martes. 23.07.2024

Defensa del disenso

Consenso, consenso, consenso o, lo que es peor, consenso y diálogo como binomio indisoluble.

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Consenso, consenso, consenso o, lo que es peor, consenso y diálogo como binomio indisoluble. Los principales líderes políticos acostumbran a apelar con insistencia al consenso, secundados por las cabeceras de los principales rotativos y por una opinión pública favorable a dicho entendimiento. El consenso llega incluso a ser reivindicado por Jürgen Habermas como elemento integrador de la Teoría Crítica.

En tiempos de ficción y pospolítica, el equilibrio en el pacto se vertebra a través del discurso del consenso, ignorando que la única igualdad posible en un diálogo abierto es el derecho a la diferencia. Y ésta se manifiesta en el disenso.

El falso diálogo se mueve en torno a superaciones antidialécticas donde lo novedoso no conlleva ninguna superación del conflicto anterior, sino su enmascaramiento. Sectores de la ortodoxia izquierdista critican la propia noción de disenso al oponerlo a la dialéctica, obviando que no se reduce “a una infinidad de sucesiones dicotómicas de negación”. Como tal, el disenso va más allá: la superación de esas mismas secuencias, la conformación de otro sentido.

El disentimiento como lógica huye del machismo discursivo y de las sentencias lapidarias. El componente de divergencia supera la transgresión y la rebelión para, en esencia, cimentar un discurso constructivo.

Wagner de Reyna, filósofo cristiano, asociaba disenso y verdad con agudeza: “detrás del contenido lógico del disenso siempre hay una necesidad –axiológicamente fundada en lo insobornable– de hacer vencer la verdad. Nada más lejos de él, que el parloteo –hablar por hablar y discutir por discutir– y que la jovial disposición a un compromiso que no compromete a nada. Tal suele ser el tan celebrado consenso”

La cobardía política se cobija tras las apelaciones al consenso. ¿La excusa? Una supuesta falta de alternativas, como si las opciones no fuesen los resultados del debate entre una correlación de opciones antagónicas. Una no existe si la otra no se revela como posible.

En esta línea la identidad se postula como parte esencial del disenso. En palabras de Chantal Mouffe, esta constituye un juego de inclusión-exclusión donde no hay lugar para los esencialismos. Desde una perspectiva abiertamente posmoderna, la politóloga belga advierte que la diferenciación entre un ellos y un nosotros no constituye el reconocimiento de algo preexistente, sino que la identidad conforma una construcción política en permanente reedificación.

Frente a la voluntad liberal e ilustrada de homogeneidad y concordancia, la verdadera naturaleza de lo político se halla en el antagonismo intrínseco a las relaciones humanas. Recuperar una noción constructiva de política supone comprender el conflicto que rige en cada rincón de lo cotidiano. De alguna manera, la tensión inevitable entre emancipación personal y regulación colectiva es el combustible de la transformación, y politizar equivale a ser conscientes de lo necesario de este conflicto.

El disenso puede camuflarse de muchas formas, pero nunca puede evitarse. Autores como MacIntyre denuncian la ausencia de una aproximación valiente al desacuerdo social en los órdenes políticos modernos. En su lugar, la discordia se disfraza de consenso y pasa inadvertida.

Tachar de relativismo esta versión de la práctica política es resultado de una lectura superficial de lo aquí expuesto. El propio juicio político es el garante de que la democracia no caiga en ello, ya que la confrontación no supone una amenaza para la lógica democrática, sino su propia posibilidad de existencia.

En el lado contrario se sitúa la objetividad que abraza el consenso. El pacto, el acuerdo. La propia objetividad es la concepción que el legalismo posee de sí mismo. MacKninnon, en Hacia una teoría feminista del Estado, afirma lo siguiente: “la racionalidad se mide por la ausencia de puntos de vista, lo que cuenta como razón es lo que corresponde a cómo son las cosas. La racionalidad práctica, en este sentido, significa lo que puede hacerse sin cambiar nada.”

El compendio de posibilismos que representa la política actual desdibuja el camino de un pensamiento no conformista que no niegue lo realmente existente, sino que contradiga la vigencia y universalidad de dichas realidades.

Las contradicciones asaltan la concepción generalizada de consenso, la que se escupe por doquier y se traga con resignación en aras de la gobernabilidad. En Por una sociología de la vida cotidiana se encuentra una genial analogía que ilustra este sinsentido: en las bebidas de polvos químicos que sustituyen progresivamente a los zumos tradicionales, aumenta la referencia a lo naranja a medida que desaparece la naranja.

La real. Lo real. El conflicto. No supone ahondar en la mediocridad de la correlación de debilidades, que diría Vázquez Montalbán, sino reconocer los contrapesos en una correlación de fuerzas real. No tiene que ver con trincheras, tiene que ver con espacios de proximidad. No se trata de demonizar el acuerdo. Se trata de revalorizar el diálogo.

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