jueves 09.04.2020

El efecto María Antonieta de la incomprensión

La publicación del desalentador informe anual de Oxfam International ha tenido un nada desdeñable eco en los medios de comunicación.

María Antonieta ocupa un lugar preferente en la historiografía de la tradición revolucionaria francesa. A la reina consorte, ante el vocerío de hambruna proferido por su pueblo, se la asocia la siguiente reacción: “si no tienen pan, que coman pasteles”

La publicación del desalentador informe anual de Oxfam International ha tenido un nada desdeñable eco en los medios de comunicación. Si bien el uso del significante “mayoría social” al que aluden las nuevas formulaciones de la izquierda es difuso, el título que la ONG ha escogido para su publicación, “Una economía para el 1%”, es atinadamente certero.

La desigualdad, entendida por el catedrático de sociología Göran Therborn como un “orden sociocultural que reduce nuestra capacidad como seres humanos”, se debe entender más allá del binomio propuesto por Benjamin Disraeli: esto es, las dos naciones. Ricos y pobres.

En contraposición con la noción de diferencia, las desigualdades son constructos sociales que en ningún caso vienen dados. Además, introducen un tercer elemento de transgresión a los Derechos Fundamentales del individuo que, en un proceso de convergencia internacional y desigualdad intranacional, trasciende a la razón global.

La principal barrera contra la que se dan de bruces los análisis críticos sobre esta temática se expresa a través de la apatía e incomprensión grupal. Erich Fromm dio en el clavo al teorizar esta resignación mediante la patología de la normalidad, que ejemplifica la asunción de “lo dado” como “lo que debe ser”.

En la búsqueda de una explicación constreñida a un colectivo concreto, Upton Sinclair, galardonado con el premio Pullitzer, creía que es sumamente difícil hacer que una persona entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda. A pesar de esto e incluso desde una perspectiva utilitarista, el mantenimiento progresivo de una desigualdad letal no beneficia al establishment financiero, como se pudo comprobar en el último Foro de Davos.

Desembarazándose de la agudeza teórica de la tesis rawlsiana, es el filósofo y economista bengalí Amrtya Sen quien ha focalizado el debate igualitario en un fin último: la búsqueda de una igualdad de capacidad para funcionar plenamente como personas. La endeblez de la noción de igualdad liberal, en tanto incapaz de asimilar una realidad poliédrica, se revela así como justificación de un statu quo determinado.

El enfoque de la capacidad enunciado por Sen constituye la óptica necesaria en una situación de urgencia como la actual. De esta manera, la desigualdad es concebida como una violación de los Derechos Humanos, avivando así la exigencia de transformación. La condición postsocialista, el estado de ánimo general que, tras la caída del Muro, condena el igualitarismo social a la ilegitimidad y ensalza el fundamentalismo del mercado, constituye la principal traba para el cambio de mentalidad.  

Aunque la estadística no puede jugar a ser un sustituto de la sentencia, su utilidad como reducto ilustrativo de la realidad ayuda a comprender la magnitud de esta problemática.

Combinando la desigualdad de raza y educación en Estados Unidos, se observa que los afroamericanos con menor tiempo de escolarización viven doce años menos que el colectivo blanco universitario. Respecto a la desigualdad vital en la infancia, en países como Ángola, Chad o Congo el 16% de los niños mueren antes de llegar a su quinto aniversario, mientras que en Japón esta cifra disminuye hasta el 0,003%.

Therborn recoge una cifra muy particular de la realidad latinoamericana: en el Brasil de la década de los noventa, un recién nacido tenía diez veces más posibilidades de llegar al primer año de vida si su madre había asistido a la escuela. De esta forma, la desigualdad se refuerza en un plano multidimensional que torna en imperceptibles muchas de sus causas.

En términos absolutos, la diferencia en la esperanza de vida de los países de la OCDE y los subdesarrollados roza los 27 años. Para más inri, la brecha se abre entre Sierra Leona y, de nuevo, Japón: son 46 los años que separan el techo de experiencia vital entre un nipón y un sierraleonés.

La arbitrariedad de las desigualdades, combinada con el discurso neoliberal de la meritocracia, proporciona a las mismas una suerte de invisibilidad cognitiva que las vuelve socialmente más aceptables. Thomas Piketty hace incluso referencia a la incapacidad de la literatura contemporánea para mostrarse como una herramienta de denuncia efectiva, poniendo como ejemplo antagónico las obras de Austen y Balzac.

Las conclusiones extraídas del informe de Oxfam revelan que el clásico paradigma de distribución por filtración piramidal de la riqueza no es más que humo: el capital queda retenido en las capas más altas. El hecho de que 62 personas ostenten la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial es el dato con mayor fuerza gráfica que, aun así, oculta los 7,6 trillones de dólares que se estiman ocultos en paraísos fiscales.

Hablar de desigualdad es hablar de nada y de demasiado; es, de alguna forma, señalar con el dedo y confundir el objetivo. Tratar este tema es renunciar a la demagogia, desdeñar la frivolidad y abrazar la magnitud del reto. Discutir sobre desigualdad es, en definitiva, discutir de todo, y discutir es insuficiente: se necesita conciencia y voluntad de cambio.

Es imprescindible desbordar la retórica neodarwinista, que no es más que una grotesca caricatura de la competición irreal entre individuos supuestamente egoístas. La lógica discursiva dominante ignora la configuración temprana de las expectativas vitales de las personas y, como le ocurría a la guillotinada María Antonieta, promueve la incomprensión de este fenómeno, al mismo tiempo que convierte la práctica política preventiva en un camino inescrutable para la realpolitik.

El efecto María Antonieta de la incomprensión