miércoles 01.04.2020

…y tontos no son

En España se da prioridad recaudatoria al IVA mientras se reducen los gravámenes a la riqueza y se tolera el fraude fiscal...

En la España de hoy se da una prioridad recaudatoria al IVA mientras se reducen los gravámenes a la riqueza y se toleran el fraude y la elusión fiscal

Me atrevo a hablar del IVA. No soy economista ni experto en política fiscal, pero me siento con derecho y, de alguna forma, obligado a reflexionar como ciudadano sobre un impuesto que afecta a nuestras vidas cotidianas. Tampoco puedo definirme, con una falsa modestia, como un “hombre de la calle”. Con más suerte que la mayoría de los mortales, sin llegar a ser un privilegiado en nuestra sociedad, he podido estudiar, leer, viajar y llegar a ser un arquitecto. Un intelectual en el más amplio sentido de la palabra. Alguien que ha acumulado conocimientos y experiencias para ser capaz de observar, analizar y entender el mundo que nos rodea (no todo ni siempre) e, incluso, comunicarlo y compartirlo, bien con la palabra o por escrito, en privado o en público. Pero asumir la condición de intelectual supone una responsabilidad: poner tu inteligencia al servicio de la sociedad. Transformar la erudición en cultura, comprometiendo tu saber en un proyecto colectivo. Por esto me atrevo a hablar del IVA, aunque sea insuficiente el manejo de cifras y estadísticas que cuantifiquen su incidencia en la economía de este país y sus consecuencias en la calidad de vida de los españoles. En todo caso, es un juicio basado en conceptos políticos y éticos más que en números.

No hace falta ser economista para entender que los impuestos son un mecanismo imprescindible para el gobierno de nuestras sociedades nacionales o internacionales. De alguna manera, con fanegas de trigo, pepitas de oro, cabras o sacos de sal, la historia de los impuestos colectivamente asumidos o impuestos por el vencedor es larga en el tiempo. En todo caso, soy un defensor de la política fiscal redistributiva en aras de una necesaria igualdad social y un eficiente funcionamiento del estado. Los impuestos son la garantía de nuestros derechos.

Hace años aprendí a diferenciar tasas, tributos e impuestos, solo por la obligación de entender cómo vivimos colectivamente. Y también aprendí a diferenciar los impuestos directos de los impuestos indirectos. Los primeros gravan principalmente la renta o los ingresos de cada ciudadano, personalizando sus condiciones socioeconómicas, en tanto que los segundos gravan las actividades y el consumo del conjunto de la ciudadanía, sin hacer diferencias del nivel económico. Sin diferenciar entre ricos y pobres. En esta categoría debe encuadrarse el IVA. Un impuesto injusto y regresivo, ya que grava el pan, el vino, el cine, los calcetines o los libros, siendo evidente que un rico, por rico que sea, no come cien veces más pan que un pobre o un asalariado mileurista.

En la España de hoy (y en muchos otros lugares, por desgracia) se da una prioridad recaudatoria al IVA mientras se reducen los gravámenes a la riqueza y se toleran el fraude y la elusión fiscal. Es una política claramente inmoral. Además de constituir uno más de los fraudes políticos del gobierno del PP, que incumplió uno de sus compromisos electorales: no subir el IVA. Pero lo subió al día siguiente de tomar posesión y no como consecuencia de la evolución de una crisis económica  no previsible. Simplemente es la aplicación de una política neoliberal sometida al mandato de los mercados, al mandato de un capitalismo financiero a escala global, para favorecer a las grandes multinacionales, a los bancos y a la patronal.

Esta política fiscal merece un ataque, una descalificación y un enfrentamiento duro, incluso agresivo, por parte de los ciudadanos. De los parados de larga duración, de los desahuciados por impago de alquileres o amortizaciones hipotecarias. De todas aquellas personas empobrecidas. De aquellas personas y familias que recoge el último informe de  Caritas Diocesana (VII Informe FOESSA), un documento revolucionario que golpea nuestras conciencias. Simplemente miremos el cuadro adjunto.

Evolución de los niveles de integración social en la población española (2007-2013)

En estos últimos días, cuando se inicia un periodo electoral, el gobierno nos regala una rebaja trucada del IRPF, no precisamente equitativa, al tiempo que sube el IVA de los productos farmacéuticos de un 10% a un 21%. Con una propina humillante: una subida del salario mínimo interprofesional de 3,3 € y en un 0,25% las pensiones.

Yo no quiero hoy poner adjetivos que añadan más descalificaciones políticas y morales a un gobierno trufado de corrupción e insensibilidad social. Por eso busco en mi memoria, retrocediendo a 1958, en el que un grupo de estudiantes de arquitectura acudimos a Luis Ángel Rojo, recién retornado de los EEUU, para pedirle que nos ilustrase sobre los principios de la economía en un muy reducido seminario en el Colegio Mayor Cisneros. Vivía, dominaba e incluso fusilaba Francisco Franco.

En aquellos años las arcas del estado se nutrían aproximadamente en un 75% (?) con los impuestos indirectos. El sistema fiscal descansaba sobre los impuestos más regresivos, en coherencia con una política antiobrera y al servicio de las clases dominantes que inspiraron la rebelión y apoyaron social y económicamente el bando nacional durante la guerra civil. Clases “que hubieran sido las perjudicadas en caso de que se hubiese establecido un impuesto progresivo sobre la renta” (Francisco Comín).

El profesor Rojo, tras explicarnos los mecanismos y las consecuencias de uno y otro tipo de impuestos, llegaba a la conclusión de que la preeminencia de los impuestos indirectos era radicalmente injusta y poco eficaz en el funcionamiento de una economía moderna (entonces pretendíamos modernizarnos, con el Opus o sin él). Lo que era evidente se hizo más claro y movilizador en nuestras conciencias debido a las sabias palabras de nuestro maestro. Tanto que uno de aquellos seminaristas, Luis Peña Ganchegui (el mejor arquitecto vasco de la segunda mitad del siglo XX), con sorna y acento de Mutriku, se planteó esta cuestión: si lo que dice el profesor es verdad, los señores del Pardo o son tontos o son unos hijos de puta. Para sentenciar: … y tontos no son.

…y tontos no son