lunes 01.06.2020

La ciencia empieza a chirular

El conocimiento es un compendio de datos, verdad y belleza, cuya aplicación práctica tiende al bien y a la bondad

Puede que uno de los mensajes más claros emitidos por este nuevo gobierno es el que relaciona la ciencia con el impulso social que provoca. Una narrativa de apoyo condicionada exclusivamente por las prescripciones impuestas en los PGE sustituye a ese balbuceo, esa desidia cuando no inquina, que contra la ciencia han lanzado los distintos gobiernos del partido popular. La ciencia, al menos a nivel declarativo, vuelve a la primera línea de las políticas de fondo. Que así sea por muchos años. 

Y precisamente porque la ciencia y su entramado de Investigación y Desarrollo (I+D) se encuentran prácticamente en la casilla de salida, me parece oportuno traer algunas reflexiones que nunca han sido muy tenidas en cuenta, ni en los momentos álgidos con el gobierno de Zapatero, y que suponen otros tantos puntos de apoyo para la evolución y el progreso social vía ciencia y conocimiento. Desde luego que reconozco que lo prioritario es recomponer la muy dañada estructura de la ciencia. Recuperar la actividad de tantos centros públicos de investigación y tantas agencias y universidades que junto a sus investigadores han tenido que echar el cierre. Eso es prioritario y no puede haber dudas. Sin centros de investigación, sin redes de comunicación del saber y sin las personas que en ello se dejan la piel, no hay nada que hacer.

Pero, vuelvo a ese espacio no muy atendido y que bajo mi punto de vista aporta (ría) claves de éxito en la ciencia española. Por alejarnos del vulgarismo chirular de la cabecera, lo podríamos denominar intangibles endógenos que permiten ventajas competitivas para la ciencia en nuestro país. Y esos factores endógenos, sobre los que se aúpan las distintas propuestas en cada país, en el nuestro tienen que ver con los factores creativos, artísticos y culturales. Trataré de explicarme. Cada región del mundo se halla envuelta en un continuum histórico que le da forma. La ciencia es desde luego un instrumento de cambio, pero de cambio respecto de una realidad dada. La ciencia y sus aplicaciones no se polarizan por la invención en sí misma, sino por el descubrimiento de nuevos hallazgos y la reordenación de lo recientemente conocido que aporta utilidades a corto o largo plazo. En esto toda ciencia tiene un comportamiento homogéneo, se produzca donde se produzca. Lo que cambia es el escenario, la orientación del avance del conocimiento, los factores con los que el investigador cuenta para proyectar su inclinación por descubrir nuevas verdades o revisar las aceptadas. La tradición científica y la existencia de centros contrastados son un activo inmenso. Disponer de reservas de capital, ni te digo.

En España, desafortunadamente no andamos holgados ni de lo uno ni de lo otro, en lo básico, nuestro escenario es pobre. En cambio disponemos de un enorme filón del que podemos extraer lo que nos falta, o compensar al menos nuestras deficiencias: la creatividad. En el arte, la cultura y el patrimonio tenemos energía acumulada que puede liberarse para “fuelizar” el proceso de desarrollo de la ciencia y la innovación tecnológica. España es un país reconocido por sus artistas y sus creadores, traigamos pues sus hallazgos al fomento del desarrollo de una sociedad basada en el conocimiento y ajena a la vida mistificada por la ideología y la religión.

El conocimiento es un compendio de datos, verdad y belleza, cuya aplicación práctica tiende al bien y a la bondad. Podría ser definido como un instrumento armónico. Desde luego que hay aplicaciones perversas de los hallazgos de la ciencia, pero analizados con detalle, suelen ser distorsiones de la armonía  inicial del proyecto ciencia. Por tanto el dominio de la armonía me parece un requerimiento de primer grado en la apuesta de la ciencia. Afortunadamente somos muchos quienes pensamos y actuamos en consecuencia, y cada día crece nuestra visión.

Y ¿qué hay más armonioso que el producto del arte y de la cultura? Muy pocas cosas, tan pocas que en algunas regiones de mundo, escasas en producción artística, han debido incorporar al currículo formativo de las ciencias principios básicos del arte como la composición, la diferenciación (colores, formas, escalas de sonidos, etc), la representación, las relaciones de proporcionalidad, el lenguaje abstracto, y un largo etcétera de habilidades calificantes.

La creatividad se puede aprender e incorporar al bagaje personal, pero según creo no tiene el mismo efecto que el haber sido educado y, desde la más tierna infancia, mezclado con ella, paseando y jugando en las proximidades de la colegiata de Toro, del acueducto de Segovia, el pórtico de la Gloria o de la Mezquita de Córdoba (no puedo seguir porque España es el tercer país del mundo con  mayor número de monumentos protegidos por Unesco) escuchando a Falla, a Lorca, a Agapito Marazuela y a Cernuda y bailando al son de jotas, sardanas y tarantos. Hasta jugando al futbol se le nota a España cierto gusto por lo creativo. No es lo mismo aprender que integrar. La armonía constituye al espíritu investigador no al revés.

El activismo del ministro Duque es innegable y la emoción que despierta en la comunidad científica también lo es. Componen un par de fuerzas que posibilitan el estado de optimismo actual que está trasmitiéndose a borbotones. Desde aquí quiero hacer una llamada para que en estos momentos de  animoso reinicio, no nos concentremos exclusivamente en lo que resulta inmediato y olvidar lo que es importante. Es deber de toda la comunidad científica y política saber aprovechar en estos momentos la extraordinaria herencia recibida, la única en la que nos distinguimos y que puede hacer que de verdad la ciencia chirule en nuestro país para siempre jamás.

La ciencia empieza a chirular