lunes. 22.07.2024

Podemos, o el dilema socialdemócrata

Podemos se nutre constitutivamente de los restos de otros fuerzas políticas, más o menos organizadas.

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Enfilado ya el tramo final hacia las elecciones generales, constituidos los ayuntamientos, y en marcha los pactos autonómicos, prácticamente perfilados después de que la actitud oscilante de Ciudadanos se haya decantado, como no podía ser menos, por apuntalar al PP e impedir un dominio excesivo del PSOE, y que Podemos se debata entre apoyar al PSOE o permitir que siga gobernando la derecha -papel bastante ingrato para quien aspira a ganar las próximas elecciones-, es el momento de analizar desafío el político que se le plantea a las fuerzas de izquierda que se postulan como una alternativa real de cambio.

Aunque el bipartidismo imperfecto ha aguantado en el entorno del 53%, rebajando las estimaciones demasiado optimistas de políticos ingenuos o simplemente ilusionados, la aritmética electoral, que es lo que finalmente cuenta en democracia, dibuja un escenario de poder municipal muy distinto a esa mayoría de populares y socialistas.

ADJUDICACIÓN DE LAS CAPITALES DE PROVINCIA

                                   PP: 19.

                                   PSOE: 17.

                                   Plataformas Ciudadanas: 5.

                                   PNV: 3.

                                   CiU: 1.

                                   Otras formaciones: 5.

Como se ve, los 2 puntos de diferencia en los votos obtenidos entre el PP y el PSOE en las elecciones municipales se han traducido, gracias al apoyo más o menos conflictivo de las candidaturas de unidad popular y otros grupos de izquierda, en un dominio claro de la izquierda, con el partido socialista como máximo beneficiario en términos globales, pero con las candidaturas de unidad popular controlando cuatro de las cinco principales capitales, entre ellas las dos más significativas políticamente: Madrid y Barcelona. Al Partido Popular sólo le ha salvado de una debacle total la ayuda inestimable de Ciudadanos, cuya rigidez de criterios regeneracionistas ha demostrado ser bastante moldeable. Más o menos, lo previsible.

A esta somera constatación podemos añadir la encuesta de Metroscopia para El País, realizada el 6 de Junio donde se apunta una leve recuperación del PP (+3,7) y el PSOE (+1,1), de nuevo en empate técnico, una ligera pero continuada caída de Podemos (-0,6), y el inicio de lo que puede ser un desplome de Ciudadanos (-6,4). Naturalmente, está por ver el efecto que los pactos municipales puedan tener en la previsible evolución del voto de cara a la elecciones generales. Sin duda, los cambios de opinión de ultima hora de Ciudadanos, como ha ocurrido en Almería o Alcobendas (trama Púnica), tienen mucho que ver con este previsible impacto. En cualquier caso, lo que interesa desde un punto de vista del cambio real, es cómo afrontan fuerzas de izquierda, particularmente Podemos e Izquierda Unida, las próximas elecciones. Porque estas alturas solo se engaña el que quiere; o al que le gusta soñar despierto en un idílico mundo de cielos asaltados, socialdemocracias (a la escandinava, ¡qué menos!) de prístina pureza ideológica, o regeneracionismo, esta vez sí, salvador de la patria.

El ser o no ser del populismo de izquierdas

Aunque se trate de una formación nueva, lo cierto es que Podemos se nutre constitutivamente de los restos de otros fuerzas políticas, más o menos organizadas (comunistas antiestalinistas, anticapitalistas, anarquistas, socialistas de izquierdas, etc.) y el entusiasmo participativo de quienes, hasta ahora, vivían desengañados y de espalda a los procesos electorales. Entusiasmo, todo hay que decirlo, con poco arraigo partidista, como se ha visto en la escasa participación en las elecciones internas de Podemos. Y aquí nace una parte sustancial de sus problemas, origen de las actuales pugnas internas. Desde un punto de vista organizativo, lo que cuenta son los elementos ya politizados que pugnan por la dirección del partido y su orientación. Generalizando mucho, la contradicción se da entre las ideas vestigiales de Podemos y su objetivo natural de conquista del poder que les impulsa, para conseguir una mayoría social suficiente y necesaria, a inclinarse por una definición claramente socialdemócrata. De ahí su referencia admirativa a Olof Palme, sin duda un político honesto y progresista al que le costó la vida la coherencia con sus ideas. Es evidente que la socialdemocracia escandinava cumplió un papel importante en la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores, gracias al pacto social que significó el Estado del Bienestar. El precio fue la aceptación del sistema capitalista como única forma posible -y deseable- de sistema económico. Es decir, la socialdemocracia quería reformar el sistema sobre la base de aceptarlo, que es precisamente lo que caracteriza al reformismo, no el hacer reformas. Ese papel, positivo en su momento, ya no sirve en la fase actual de desarrollo capitalista, como evidencia la globalidad, amplitud, y profundidad de la crisis, que lo primero que ha supuesto es una reducción -desmantelamiento en algunos casos- de ese mismo Estado de Bienestar. Desde un punto de vista objetivo, la cuestión hoy se plantea en términos de avanzar en la construcción de un nuevo sistema económico, el socialismo, con las transformaciones políticas y democráticas que tal construcción conlleva, lo que llamo Democracia Ampliada, o aceptar la lógica capitalista y sus consecuencias, aunque se traten de amortiguar. La discusión interna de Podemos y de la izquierda alternativa en general, no estriba en si se debe reformar lo actual, que evidentemente hay que hacerlo porque nunca se parte de cero (y cuando se ha intentado el fracaso resultó ser dramático), sino si se acepta el sistema capitalista como único escenario posible de desarrollo económico. En pocas palabras, si se opta por la socialdemocracia o por el socialismo, entendiendo este último como un proceso de trasformación que partiendo de la realidad, crea las condiciones económicas, políticas, estatales y sociales para un nuevo escenario que supere las limitaciones intrínsecas del capitalismo.

Este debate de fondo, soterrado y no explícito, es el que explica las actitudes políticas de Podemos, su calculada ambigüedad, la negativa a impulsar con Izquierda Unidad una alternativa de unidad popular, como una parte de su organización parece ser que desea. Pero Podemos no solo muestra ese carácter vestigial sino una realidad palimpséstica que subyace a la teoría populista (versión Laclau) que hoy domina en su dirección. Es decir, debajo de la fraseología de casta, arriba y abajo, gente común, sentido común, transversalidad, régimen del 78, etc. que sustituye con éxito a la terminología manida, y vacía de contenido del, viejo y fracasado comunismo, subyace la ensoñación socialdemócrata. Por supuesto, esta es una opción tan legítima como cualquier otra, lo único es que necesita explicitarse si quiere ser operativa. Y ahí Podemos tropieza con un serio obstáculo: ya existe, aunque sea debilitada y desprestigiada, una opción socialdemócrata, que no se ha hundido a lo PASOK (1), como algunos pensaban, sino que sigue siendo la principal fuerza de izquierda. Y a esa casta  es a la que tiene que desbancar o ayudar a gobernar.

En este sentido hay que reconocer que la dirección de Podemos, encabezada por Pablo Iglesias, es coherente cuando se niega a un acuerdo de unidad popular con Izquierda Unida y pide que todos se cobijen bajo su paraguas. Es, curiosamente, el mismo error del PCE hasta el nacimiento de IU. Pero seamos justos, no se trata de mero tactismo electoral, sino que es el corolario inevitable de la premisa estratégica fundacional. Las tensiones internas, como el manifiesto de Echenique, solo demuestran que Podemos, como propuesta renovada de socialdemocracia, todavía no ha tenido su Bad Godesberg (2), o el XXVIII Congreso Extraordinario que arrumbó el marxismo residual del PSOE, en una jugada inteligente y necesaria de Felipe González, que supongo estudiaran en la facultad donde imparten clases nuestros politólogos.

El problema es que Podemos es un partido instrumental, creado para ganar elecciones, sin un corpus teórico definido ni un programa preciso, por lo que no tienen nada de qué renunciar. En su caso, lo que necesitan es un congreso que defina claramente la formación. Mientras, contentar a todos es la vía para terminar no contentando a nadie. La socialdemocracia, aunque se haga la sueca, necesita asumir el capitalismo para tener sentido y futuro. Lo que no la convierte en enemigo de la izquierda socialista, sino en adversario/aliado en un proceso complejo de avance al socialismo que exige reformas transicionales de lo que existe mientras surge lo nuevo. Y una mayoría social para impulsar dichas reformas, que se consigue en el propio proceso necesariamente participativo. Los pactos tras las elecciones municipales y autonómicas nos enseñan algo al respecto. No habría gobiernos municipales sin el apoyo del PSOE, y viceversa; ni gobiernos autonómicos del PSOE sin apoyo de Podemos, aunque aquí, como era de esperar, no hay viceversa que valga. Por eso, las elecciones municipales son las que marcan el camino. Salvo que se acepte una repetición de lo ocurrido en Andalucía. No creo que sea muy arriesgado predecir que, con más o menos claridad y correlación de fuerzas más o menos favorable, ese es uno de los escenarios más probables en las próximas elecciones generales.

Resumiendo, si Podemos sigue fiel a su estrategia populista-socialdemócrata, una especie de Laclau a la sueca (3), no serán posibles las candidaturas de unidad popular, por lo que supondrían de una radicalidad de la que huyen como de la peste. Como no lo habrían sido en las elecciones municipales de haber tenido tiempo para crear y ampliar su estructura organizativa por todo el territorio, y captar los cuadros necesarios. Al menos hay que reconocerles la sinceridad con que han actuado: ellos mismos fueron quienes dieron esa razón al explicar su postura de no participar con marca propia. Sinceridad y honradez no les falta, lo que debería facilitar las próximas alianzas, pese a su indudable bisoñez. Pero antes tienen que superar el complejo de Hamlet. Hoy por hoy, tras el encuentro entre Pablo Iglesias y Garzón todo parece indicar que la opción socialdemócrata es la que tiene más posibilidades de afianzarse, apoyada en el inevitable patriotismo de partido. ¡Que viejo puede ser lo nuevo!

Claro que no toda esperanza está perdida. Si los actuales debates internos, la mediación de figuras como Julio Anguita, una reflexión seria de los resultados electorales por sus dirigentes más lucidos, y la presión de la calle, terminan por imponer la cordura sobre las ensoñaciones, la izquierda por el cambio real podrá plantarse y convertirse en alternativa con serias posibilidades de éxito. Aunque habrá que contar, no debemos olvidarlo, con el apoyo, activo o pasivo, de la socialdemocracia realmente existente, el PSOE, en rápido proceso de depuración y renovación, en gran parte por presión de la izquierda alternativa. Las imputaciones ya firmes de Chávez y Griñán obligan al PSOE ha acelerar su puesta en escena -primer acto, la bandera- de renovación y cambio.

Así las cosas, a escasos meses de la elecciones generales, los acuerdos municipales de unidad popular, pese algún incidente desafortunado como el de Gijón (repetición de los errores de Extremadura) deben servir de base para implementar una amplia alternativa de izquierdas. con Podemos preferentemente, sin Podemos si, desgraciadamente, se impone la ensoñación populista. El dilema al que se enfrenta Podemos, como fuerza fundamental en la unidad de la izquierda, es si se reafirma en su propuesta socialdemócrata regeneracionista, aceptando sin ambages la economía capitalista, lo que le obliga a tener su congreso ad hoc; o si se decanta definitivamente por convertirse en un instrumento para la transformación de nuestro país en la perspectiva socialista. Alguno pensará que este dilema es vieja política. Puede ser, pero en todo caso tan vieja como la lucha por el socialismo. Las formas cambian, los caminos se renuevan, pero el fondo y la meta siguen donde estaban. La socialdemocracia, clásica y renovada, ha fomentado grandes avances sociales y mejoras materiales mientras el capitalismo seguía una senda expansiva. Es innegable. Pero no ha conseguido romper el corsé, cada vez más asfixiante, de las relaciones de producción capitalistas, ni evitar las crisis consustanciales al sistema económico; ni siquiera, detener la desigualdad creciente y el impacto suicida medioambiental. La socialdemocracia ha jugado un papel progresista en el pasado, atenuando las injusticias consustanciales con el capitalismo, pero ya no es útil, al menos tal y como pretende afrontar los problemas generados por el capitalismo globalizado, especulativo y de dominio financiero universal, en la era de la Revolución Digital. La alternativa socialista es una necesidad imperiosa para el crecimiento económico sostenible (el socialismo se construye sobre la riqueza), sin el que no es posible mantener en niveles adecuados el Estado del Bienestar, y una verdadera justicia social basada en la igualdad y la solidaridad. No son viejas consignas desprestigiadas y caducas, son necesidades para el crecimiento de nuestra sociadedad. Las bases objetivas para un nuevo sistema económico se están desarrollando vertiginosamente ante nuestros ojos, pero parece que no nos damos, o no nos queremos dar, cuenta. La única nueva política posible es la que ofrece soluciones de desarrollo socioeconómico y político a los acuciantes problemas de hoy.

La izquierda alternativa, de vocación socialista por lo tanto, solo tiene sentido si su acción política y propuestas programáticas se enmarcan en un proyecto de transformación económica, política y social, que se proyecte más allá de las limitaciones del capitalismo, y no se limite a paliar sus efectos colaterales. Esa es la verdadera línea divisoria, se llame como se llame, se vista como se vista. En ese sentido, los esfuerzos de Izquierda Unida por construir esa alternativa de unidad popular, pese al rechazo de Podemos, merecen todo el apoyo.


(1) Movimiento Socialista Panhelénico fundado por Andreas Papandreou en 1974, tras la caída del régimen militar griego y la restauración de la democracia. Se trata de partido dinástico que participó en el último gobierno de la Nueva Derecha, con su Presidente, Evangelos Venizelos, antiguo ministro de Finanzas cuando Grecia aprobó los recortes más duros, como viceprimer ministro y ministro de Exteriores.

(2) Congreso extraordinario celebrado el 15 de noviembre de 1959 en Bad Godesberg, distrito residencial de Bonn, en el que la socialdemocracia alemana (SPD) renunció al marxismo como ideario político, y aceptó la economía de mercado.

(3) Para Laclau resulta imperiosa la necesidad de ir más allá de fórmulas estereotipadas y casi sin sentido como es la “lucha de clases”, y añade: el retorno del “pueblo” como una categoría política…  que ayuda a presentar otras categorías –como ser la de clase– por lo que son: formas particulares y contingentes de articular las demandas, y no un núcleo primordial a partir del cual podría explicarse la naturaleza de las demandas mismas. La razón populista. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 2005. Socialdemocracia en estado puro… y popular.

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