Martes 25.06.2019

‘Unidos Podemos’ ¿Matrimonio de conveniencia o el abrazo del oso?

Para la actual dirección “de facto” de IU, la convergencia con Podemos constituye prácticamente su razón de ser desde hace dos años.

El acuerdo de coalición entre Podemos, Izquierda Unida-Unidad Popular, Equo, Compromís, En Comú Podem, En Marea y otras fuerzas políticas regionales constituye la principal (por no decir única) novedad en el horizonte de esta especie de “segunda vuelta” de las elecciones legislativas, en las que la intransigencia y cortedad de miras de los principales dirigentes políticos de este país esperan del sufrido electorado español que enmiende de alguna manera lo que ellos no han sido capaces de resolver en cuatro interminables meses de simulacro de negociaciones (al menos ésa es mi opinión, explicada detalladamente en mi anterior artículo “Un artículo poco original”, del 12 de mayo.

En dicho artículo anunciaba ya mi intención de castigar a los lectores con lo que a continuación podrán leer, un análisis (personal e intransferible como el anterior) del significado y posibles consecuencias de dicha novedad en el que, al igual que el precedente, encontrarán quizá más preguntas que respuestas. Y ello por dos razones, una evidente y otra personal:

  • Porque es demoscópicamente imposible predecir el impacto de una alianza que acaba de producirse,  menos aún en un escenario electoral tan volátil como el que vivimos
  • Porque mi propia idiosincrasia (muy poco hispánica, lo he reconocido reiteradamente) dialogante y reflexiva me impide formular afirmaciones taxativas. Como en muchas otras cuestiones importantes que afectan al presente y futuro inmediato de este país, tengo bastantes más dudas que certezas.

Quiero dejar claro, por último, que he sido militante de Izquierda Unida en la Comunidad de Madrid hasta hace poco menos de un año, momento en el que el Consejo Político Federal de IU decidió desvincularse de la federación madrileña (Izquierda Unida de la Comunidad de Madrid – IUCM), lo que se dio en llamar la “desfederación” de dicha organización. En ese momento, como la mayoría de los integrantes de dicha federación madrileña, decidí (tras un debate interno en el que se plantearon diversas posturas, posteriormente cristalizadas en igualmente diversas opciones individuales o de colectivos parciales) no aceptar la oferta de afiliación a la nueva estructura en gestación planteada por la dirección federal, decisión que no he revocado hasta el momento.

El análisis se desarrolla en tres partes:

  • Los términos del acuerdo
  • Su posible impacto electoral
  • Mis dudas y temores hacia el futuro
  1. LOS TÉRMINOS DEL ACUERDO

En apariencia, al menos, el acuerdo se presenta como un recurso táctico, casi “de usar y tirar”. Se trataría de un medio de eludir los efectos más lacerantes de la legislación electoral, acumulando votos que en listas separadas no obtendrían representación parlamentaria, pero sumados podrían alcanzarla. Algo así como una “cooperativa de votos”, en la que cada organización mantendría su programa, marca, señas de identidad e incluso campaña electoral propias, tanto ahora como en la actividad parlamentaria posterior (esto último harto difícil de explicar, no existiendo la menor posibilidad de formar grupos separados, como ya se demostró en la efímera legislatura recientemente finalizada con las “confluencias” catalana, gallega y valenciana). O al menos esto es lo que se garantizaba en el texto explicativo de las condiciones del acuerdo que acompañaba a la pregunta del primer referéndum sometido a votación de los militantes y simpatizantes de IU: un acuerdo lo suficientemente laxo como para acallar las discrepancias internas más potentes.

El hecho de que Podemos haya aceptado ahora un pacto con IU-UP a nivel estatal (aunque manteniendo al margen las tres confluencias ya formadas) y bajo la forma jurídica de coalición, que tan enfáticamente rechazó para el 20D, se explicaría en parte por la constatación de esos efectos nocivos de la legislación electoral (que les ha castigado quizá más de lo que esperaban), pero sobre todo porque los sondeos (al menos los publicados, aunque doy por supuesto que cuentan con los suyos propios y son coincidentes) le están mostrando una tendencia a la baja, que podrían compensar (al menos en parte) al sumar los casi 734.000 votos de Izquierda Unida que se quedaron sin representación parlamentaria en diciembre. Máxime cuando, a la inversa, los mismos sondeos indican una tendencia ascendente de IU.

Para la actual dirección “de facto” de IU, la convergencia con Podemos constituye prácticamente su razón de ser desde hace dos años, de modo que no tiene mayor interés analizar sus motivaciones actuales. Es obvio que si no se logró antes fue por la negativa de Podemos y, superada esa negativa, no había razón para rechazarla. A ese elemento que podríamos considerar “teleológico”, habría que añadir algún factor coyuntural que actuó como “acelerador”: es públicamente conocida la pésima situación financiera de la organización, que le incapacitaría en los hechos para afrontar una nueva campaña electoral en solitario.

Este “pacto instrumental” (o matrimonio de conveniencia) sería fácil de ejecutar en otro contexto legislativo, en el que fuese posible presentar diferentes listas bajo una misma marca electoral, pero bastante más complejo en el caso español, en el que las coaliciones están obligadas a consensuar una única lista de candidatos a diputados en cada circunscripción, lo que implica acordar puestos y nombres en función de hipótesis de resultados, para garantizar los escaños adjudicados a priori a cada organización integrante. Es lo que, un tanto despectivamente, se ha dado en llamar “reparto de sillones”.

Pero en este caso el carácter despectivo sobra, porque en realidad de esto es de lo que se trata esencialmente, y la finalidad última del movimiento. Y el problema es doble:

  • De una parte, proyectar el contingente de votos que cada organización participante pueda aportar a la coalición para el 26J, en un panorama electoral tan volátil como el que perfilan los sondeos.
  • Y por otra, calcular el posible resultado final, no sólo en el total del Estado, sino (sobre todo) en cada circunscripción.

Se trata, por lo tanto, de un auténtico encaje de bolillos, en el que es casi imposible que todas las partes salgan satisfechas. Dejando al margen las confluencias preexistentes, que no forman parte del acuerdo estatal, resumo en el cuadro siguiente los datos básicos de los puestos supuestamente “de salida” adjudicados a IU-UP, según la información de que dispongo:

Provincia

Total de escaños

% Podemos 20D

%

IU-UP

20D

Escaños Podemos 20D

Escaños IU-UP 20D

Puesto(s) más alto(s) asignado(s) a IU-UP

Madrid

36

20,86

5,26

8

2

5, 9, 11

Sevilla

12

19,02

5,69

2

-

3

Málaga

11

17,09

6,80

2

-

2

Ciudad Real

5

12,45

3,32

-

-

1

Álava

4

27,00

3,80

1

-

2

Teruel

3

15,25

5,00

-

-

1

Zaragoza

7

19,20

6,53

1

-

3

Córdoba

6

14,67

8,05

1

-

2

Cádiz

9

20,18

6,01

2

-

3

Asturias

8

21,33

8,45

2

-

3

Palencia

3

13,41

4,49

-

-

1

He marcado en amarillo los puestos que, a tenor de los resultados del 20D (y sumando mecánicamente lo obtenido por Podemos e IU-UP, lo que por supuesto es una pura ficción) estarían plenamente asegurados, en azul claro los que podrían alcanzarse con un incremento mínimo o por restos, y en rojo los que veo prácticamente inalcanzables. El resultado es que IU-UP sólo tendría plenamente asegurados 4 escaños (los dos que ya obtuvo en Madrid, más uno en Málaga y otro en Córdoba), a lo que podría añadirse otro que parece relativamente accesible en Sevilla. Todos los demás sólo podrían conseguirse en caso de producirse una mejora muy considerable de resultados con respecto al 20D, es decir que, a día de hoy, parecen más una entelequia que un objetivo alcanzable. Nos pongamos como nos pongamos, esto es lo que hay. No es de extrañar, por lo tanto, que se hayan manifestado expresiones de descontento en algunas federaciones de IU.

En cuanto al nombre de la coalición, “Unidos Podemos”, ha sido objeto de fuertes críticas (con toda razón) por parte de diversos colectivos feministas (aunque se trata de un problema de difícil solución, puesto que se debe a una carencia estructural de nuestra lengua, que algún día debería encarar la RAE). Con él se intentaba, de alguna manera, conjugar la presencia de las dos “patas” fundamentales del acuerdo, Podemos e Izquierda Unida, aunque de forma claramente desigual, pero dejando fuera a los demás componentes regionales, algunos de ellos muy potentes en sus respectivos ámbitos de actuación. Como explicaré al final del artículo, creo que hubiera sido preferible buscar un nombre completamente ajeno a las organizaciones participantes, pero estaba claro que Podemos no estaba dispuesto a renunciar a la presencia de su marca.

El acuerdo incluye también la pervivencia de los programas electorales propios de todas las organizaciones integrantes, aunque se ha elaborado un documento de bases programáticas comunes, denominado “50 pasos para gobernar juntos”, que se supone reúne los consensos mínimos alcanzados en ese sentido. Como explico también en el último apartado, este programa común implica la renuncia por parte de IU a aspectos de vital importancia, incluida la recuperación o plena protección de derechos tan esenciales como el de huelga.

Lo que no queda claro en el acuerdo (o al menos no ha trascendido públicamente) es si está prevista la creación de algún órgano de coordinación o dirección política común a la coalición, cuestión que me parece central, sobre todo si (milagro mediante) se alcanzase el número de escaños suficientes para presidir el Gobierno, es decir si:

  • Se produjese el tan anhelado “sorpasso” al PSOE,
  • La suma de PP + Ciudadanos no lograra (o se aproximara mucho) a la mayoría absoluta
  • Y el PSOE se prestase a un acuerdo (al menos de investidura) en tales condiciones.

Si así fuese, nos encontraríamos en una situación parecida a la que parece estar sufriendo Ahora Madrid, que ha accedido al Gobierno de la mayor ciudad de España mediante la fórmula de “partido instrumental” (y por lo tanto sin vida orgánica ni dirección conjuntas), con las incongruencias programáticas e ideológicas consiguientes (y de cuyo peligro ya advertí en mi anterior artículo: “La necesaria convergencia de la izquierda: sus opciones y dificultades” del 12 de marzo de 2015.

Pero más que un órgano común de dirección, lo que echo en falta es la creación de una estructura común de organismos de base, en el que los militantes y simpatizantes de todas las organizaciones partícipes puedan debatir y, sobre todo, trabajar conjuntamente. Esto forma parte de la idea de acuerdo “de usar y tirar” a la que aludía al comienzo, pero también (y sobre todo), al concepto organizativo de Podemos, de “máquina de guerra electoral”, basada casi exclusivamente en la presencia mediática, y del que las bases organizadas han quedado prácticamente relegadas a un mero decorado.

  1. EL POSIBLE IMPACTO ELECTORAL

En otro artículo precedente, “Nunca digas ahora o nunca” del 30 de junio de 2015, intento demostrar, comparando los resultados de las “convergencias” locales generadas en las principales ciudades de las Comunidades Autónomas regidas por el artículo 143 de la Constitución, y los autonómicos de Podemos e IU en esas mismas ciudades, que el mantra de que “la suma multiplica” estuvo lejos de verificarse en esa ocasión (con la única excepción de Madrid). Dado lo reciente del acuerdo, aún no se cuenta con sondeos publicados que contemplen ya la coalición como una única opción de voto y nos permitan avizorar, por lo tanto cuál podría ser el impacto de la convergencia sobre el resultado de las próximas elecciones legislativas. Y tampoco disponemos de datos que nos faciliten una estimación de cuáles hubieran sido los resultados del 20D en las tres Comunidades en las que se produjeron “confluencias” si las organizaciones coaligadas hubiesen presentado candidaturas separadas. En este momento, por lo tanto, intentar predecir el impacto electoral del acuerdo es poco menos que un artificio adivinatorio.

El primer ejercicio que se debería hacer para ello es el de calcular cuántos votantes de cada organización le retirarían su voto por rechazo a la otra. El dato más reciente a este respecto proviene de un sondeo de Celeste-Tel, publicado por “eldiario.es” hace dos días. Indica que la coalición apenas tendría incidencia sobre el electorado de Podemos, pero sí algo más sobre el de IU, del que un 7% se manifiesta contrario y se iría a otras opciones o a la abstención. Me temo que es una visión excesivamente optimista, y que la fuga de votantes de Podemos hacia otras opciones no integrantes del acuerdo (principalmente hacia el PSOE, de donde han venido y adonde regresarían) puede ser muy superior a lo que se prevé en este sondeo.

Aún más difícil es calcular el posible efecto de atracción que tendría la coalición hacia votantes de otras formaciones de izquierda (que no estarían dispuestos a votar a Podemos o IU por separado, pero sí a la conjunción de ambos). En este momento ese efecto es prácticamente impredecible (aunque algunos ejercicios ya se han publicado), por lo que prefiero abstenerme de formular hipótesis hasta disponer de sondeos más fiables, y en un momento en que el electorado pueda tener ya una opinión más consolidada al respecto.

En cualquier caso, es obvio que los resultados de la coalición no tienen por qué ser (no serán) equivalentes a la suma aritmética de los votos de sus integrantes; y las experiencias anteriores tienden a sembrar bastantes dudas sobre su posible “efecto multiplicador”, aunque tampoco cabe desestimarlo de plano.

Personalmente pienso que el “sorpasso” al PSOE no es descartable (en votos más que en escaños), aunque tampoco lo doy por seguro; y si se produjera sería más por la caída de los socialistas que por el efecto multiplicador de la coalición Podemos – IU. Y lo que no me parece factible es superar al PP y alzarse hasta la cabeza de la tabla, aunque repito que la campaña acaba de empezar, y que a estas alturas todo es posible.

  1. MIS TEMORES HACIA EL FUTURO: ¿MATRIMONIO DE CONVENIENCIA O “LO QUE DIOS HA UNIDO QUE NO LO SEPARE EL HOMBRE”?

Como militante del Frente Amplio uruguayo desde su fundación, y obsesionado por la unidad de la izquierda, la noticia del acuerdo Podemos – IU debería constituir para mí un motivo de alegría. Pero la verdad es que me produce más temores y desconfianzas que expectativas. Trataré de explicar por qué, aunque reconozco que no me será fácil.

  1. Los términos del acuerdo: la realidad y su relato

En el primer apartado de este artículo he ido desgranando una serie de dudas sobre la congruencia entre la teoría y la práctica en cuanto a los términos del acuerdo. Los resumo aquí:

  • La inequidad del reparto de puestos en las listas: IU pretendía adjudicarse no menos de la sexta parte de los escaños que se obtengan el 26J, y así se “vendió” a la militancia en el segundo referéndum. Creo haber aportado ya suficientes pruebas de que esto no ha sido así en la confección real de las listas, de modo que veo innecesario insistir en ello.
  • El nombre o marca de la coalición: “Unidos Podemos” me parece insuficientemente inclusivo, no sólo por su masculinidad (que también, aunque reitero que es un problema estructural que debiera corregir la RAE), sino por la ausencia de las “patas menores” del acuerdo, algunas de las cuales distan mucho de ser insignificantes en sus respectivos territorios. Hubiese preferido un nombre completamente ajeno a las organizaciones participantes, capaz de crear una nueva identidad “ut supra” de las mismas, como lo fue en su momento “Frente Amplio”. Pero, a tenor de las declaraciones de Adolfo Barrena, secretario de organización de IU y principal representante de la misma en las negociaciones, la cuestión carece de importancia puesto que el nombre no se utilizará en la campaña. Que alguien me explique qué sentido tiene tirarse un mes debatiendo sobre el nombre para luego no utilizarlo más que para la inscripción formal en el registro de coaliciones: me temo que no será así.
  • La visibilidad de la identidad de las organizaciones participantes: No puedo anticipar cómo se organizará la campaña electoral (de entrada, la idea de combinar acciones separadas y conjuntas no es inviable pero sí bastante compleja de ejecutar), pero lo que no llego a entender es cómo puede mantenerse esa visibilidad en la acción legislativa sin contar con un grupo parlamentario propio, que por supuesto es totalmente inviable.
  • Las renuncias programáticas: Según ya he anticipado en el primer apartado, el programa común “50 pasos para gobernar juntos” conlleva para IU la renuncia a postulados de gran peso. Puedo comprender algunas de estas renuncias, que pudieran considerarse “objetivos máximos” o de largo alcance, pero hay otros que requerirían una ejecución más o menos inmediata, y que no comprendo por qué no han sido incluidos, tales como:
    • La derogación de los artículos 315.3 y 558 del código penal (tendentes a criminalizar el derecho de huelga y la acción sindical)
    • La restitución de los 45 días de indemnización por despido improcedente
    • La creación de un parque de vivienda pública para su puesta a disposición en régimen de alquiler social
    • La recuperación e incremento del carácter progresivo, justo y suficiente de la fiscalidad
    • La supresión de las SICAV
    • La supresión de la asignatura de religión del currículum escolar
    • La supresión de la financiación pública de la Iglesia y la exigencia del pago de impuestos por sus propiedades, ingresos y capitales
    • La nacionalización de sectores productivos estratégicos
    • La conformación federal del Estado

Me parece un precio demasiado alto a cambio de 2 o 3 diputados más.

  1. El carácter aparentemente sólo táctico y coyuntural de la coalición

Pese a las reiteradas declaraciones y mensajes que lo niegan, en mi opinión (coincidente con la de otros analistas), es casi imposible que esto tenga vuelta atrás, sino más bien todo lo contrario, irá progresando hacia la plena integración de la militancia de IU en Podemos. Ese es el proyecto, tal cual lo expresa con meridiana claridad Héctor Maravall en un artículo reciente “Podemos e IU: un pacto necesario”, Nuevatribuna, 10 de mayo: “Sinceramente yo hubiera sido partidario de haber pactado una confluencia organizativa de IU en PODEMOS, ordenada, digna y con consecuencias políticas de fondo y no sólo repartos de presencia en los órganos de dirección”. Y pienso que en esa misma línea va la “recuperación de los derechos electorales del PCE”, propuesta por su secretario general, José Luis Centella.

Creo que esa “confluencia organizativa” es inviable en los términos en los que la propone Maravall, porque Podemos nunca aceptará la integración de una organización como tal, sino la de sus militantes de forma individual (que es lo que se ha propuesto y, poco a poco, va consiguiendo). Quien diga esperar otra cosa, o sueña despierto o está ocultando su verdadero proyecto.

Pero tampoco me satisface este pacto meramente táctico (suponiendo que fuese cierto): sigo creyendo en la necesidad de la unidad de la izquierda como proyecto ineludible de futuro, sólo que desde bases más equilibradas y equitativas que la absorción de todas las organizaciones por una de ellas, que es lo que pretende Podemos. Esto implica crear una supra-identidad común, en la que los militantes y simpatizantes de todas las organizaciones se sientan integrados sin renunciar a ser lo que son, algo bastante más complejo y que, sobre todo, implica renuncias equitativas, cosa a la que Podemos no ha estado ni estará dispuesto, salvo catástrofe (que de momento no está en el horizonte, pero ya veremos). Y esto pasa ineludiblemente por la creación de una red común de organismos de base, y su correspondiente representación en unos órganos de dirección igualmente comunes, requisitos ambos que ni están ni se les espera.

A estas alturas de la historia tengo ya bastante asumida la extinción de Izquierda Unida como marca y como organización autónoma (su propia dirección se ha encargado suficientemente de destrozar su prestigio a lo largo de los últimos dos años), aunque todavía me duele. Pero más me preocupa la pervivencia de la razón de ser de la marca, que es algo mucho más importante: su ideología, su programa, su ética, su metodología… A eso no estoy dispuesto a renunciar.

  1. La indefinición ideológica y programática de Podemos

Éste es un aspecto sobre el que ya han corrido ríos de tinta, por lo que no merece la pena insistir demasiado en ello, aunque por su capital importancia no puedo dejar de mencionarlo. Del aparente radicalismo de su programa para las elecciones europeas de 2014, a la búsqueda de la transversalidad y la negación del eje izquierda-derecha, para regresar abruptamente a él al negarse a un pacto de investidura que incluyese a Ciudadanos “por ser de derechas”, hay todo un rosario de bandazos, virajes e incongruencias, decididos al son de los sondeos de intención de voto con los que sus dirigentes se desayunan cada mañana.

Está claro que a una coalición no se le puede ni debe exigir pureza ideológica sino más bien pluralismo, pero se necesita saber con claridad con quién nos estamos asociando, por más transitoria, epidérmica e interesada que sea tal sociedad.

Porque de lo contrario, lo que estamos poniendo en juego es nuestra propia credibilidad ante la sociedad, por un lado, y la del programa que hemos consensuado por otro. Y porque esa falta de credibilidad afecta no sólo a lo ideológico o programático, sino también a la propia lealtad hacia las demás organizaciones participantes y hacia la coalición en sí.

En resumen, la experiencia de estos dos años sugiere que Podemos puede ser un socio poco fiable, y no parece lo más sensato asociarnos con quien no nos inspira confianza.

  1. El liderazgo

Por último (y a fin de no alargar interminablemente este texto), debo hacer mención a la nada banal cuestión del liderazgo. Y en ese sentido también me mantengo fiel a mi modelo de referencia, el Frente Amplio uruguayo (sobre todo en su versión inicial de 1971). Es obvia la necesidad de un líder como seña de identidad de cualquier organización política que pretenda competir electoralmente. Pero en una coalición ese liderazgo debe constituir un común denominador consensuado entre todos sus integrantes, y no identificado meridianamente con uno de ellos, como es el caso de Pablo Iglesias.

Y el problema de Pablo no es sólo su identificación más que obvia con Podemos, sino el rechazo que suele generar en los demás (y al que personalmente no puedo sustraerme). Me avengo a la necesidad de una cara visible por mor del marketing electoral, pero si ello fuese posible preferiría prescindir de ese elemento: nací a la política hace ya casi 50 años cantando La Internacional, y no logro quitarme de la cabeza aquello de “ni dioses, reyes ni tribunos…”. No creo en los líderes carismáticos generadores de adhesiones incondicionales, sino en aquellos que surgen como expresión genuina de quienes les eligen.  

Como buen uruguayo, tengo grabada a fuego en la memoria la frase de Artigas, nuestro héroe nacional, frente a su pueblo reunido en asamblea: “Mi autoridad emana de vosotros, y ella cesa ante vuestra presencia soberana”. Lo siento mucho (e imagino que mis compatriotas que le conocieron me comprenderán bien), pero para mí Pablo Iglesias se me queda corto frente a la talla de Líber Seregni. Si fuésemos capaces de encontrar alguien así, quizá otro gallo me cantaría, no sólo (ni tanto) por su propia figura, sino por el consenso que le elevó a esa responsabilidad y que fue capaz de sostener en torno a su persona.

Para terminar, algunas reflexiones sobre el futuro de IU y, en particular, de quienes dentro y fuera de ella mantenemos posiciones más o menos acordes con las que acabo de exponer:

  • Somos un colectivo minoritario en este momento, pero suficientemente significativo como para reivindicar su peso en la organización y en la política nacional
  • Pero estamos atomizados y dispersos. Unos se mantienen dentro de la organización, otros han retornado a ella tras la “desfederación”, y los que hemos optado por no regresar estamos, a nuestra vez, diseminados en varios colectivos (algunos) o directamente aislados.
  • Es imprescindible que recuperemos la comunicación para tratar de llegar a una acción coordinada
  • Si definitivamente IU es absorbida por Podemos (como nos tememos), quienes aún permanecen dentro no tendrán más remedio que salirse (muy pocos pasarán por ese aro).
  • Y entonces tendremos que encontrar o crear una organización que nos aglutine
  • Quizá prematuramente, algunos de nosotros ya estamos trabajando en ello
  • Pero no debemos “quemar las naves”, y sobre todo tenemos que proteger y fortalecer los puentes de diálogo con los demás, cualesquiera sean las opciones momentáneas que hayan adoptado.

Y por sobre todas las cosas, no perdamos nunca de vista cuál es el enemigo principal y cuáles las contradicciones secundarias: ser firme en nuestras convicciones no equivale a ser sectario, tomar opciones distintas no conlleva ser mala persona, ni acomodaticio, ni chaquetero… Hay militantes muy valiosos, con auténticas convicciones de izquierdas, de los que discrepamos en esta coyuntura concreta, pero hemos caminado juntos durante muchos años y no debemos descartar que volvamos a reunirnos en un futuro no tan lejano, puesto que compartimos el mismo anhelo que da sentido a nuestras vidas: un nuevo modelo de sociedad, regido por la igualdad, la solidaridad y la plena libertad (que sólo puede ser tal si se dan las demás condiciones). Donde, al decir de Mario Benedetti, “acabe la caridad y empiece la justicia”. O, como la definía otro compatriota ilustre, Daniel Viglietti, “donde se nivelen todos, la misma tierra pisando”.

Y terminaba Viglietti su canción:

“Pero también si me dicen
que ese paraje que no hallo,
tengo que ayudar a hacerlo,
meter el hombro y alzarlo;
no me lo pongan en duda,
que me abajo”

Soy tan sólo uno más, pero podéis contar conmigo. Llevo casi medio siglo metiendo el hombro, eso ya no va a cambiar.

‘Unidos Podemos’ ¿Matrimonio de conveniencia o el abrazo del oso?