jueves 17.10.2019

Pánico escénico en el Bernabéu

Como si fuese el descubrimiento de la penicilina, los aficionados (de todo tipo) a los tópicos nos ilustran cada día con las obviedades como si fuesen pensamientos nuevos, profundos y sintetizadores sobre el comportamiento humano en no pocas disciplinas. Dentro de esa competición diaria de simplezas, cinismos e hipocresías variadas hay numerosas medallas de oro a repartir según la especialidad de que se trate. Aunque es difícil decidir cuales se llevan la palma.

En ese podio de la estupidez humana no falla la regla implacable de que el cliente (léase espectador, comensal, votante, o consumidor) es quien tiene la razón (defínase primero razón) y su consecuencia directa es que una mayoría indefinida de ellos la tiene, ya sea porque protesta, silba, se manifiesta, consume, vota o no vota de una manera determinada. De manera que pocos de los dirigentes, empresarios, profesionales o comunicadores que tienen que bregar con esos sambenitos escapan a la sumisión a esa regla de supuestas mayorías poseedoras de un conocimiento supremo que nadie comprende, ni sabe lo que es.

El “pánico escénico del Bernabéu” al que muchos de los tifossi madridistas de los tópicos tan animosamente acuden, es, en realidad, un boomerang que explota demasiadas veces en ese estadio para el desconcierto de los jugadores y el desánimo general de su afición

Comienza entonces la exposición de lo que llaman “lenguaje políticamente correcto” que no es otra cosa que mentir a lo bestia justificándolo en el objetivo de apaciguar a la fiera. En el caso de la pasión futbolística los jugadores y entrenadores más avezados en esas artes comunicativas salen al paso con el “mantra” de que el espectador tiene derecho a la protesta porque paga su ticket, argumento en el que coinciden con el comunicador que espolea mañana tarde y noche a las audiencias para que la protesta se produzca y se exprese en forma de silbido o desafección.

Todo ello como si el espectador que no está de acuerdo con esa acción de protesta no lo pagase. Como si el aficionado que acude a un estadio para evadirse y disfrutar de un ocio no se sintiese afectado por la enajenación del que tiene a un milímetro de su posadera y que le mantiene en silencio. Como si el desasosiego colectivo que esa situación genera no transmitiese una sensación desagradable y desorientadora que afecta a todo el espectáculo y al juego mismo, generando una frustración, que financian por cierto todos los que allí están, a los que parece que no hay que respetar ni se le concede derecho alguno. De manera que el “pánico escénico del Bernabéu” al que muchos de los tifossi madridistas de los tópicos tan animosamente acuden, es, en realidad, un boomerang que explota demasiadas veces en ese estadio para el desconcierto de los jugadores y el desánimo general de su afición. Sin duda son posibles otras interpretaciones. Que las argumenten.

Todas las manifestaciones humanas tienen sus orígenes reconocibles. Quién ha obtenido grandes éxitos escapa con dificultad al pecado de soberbia y acaba confundiéndolo como si fuese el orgullo de su propia identidad, cosa que le hace poco soportable. Cuando un espectador de una competición no valora al conjunto de los que intervienen en ella. Cuando considera que los ¨suyos¨ no tienen el menor margen de error y que de sus abultadas nóminas solo se puede desprender el aplastamiento y la humillación de los “otros”. Cuando concluye que es la única forma de amortizar su ticket y apagar la cólera contenida de su propia soberbia. Cuando obvia o desprecia el aplauso y los cánticos de apoyo como algo consustancial con el espectáculo deportivo, que actúa interdependientemente del resultado momentáneo y puede favorecer una victoria final. Cuando todo eso sucede NO se tiene la razón ni se es mayoría de ella. Más bien al contrario de lo que se es mayoritario es de la irracionalidad. De manera que o se deja de hablar del “pánico del Bernabeu” como un plus favorable al club blanco, o se deja de provocar el pánico en la cancha de Chamartín que es lo que hoy sucede con demasiada frecuencia. Cuestión de elecciones deportivas. De las otras… ya hablaremos, que esas sí que tienen tela.

Pánico escénico en el Bernabéu