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martes. 09.08.2022

Manual de populismo para PDR SNCHZ

“Me equivoqué al tachar a Podemos de populistas.” ¿Tú crees, Pedro?

En un estimulante ejercicio de oportunismo, Pedro Sánchez ofreció su perfil más izquierdista durante su encuentro con Jordi Évole. Sobre la mesa, una copiosa recopilación de elementos que chirrían al ser puestos en boca de un exsecretario general del PSOE: críticas a los poderes fácticos, reproches a la línea editorial de El País, o desafíos a ese ente conformista y clientelar que es el socialismo andaluz.

Quizá sea la ruin ejecución de su derrocamiento, quizá una estrategia discursiva sesudamente preparada; el caso es que de la sorprendente exhibición que nos regaló en televisión, me quedo con su valoración del fenómeno podemita. Quizá un desliz verbal, quizá un resbalón intelectual, quizá no posea siquiera la importancia necesaria para dedicarle unas líneas. A pesar de todo, me uno a la conmovedora oleada de empatía con Pedro para dedicarle este artículo, cuya única pretensión es masticar el corpus teórico de la hipótesis populista de Podemos para que el exlíder socialista lo digiera con más facilidad.

Si bien la formación morada es un punto de encuentro de diversas sensibilidades, desde los nostálgicos de François Mitterrand y Olof Palme hasta el nacionalbolchevismo proteccionista defendido por Vestrynge, se hace evidente que la corriente populista constituye el eje central de tal conglomerado ideológico.

La interpretación errejonista del propio populismo consiste, simple y llanamente, en la construcción de antagonismos. Ernesto Laclau, piedra angular en dicha edificación teórica, entiende estos como el fundamento y el límite del entramado social. De alguna manera, el intelectual argentino se revela como un neoschmittiano de izquierdas, en tanto que recupera la dicotomía amigo-enemigo para trasladarla al eje arriba-abajo.

Esta oposición de identidades es condición y consecuencia de un reconocimiento mutuo, poseyendo así una importancia clave en un mundo heterogéneo y plural. Tanto para Laclau como para Chantal Mouffe, las identidades son elementos en permanente fluctuación que no pueden ser asignadas a unas coordenadas preestablecidas.

Las disparidades identitarias (“lógica de la diferencia”, en términos laclaunianos) pueden conjugarse en una “lógica de la equivalencia” si todos aquellos grupos sociales desatendidos por el poder consiguen asociarse en una causa con un mínimo común denominador. Esta “cadena de equivalencia” se erige en la cláusula de existencia del populismo: los particularismos sectoriales han de derivar en demandas de carácter más absoluto.

Siguiendo esta lógica, ña apuesta de lo colectivo desde los individualismos conforma el paso de la plebe al pueblo. El primer término, como bien señala el sociólogo Razmig Keucheyan, se asemeja a la noción de multitud de Negri y Hardt. Esto arrastra la siempre espinosa temática de determinar quiénes son los sujetos de la emancipación, y es aquí donde aparece Gramsci: los sujetos políticos esenciales no son las clases, sino “voluntades colectivas” complejas, caracterizadas por su contingencia.

El neogramscianismo se desinhibe así del esencialismo del que había abusado el marxismo ortodoxo precedente, liberándose de la predeterminación de los entes políticos en función de variables socioeconómicas. Una vez quitado ese corsé, los marcos de relaciones de fuerza adquieren la centralidad para una delimitación ad hoc de los protagonistas en la lucha política, en la que el conflicto se sitúa en primera línea.

De esta forma, los postulados de Laclau recogen las críticas al esencialismo estratégico de Gayatri Spivak y plasman una teoría constructivista en la que la realidad social se compone de procesos. Estas transformaciones, entendidas a través del concepto de hegemonía, exhiben la naturaleza abierta e incompleta de lo social. Por lo tanto, la hegemonía se comprende  como la dirección cultural y política ejercida por un grupo que es capaz de incardinar sus demandas en el interés general.

En paralelo al desembarazado tacticismo de la propuesta populista, el autor peronista recoge la temática postestructuralista y el planteamiento derridiano para otorgar capacidad performativa a la palabra. He aquí donde los “significantes vacíos” adquieren importancia, pudiendo ser investidos de sentidos diversos para así acoplarse a las reivindicaciones del momento. Democracia, pueblo o el archiconocido casta son algunos ejemplos del deliberado empleo de la lingüística generativa.

Marco D’Eramo advertía en El populismo y la nueva oligarquía de los procesos de latinoamericanización que están teniendo lugar en los sistemas políticos europeos. En otro sentido, la extrapolación de los axiomas de las izquierdas suramericanas constituye un osado interrogante que navega entre la meticulosidad teórica y la espontaneidad práctica.

Decía un tal Bertolt Brecht que hay que jugar con la tradición para llegar a la verdad. En ello se halla el proyecto populista (y, por ende, la causa podemita), que debe mostrar mayores credenciales para revelarse como un corpus ideológico sólido y coherente a la altura de un histórico reto. Lo que aquí se expone son apuntes deslavazados de la(s) hipótesis del populismo, que creí haber empezado a entender cuando leí a Rancière descifrando al pueblo, ese “componente parcial que aspira a que se lo conciba como la única totalidad legítima”.

Bueno, Pedro, en vista de tus inesperadas declaraciones y de tu inminente recorrido por lo largo y ancho de España, he de recomendarte que guardes un ejemplar de En los bordes de lo político en la guantera del coche. Ah, y te prometo que Juan Luis Cebrián no está detrás de este artículo.  

Manual de populismo para PDR SNCHZ