtica bonanza: el desarrollismo de los años 70: esa mezcla de elitismo puritano, ilustración técnica y boato que son la base de la memoria de los poderosos que nacieron y se inculturaron en esa mezcolanza de dinero, autoridad y garantía de futuro.

La primer versión, la que capitanearon los López (Bravo, de Letona y Rodó) no culminó su proyecto histórico porque dependía en exceso de hechos coyunturales, el apoyo del dictador  y el desarrollo del contexto internacional que entonces implicaba el alineamiento en el bando ganador de la guerra fría. Anticomunismo, catolicismo y mercado se unificaban para impulsar el desarrollismo como forma de distanciamiento de la impudicia de la dictadura vía progreso. El lema era algo así como: calla, olvida y sueña con un futuro repleto de seat 600. Y según todos los indicios, la cosa funcionaba  hasta que llego la muerte del dictador y hubo de restablecerse un modelo de legitimación diferente. Qué se lleva ahora, democracia, pues democracia entonces, pero bajo control, por dios, sin desordenes.

El resto es historia contemporánea que deberían conocer todos los españoles. Algunos no la han olvidado en absoluto y desencantados con el devenir de acontecimientos poco manejables como la evolución de las reivindicaciones territoriales que ellos llaman atentados contra la unidad de mercado, miran por el retrovisor para ver ese tiempo pasado que fue mejor, con una España centralizada. Y ¿a quién ven ahí, quién el artífice de la recentralización que recupere el sinsentido perdido en estos 40 años de jueguecitos autonómicos? pues a Rivera, un joven envidia de toda suegra como lo fue Letona en su día por su gallardía, un intrigante pragmático como fue Bravo y un sibilino y escurridizo lleno de ambiciones como fue Rodó.

Y van todos ellos y coligen en su círculo para el progreso, por qué no formar un consejo de ministros para este adalid del desarrollismo moderno, como ya hizo en su día el dictador con los Lópeces. Si no sabe qué es progreso, no importa ya se lo haremos saber, a ver Garicano explícaselo al chaval.

Y Ciudadanos vio la luz, mientras los plutócratas se miran y dicen ahora sí, al tiempo que se abanican con las hojas en las que se imprimen los resultados de la demoscopia connivente.

Ciudadanos: la transición por fin acabada