lunes 24/1/22

La paz

Nos guste o no, Mariano Rajoy nos representa a todos, y el puñetazo nos lo han dado a todos.

El izquierdazo (crochet de izquierda) ha sido de una ejecución casi perfecta y ha tenido que hacerle mucho daño al presidente; más del que pueda parecer a primera vista; espero que ya le hayan hecho todas la pruebas radiológicas necesarias.

Nos guste o no, Mariano Rajoy nos representa a todos, y el puñetazo nos lo han dado a todos.

Salimos de una larga etapa de consenso. Y entramos en otra difícil, caótica e insegura, de radicalismo y enfrentamiento.

Hasta ahora, las granes fuerzas políticas trataban de ocupar parte de ese limbo donde reina la mesura, la razón y el pragmatismo del punto medio; la plausible sabiduría de saber ceder sin perder, de doblar el brazo con la cabeza muy alta; la honrosa magnanimidad de transigir sin consentir; el equilibrio de una balanza que carga en los platillos lo mejor de cada lado. Era así porque así lo quería una mayoría silenciosa, invisible, esa que a veces llaman de “los indecisos”; la que huía de los extremos modelando sus propios instintos para caminar por el centro; la que no podía entender por qué es tan difícil conjugar la Libertad con la Justicia Social; por qué lo público no se puede gestionar con eficacia; por qué es imposible la igualdad y la fraternidad entre el mundo del capital y el mundo del trabajo. Esa mayoría, la que se tiró al monte con el “Prohibido prohibir”, la que buscó la respuesta en el viento, con flores en el pelo y cantando “Haz el amor y no la guerra”, ya peina canas, muchas canas, ya no le bulle la sangre como le bullía a los 20 años, ya, está cansada; se siente traicionada y victima de sus propios errores. Con los años y los avatares del destino sus sueños se han desvanecido. Y otros se abrirán paso a codazos con la razón de su fuerza: la misma Justicia y la misma Libertad. Cada cual con la suya y con su modo de verla e implantarla. Pero olvidando el factor principal: el que desde los sesenta hasta no hace mucho ha imperado como base imprescindible. Un factor sin bandera, blanco como las canas de los que ahora terminan para que, por ley de vida, empiecen los de la savia nueva, joven y vigorosa, fluorescente, con los mismos colores (por más que veamos otros tonos o mezclas), secuestrados por el lenguaje de sus ideas, ciegos en el agujero negro de sus propósitos, desconocedores de que cuando se acaban los argumentos empieza la felicidad.

La paz