martes. 23.04.2024

La historia en nuestro tiempo: análisis, crítica y comunicación

En tiempos de internet, administrar el pasado es cada vez más necesario en sociedades que atraviesan crisis económicas, políticas o morales...

¿Qué sentido tiene saber la revuelta de la Busca y la Biga, el arte de Lisipo, las características de la Revolución Industrial, la II Guerra Mundial o la Guerra Fría? Son preguntas importantes habida cuenta de la situación actual de la educación, mercantilizada hasta el punto de comprender que todo conocimiento ha de tener una utilidad dentro del sistema productivo. Se ha llegado incluso a proponer la desaparición de carreras con poca demanda, como si la educación no fuera algo integral al ser humano, destinada a determinarlo como persona.  En un reciente artículo publicado en EL PAÍS, Adela Cortina reflexionó sobre el valor añadido que pueden tener las disciplinas humanísticas en general poco tendentes a la aplicación práctica de los saberes. La respuesta que aportaba la profesora era eminentemente cívica: las humanidades nos ayudan a dotar de cohesión a la sociedad, a construir solidaridades, sentido comunitario, en definitiva, a fortalecer el funcionamiento de los ciudadanos.

La respuesta que damos nosotros es similar: la historia es una herramienta única para dotar de sentido a las sociedades. Contribuye a crear un marco de convivencia y civilidad. Civilidad en sentido amplio, esto es: la capacidad que tienen los seres humanos de vivir ordenadamente en torno a una serie de instituciones democráticas forjadas para su propio progreso y bienestar. Pero para que todo ello sea así, la historia debe ser concebida como una herramienta capaz de contener tres propiedades: análisis, crítica y comunicación.

El análisis se puede definir como el modo que tenemos de ponderar el tiempo. Los hechos históricos nos sirven para formar conjeturas sobre nuestra propia existencia, para establecer comparaciones, para buscar analogías y diferencias. Por este motivo, la historia no debe ser una mera sucesión de sucesos sucedidos sucesivamente. Debe en todo caso buscar etiologías, pergeñar consecuencias, establecer referencias, buscar jerarquizaciones, etc. Toda buena historia debe permitir al lector poder inferir información que luego es utilizada para establecer sus propios juicios críticos. Por esto es muy importante insistir en una didáctica de la disciplina como motor de búsqueda: la historia más que un relato es un continuo interrogante sobre hechos y situaciones. La enseñanza de la historia debe tender a esto. Por supuesto que es importante conocer cuándo se produjo la toma de la Bastilla, La batalla de Teruel, o la crisis del petróleo, pero éstos no son un fin en sí mismos, deben ser entendidos como un propósito: construir  herramientas de análisis, de modo que los hechos históricos estén en función de las ideas que se puedan inferir de ellas. Solo construyendo la historia como preguntas, podremos contribuir a encontrar respuestas. Interrogantes que deben concluir en interpretaciones, esto es, en crítica.

La historia es un medio para tener más elementos para conocer nuestra propia existencia. La crítica no como elemento de contraste, sino como permanente manera de estar en el mundo, como motor de la curiosidad de saber. La crítica es más que un modo de escrutar la realidad, una actitud. De tal manera que la crítica sea la primera premisa al acercarnos a un disco, a un libro, a una noticia, a cualquier estímulo que recibimos en nuestra vida. Un buen mecanismo para alcanzar un nuevo saber y conocer su alcance es buscar sus antecedentes y estudiar sus raíces. La historia es un elemento que contribuye a crear la identidad personal, pero también, es una disciplina que sirve como forjador de modos de vida comunitaria. Conociendo la historia, las personas establecen puntos de ruptura y transformación a determinadas experiencias o, por el contrario, prevén la conservación si  un hecho se pondera como una traición positiva.

Por este motivo, la historia debe ser concebida como un diálogo constante entre personas, la crítica debe llevar al debate, a la comunicación intersubjetiva de hechos y procesos, en búsqueda de ideas nuevas o mejoras en cualquier campo. Siempre se ha dicho que, ante un trauma, el afectado debe contar su tragedia ante otra persona o una colectividad para aliviar el dolor. Con la historia sucede lo mismo: solo hablando sobre el pasado, las sociedades alcanzan  consensos sobre formas de vida, sobre cómo articular su bienestar, sobre cómo superar errores y forjar lugares comunes.

En tiempos de internet y de la comunicación impersonal de masas, administrar el pasado es cada vez más necesario en sociedades que atraviesan crisis económicas, políticas o morales. El trabajo de la historia en este sentido es fundamental. La correcta enseñanza de la historia, dota a los ciudadanos de base no para no repetir el pasado – la historia no es una suerte de moralina que garantice el progreso de las sociedades – sino simplemente, orientarse mejor en su vida. Y ello es así por motivo que la historia proporciona referencias, comparaciones, y un antecedente, seguramente, saber el pasado, es más útil que no tener ni una sola información sobre él, a la hora de estar en el mundo. Y esto en sociedades fragmentadas por las crisis - en plural -  que estamos atravesando es casi imprescindible.

La historia en nuestro tiempo: análisis, crítica y comunicación