lunes 24/1/22

Concreción

Nos tienen atrapados en la deuda. Como al ratón al olor del queso, nos condujeron a la ratonera para convertirnos en deudores morosos.

cartagena

Nos tienen pillados; atrapados en la deuda. Como al ratón al olor del queso, nos condujeron a la ratonera para convertirnos en deudores morosos eternos; esclavos condenados a medio trabajar para los mismos a los que, paradójicamente, confiamos nuestros ahorros de los que pueden disponer según su conveniencia. Y además, y para mayor escarnio, ¡cobrándonos! en lugar de abonarnos los intereses que nos pertenecen, por exiguos que sean. Y esto lo hacen porque la ley se lo permite. Tienen plena libertad para fijar sus tarifas. Parece que la ley la hubieran hecho ellos.

Antes, los intereses para los prestamos era muy altos (ahora en determinados “productos” también los son), pero quien tenía mil pesetas en su libreta de ahorro, cobraba una mínima renta y no tenía que pagar comisiones abusivas (más de 15€ al trimestre -el equivalente a casi mil pesetas al mes- en muchos casos).

La informática ha reducido, a la mínima expresión, los puestos de trabajo en el sector bancario. Un sector que sigue siendo el que mayores beneficios y seguridad reporta a sus accionistas.

Que no nos engañen, esta crisis (a la que siempre digo que le ha nacido una “p” justo en el medio) en nada tiene que ver con otras. Lo que ha ocurrido, y está ocurriendo, no forma parte de los ciclos económicos del libre mercado. No es que estemos viviendo una época de vacas flacas, y pronto llegará otra de vacas gordas, es que reventó la vaca, la mató la avaricia, la glotonería, estalló por dentro, y, agónica, se pudre lentamente.

Ha fallado el sistema; ya no da más de sí; han pasado la rosca; ya no sirve.    

El sistema financiero, dando más a quién más tiene y “robando” a quien tiene poco, es aberrante por definición; y mientras exista, por muy pútrido y moribundo que pueda estar, el mundo estará en peligro.

Pero las cosas son como son, no como deberían de ser. Uno siente lo que siente, no lo que quisiera sentir. (Algunos quisiéramos ser San Franciscos… y nos quedamos en Pacos.)

Creo que fue el presidente Clinton quien dijo aquello de: «No es política, es economía». A lo que, últimamente, hay quienes añaden: No es economía, es dinero.

¿Cómo salir de la ratonera? ¿Cómo podríamos pagar lo que debemos… y vivir en paz?

Una respuesta simple, sería: trabajando.

Pero… ¿dónde?

¿Cómo se genera trabajo?

Creo que las reformas estructurales, azules, rojas, moradas, naranjas y verdes (lástima que no haya una blanca o transparente) son, y podrían ser, necesarias. Pero echo en falta ideas, concreción, asuntos precisos para hacer algo determinado, para trabajar en algo.

Sin una idea no se puede crear una empresa. Y sin empresas, difícilmente se pueden crear puestos de trabajo que generen la riqueza necesaria para pagar la deuda.

Cuántas buenas ideas, guardadas en secreto durante toda la vida, se habrán ido a la tumba con quienes las tuvieron, por falta de confianza o medios para hacerlas realidad.

Apelo a nuestra ancestral generosidad y altruismo para que, quienes tengan una idea que pueda generar trabajo, la expongan sin temor a nada ni a nadie. (Quien siembra, recoge. Quien da, siempre recibe.) No debe de importar que la idea pueda ser considerada inviable, absurda o sin sentido; hay que contar con eso; siempre habrá voces de todos los timbres.

Yo tengo una; una idea que está relacionada con lo que más detesto: la industria armamentística. Pero como decía al principio: las cosas son como son, no como deberían de ser.

La idea se circunscribe a una de las ciudades más antiguas de Europa, de la que Cervantes, devuelta de su cautiverio en Argel, escribió:

«Con esto poco a poco, llegué al puerto
a quien los de Cartago dieron nombre,
cerrado a todos vientos y encubierto.
A cuyo claro y sin igual renombre
se postran cuantos puertos el mar baña,
descubre el sol y ha navegado el hombre»

Desde hace varios siglos, el puerto al que se refiere nuestro genio de las letras está dividido por un muro, el muro de su Arsenal, que parte la ciudad de Cartagena, y su dársena, en dos mitades.

La idea no es derribar el muro, sino abrirlo en arcos y trasladar las instalaciones que encierra a las afueras de la ciudad, al entorno de la dos Algamecas, donde se construiría un arsenal moderno, unos astilleros de última generación y la mejor base de submarinos del Mediterráneo.

Las actuales y antiguas instalaciones que hoy oculta el muro se reconvertirían en talleres y laboratorios de la Universidad Politécnica de Cartagena, y en empresas públicas y privadas de I+D e instalaciones hosteleras para un turismo floreciente. Porque en la dársena interior que hoy oculta el muro arsenal podrían atracar grandes cruceros trasatlánticos en el mismísimo corazón de la ciudad; convirtiendo a Cartagena en una de los destinos más bonitos y atractivos del mundo.

Todo esto generaría incalculables puestos de trabajo durante muchos años, y aumentaría la renta per cápita de los cartageneros, colaborando, en su justa medida, a engrosar las arcas del Estado y el pago de la deuda.

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