Jueves 27.06.2019

Si somos tan civilizados, tendremos que considerar alguna vez a los inmigrantes como personas

Monstserrat  Galceran señala en su extraordinario libro La bárbara Europa. Una mirada desde el postcolonialismo y la descolonialidad, a muchos europeos nos “preocupa” la conflictividad internacional, pero mucho más la presencia en nuestras ciudades de mucha población foránea. En cierta manera, como efecto de la propia colonización europea, nuestras ciudades se han hecho globales, es decir, habitadas por poblaciones originarias de todos los rincones del mundo, a los que en siglos pasados los europeos emigramos y explotamos a conciencia. A esa Europa prepotente, con no pocas dosis de racismo y xenofobia, le cuesta mucho esfuerzo digerir  que los llegados de nuestras antiguas colonias quieran tener los mismos derechos y las mismas prestaciones de nuestro Estado de bienestar.

Europa por esa llegada de inmigrantes y también refugiados se conmueve, se agita por la necesidad de sus habitantes de reafirmar sus identidades. Continuamente se plantean preguntas sobre qué es ser europeo, francés, español, o finlandés. No hay respuesta a tales preguntas. No se ha elaborado una lista, totalmente imposible, para caracterizar tales identidades. Al ser un sentimiento, es algo inefable. No obstante, algunos en esa búsqueda desesperada de identidad recurren al discurso ficticio de una pacífica y civilizada Europa. ¿Pacífica y civilizada Europa? Javier Rodrigo en Continente cementerio. Fascismo, heterofobia y violencia en Europa, 1914-1945, nos recuerda: “Dominada por la «brutalización» de la política, en el periodo entre las dos guerras mundiales, Europa vivió el tiempo histórico más brutal, sangriento de su ya dramático pasado”. Y hoy  el Mediterráneo es otro cementerio. Y a quienes tratan de evitarlo los persigue nuestra justicia europea.

Patxi Lanceros en su libro de gran calado ideológico, El robo del futuro. Fronteras-Miedos-Crisis y en el capítulo El Otro. Al fin. Miedos, del que extraigo las ideas que vienen a continuación, nos dice que la llegada de los inmigrantes-agrupados en colectivos por etnia, lengua, religión, costumbres, propicia el surgimiento de movimientos, no solo políticos, que demandan credenciales de autenticidad, basados en rasgos que constituirían lo propio frente a la invasión de lo ajeno. Hay muchas formaciones de este perfil y algunas pueden ser clasificadas de fascistas. Esta deriva es muy peligrosa, y para hacer frente a ella hace falta una gran política, una política de verdad, basada no en la inmediatez ni en el cortoplacismo de unas próximas elecciones; ni tampoco en esa obsesiva pregunta: ¿qué somos? Pregunta que sirve para incendiar las relaciones sociales y culturales, para trazar líneas de fractura y de discriminación, con la subsiguiente violencia y criminalización. Porque es claro que cuando se apunta hacia lo propio, en general se dispara contra lo ajeno. La respuesta a la pregunta identitaria, suele derivar en un conjunto de descalificaciones dirigidas al inmigrante. Lo que propicia temores, fácilmente transformados en odios. Situación perversa que se extiende impunemente en la agenda europea, sin que le importe ni mucho ni poco a su ciudadanía.

Asusta el modo en el que se mueve el debate sobre la inmigración: un modo en el que predominan, casi en exclusividad, los aspectos económicos y jurídicos, prescindiendo de todos los demás. Últimamente ha surgido el de la seguridad. Lo único importante son las cifras, los números. De acuerdo con las políticas europeas, los inmigrantes no cuentan, se cuentan. Se cuentan en los institutos, en los ambulatorios, los servicios sociales, se hacen estadísticas de su actividad legal o ilegal, se discute sobre el número de irregulares o de la cuota de refugiados. Muchos, demasiados, excesivos: es el único lenguaje usado cuando hablamos de inmigración.

Y es esta política numérica, la que inspira otras. Por ejemplo, una política sobre o para la inmigración; pero, no una política de, desde y para los inmigrantes. No obstante, si somos tan civilizados, tendremos que considerar alguna vez a los inmigrantes, como personas, como sujetos políticos con derechos.

Igualmente tendríamos que librarnos de otra secuela de la obsesión numérica: la consideración de los inmigrantes en términos exclusivamente económicos, de utilidad; de su valor de uso. Parece que la única justificación de su permanencia entre nosotros es ese valor de uso: al realizar trabajos rechazados por los autóctonos o sus contribuciones fiscales. Nadie cuestiona que se puede hablar de su utilidad. Lo que se cuestiona es que el lenguaje sea exclusivamente el de su utilidad. Y no, el lenguaje de la dignidad, que supone considerar, como señaló Kant, que en cualquier situación es moralmente obligatorio tratar a toda persona, inmigrante o no, como fin en sí mismo y nunca como medio.

En Europa hablamos de la conveniencia del diálogo entre diferentes. E incluso se elogia la diferencia. Pero, de improviso, el diferente llega y no se sabe qué hacer con él. Mas, con demasiada frecuencia se sabe qué hacer contra él. Establecemos una normativa legal, que (i)legaliza su presencia. Tendríamos que hacernos la pregunta: ¿Se puede, se debe, incluir en el código del derecho, la inmigración, la diferencia? ¿O se ha de buscar otra inclusión sin reclusión, sin exclusión: el lenguaje de la hospitalidad? Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Lenguaje de la hospitalidad, que se practicó y teorizó, a lo largo de la historia y en muchas culturas, especialmente en las bañadas por el Mediterráneo. Repito el Mediterráneo conscientemente. Por ejemplo, en la cultura griega arcaica, donde la hospitalidad estaba institucionalizada. Una institución que daba prestigio y reconocimiento público, a quien la practicaba; y desprestigio a quien hacía caso omiso de ella. También hay otros ejemplos en el mundo judío o musulmán. Y actualmente en el estado de Chiapas, que ha modificado su constitución para acoger a todos los inmigrantes llegados desde el Sur y en dirección hacia los Estados Unidos. El Sur nos proporciona grandes lecciones. En Europa, el único código de referencia para tratar con el otro, es el legal, el artefacto del derecho, que se pliega a determinas exigencias que no tienen nada que ver con la justicia y la dignidad. Leyes que se cambian según las necesidades, como, por ejemplo, una crisis económica, prolonga o difiere una restricción. La hospitalidad es otra cosa. Porque quizá haya una justicia que ignore la ley; como hay una ley que nada sabe de justicia.

Para Michael Walzer, la hipocresía es el grado mínimo de moralidad. Ahí, en ese casi subsuelo de la moral, está instalada la política inmigratoria europea. En las fronteras, Europa despliega una tanatopolítica, en la que la muerte del otro intentando llegar a la Tierra Prometida es justificable, pues la culpa no es nuestra. En las fronteras abiertas al comercio de bienes y armas, mueren las personas. La Europa barrera sigue su imperturbable carrera hacia un futuro de iniquidad.

Según Monstserrat  Galceran, frente al espantajo neofascista lo que necesitamos entre diferentes es tender puentes y no  levantar muros, denunciando los discursos que con la excusa de protegernos nos hacen cada día más vulnerables. Cuanto más duren las guerras en Oriente Medio, cuanto más destruyamos los estados en África, más peligro hay de que algunos  de los escapados de esos auténticos infiernos reboten contra nosotros, los pacíficos habitantes de las urbes europeas. Los neofascistas no nos protegerán de este peligro: al contrario, como sus antecesores, los fascistas de los años 30, nos pueden arrastrar a un auténtico desastre colectivo.

Si somos tan civilizados, tendremos que considerar alguna vez a los inmigrantes como...