lunes 27/9/21

Superliga europea y Madrid

Desconozco por completo los extremos complejos de las estructuras económicas y financieras del mundo del deporte en general y del fútbol en particular. Sé, al igual que todos los humanos, que mueve miles de millones de euros a escala planetaria, lo que me ahorra descubrir obviedades. Y también soy consciente de que aparecen y desaparecen mediáticamente nombres propios de dirigentes de ese mundo que no afectan lo más mínimo ni a mi bolsillo, ni a mis intereses, ni a mis preocupaciones personales políticas o intelectuales.

Mi afición por ese deporte está más vinculada al disfrute que permite compartir emociones, chascarrillos, polémicas amigables y, controversias de amplio espectro social. Cosa que me permite hilar una profunda conversación sobre un tema, que va desde el tiempo del recorrido de un taxi con su conductor, hasta la sobremesa de una comida con amigos, o en forma de improvisada y espontánea charla con anónimos parroquianos de un bar en él se toma uno un café. Puro ocio en suma y un hecho social de incontestable interés emocional que concierne a millones de personas y de madrileños en particular. Porque de las tensiones que ese mundo genera en el ámbito mercantil se preocupan otras gentes y del juego once contra once solo suman veintidós. Lo demás es conflicto o paisaje según los barrios e intereses en juego. Y nunca mejor dicho. Hay quienes que se lo toman más a pecho, pero en el pecado llevan la penitencia.

No es la primera vez que gentes dotadas de una supuesta supremacía intelectual, cuya verificación mas allá de su sonrisa despectiva y el tópico comentario al respecto arrojaría sorpresas, ponen cara de asombro por el hecho de que el museo deportivo del estadio Santiago Bernabéu sea el espacio expositivo mas visitado en Madrid antes del Prado en 2019. La pregunta obligada sería cuantas veces acudieron muchos de ellos a un partido de fútbol, o visualizado por televisión en ese año, y cuantas visitado solo una vez al año al Museo del Prado.

Pregunta ampliable, para acérrimos madrileños ahora tan de moda, a la Real Academia de San Fernando, al Matadero, al Caixa Fórum, al Museo Sorolla, el Lázaro Galdiano, entre otros muchos; y no digamos los ya mayores Reina Sofía o Thyssen Bornemisza en el eje museístico Prado-Recoletos. No poseo datos al respecto, pero me juego la cabeza directamente sobre una estadística, que borraría masivamente ironías sobre el nivel del interés cultural de los aficionados al futbol que acuden a las muestras deportivas de ese carácter. O que menosprecian el significado social que tienen.

Y en medio de estas meditaciones aparece Florentino Pérez y la lía con su propuesta de Superliga Europea, convulsionando a dirigentes de la nomenclatura deportiva mundial; a medios de comunicación; a gobiernos y administraciones públicas; además del personal afecto y desafecto; que mezclando intereses con riesgos para sus poltronas en los primeros y una enorme miscelánea de confusiones en el resto, se oponen de una manera u otra a una operación que deteriora dicen al “fútbol modesto”, como si mas allá de las categorías infantiles o de aficionados amateurs, el resto del mundo del fútbol o el deporte profesional no haya perdido esa calificación hace muchísimo tiempo.

Porque en ese segmento de la actividad económica deportiva la modestia, la humildad y las lealtades hace mucho que no son el elemento esencial. Y de nuevo me juego el físico ante quien pretenda demostrarme lo contrario. Cada año en cada fichaje de entrada o de salida (recientes ejemplos hay) las lágrimas y besos al escudo son de cocodrilo. Y si alguien pretende desconocer ese patio tan transitado por agentes e intermediarios de todo pelaje clamando por defender los valores esenciales de espíritu y las bondades domesticas de una inexistente modestia, para oponerlo a un proyecto como el de  la Superliga, no deja de ser una visión completamente irreal, por llamarle así a los bienintencionados. Que siempre los hay.

Lo esencial de los valores que alcanzan cifras éticamente inasumibles desde la comprensión del resto de humanos, por efecto de una habilidad natural entrenada por un deportista de élite, se justifican siempre dada su influencia en millones de personas a nivel mundial, que sus preceptores ponen en valor,  justificando con ello sus ingresos astronómicos. Ejemplos de minusvaloración bursátil reciente de una empresa de refrescos por la retirada despreciativa de un crack mundial de dos de sus envases ilustran eso. Y ese enganche económico y mediático arrastra a todo lo demás como una bola de nieve.

El fútbol de la mujer se profesionaliza, cosa que me parece totalmente justa, pero que es una forma elegante de hablar de dinero;  y hasta el más destacado aspirante juvenil a este deporte, con toda su familia al amparo, sueñan con el valor de su ficha por un gran club; o una buena forma de vida muy superior al de la mina, la hostelería o la ciencia, en una categoría modesta si el nivel no da para más. Sea como sea se habla de economía y de interés personal. Y sería bueno que, cuando estemos contando solo dinero, la hipocresía sobre los niveles apreciables  de otros valores se limitasen por un mínimo de decoro. Porque los intereses sociales son otra cosa.

Por ello, ya que hablamos de otros intereses, habrá que valorar los beneficios colaterales para la ciudadanía en general que una operación como la Superliga Europea podría tener para la ciudad de Madrid. Sin duda los clubs que se han comprometido con ella tiene el objetivo de resolver razonablemente el futuro de sus entidades, tanto por los efectos recientes de la pandemia como por los análisis prospectivos para garantizar el futuro de ese deporte espectáculo. Pero al igual que en el conocido ejemplo de Adam Smith sobre la mano invisible de la economía (el panadero hace el pan para su negocio pero alimenta a la población), la Superliga Europea se presenta como una oportunidad extraordinaria y beneficiosa para Madrid, sus ciudadanos y su  economía tan castigada por el COVD-19.

Que Madrid cada quince días sea una referencia mundial permanente para millones de personas en una economía de servicios como es nuestra ciudad. Que Madrid incremente su oferta como destino turístico en el transporte aéreo, el hospedaje y la hostelería. Que Madrid ingrese más recursos fiscales por la dinámica que todo ello genera, lo que afecta a la inversión pública. Que en Madrid se incremente el consumo de productos primarios de sus recursos agroalimentarios cercanos y se aumenten las transacciones comerciales en el comercio minorista. Que en un Madrid de servicios urbanos (taxi, transporte público o privado, sanitario o formativo) se aumente su actividad o proyección.

Que Madrid pueda aprovecharse en suma de un escaparate mundial constante para proyectar y difundir sus recursos culturales y su patrimonio histórico. Y por último que decenas de empresas y empleos generados por todo ello permitan una más acelerada recuperación económica en Madrid, no puede cifrase en un debate exclusivo sobre los beneficios de un club, aunque ese sea su objetivo particular e inicial. Porque el panadero hace el pan pero Madrid es una capital mundial del futbol, gracias precisamente a que sus “panaderos” en ese deporte son referencia universal. Y no es cosa de que se nos arrebate esta enorme oportunidad por otros intereses encubiertos de falsas modestias, o por un quíteme dos coca-colas. Por ejemplo.

Superliga europea y Madrid