jueves 09.04.2020

La cacería o el elogio de la Hipocresía

¿Cuántas personas físicas o representantes de personas jurídicas pueden presentar una trayectoria de vida “inmaculada” al juicio de los que, aceptando la situación legal de un comportamiento, la sujetan al escrutinio de la “moralidad?

Que la dimisión de Maxim Huerta como ministro resultó políticamente inevitable es palmario. Que aparezca tal cosa como novedad en el comportamiento de diversos gobiernos socialistas es tener flaca la memoria y resulta casi una tradición el que cuando algo grave sucede en el Partido Popular el que dimite es un ministro del PSOE. Para muestra un botón. El inicio del Caso Gurtel arrojó un balance de dimisión del Ministro de Justicia socialista Mariano Bermejo y el arrojo a los leones del Juez Instructor del caso, Baltasar Garzón. Fue pecado mortal, escandaloso, coincidir en una cacería. Premonitorio. Hay más casos pero harían largo estos comentarios. De manera que sin justificar en manera alguna el comportamiento fiscalmente inadecuado del cesado, que bien cesado está, se abren algunos interrogantes en nuestra conducta social dignos de analizar.

Se ha planteado por los medios de comunicación y por no pocas personas con las que hablo, una cuestión aparentemente clave. Es cierto –dicen- que la falta era considerada leve, que fue hace doce años y que cumplió con el pago al que fue obligado con su sanción incluida y que declaró la totalidad de sus ingresos. O sea no hubo dinero negro en esa conducta. Pero, aducen, que algo como eso siendo frecuente en numerosos profesionales liberales, empresarios o autónomos e incluso trabajadores por cuenta ajena, es inaceptable en alguien que ha asumido una responsabilidad ministerial o de un rango político importante. O sea, que partimos de la hipocresía flagrante de que un comportamiento fraudulento puede ser aceptable en nuestra vida cotidiana privada pero inaceptable en lo público. Las preguntas frecuentes en la contratación de servicios ¿con o sin IVA?; “deme el paro” como forma de obtener una prestación irregular en determinados despidos; o la ausencia absoluta de factura en no pocas prestaciones de despachos o servicios profesionales, arrojan una bolsa de dinero negro y trabajos opacos al fisco absolutamente detectada y reconocida que lastra nuestra economía, todo ello acumulando un enorme fraude fiscal. Pero según esas opiniones solo son criticables moral y políticamente si la falta procediese de un ministro. Vaya.

Porque ahora vienen las preguntas del millón ¿Cuántos ciudadanos y ciudadanas que se han dedicado a actividades profesionales lucrativas, ejecutivos, empresarios, y profesionales liberales, incluida la legión de autónomos que aplican el procedimiento del módulo para cumplir sus obligaciones fiscales, pueden presumir de no haber incurrido en una “falta leve” o al recurso de un vericueto legal para reducir el impacto de los tipos fiscales marcados en hacienda? ¿Cuántas personas que hayan ejercido una actividad económica privada y que haya podido estar sujeta a una controversia mercantil o civil no han soportado una demanda, una querella, una sanción o una multa por los conflictos de intereses que su actividad haya generado con terceros? ¿Cuántas personas físicas o representantes de personas jurídicas pueden presentar una trayectoria de vida “inmaculada” al juicio de los que, aceptando la situación legal de un comportamiento, la sujetan al escrutinio de la “moralidad? Y, finalmente, ¿Cuáles son esos cánones morales exigibles y que órgano, político, jurisdiccional o mediático los determina? La “responsabilidad” y “ejemplaridad” pública ¿Es solo exigible a los representantes políticos? La igualdad ante la ley, ¿es solo en derechos y no en deberes que pueden ser vulnerados por la conducta lasa de los privados que la sociedad se acepta a si misma? La buena educación de nuestros hijos como núcleo de nuestros comportamientos sociales futuros ¿se puede sustentar en ser permisivo con el fraude fiscal familiar y social pero implacable con “los de arriba”?. Mi opinión como aquel gran maestro de la tauromaquia es que los que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible.

La superestructura política (eso que llaman algunos “clase” como si no perteneciesen a ella) se nutre de nuestra realidad social y no de otra cosa. Y habrá que darle al magín sobre eso porque sin reflexionar sobre estas cuestiones veo bastante difícil que la otra permanente reclamación hipócrita de que los más “experimentados” representantes de la civil sociedad se incorporen a tareas públicas o de gobierno tenga el menor viso de éxito. En la vida social y profesional de muchos de ellos hay un currículo inevitable de errores y/o meteduras de pata de las que solo pueden ser punibles aquellas que en efecto lo sean desde un ordenamiento legal y no “moral”. ¿Porque donde están los límites ahora? ¿Quiénes son los gestores preferibles por el poder o la ciudadanía para atender los intereses públicos? ¿Los que carecen de experiencia alguna y gozan del beneficio de la duda o los que de sus propios errores y consecuencias han aprendido lecciones inolvidables? Habrá que aclarar el tema porque son ya legión los que salen corriendo de aceptar cualquier responsabilidad política o de proyección social de la que no tengan que arrepentirse el resto de su vida. Solo cabe una solución a esto siguiendo el modelo tan controvertido de la administración norteamericana: Las comisiones de encuesta para el nombramiento de altos cargos de la administración. Única garantía parcial para, en un porcentaje suficiente de acierto, no cometer errores de bulto solo justificables en este caso por la premura en el nombramiento de un gobierno inesperado.

También debe de recordarse, por algunos otros desmemoriados y peticionarios de dimisiones compulsivos, el que hace ahora solo tres años y con motivo del ascenso fulgurante de Podemos como fuerza emergente lo primero que surgió como contrarréplica a ese fenómeno es el recurso tan manido de atacar las posibles debilidades de las personas que los protagonizaban. Si no recuerdo mal fue el profesor Monedero el blanco principal de esa estrategia mediática que no por casualidad protagonizaban periodistas especializados en esa práctica, y que siguen materializando aún ahora según qué temas y personas. Pero como el asunto tenía y tuvo enorme repercusión mediática y utilización política, no faltaron los que en tromba la calificaron “orbi et orbe” de “cacería política” desde las “cloacas del estado”. Recordará el personal que entre los muchos argumentos empleados en defensa del buen nombre del profesor Monedero se consideró esencial el acoso y derribo a la nueva formación emergente como causa profunda de los ataques indebidos a su persona, calificándola de desconocida en democracia para impedir el avance incontenible e imparable de PODEMOS hacia el poder del estado que se presumía inminente.

Un servidor que consideró entonces esas acusaciones contra el profesor Monedero como inaceptables, escribió a principios de 2015 en estas mismas páginas lo siguiente: “un grupo de gente como es la dirigencia de Podemos intelectualmente preparada y avezada en el análisis político no podrían pensar que un “sorpasso” de las características que han alcanzado, no iba aponer en marcha una respuesta en proporción al riesgo de desalojo de las fuerzas del tablero político” (Ver Ascensión y  ¿caída de Podemos. Algunas reflexiones 8 de Marzo 2015). Así las cosas nadie en  la izquierda puede sorprenderse ahora de que esas técnicas se apliquen con urgencia al imprevisto acceso al poder por parte del PSOE y que esa dinámica no sea más que un comienzo para el que intelectualmente y políticamente deben de estar preparados sin escandalizarse por ello como principiantes “parvenues”. Porque los que vivimos los acontecimientos de acoso y derribo otrora activados para desalojar a la izquierda del poder central sabemos que este episodio es solo un aperitivo. Por mucho que esté justificado el cese fulminante de Maxim Huerta, tanto el gobierno como muy principalmente el PSOE deberá de contraponer una estrategia política y de comunicación para afrontar otros retos distintos pero previsibles. Porque si no se hace una pedagogía social seria, tras esta primera escaramuza, dentro del elogio de la hipocresía en que se ha convertido hace tiempo la política española, poca resistencia y márgenes habrá para la gruesa pelea venidera.

La cacería o el elogio de la Hipocresía