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miércoles. 01.02.2023

Origen del movimiento obrero

En vista del deterioro de las condiciones laborales que padecen los trabajadores, así como del acoso que sufren las organizaciones sindicales...

En vista del deterioro de las condiciones laborales que padecen los trabajadores, así como del acoso que sufren las organizaciones sindicales, parece oportuno que nos acerquemos a las causas que motivaron el nacimiento del movimiento obrero.

En la nueva sociedad nacida de la Revolución Industrial, los obreros terminaron por desarrollar una conciencia de clase propia, surgiendo nuevas formas de lucha: desde la destrucción de máquinas –ludismo- hasta la reivindicación del derecho a asociarse y la participación en la política. Ese fenómeno es denominado por los historiadores como movimiento obrero.

En realidad, la conflictividad social no es patrimonio de las sociedades industriales. En el Antiguo Régimen era frecuente el estallido de motines provocados por la carestía de los alimentos y/o por la presión fiscal, que soportaban los grupos populares del Tercer Estado. Pero eran episodios violentos que no pretendían, casi en ningún caso, un vuelco de la situación, sino solamente la corrección de los abusos. Eso no significa que las autoridades no reprimieran con dureza estos motines, aunque, también es cierto que solían conceder alguna de las peticiones para demostrar que el sistema sí escuchaba a los oprimidos, aunque sin trastocar realmente las relaciones sociales de producción. Pero la Revolución Industrial creó una nueva clase social obrera o proletaria, que desarrolló nuevas formas de acción y conflicto social.

Las revoluciones liberal-burguesas abolieron las cargas feudales a las que estaban sometidos los campesinos y las regulaciones gremiales de los artesanos. Pero, además, el liberalismo económico estableció la libre contratación y la prohibición de que existieran organizaciones que agruparan a los trabajadores.  En este sentido, la Ley Le Chapelier (1789) en Francia y las Combinations Acts (1799-1800) inglesas fueron paradigmáticas. La primera abolió los gremios y estableció la libertad de poder ejercer cualquier trabajo u oficio, la libertad de empresa, y prohibió que se creasen organizaciones o asociaciones de empresarios, artesanos u obreros, mientras que las segundas prohibieron explícitamente las organizaciones obreras.

Las contrataciones y relaciones laborales se debían establecer de forma individual entre el patrono y el trabajador, según las leyes del mercado de la oferta y la demanda de trabajo. Como la mano de obra era muy abundante, a causa del éxodo rural de los campesinos en busca de trabajo, así como por la salida de los artesanos de los gremios abolidos, los empresarios podían imponer contratos laborales con bajos salarios. Por otro lado, la nueva economía industrial se caracterizaba por la existencia de crisis periódicas que provocaban desempleo. Así pues, surgieron nuevos motivos para el conflicto social.

La concentración de un elevado número de trabajadores en las fábricas y en los barrios obreros facilitó la movilización del proletariado y la creación de organizaciones para defender sus derechos.

Los obreros comenzaron por destruir máquinas al considerar que eran las causantes del desempleo pero, muy pronto la conflictividad social se encaminó hacia la lucha por el reconocimiento del derecho a poder crear sindicatos para defender sus derechos. En 1824 se consiguió que se reconociera este derecho en Gran Bretaña. Las primeras asociaciones fueron las Sociedades de Socorro Mutuos, que tenían como objetivo el auxilio de sus asociados ante los riesgos físicos de enfermedad, accidente o muerte, con fondos que provenían de aportaciones de los asociados. A menudo, contaban con cajas de resistencia para mantener a sus miembros en las épocas de huelga.

En Gran Bretaña, los obreros crearon asociaciones estables en la década de los años treinta. En este sentido, destacó la Asociación de Mineros Británicos que en 1844 contaba con unos 60.000 miembros. Esa asociación tenía como objetivos la mejora de las condiciones laborales –reducción de la jornada de trabajo- y el aumento del salario. Estaba naciendo el sindicato o Trade Union. En principio, los sindicatos eran de oficios, es decir, que reunían a miembros de una misma profesión pero, con el tiempo, se convirtieron en sindicatos de industria, es decir, que agrupaban a todos los trabajadores de un sector, con independencia de su profesión o cualificación. Progresivamente, esos sindicatos se fueron uniendo en un nivel local, regional y, por fin, nacional. Ya en 1834 existía en Gran Bretaña la Grand National Consolidated Trades Union

La lucha se orientó hacia la mejora de las condiciones laborales: reducción de jornada de trabajo y aumento de los salarios, siendo la huelga un instrumento claro de presión. Además, los obreros comprendieron que se podían alcanzar sus reivindicaciones si conseguían el reconocimiento de sus derechos políticos: votar y ser votados y, de ese modo, poder influir en la legislación y el gobierno. En este sentido, el cartismo británico fue fundamental, a pesar de su fracaso inicial. Posteriormente, esta lucha política sería abandonada por el sindicalismo de raíz anarquista pero no por el socialismo.

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