Nuevatribuna

El Ayuntamiento de Madrid, el Gobierno Regional y el Ministerio de Fomento, han ido entregando un trozo de la ciudad, transformado en un cortijo privado de unos tres millones de metros cuadrados, a un banco

El proyecto constantemente renovado de la ciudad, no siempre, ni necesariamente, nace de un plan que proponga una nueva ordenación para su totalidad. En muchos casos, el proyecto urbano surge y se justifica por la aparición de una oportunidad o un reto no previstos o no suficientemente valorados con anterioridad. Oportunidad o reto que obligan a una reflexión sobre la ciudad existente antes de formular un nuevo proyecto para toda ella o una parte significativa de la misma.

Así ha sido en casos bien conocidos, desgraciadamente escasos, como el desmantelamiento de unos astilleros, de unas instalaciones militares o fabriles importantes, enclavadas en el tejido urbano. Así ha sido ante el reto de albergar unas Olimpiadas o unas grandes Exposiciones. Así ha sido para enfrentarse a un cambio drástico político o económico que afecte a los valores y forma de vida de sus ciudadanos.

Vacíos urbanos. La oportunidad se presenta con mayor frecuencia como consecuencia de la propia transformación del tejido urbano y su valoración por los ciudadanos. La ciudad cambia, se desarrolla y envejece, apareciendo zonas, centrales o periféricas, que de alguna forma quedan vacías de las actividades allí implantadas y devaluadas social, económica o ambientalmente.

Estos “vacíos” aparecen en el mapa de la ciudad y se ofrecen como “áreas de oportunidad” para una renovación urbana en términos físicos, funcionales, económicos, sociales y paisajísticos, siempre que los gobiernos y la sociedad civil sean capaces de detectarlos y descubrir su potencialidad para bien de la ciudad y, más concretamente, para bien de su entorno más próximo.

Leer la ciudad. Toda propuesta de transformación de la ciudad, a la escala que sea, llámese proyecto urbano o plan general, debe estar apoyada por una reflexión sobre la ciudad ya construida capaz de descubrir y hacer evidente cuáles son sus carencias y sus potencialidades. Porque leer, entender y explicar la ciudad, haciéndola comprensible para los ciudadanos, es condición necesaria y exigible para legitimar a los responsables políticos y técnicos encargados de redactar el proyecto más adecuado en cada caso. Para legitimar el proyecto en sí.

Leer el sitio. Junto con la ciudad  habrá que leer el territorio del que emerge la oportunidad. Pasearlo, observarlo, describirlo, para descubrir sus características topográficas que insinúan un nuevo paisaje, las características de los asentamientos existentes, estableciendo su validez o no en una nueva ordenación y, sobre todo, su capacidad para recualificar física y socialmente la ciudad, dando prioridad a su entorno ya consolidado.

Un discurso urbano. La lectura de la ciudad y el sitio debe conducir a la formulación de un discurso político-cultural en el que, como respuesta a los problemas reales, las necesidades y las ansias de los ciudadanos, se establezcan los criterios y objetivos que deben guiar, nutrir y determinar el carácter, finalidad y contenido especifico de las transformaciones que se propongan, debidamente formuladas en un documento urbanístico solvente, comprometido y responsable.

Un discurso que convoque a la sociedad, posibilite un debate entre distintos intereses y conforme una propuesta colectiva capaz de concitar la adhesión mayoritaria de la ciudadanía.

De la oportunidad al oportunismo. Desgraciadamente, con frecuencia la ceguera o la desidia de los gobiernos y organizaciones sociales responsables e implicadas en el desarrollo de la ciudad, incapaces de descubrir la potencialidad renovadora de estos espacios, acaba devaluándolos. Se transforman en una ocasión más para plasmar en ellos las ambiciones o ensoñaciones falsamente “modernas” de los gobiernos municipales o, lo que es peor, en mercancías puestas a la venta en el mercado inmobiliario, para sanear las exhaustas cajas de las administraciones y organismos públicos y, más condenable, para beneficio de los poderes financieros inmobiliarios que cuentan con la benevolencia y la connivencia de los poderes políticos.

Lo que se ofreció como generosa oportunidad se transforma en un pobre y empobrecedor oportunismo, ajeno al bien común.

Así ha ocurrido en la larga historia de la Operación Chamartín.

Nacida en 1993, bajo la justificación de generar recursos para la modernización de las importantes instalaciones ferroviarias, incluida la propia estación, poco o nada se ha hecho, sin que hasta hoy se conozca proyecto alguno sobre tan importante tema.

Llega a nuestros días, veinticinco años después, bajo el nombre de Madrid Nuevo Norte, como disfraz que pretende vender a los ciudadanos un falso proyecto urbanístico, cuando solo es una inmensa operación financiero-inmobiliaria, anunciada por los responsables políticos, junto a sus socios privados, como la más grande e importante operación urbana que va a realizarse en Europa en los próximos veinte años. Una proclamación seguida de una agresiva y engañosa campaña de marketing, dirigida y financiada por DCN (BBVA) y asumida acríticamente por nuestro Ayuntamiento.

A lo largo de estos años, el Ayuntamiento de Madrid, el Gobierno Regional y el Ministerio de Fomento, han ido entregando un trozo de la ciudad, transformado en un cortijo privado de unos tres millones de metros cuadrados, a un banco. Una concesión basada inicialmente en un contrato de dudosa legalidad y mantenido en secreto hasta nuestros días. Un contrato renovado en distintas ocasiones y por distintos responsables políticos, con un constante incremento de los intereses para el concesionario.

Un resultado lamentable solo debido a la ceguera del gobierno municipal que no ha sabido, o no ha querido, descubrir y hacer evidentes las necesidades físicas y sociales de Madrid, que podían encontrar una respuesta eficaz y justa en este amplio espacio, para reequilibrar la ciudad ya consolidada y potenciar su integración en el entorno metropolitano. Ceguera más dramática aun si pensamos en los barrios más próximos a este nuevo desarrollo.

***

Desde mi opinión como profesional dedicado a la arquitectura y al urbanismo durante años y mi responsabilidad política como ciudadano, estimo que lo más conveniente para la ciudad es retirar con urgencia el proyecto Madrid Nuevo Norte, antes de que se transforme en una dolorosa herida para, desde un nuevo punto de partida, basado en el bien común y no en el beneficio de una entidad financiera, formular un nuevo proyecto más culto, más riguroso disciplinarmente y más justo socialmente, bajo la responsabilidad inalienable del Ayuntamiento de Madrid.