martes 15.10.2019

Ya no hay lucha de clases

Ya no hay lucha de clases, sino una lucha solitaria e insolidaria de cada uno consigo mismo por la competencia y la productividad.


Desde la implantación del neoliberalismo, uno de los aspectos más graves ha sido el ataque brutal e implacable a la clase trabajadora. Una de las mayores tragedias de la civilización humana. Y esta situación, tal como mostraré a continuación con datos actuales, no solo se detiene sino que continúa inmutable. Y todos nos hemos acostumbrado. 

La desvalorización de los salarios para potenciar la competitividad se ha convertido en un hecho estructural. La situación ha llegado a un punto que aspirar a un sueldo de mil euros se ha convertido en algunos casos en una quimera. El País de 29/8/2019, señala una vez más, este año los trabajadores han vuelto a perder poder adquisitivo. Y ya van diez trimestres consecutivos de caídas en los salarios reales, es decir, a los que se les descuenta el efecto de la inflación. Si se compara con el salario promedio de 2017, el trabajador tiene al final del año 133 euros menos en su bolsillo, según publicó el miércoles Adecco.

Desde la implantación del neoliberalismo, uno de los aspectos más graves ha sido el ataque brutal e implacable a la clase trabajadora

El Mundo del 28/8/2019 decía que los ocupados españoles realizaron más de 166 millones de horas extra remuneradas en 2018, la segunda cifra más elevada de los últimos 10 años según el análisis realizado por Randstad de la Encuesta de Costes Laborales, realizado por el Instituto Nacional de Estadística (INE) desde 2008. Resulta incomprensible esta realización de horas extras, cuando el número total de parados en España es de 3.230.700 personas en el trimestre 2º de 2019. Según el director de relaciones institucionales de Randstad, Luis Pérez, "el recurso de las horas extraordinarias puede ser positivo en momentos de alto volumen de trabajo, pero no es una buena solución de manera recurrente". "Para dar respuesta de manera adecuada a estas situaciones, existen soluciones que permiten no saturar a los empleados", ha afirmado.  Mas lo grave es que, los trabajadores no tienen otra opción que hacer horas extras. Con ser ya incomprensible y grave tal como acabo de exponer, la situación se agrava más todavía. Más allá del estudio realizado por Randstad, lo que es evidente es que son muchos los trabajadores que regalan horas a sus empresas. Esto es explotación pura y dura. Según los datos estimados por el gabinete económico del sindicato CCOO, según las estadísticas de la Encuesta de Población Activa (EPA), en Aragón se realizan cada trimestre unas 70.000 horas extra no pagadas. En España se realizaron un total de 2,7 millones de horas extra no pagadas a la semana solo en el segundo trimestre del 2018. Los sindicatos denuncian que está práctica es una forma de explotación que se concentra en mayor medida en empleos de más calidad. No hará falta decir que el control de los horarios labores se incumple de una manera sistemática.

En El Periódico de 6/8/ 2019. “En los últimos diez años se han realizado casi 168 millones de contratos nuevos, de los que algo menos de 15 millones han sido indefinidos, es decir, solo uno de cada diez contratos creados han sido indefinidos. En lo que va de año (hasta finales de junio), la situación no mejora con un 6,29% de contratos indefinidos nuevos, es decir, 659.439 contratos de los que solo la mitad (377.654) fueron a jornada completa, mientras que más de 170.000 fueron a jornada parcial y alrededor de 100.000 fueron fijos discontinuos. Según el sindicato USO en el informe 'Anomalías del mercado laboral', solo un 3,44% de los contratos creados en el primer semestre fueron indefinidos a tiempo completo. Por contra, el 93% de los contratos realizados han sido contratos temporales. En concreto, el 85% de los contratos realizados este año han sido contratos temporales por 'Obra o servicio' o 'Eventuales por circunstancias de la producción' y un 7,14% contratos de interinidad. El informe señala además que el 27,5% de los contratos que se firman en España duran menos de una semana, cifra que se eleva al 30,5% al tener en cuenta solo los contratos temporales. "Sigue utilizándose la fórmula de lunes a viernes para ahorrarse el pago del descanso semanal que se genera por esos cinco días", apunta la secretaria de Comunicación y Estudios Sindicales de USO, Laura Estévez. Así, según USO, la duración media de los contratos en España es de 50,29 días al año por lo que para ser asalariado se necesitan 844 días de trabajo, o lo que es lo mismo, 2,3 años trabajando.

En La Vanguardia de 28/8/ 2019: La CEOE abre un debate interno sobre los trabajadores de las plataformas. No merece la pena extenderse mucho. La situación es clara. Hay que poner coto a la precariedad laboral, mejor explotación laboral, de los riders y acabar con lo de falsos autónomos. Esta cuestión salió en el reciente discurso para la fallida investidura y, a principios de mes, tras el encuentro del líder socialista con la patronal y los sindicatos mayoritarios, la ministra en funciones Magdalena Valerio incluyó este cambio –en línea con las sentencias que consideran que los mensajeros han de ser asalariados, dando la razón a los inspectores de trabajo– entre los que esperan introducir incluso antes de que se negocie el nuevo Estatuto de los Trabajadores.

rider

He mencionado antes que el número total de parados en España es de 3.230.700 personas en el trimestre 2º de 2019. Sin embargo, el peso de los parados de larga duración sobre el total de desempleados se ha duplicado en la última década, pese a que el paro está en niveles similares. Ser mayor de 50 años es sinónimo de riesgo. En España, el 70% de los parados que llevan más de cuatro años buscando empleo son mayores de 50 años. Lo dicen los datos del Servicio Público de Empleo (SEPE).

El mercado laboral de España, lo integran cuatro grupos según Ricardo Barceló, jefe de Economía de El Periódico de Aragón: los funcionarios públicos, los asalariados del sector privado que todavía conservan un cierto estatus, aquellos que están rezando para que se queden como están y, finalmente, quienes van dando tumbos de empresa en empresa con el único objetivo de llegar a fin de mes. En este contexto, la desigualdad es cada vez mayor. Es un hecho. Las mujeres, los jóvenes y los inmigrantes son los principales afectados por esta situación de desigualdad. A tal efecto es recomendable la lectura del libro de Ernest Cañada Las que limpian los hoteles. Historias ocultas de precariedad laboral, donde aparecen 26 entrevistas demoledoras a estas trabajadoras víctimas de las empresas de la industria turística. Actividad, por cierto, considerada como uno de los pilares de nuestra economía.

No hay en el mundo una mercancía más abundante y más barata que la mano de obra. El mercado laboral está vomitando cada vez más trabajadores, sin importarle su edad o su cualificación

Me hago una reflexión si en años de crecimiento económico 3,2 millones de españoles siguen en el paro, cabe pensar que cuando llegue la crisis esta lacra social aumentará. La conclusión es clara: el paro será un hecho estructural. ¿Preocupa a todos de verdad? En absoluto. Ya en 1944 el economista Kalecki en el artículo Aspectos políticos del pleno empleo dijo: «En verdad, bajo un régimen de pleno empleo permanente, el despido dejaría de desempeñar su papel como medida disciplinaria. La posición social del jefe se minaría y la conciencia de clase de la clase trabajadora aumentaría». El trabajo se ha convertido en una mercancía más que se rige por la ley de la oferta y la demanda, lo cual es gravísimo. No hay en el mundo una mercancía más abundante y más barata que la mano de obra. El mercado laboral está vomitando cada vez más trabajadores, sin importarle su edad o su cualificación. Esta realidad, que no es coyuntural sino estructural, es asumida por todas las opciones políticas, incluida la socialdemócrata. Mas, esto es lo que hay. ¿Qué harán los dueños del mundo con tanta humanidad inservible? ¿Los mandarán a Marte? En 1998, se produjeron masivas manifestaciones en Francia, Alemania y otros países, en las que los desempleados desfilaron dentro de bolsas negras de basura.

Nos hemos dejado manipular por el lenguaje economicista sin ser conscientes del riesgo del uso de las palabras. Hablamos con naturalidad del «mercado laboral», lo que implica considerar a los hombres (su trabajo) como simples mercancías dispuestas a ser compradas y vendidas en el mercado de acuerdo con la ley de la oferta y de la demanda. Fue premonitoria la advertencia de 1944 de Karl Polanyi en La gran transformación, donde crítica al sistema liberal, del peligro de que el trabajo se rija por el mecanismo del mercado. Permitirlo conduce necesariamente a la destrucción de la sociedad. Y esto es así, porque la pretendida mercancía denominada «fuerza de trabajo» no puede ser zarandeada, utilizada sin ton ni son, o incluso ser inutilizada, sin que se vean inevitablemente afectados los individuos humanos portadores de esta mercancía peculiar. ¿Hay algún límite en este modelo neoliberal al precio del trabajo? Ninguno. Fijémonos en los salarios en los países subdesarrollados.

Nos han convencido con diferentes argumentos de la inevitabilidad de una masa ingente de parados. La globalización es la gran coartada. Muchas multinacionales emigran a los países pobres del sur, los cuales compiten entre sí para ver quién les ofrece mejores condiciones, que son las peores para los trabajadores. La tecnología, en lugar de servir para ampliar el tiempo de ocio, está multiplicando la desocupación y sembrando un miedo atroz en los trabajadores a perder su empleo. En este mundo esquizofrénico, en un auténtico atentado contra el sentido común, el extraordinario aumento de la productividad por la tecnología no solo no aumenta los salarios, sino que incrementa los horarios de trabajo. También la economía especulativa, que ya no necesita del trabajo para que el dinero se reproduzca.

De no producirse un cambio radical a nivel económico, algo que no se vislumbra en el horizonte, el paro no solo persistirá y sus secuelas descritas, sino que se incrementará por la digitalización y automatización de la economía

De no producirse un cambio radical a nivel económico, algo que no se vislumbra en el horizonte, el paro no solo persistirá y sus secuelas descritas, sino que se incrementará por la digitalización y automatización de la economía. Esa es la realidad futura. El pensamiento económico dominante aduce que la tecnología eliminará las categorías de empleos obsoletas y las reemplazará por nuevas, contribuyendo incluso al crecimiento de empleos. Tales planteamientos se basan en comparar con lo ocurrido con la Revolución Industrial, pero no hay nada que lo sustente. Jean-Yves Geoffard, de la Escuela de Economía de París, subraya el riesgo sobre numerosas actividades intelectuales, relacionadas con el tratamiento y la síntesis de informaciones, que pueden ser confiadas a esas «máquinas». Por ende, los empleos del sector servicios, de la administración y del conocimiento están en grave peligro. Otro estudio de la Universidad de Oxford, indica que la informatización afectará alrededor del 47% de los empleos existentes en USA en el curso de las próximas dos décadas.

Si el trabajo no llega para todos, el que hay habrá que repartirlo. Ya lo predijo Keynes. Tal como indica Serge Latouche, el precursor de la teoría del decrecimiento, hay que trabajar menos horas para que trabajemos todos, pero, sobre todo, trabajar menos para vivir mejor. Esto hoy es subversivo. En una entrevista en EN-CLAVES Del pensamiento año XIII, nº 23, enero-junio, 2018, Franco Berardi afirmó que la izquierda perdió su gran ocasión a finales de los años 70. Hubo un momento desde 1968 hasta finales de los setenta o principios de los ochenta, en que la fuerza del movimiento obrero, la fuerza de la tecnología, es decir, la alianza entre conocimiento y libertad habría hecho posible un cambio profundo del paradigma social: imponer al capitalismo, a la clase dirigente, una reducción considerable del tiempo de trabajo. Trabajar menos no devalúa, no quiere decir que nos haremos perezosos, que dormiremos sin hacer nada, no. Haremos las cosas más indispensables para la vida humana. Y además leer libros, escuchar música, y hacer el amor. Relacionarnos felizmente. Existía esta posibilidad en la conciencia de mucha gente en muchos países. Esta posibilidad se perdió porque el movimiento obrero identificó su supervivencia con el trabajo asalariado. Decidió defender la composición existente del trabajo, antes que correr el riesgo de una profunda mutación antropológica, más aún que política. ¿Cuarenta años después somos todavía capaces de volver a ese punto de restituir la felicidad?, ¿de reducir el trabajo a la cantidad necesaria? Sin embargo, para Bifo es la única salida a la catástrofe, catástrofe psíquica, antes que política y económica. Y como ese es el camino, debemos repetir que esa posibilidad existe gracias a la técnica. Pero la técnica sin conciencia no puede producir nada bueno.

paro

Los parados no pueden ser considerados como residuos humanos, como deshechos, tal como los describe y denuncia Bauman en Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias. Una opción es la Renta Básica Universal (RBU), defendida cada vez más por intelectuales del nivel de Luigi Ferrajoli, Daniel Raventós o Philippe Van Parijs. Un concepto tabú. Sobre todo para la izquierda vinculada al trabajo de la era industrial. Mas, en un futuro cercano es inevitable. Hasta el Foro de Davos la ve necesaria. O RBU o revueltas constantes. Ya la mencionó Thomas Paine en 1797. Y también implícita en artículo 21 de la Constitución montañesa de 1793 «Las ayudas públicas son una deuda sagrada. La sociedad debe la subsistencia a los ciudadanos desgraciados, ya sea procurándoles trabajo, ya sea proporcionando los medios de existencia a lo que no estén en condiciones de trabajar».

¡Cuánta nostalgia me produce  el discurso de Olof Palme Empleo y Bienestar, de 1984 en la Universidad de Harvard! Para él, el primer objetivo de su política era corregir el desempleo, ya que suponía en primer lugar un terrible despilfarro. Los medios de producción están infrautilizados, cuando existen muchas necesidades humanas insatisfechas. En segundo lugar, significaba sufrimiento humano, ya que el trabajo está relacionado con valores como la confianza en uno mismo, con la dignidad humana y el sentido de la vida. En tercer lugar, porque su expansión masiva suponía una amenaza para la democracia. Tal amenaza la estamos constatando.

El neoliberalismo, al haber hecho del trabajador un empleador de sí mismo, hace que éste se autoexplote, se someta a sí mismo al nuevo régimen de dominación instaurado 

Para tratar de salir de este auténtico laberinto infernal, primero tenemos que hacernos unas preguntas: ¿qué nos está pasando? Lo acabamos de ver en las líneas anteriores. Y la segunda, ¿por qué nos está pasando esto? La respuesta aparece en el artículo de Alberto Navarro, Tecnológico, Monterrey, México. ¿Por qué no es posible la revolución hoy? Una teoría crítica a la sociedad del rendimiento, de la Revista En-CLAVES del Pensamiento Año XIII, Núm. 28. Enero-junio 2018, del que extraigo unas palabras muy clarificadoras:

“Byung- Chul Han, filósofo coreano radicado en Alemania, nos dirá por qué las revoluciones ya no son posibles, comenzando con la convicción de que hoy ni la dominación ni el poder continúan funcionando como lo hicieron hasta finales del siglo XX. Han considera que las esperanzas en el sujeto multitud, se diluyen cuando apreciamos que las multitudes viven en el escándalo moral que no logra convertirse en ira política, capaz de cambiar la realidad con el impulso revolucionario. Así, lanza ciertas preguntas a la mesa: ¿Por qué el régimen de dominación neoliberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres? Para Han, el poder estabilizador de la sociedad posfordista e industrial caracterizado por su carácter represivo, ha pasado a ser uno de índole seductor: no castiga ni explota, cautiva. En gran parte, es invisible a diferencia del régimen disciplinario, en el que el enemigo, como sería —por ejemplo— el Estado, era visible. El neoliberalismo, en cambio, al haber hecho del trabajador un empleador de sí mismo, hace que éste se autoexplote; se someta a sí mismo al nuevo régimen de dominación instaurado por el neoliberalismo. Éste es su propia empresa. Por ello, dice que “cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad. Ya no se trata de una lucha de clases que se juega en la arena revolucionaria, en el espacio social donde de antagoniza para ganar posiciones, sino de una lucha en la que cada quien lucha consigo mismo en soledad y aislado, por la competencia y la productividad requerida, que destruye la solidaridad y desgasta el sentido de comunidad”.

Ya no hay lucha de clases