sábado 14.12.2019

Memoria histórica y monumentos

Monumento a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, Berlín. 1926. Demolido por Hitler en 1935.
Monumento a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, Berlín. 1926. Demolido por Hitler en 1935.

La memoria no puede ser un ejercicio pasivo, puro acto sentimental, cargado muchas veces de nostalgia y melancolía de lo que pudo haber sido y no fue

En un artículo de Almudena Grandes publicado en El País (11-11-2018) leo unas palabras que hacen referencia a los monumentos ya erigidos o que podamos erigir en recuerdo y homenaje a las víctimas de las múltiples dictaduras que han dejado un rastro de dolor y sangre a lo largo de la historia reciente.

Las palabras de Almudena Grandes resuenan en mi a lo largo de esta mañana impulsándome a una reflexión sobre cuándo, dónde y con qué materiales podemos erigir unos necesarios monumentos o con qué palabras redactar los posibles memorandos.

Con piedra o con palabras, los monumentos o los documentos que conmemoren a las víctimas de la dictadura franquista, en nuestro caso, deben construirse o escribirse en la lengua de hoy, no trayendo al presente la lengua que se hablaba, arquitectónica o literariamente, en los tiempos de vida de los ahora recordados. Nuevos símbolos capaces de hacer presente hoy el significado del pasado.

No basta con grabar sobre mármol o papel los nombres de las víctimas, sin duda destinatarias primeras de cualquier homenaje, sino que debemos traer a nuestros días y nuestros afanes las ideas, los amores y esperanzas por los que lucharon en su día aquellos hombres y mujeres, “con cuyo sello quedaron estigmatizados para el sacrificio a manos de sus matarifes” (Pérez Tapia, CTXT).

La memoria no puede ser un ejercicio pasivo, puro acto sentimental, cargado muchas veces de nostalgia y melancolía de lo que pudo haber sido y no fue. Es obligado unir a los nombres recordados las razones por las que fueron despeñados, fusilados, arrojados a simas o a anónimas fosas comunes, prolongando el crimen del dictador con el miserable y consciente propósito de borrar su rastro corporal y, sobre todo, su herencia ideológica. También las de aquellos que tuvieron que exiliarse, lejos de su tierra y sus hermanos, para evitar el paredón o la cárcel. O el oprobio infringido por los vencedores de una cruenta guerra civil.

Hoy, en momentos en los que asistimos a la prolongada anorexia ideológica que nos debilita, sus ideas y afanes pueden abrir nuevos horizontes que ensanchen el estrecho cerco, cada día más asfixiante, en el que nos encierra el capitalismo neoliberal globalizado, sometiéndonos al imperio de lo posible, que acabamos aceptando como inevitable, negando el nacimiento de cualquier nueva utopía que nos conduzca a un paisaje más amable para los hombres y mujeres del futuro.

La memoria de las causas, sueños y batallas que hoy rememoramos al pronunciar el nombre de las víctimas, puede venir a nutrir nuestro pensamiento y movilizar nuestros apesadumbrados corazones para tomar el testigo que desde su silencio nos entregan. Para reiniciar con nuevas armas y objetivos su lucha truncada por el dictador.

Y no olvidemos que las causas y sueños que impulsaron y mantuvieron viva la batalla de los que ahora rememoramos se condensaron en único y luminoso objetivo: la defensa de la II República. Por ello “son fuertes por sí mismas las razones que avivan la memoria republicana como horizonte postulado para nuestra democracia”, afirma Pérez Tapia, para continuar abriendo nuestros ojos y esperanzas hacia el futuro con estas palabras: “la memoria republicana nos habla ciertamente de un futuro de República para España”.

Si para esta revitalizadora incorporación de la memoria a nuestro caminar presente pueden ayudar los monumentos arquitectónicos, estelas o piedras miliarias, coloquémoslos en nuestra geografía como hitos que señalen el camino que debemos recorrer empujados por el recuerdo de las víctimas.

Memoria histórica y monumentos