lunes 01.06.2020

Autoritarismo piramidal

La insoportable expansión del autoritarismo por el planeta es un hecho incontrovertible. Mandarines, mandamases y mandahuevos se extienden por la geografía global. Y lo hacen a un ritmo geométrico, esto es que surgen más candidatos a mandar que ciudadanos predispuestos al seguimiento ciego. El fenómeno de la emergencia de líderes autoritarios flotando en sociedades no predispuestas a la servidumbre remueve el interés de politólogos, sociólogos, periodistas y políticos de todo tipo.

Entre ellos se da una interpretación común que explica la cuestión según un patrón que liga la subida del autoritarismo con el declive de la clase media y los procesos de desequilibrio y desigualdad rampante provocados por el capitalismo sin complejos de este tercer milenio. La conjunción del neoliberalismo irresponsable con las formas culposas de la codicia global, explicarían el advenimiento de tanto facha suelto por el mundo aspirando a ordenarlo.

Y no seré yo quien discrepe del grueso de esa interpretación. Me parece que quienes la defienden se hallan en lo cierto sustancialmente, la codicia (individual) y la desregulación (estructural) son las fuerzas que han aupado al movimiento autoritario al lugar que ocupa en la actualidad.  Pero, en mi opinión, hay cosas que esta teoría no acaba de aclarar. En particular lo referido al modelo de contagio entre unos y otros representantes del dichoso autoritas. Si, sí, desde luego que están las redes sociales que emponzoñan y predisponen el terreno para plantar la semilla del mal. Acepto igualmente la existencia de una especie de internacional del horror que se retroalimenta aportando barbaridades sin límite que va de los muros a los mulos pasando por las pistolas y las reconquistas. No olvido las aportaciones de esos empresarios que añoran los tiempos en que podían imponer su criterio dentro y fuera de la fábrica, para quienes la democracia es una concesión buenista a las clases de los que están mejor calladitos y en estado de perpetua dependencia económica y moral. Para esos campeones del ingenio mercantil, las libertades civiles y entre ellas las de libre sindicación y derecho a la negociación, no son sino una cesión y un error de la historia que mejor corregir ahora que estamos a tiempo. Todo ello debidamente conjugado crea el discurso del movimiento autoritario, de acuerdo.

Pero falta la pieza que aporta luz sobre el efecto contagio o la extensión del fenómeno en distintos contextos, de la Hungría de Orban al Brasil de Bolsonaro. Descubrirla es de vital importancia para frenarlo, pues la virulencia de su empuje solo se ha visto en la viralidad del ébola y en la conquista de millones de cocinas por parte del tupperware. Y aquí, en el tupperware, encuentro yo la respuesta. No en el modesto receptáculo plástico, si no en el formato de comercialización que el fabricante ideó en su momento allá por los años 60: encuentros locales en los que un vecino se convierte en promotor de la venta y vocero protagonista de las ventajas del invento.

Esta modalidad de comercialización por aspersión que busca la complicidad de cuantos más mejor, degenera en seguida en el truculento sistema de estafa piramidal en el que ya no se trata de difundir un producto sino de captar mediadores, protagonistas en cada esquina que son quienes aportan el auténtico valor: imagen de la marca para mantener indefinidamente el ruede la bola y voluntarismo para energizar el acercamiento de incautos. El dinero y el poder vienen luego, justo cuando los incautos ya lo han dado todo.

La absurda y contranatura expansión del autoritarismo en escenarios tan desiguales, a mi  modo de ver, se asemeja más a la ilusoria forma del enriquecimiento prometido en todo chiringuito piramidal  que a una combinación de situaciones sociales anómalas con resultado de desengaño político.  Hay un montón de gente que apuesta por la fórmula autoritaria como creyendo que al haber adquirido esa filiación, como si fuese el lote de productos de belleza, hongos curativos o cedulas de copropiedad, van a convertirse en sujetos exitosos promoviendo entre sus vecinos la bondades del invento. Es cierto que un día todo se viene abajo y te quedas con cara de imbécil, pero hasta ese momento la ilusión de grandeza compensa de la inhibición del rigor (si, también a mí me suena a Afinsa y a Filatelica). 

La diferencia estriba en que en los casos de fraude piramidal, la justica actúa siguiendo un mandato establecido en las leyes mercantiles y societarias, en el caso del bluf piramidal político no existe ni se prevé mecanismo de contención, ni terapia para corregir la ludopatía asociada a la conducta temeraria de los más propensos a participar en esa ruleta de la suerte.

Mientras ésta llega, bueno será que comencemos a reconocer los hechos por los hechos, los autoritarios regionales en Polonia o en España son vecinos captados por la organización gestionada por Steve Bannon y los hermanos petroleros Koch para vender su Trumpperware: el mejor sistema para mantener en buen estado la energía no renovable carbonopetrolera.

Autoritarismo piramidal