miércoles 21/10/20

Capillitas

Capillitas es el  nombre que se da, sobre todo en Andalucía, a esa gente rancia que pasa el día entre la mohosa sacristía y los cientos de altarcitos que pueblan los rincones más insospechados de plazas públicas y patios particulares, como digo mayoritariamente en el Sur.

Pero el capillita no es un ser estrictamente meridional, su presencia se extiende por toda la geografía y, como decía Forges, es fauna ibérica sin peligro de extinción. Como en el caso de los virus de impactante actualidad, el capillismo no es muy contagioso, pero su letalidad, su capacidad de provocar daño es muy alta. 

El capillita vive una vida ritualizada en la que los grandes momentos litúrgicos van acompañados de cientos de gestos menores todos ellos dominados por el mismo hilo conductor: no pensar, tan solo creer. Por eso el capillita es tan reacio a la lectura (excepto textos sacralizados o prensa ecuménica), la ciencia o el debate con el gentil, con quien no comparte los ritos de acción, omisión y pensamiento. El capillita está dominado por la emoción religiosa que le habilita tanto para el consumo ideologizado privado como para el odio indiscriminado contra terceros. Como el resto de los entes biológicos, cuando el capillita llega a la edad madura ya no tiene más misión en la vida que la de reproducirse y, a diferencia de otros seres, su esfuerzo reproductivo supera el mandato de la naturaleza de esparcir su genes y se centra en difundir sus creencias. La actitud religiosa se transforma en activismo político y se embarca en un intento de influir en el desarrollo social desde esa tesitura en la que la creencia está por encima de la evidencia. El capillita se convierte en fanático, a estas alturas de la involución, la oración y el incienso resulta soso y aspira a más. No es ambición, es designio divino.

En la conciencia inexacta del capillita, la creencia puede chocar con evidencias irrefutables. Para este choque el fanático está preparado ¿Vas a creer a dios o a tus ojos? Porque si vas a creer a tu ojo, potencialmente pecador, mejor arráncatelo. Así es que dicho y hecho, si lo que rodea al capillita es una realidad hostil, pues se relé. Dispone de una realidad alternativa que diría Bannon, el profeta lego del evangelismo mesiánico americano. No es tan complicado como se desprende de la reconfiguración de los hechos que tanto en Cataluña como en Madrid ha realizado un guardia civil muy sintonizado con uno de los grupos religiosos más combativos de los últimos años, el Opus, que en tiempos de Fernández  Díaz consiguió que se conociera al suyo como monasterio del interior, con sus ángeles custodios reguladores del tráfico y todo.

En España conocemos muy bien este proceso de injerencia eclesial en los asuntos públicos, del cura Merino abanderado del absolutismo retrógrado al nacional catolicismo y su ristra de exclusividades en materia educativa o de producción cultural, podemos decir que aquí la iglesia ha sentado cátedra. Pero no es un fenómeno estrictamente español. Distintas iglesias y distintas representaciones del pensamiento religioso se encuentran tras Netanyahu en el Israel aupado por los ultraortodoxos emboscados en el Likud. El evangelismo redentorista ha encontrado en Bolsonaro y Pence sus mejores peones para ocupar parcelas duras de poder. Modi se apoya en un hinduismo alejado del humanismo de Gandhi. En el mundo árabe la influencia en el poder político del islamismo llega a cotas de elevada sofisticación y las distintas interpretaciones del Corán imponen regímenes políticos adecuados a cada una de ellas.

Tras muchos de los actores autoritarios o neoabsolutistas de nuestros días, se encuentra el flujo del pensamiento religioso. No detrás de todos, Trump o Duterte son comerciales que venden lo que sea necesario, biblias o coranes incluidos. Otros como Orban o Johnson son monaguillos entregados a jugar el juego de los mayores. Pero si, el pensamiento religioso se ha convertido en una aspereza en el mundo del siglo XXI difícil de suavizar porque ha encontrado en el capillita su factor reactivo, el hacedor de sus durezas.

Éste ha pasado hibernando mucho tiempo, dejando en manos de la cúpula el peso de su enorme misión. La curia y la jerarquía se entienden con el poder, nosotros a lo nuestro, nuestra hermandad, nuestro salto de la verja, una confirmación por aquí un bautizo por allá. Pero la organización les ha llamado a filas, no en su condición de feligrés, sino en su condición de ciudadano. Como miembro de la iglesia no te necesito de eso ya me encargo yo les dice el prócer, lo que quiero es hacer valer tu condición de ciudadano que puede exigir y ejercer su derecho de expresión, no importa si es para expresar odio, mentira y resentimiento.

Los representantes del pensamiento religioso, perdida la batalla de la verdad entablada contra la ciencia y la cultura en siglos pasados, se traviste con ropas de ciudadano de pleno derecho en forma de capillita, cayetano o alférez de complemento que reclaman derechos que combaten. Desean ser oídos en público para, acto seguido, rectificar en confesión.

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