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miércoles. 29.06.2022

Así no se puede seguir

Se vive una situación escandalosa de desigualdad interna e internacional, la democracia se deteriora, los derechos humanos se violan en gran parte del mundo...

Después de seis o siete años de crisis, depende de cuando se feche su inicio, el panorama que ofrece la economía mundial es un tanto desolador. El detonante principal fue la caída de Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008 pero con anterioridad ya se habían dado acontecimientos que anticipaban lo que vendría después. Estos hechos fueron, sin embargo, minusvalorados por los principales analistas, servicios de estudios, organismos económicos internacionales, bancos, empresas, gobiernos y la mayor parte de los economistas. No se quiso ver lo que había detrás de las cifras macroeconómicas, esto es un modelo basado en gran parte en la especulación, la expansión de las burbujas, la hegemonía de las finanzas y la opacidad de sus operaciones. 

Se cerraba un ciclo que se había iniciado en la década de los ochenta del siglo pasado. Las características que adquirió este ciclo fue consecuencia de la respuesta que se dio por parte del poder de las élites económicas a la crisis de los setenta. A ello contribuyó el debilitamiento de los sindicatos y partidos de izquierda resultado, entre otras cosas, de los cambios que se estaban dando en la economía mundial y la imposición de la ideología neoliberal por parte de Estados Unidos y Reino Unido, ante la que no se dieron las réplicas debidas por otros gobiernos. Desde entonces ha habido partidos socialistas que han gobernado en Europa pero lo hicieron contaminados por el nuevo paradigma, o bien no tenían la fuerza suficiente para enfrentarse a la oleada dominante.

La conversión al social liberalismo, abandonando principios tradicionales de la socialdemocracia, fue consecuencia de muchos factores, aunque influyó de una manera decisiva el fracaso del programa común de la izquierda francesa a principios de los años ochenta y con anterioridad la inoperancia del keynesianismo convencional para enfrentar la crisis iniciada en la década anterior.

El Estado del bienestar aunque combatido por este fundamentalismo de mercado resistió en la mayor parte de los países europeos, pero se combinó con políticas económicas ortodoxas dándose procesos contradictorios. En todo caso, el Estado de bienestar a la defensiva sirvió para atenuar los efectos negativos de los procesos globalizadores pero no impidió las nuevas tendencias hacia la creciente financiarización del capitalismo. La consecuencia de todo ello fue el aumento de la desigualdad en la mayor parte de los países desarrollados, como ponen de manifiesto varios estudios y el libro que está de actualidad de Piketty El capital en el siglo XXI (Fondo de Cultura Económica, 2014).

Por un lado, se ponía más énfasis en el combate contra la inflación y reducción del déficit público que en la creación de empleo, así como en la necesidad de competir en el mercado cada vez más global, en el que hacían su aparición con mucho empuje los Nuevos Países Industriales, lo que se utilizaba como un arma para reducir los derechos de los trabajadores al tiempo que se flexibilizaba el mercado laboral. Por otro lado, se mantenían los derechos sociales, aunque en ocasiones empezaron a sufrir determinados recortes. Este giro en las prioridades de la política económica es lo que trato de explicar en el epílogo del libro La inflación (al alcance de los ministros) de José Luis Sampedro y Carlos Berzosa (Debate, 2012) .

De modo, que los partidos socialistas, si bien mantuvieron ciertos principios de regulación y del modelo social, no cuestionaron o no pudieron hacer frente al auge creciente de las finanzas, la ruptura de la economía mixta de posguerra con el avance del mercado y la obtención de ganancias rápidas y cómodas. En algunos casos, lo peor fue que algunos miembros destacados de estos partidos abrazaron con ilusión lo que se consideraban nuevas ideas pero que no lo eran, pues ya las había puesto en marcha el capitalismo del siglo XIX y principios del XX y que acabaron con la Gran Depresión de los treinta.

Treinta años después del inicio de ese modelo se están pagando las consecuencias. No se han extraído las lecciones pertinentes de ello y se pretende basar la recuperación en los mismos cimientos prácticos y teóricos que se desmoronan con el estallido de la crisis. El crecimiento en Estados Unidos está creando un determinado optimismo de que ya se está en la buena dirección. Esto, sin embargo, contrasta con una Unión Europea postergada que sigue con un crecimiento débil e inestable. Se está planteando ahora ante la tozudez de los hechos el lanzar planes económicos de estímulo. A buenas horas mangas verdes se puede decir, cuando tantos daños se han hecho, aunque siempre se puede aducir que nunca es tarde si la dicha es buena. Lo que sucede es que tampoco la dicha es tan buena.

Lo que está claro es que no se puede continuar como hasta ahora y se necesitan cambios profundos en el sistema. Se vive una situación escandalosa de desigualdad interna e internacional, la democracia se deteriora, los derechos humanos se violan en gran parte del mundo, el subdesarrollo sigue existiendo y continúa el deterioro medioambiental. El capitalismo clandestino de los paraísos fiscales convive con el sufrimiento de muchas gentes, y el foso, entre ricos, pobres y la menguante clase media, se agranda.

Así no se puede seguir