domingo 9/8/20

El espacio del NO

A Javier Camacho
A Juan Luis Camarero
A Julio Alguacil

Compañeros, amigos, hermanos, luchadores infatigables, que el maldito cáncer nos ha arrebatado prematuramente en apenas tres meses.


Seguramente concordaríamos (conmigo y entre sí) en algunas de las ideas que aquí se expresan y en otras no, pero compartiríamos el fondo y las intenciones que me animan. Y las habríamos debatido serenamente, con calma, con espíritu constructivo, y ese debate en nada hubiese alterado el profundo cariño recíproco que nos teníamos.

Me será (me está siendo) muy difícil sobrellevar vuestra ausencia, Que la tierra os sea leve, camaradas.

La historia es bien conocida, por lo que no me extenderé demasiado sobre ella, apenas unas breves pinceladas para situarnos en la coyuntura actual y constatar sus similitudes y diferencias: el referéndum OTAN del 12 de marzo de 1986, convocado in extremis por Felipe González para dar cumplimiento a una de sus promesas más simbólicas, generó una profunda división en la militancia y el electorado socialistas, tras el viraje de la dirección y del Gobierno, que terminó propugnando la permanencia en la alianza imperialista, tergiversando así el discurso mantenido por el PSOE durante toda su historia reciente hasta entonces, resumido en el lema “OTAN NO, BASES FUERA”.

Esta fractura pareció abrir lo que hoy, en el tan de moda lenguaje marketiniano que se nos ha pegado, denominaríamos “ventana de oportunidad”: lo que en su momento se dio en llamar el “ESPACIO DEL NO” que, en términos cuantitativos, venía a suponer en torno a un 24% del censo electoral de la época (unos 29 millones) y el 40% de los votantes efectivos en el referéndum (algo menos del 60% del censo). Para intentar la ocupación de ese “ESPACIO DEL NO” fue creada Izquierda Unida en abril de 1986. El adelanto electoral decidido inmediatamente por Felipe González (de finales de octubre al 22 de junio) frustró en gran parte esas expectativas, otorgando al PSOE su segunda mayoría absoluta, pero algo se consiguió mejorar: de unos exiguos 4 diputados obtenidos por el PCE/PSUC en 1982 se pasó a 7. Aunque la (relativa) efectividad de la operación no fue visible hasta más adelante; 17 diputados en 1989, 18 en 1993, 21 en 1996. Pero es de suponer que a esas alturas el referéndum OTAN ya estaría amortizado, por lo que la explicación del crecimiento electoral de IU debiera buscarse en otros factores.

En el momento de escribir estas líneas, la más que probable abstención del PSOE (cualquiera sea su formato: total, parcial, “técnica”…) para facilitar la permanencia de Mariano Rajoy en la Presidencia del Gobierno, y la fractura que ella provocará (ya está provocando) en su militancia y electorado, parece abrir una nueva “ventana de oportunidad”, que podríamos denominar la resurrección de ese “ESPACIO DEL NO”, esta vez a permitir un segundo mandato del PP. Un espacio más heterogéneo y con menor carga ideológica que el de 1986, pero aún así aprovechable para consolidar un conglomerado electoral opositor potente y movilizado. Con la ventaja de que ya no se plantea con tanta urgencia, puesto que (en principio, al menos) no se avizora la primera contienda electoral a la que habría de enfrentarse hasta 2019. Se dispone, por lo tanto, de cierto margen de tiempo para su implantación, aunque no tanto para su conformación: al igual que el referéndum OTAN, nos encontramos ante un elemento de unificación de carácter coyuntural, que requiere, por lo tanto, de una respuesta más o menos inmediata para mantener viva su motivación.

Hasta aquí las similitudes entre ambas coyunturas. Pero es igualmente importante prestar atención a las diferencias, para diseñar adecuadamente la estrategia a seguir. Y estas diferencias tienen bastante importancia. Destacaría las siguientes:

  • Se trata, como ya he anticipado, de un espacio bastante más heterogéneo. El “no” al PP y, en particular, a Rajoy, puede provenir de motivaciones muy variadas, como el rechazo a la corrupción que representa, a su política territorial (en particular con respecto a Cataluña),  a la política de austeridad, a las reformas legislativas de corte represivo, a la pérdida de derechos laborales y sociales, al deterioro de la condiciones de subsistencia, etc.
  • En especial, creo que es necesario diferenciar entre quienes le rechazan únicamente por la corrupción o por su negativa a cualquier solución transaccional al conflicto catalán, y los que (además) demandan el fin del “austrericidio” impuesto desde Bruselas (es decir, la vuelta a los “años felices” de –relativa– vigencia de los derechos sociales y el acceso universal a los servicios públicos esenciales); y entre estos últimos y quienes quisieran profundizar en el ejercicio de esos derechos, extendiéndolos a la vivienda, el trabajo, la renta mínima, etc. Serían, cuando menos, cuatro planteamientos claramente diferenciables y por lo tanto difícilmente susceptibles de agruparse bajo un mismo programa alternativo.
  • Esa misma heterogeneidad lleva a que la carga ideológica subyacente tenga menor intensidad que el “OTAN NO, BASES FUERA”, cuyo carácter netamente antiimperialista estaba fuera de discusión. Dentro de ese “espacio del no” a Rajoy cabe cierta dosis de visceralidad, lo que en principio implica el riesgo de una mayor facilidad de desconexión y, sobre todo, de un menor potencial de movilización.
  • Por otra parte, nos encontramos ahora con un estado de movilización social prácticamente en “encefalograma plano”, por lo que nos será necesario (posiblemente con carácter prioritario) emprender la reconstrucción de los movimientos sociales y su capacidad de convocatoria, hoy en buena parte fagocitados por las organizaciones políticas y las batallas electorales.
  • En contrapartida, el objeto de rechazo es más nítido (puesto que se puede materializar en una persona concreta) y también, más duradero, puesto que tendremos que soportar el mismo Gobierno durante toda esta legislatura, dure lo que dure (sospecho que no menos de un par de años, aunque difícilmente llegue hasta el agotamiento del plazo constitucional). Y durante todo ese periodo tendremos un Gobierno que seguirá tomando decisiones susceptibles de generar rechazo, y acosado por la permanente sombra de la corrupción, ventilada por los medios a perpetuidad gracias al interminable vía crucis procesal que le espera al PP durante los próximos años. Es decir que el objeto del “No” seguirá allí, incólume, como una suerte de “puching-ball” sobre el que podremos percutir sin límite de tiempo ni posibilidad de escurrirse.
  • A esa continuidad de la permanencia del objeto de rechazo se viene a sumar el hecho de que dispondremos de un periodo de tiempo bastante largo para la articulación y consolidación de un movimiento unitario en torno a tal rechazo, como ya he señalado.
  • Y finalmente nos encontramos con una distribución de las fuerzas de la izquierda menos concentrada, entre un PSOE en situación de extrema debilidad (sino en franca descomposición) y un Unidos Podemos en situación de disputarle la hegemonía.
  • Las posibilidades de fuga de votantes, militantes e incluso cuadros del PSOE son, por lo tanto, potencialmente mucho mayores, aunque también es verdad que la capacidad de conservación y reconstrucción de los sentimientos de pertenencia ha sido casi siempre sorprendente en la más que centenaria historia de este partido.
  • A lo que se viene a sumar la absorción (sino de derecho, cuando menos de hecho) de Izquierda Unida (y por lo tanto del PCE) por Podemos.
  • Nos encontramos, en consecuencia, a diferencia de 1986, con un espacio fragmentado en dos bloques relativamente homologables en su potencia electoral. Y ambos sacudidos por importantes divergencias internas y fuertes enfrentamientos por el poder, que pueden llegar a amenazar incluso su integridad y coherencia.
  • Se trataría, por lo tanto, de embarcarnos en una auténtica reconstrucción del espacio político, organizativo y electoral de la izquierda en su conjunto, que le permita enfrentar con mínimas posibilidades de éxito la aplastante hegemonía actual de la derecha.

De estas similitudes y diferencias, y también de la experiencia de IU desde 1986, debemos sacar conclusiones que nos permitan utilizar al máximo el potencial organizativo y movilizador de ese “espacio del no”. A título de sugerencia (y por lo tanto enteramente discutibles y sin ninguna pretensión de agotar la cuestión), se me ocurren las siguientes:

  • No deberíamos proponernos abarcar la totalidad de ese “espacio del no”. Difícilmente podamos formular un planteamiento ideológico, ni mucho menos un programa, que resulte aceptable para todos sus muy diversos componentes.
  • De entrada, yo descartaría esas dos primeras fracciones del espacio que he definido anteriormente como los movidos únicamente por el rechazo a la corrupción, por una parte, y por quienes se centran en la cuestión territorial por otra; y me centraría en los dos restantes, los movilizados por la añoranza de los derechos perdidos y los que buscan profundizarlos y extenderlos cualitativa y cuantitativamente. Los primeros son susceptibles de ser atraídos hacia un mayor nivel de exigencia con un trabajo comunicativo y pedagógico adecuado, de donde parece más factible alcanzar una base mínima de consenso que, sin ser plenamente satisfactoria, resulte al menos aceptable para ambos. Se trataría, por tanto, de dos espacios en principio no necesariamente antagónicos, y que pueden llegar a ser complementarios mediante una adecuada estrategia de comunicación y pedagogía política.
  • Puesto que no hay en este momento una fuerza claramente hegemónica, la conformación de una única entidad organizativa y electoral que reúna al conjunto de ese “espacio del no”, tal como lo he definido anteriormente, requiere de un esfuerzo de delicado equilibrio: no basta con la sola voluntad de una de las organizaciones preexistentes, sino que se hace imprescindible respetar la identidad, afectos y cultura política de los potenciales desencantados de la otra. Y no deberíamos esperar que esos desencantados “vengan a nosotros”, sino que logremos vertebrar un concepto de nuevo cuño, ut supra de los actuales partidos, con el que todos se sientan identificados sin por ello verse forzados a renunciar a su identidad primigenia.
  • Esto implica que la fórmula jurídica a adoptar en la conformación de ese nuevo concepto sea necesariamente la de coalición.
  • Que su ámbito abarque la totalidad del territorio nacional (sin excepciones territoriales), aunque en él tengan igualmente cabida organizaciones de menor radio de acción.
  • Que se consiga conformar una dirección política conjunta, capaz de trazar, a su vez, una estrategia coherente y a largo plazo
  • Centrada en un programa común, aceptable para todas las partes integrantes, pero suficientemente avanzado para no dejar claramente insatisfecha a ninguna de ellas.
  • En cuya denominación no pueda identificarse la presencia de ninguno de sus componentes (aunque quede claro que todos ellos son partícipes).
  • Cuyo liderazgo recaiga, al menos en principio, en una figura relativamente “neutral”, y por lo tanto aceptable para todos.
  • Y lo más importante: que cuente desde el principio con una sólida red de organismos de base, ya sean de carácter territorial, profesional o en función de otras afinidades.
  • Y con los canales adecuados para que las opiniones, propuestas, críticas… emanadas de esos organismos puedan ser comunicados a la dirección y tenidos en cuenta en las decisiones que ésta vaya adoptando.
  • La creación de esta convergencia no puede en absoluto contraponerse a la movilización social, sino que deberá surgir como un corolario natural de ésta y de la unidad de acción que en ella se produzca. En otras palabras, la unidad de acción electoral debe ser la prolongación y la consecuencia lógica y casi automática de la unidad en la movilización social y sindical, sin la cual carece de sentido y nada en el vacío.
  • Por último, será indispensable tener en cuenta la coyuntura internacional en la que nos encontramos: la globalización, por una parte, y la inserción de España en la Unión Europea y en la Zona Euro por otra. Ambas circunstancias nos obligan a tener muy en cuenta la necesidad de establecer lazos y vías de comunicación estrechas con organizaciones de orientaciones similares o, al menos, compartibles de otros países, en aras de crear una fuerza de acción conjunta capaz de plantar cara a ambos fenómenos concomitantes, como derivados que son del neoliberalismo actualmente dominante.

Reitero que lo aquí expuesto no es más que un primer esbozo de una idea compleja, tanto en su concepción como (sobre todo) en su ejecución. Pero creo sinceramente que la actual situación de desconcierto y decepción del electorado y la militancia de la izquierda española no nos permite esperar a un desarrollo teórico acabado para ponerla por escrito y, si procede y se comparte la idea, dar los primeros pasos para su plasmación colectiva.

Soy muy consciente de las dificultades de la propuesta, pero también de su imperiosa necesidad en un momento de retroceso tan grave como el que vivimos.

Lo que propongo requiere mucha serenidad, mucha generosidad y, sobre todo, una enorme tenacidad. Se trata de un verdadero trabajo de hormigas, al decir de mi admirado Daniel Viglietti:

Pero los sueños y los caminos
Las hormiguitas no dejarán
Los van cargando con la ilusión
De un circo en viaje hacia la función
Si les preguntan dónde trabajan
Contestan siempre ‘en la construcción’
La construcción

Las hormiguitas carpintereando
Albañileando, pintarrajeando
Imaginando, desolvidando, enamorando
Y hasta cantando
Van caminando y acumulando
Verde energía, mucha esperanza
Mucha esperanza”

De esto se trata. De algo que

Es tan redondo como los ojos
De un ser humano al despertar
Es tan redondo como el planeta
Que vamos juntos a liberar
A liberar, a liberar”

Quizá (muy probablemente) todo esto no sea más que un sueño pero, por una vez. permitidme soñar.

El espacio del NO