Jueves 27.06.2019

Socialdemocracia y republicanismo en el pensamiento político de Luis Gómez Llorente

Luis Gómez Llorente
Luis Gómez Llorente

Nos recuerda Gómez Llorente que el socialismo en su historia ha atravesado por tres fases bien diferenciadas: el socialismo utópico, el socialismo científico y la socialdemocracia

Ortega y Gasset nos enseña: Siempre ha acontecido esto. Cuando el inmediato futuro se hace demasiado turbio y se presenta excesivamente problemático el hombre vuelve atrás la cabeza, como instintivamente, esperando que allí, atrás, aparezca la solución. Este recurso del futuro al pretérito es el origen de la historia misma…

Esta cita me parece muy adecuada para los ideólogos, las cabezas pensantes del PSOE. Ni que decir tiene que el PSOE anda desnortado, al haber perdido sus señas de identidad. Lo mismo le ocurre a la socialdemocracia europea. De ahí su papel cada vez más irrelevante en las elecciones. Miremos el caso de Francia, Alemania, Italia, España… Donde parece se ha roto esa dinámica es en el Reino Unido con el Partido Laborista de Jeremy Corbyn, explicado por haber retornado a los principios originarios del laborismo, que habían sido abandonados por el ínclito Tony Blair. ¡Cuánto daño ha hecho a la socialdemocracia este caballero!

El neoliberalismo se desarrolló con gran fuerza a partir de los 80, momento también de gran poder institucional de la socialdemocracia. Circunstancia que no deberíamos olvidar. Lo que significa que esta aceptó el pacto neoliberal, por mucho que cara a la galería lo negara categóricamente. Es cierto que el inicio de cambio de pacto social fue con Margaret Thatcher y Ronald Reagan, aunque ya se había llevado a cabo un trabajo complejo  para implantar el neoliberalismo desde finales de la II Guerra Mundial. Pero que la socialdemocracia europea sumisa aceptó este cambio de paradigma, lo demuestran las palabras de la propia Dama de Hierro, la cual a la pregunta de cuál era su mayor herencia y logro, contestó sin vacilar: “Tony Blair y el nuevo laborismo. Hemos obligado a nuestros adversarios a cambiar de opinión.” Mas, no solo convenció al miembro destacado del trío de las Azores, al que dedicó un artículo Tony Judt en su libro Sobre el olvidado siglo XX, con el sugestivo título El gnomo en el jardín: Tony Blair y el patrimonio británico, donde nos cuenta que en la primavera del 2001, en un debate radiofónico sobre las próximas elecciones generales británicas, una joven periodista expresó su frustración. “¿No creen-preguntó a sus colegas de la mesa- que no hay una verdadera elección? Tony Blair cree en la privatización, lo mismo que la señora Thatcher”. “No exactamente-respondió Charles Moore, director del conservador Daily Telegraph-, Thatcher creía en la privatización. A Tony Blair simplemente le gustaban los ricos”. El ejemplo es clarificador. Mas esa claudicación de Blair es aplicable a otros dirigentes socialdemócratas, que teniendo en sus manos el poder político no tuvieron ni tienen el coraje suficiente de enfrentarse a esta vorágine neoliberal, que tanto sufrimiento, exclusión y pobreza está generando en la sociedad europea. Cabe mencionar entre ellos a Felipe González, François Mitterrand, el mencionado Blair,  Schröder y Rodríguez Zapatero. Y Hollande, Valls o Renzi. Y actualmente Pedro Sánchez. Mas, en un acto de hipocresía manifiesta, los socialdemócratas aducían y aducen que los neoliberales son siempre los otros, los gobiernos conservadores, los grandes grupos financieros, mediáticos o políticos;  pero en absoluto ellos. Pero de acuerdo con el argumento expuesto, si hoy se ha convertido en hegemónico el neoliberalismo, son tan responsables los que lo han preconizado, como los que lo han consentido y asumido. Thatcher puede presentarse como un auténtico demonio, pero su pensamiento latía y lo sigue haciendo en muchos corazones de una socialdemocracia que dejó de creer y de defender a las clases populares, y se formó en varia décadas en el pensamiento neoliberal hasta hacerse totalmente inservible como alternativa. Por ello, ya no sabe la socialdemocracia cómo emprender un nuevo camino al margen de todo aquello que ha asumido. Lo que empezó como una lucha de clases, iniciada e impulsada por las clases altas, transformándose en un nuevo pacto de clases, se convirtió finalmente en una nueva hegemonía. Hegemonía que no solo afectaba a los partidos de la derecha, también a los de la socialdemocracia, e incluso, todavía más, a todos nosotros. Esta es la realidad de la socialdemocracia europea, nos guste o nos guste. Trata de diferenciarse de la derecha, como por ejemplo en España, por las políticas de derechos civiles, igualdad, políticas de género, derechos de LGBT, Memoria Histórica. Totalmente legítimas, necesarias e imprescindibles, pero a nivel económico los socialistas españoles llevan a cabo las mismas políticas que la derecha. Además lo grave es que aducen que no hay otra opción.  Y todavía más, el mantra neoliberal ha impuesto el discurso de que los principios socialdemócratas son radicales y populistas.  El nombramiento de Nadia Calviño como nueva ministra de Economía,  ha sido alabado desde Bruselas, y desde los principales sectores económicos españoles. Lleva más de una década como alta funcionaria en las instituciones europeas. Entiende como nadie la importancia de un Presupuesto, de la responsabilidad fiscal, y ha dedicado casi un lustro a la tarea imposible de cuadrar las cuentas del continente. Incluso la ha avalado Ana Botín, presidenta del Banco de Santander.

Dicho lo cual me parece oportuno recurrir a las fuentes de algunos pensadores socialistas y así recordar a los prebostes del PSOE la esencia de la socialdemocracia, que parece ya la tienen olvidada. Quiero fijarme en el pensamiento de Luis Gómez Llorente expresado en su libro Educación pública publicado del año 2000. Convendría que lo leyeran los ideólogos del PSOE. Yo lo he hecho y me ha servido para refrescar mis ideas.

Nos recuerda Gómez Llorente que el socialismo en su historia ha atravesado por tres fases bien diferenciadas: el socialismo utópico, el socialismo científico y la socialdemocracia. Solo quiero fijarme en el tercero. La socialdemocracia plasmada en la II Internacional, en cuanto a sus métodos es la conquista pacífica del Estado por parte de la clase trabajadora a través de las elecciones, y de ahí la organización de la tarea política de los partidos de la clase obrera, hermanados con sus correspondientes sindicatos. Cabe señalar que el marxismo revolucionario y la socialdemocracia coinciden en la necesidad de la posesión del poder del Estado, o sea, la ley y el monopolio de la fuerza coactiva para llevar a cabo cambios en el régimen de propiedad y en el sistema de producción conducentes al socialismo, ya sea por la vía revolucionaria o por la evolutiva.

Sin embargo la socialdemocracia en el siglo XX hizo con buen criterio rectificaciones importantes a sus planteamientos doctrinales iniciales. A medida que avanza el siglo se apercibe que no es tan importante socializar la producción de la riqueza como socializar una parte importante de las rentas producidas. Igualmente que en la sociedad industrial avanzada, que produce un manantial importante de bienes para asegurar un adecuado bienestar para todos, lo importante no es cómo se producen, sino cómo se distribuyen esos bienes. Descubre que se puede compatibilizar la producción en régimen capitalista con la producción de bienes y servicios en régimen socializado, y una cierta asignación de recursos por el mercado con una redistribución de recursos por parte de servicios estatales a través de la vía fiscal. En una palabra, descubre el Estado providencia. Y que, además, todo esto es compatible con la práctica de constituciones democráticas, donde se explicitan derechos individuales y un sistema parlamentario. Es el modelo centroeuropeo que se expande las tres décadas posteriores al final de la II Guerra Mundial, en el que se alternan gobiernos socialdemócratas y demócrata-cristianos. Se llame Estado providencia o Estado de bienestar,  siempre aparece el término Estado. El Estado de bienestar, corrector de las injusticias sociales generadas por el mercado, no hubiera sido posible sin un poder fuerte, que respetando las garantías democráticas, anteponía el interés general al particular, y que no vaciló siempre que fue necesario en sustituir la iniciativa privada para conseguir el bienestar social. Un poder estatal que proclamó sin ambages que la política fiscal era un factor de redistribución de la riqueza, y que el Estado tendría que controlar de alguna manera la dirección de los grandes flujos  inversores. El Estado asumió servicios básicos fundamentales como la educación, la sanidad, las pensiones, el subsidio de desempleo… Así Europa occidental salió de la miseria de la posguerra. En esos momentos el Estado todavía era soberano en gran parte como para poder diseñar unas políticas económicas, en las que cabían unas diferencias entre las  políticas liberal-capitalista y las socialdemócratas.

Las experiencias traumáticas de la Revolución rusa, los fascismos, las dos guerras mundiales propiciaron que las clases propietarias aceptasen un Estado poderoso, para garantizar un orden democrático, en el que a la vez que se mantenía la propiedad privada de los medios de producción, se controlaban los intereses del capital con unas leyes sociales reguladoras del mundo del trabajo. Por ello, no deberíamos olvidar, sería un ejercicio de amnesia lamentable, que la paz social en libertad de la que disfrutó Europa durante un largo periodo se basó en un control social razonable de la actividad económica. El sistema mixto, el equilibrio sector público-sector privado; libre iniciativa-intervención estatal, sirvieron para forjar uno de los momentos de mayor progreso económico y estabilidad política de la reciente historia europea.

Visto lo cual, el ataque brutal al Estado por parte del neoliberalismo, que podemos observarlo en el debilitamiento de la soberanía del Estado, la disminución de sus competencias, el desprestigio de sus instituciones y la moda privatizadora, es un ataque frontal a la verdadera esencia de la socialdemocracia.

La reducción del papel del Estado para controlar la actividad económica, la brutal e irreversible disminución de los recursos estatales con reformas fiscales regresivas, y, por ende,  de su capacidad de redistribución de la riqueza; la brutal desregulación del trabajo, y la ausencia de resortes para controlar los flujos financieros, suponen la quiebra del modelo socialdemócrata de reforma social. Por todo ello, los partidos “socialdemócratas” europeos están en un callejón sin salida, y como no saben responder a las expectativas de una gran parte de su antiguo electorado, cada vez su peso político se está reduciendo a marchas forzadas, y, de momento, de una manera irreversible, tal como se refleja en los distintos procesos electorales. El descrédito de los partidos llamados “socialdemócratas” no es correlativo al de la socialdemocracia, cuya validez para solucionar los graves problemas sigue plenamente vigente, lo único que se necesita es que haya políticos con la suficiente altura moral y coraje político para volver  a rescatarla del callejón de la historia, donde ha quedado arrumbada y olvidada. Como acabamos de ver. Discurso claro y contundente. Lo puede entender cualquier ciudadano normal. Lo que yo no tengo tan claro, si son capaces de entenderlo los dirigentes del PSOE.

Pero no quiero desaprovechar la ocasión para reflejar también las ideas de Gómez Llorente sobre el republicanismo, que son de gran actualidad, por razones que todos conocemos. Para ello me fijaré en su memorable discurso en la defensa del voto particular del PSOE, en el Congreso de Diputados el 11 de mayo de 1978 en el debate de la Monarquía Parlamentaria como forma política de Estado, del que expongo las ideas fundamentales.

Nos dice Gómez Llorente. En la elaboración de la Constitución, los socialistas asumen la responsabilidad de replantear todas las instituciones básicas de nuestro sistema político sin excepción, incluso la forma política del Estado y la figura del Jefe del Estado. No creen en el origen divino del Poder, ni  en el privilegio  por razones de linaje. Ni aceptan la Monarquía como una situación de hecho. Defienden la República: por honradez, por lealtad con su electorado, por las ideas del partido, porque sienten el  mandato  de los republicanos que no han podido concurrir a las elecciones. Reafirman la forma de gobierno republicana, al ser la más racional y acorde con los principios democráticos.  Del principio de la soberanía popular se infiere que toda magistratura deriva del mandato popular; que las magistraturas representativas son fruto de la elección libre, expresa, y por tiempo definido y limitado.  La limitación no sólo en las funciones, sino en el tiempo de ejercicio de los magistrados que representan a la comunidad, es una de las ventajas más positivas de la democracia, pues permite resolver pacíficamente, por la renovación periódica el problema de la sustitución de las personas, mas por el contrario, es muy conflictivo la sustitución de los gobernantes no electos.  Además para un demócrata, ninguna generación puede comprometer la voluntad de las generaciones sucesivas. Por otra parte, en nuestra historia vemos que en la  implantación del régimen constitucional, la Monarquía ha sido un gran impedimento. Por eso exclamó Pablo Iglesias en el Parlamento el 10 de enero de 1912: “No somos monárquicos porque no lo podemos ser; quien aspira a suprimir al rey del taller, no puede admitir otro rey”.

Los socialistas aspiran a la igualdad y se esfuerzan por compatibilizar la libertad y la igualdad, de ahí sus reparos a la herencia. ¿Cómo no vamos a ser contrarios a  que la jefatura del Estado sea hereditaria? Estas ideas no tienen su génesis en el propio pensamiento socialista, sino en el liberalismo radical burgués. Mas los socialistas son republicanos no sólo por razones de índole teórica. Pertenecen, a un partido, que se identifica con la República, no en vano, fue el pilar fundamental en el régimen del 14 de abril de 1931. Fue baluarte de la República, cuando no hubo otra forma de asegurar la soberanía popular, la honestidad política y, en definitiva, el imperio de la ley unido a la eficacia en la gestión. Si hoy el PSOE no se empeña como causa prioritaria en cambiar la forma de Gobierno es porque alberga razonables esperanzas de compatibilizar  la Corona y la democracia, y que la Monarquía sea una pieza constitucional, que sirva para los Gobiernos de derecha o de izquierda y que viabilice la autonomía de las nacionalidades que integran el Estado. Por ello aceptan lo que resulte en este punto del Parlamento constituyente. Fin de las palabras de Gómez Llorente. Muy claras, también. Deberían servir de motivo de reflexión a los dirigentes del PSOE.

Hoy, en 2018, los tiempos son otros y muy diferentes. La institución monárquica está totalmente desacreditada. ¿Hoy se mantienen esas esperanzas de compatibilizar la Corona con la democracia? Ustedes mismos, se pueden responder. Mi respuesta está implícita en la pregunta. Por ello, que el PSOE plantease hoy un referéndum Monarquía o República sería lo razonable. Y por dignidad democrática. ¿Por qué no preguntan sobre el tema a la militancia? Además no pasaría nada si se instaurase la República. Estoy convencido que seguiría saliendo el sol, que después del día vendría la noche; y que  después del verano vendría el otoño, y luego el invierno.. Y España no sería sacudida por un movimiento sísmico. Ya vale de infundir tanto miedo a la ciudadanía con una posible llegada de la República.  En estos años de democracia, podrían haber ejercido la Jefatura del Estado, seguro mucho mejor que el ínclito Juan Carlos I, personajes de la talla de Adolfo Suárez, Ernest Lluch o Francisco Tomás y Valiente.

 Como el PSOE no tiene el coraje político suficiente para defender el republicanismo, lo tienen que hacer las nuevas fuerzas políticas llegadas a los ayuntamientos en las últimas elecciones municipales. Han sido criticadas con  el argumento, ya sobado de que la gente está más preocupada por otras cuestiones. Seguro. Pero eso no es motivo suficiente para denegar la defensa del republicanismo, republicanismo que esas fuerzas políticas lo llevaban en su programa electoral. Republicanismo que ya ha olvidado  el PSOE, así como  también se ha olvidado el denunciar los Acuerdos con la Santa Sede. Los olvidos del PSOE son muchos. Para justificar estos olvidos sus dirigentes  siempre encuentran motivos: el consenso, política de Estado, estrategia electoral, etc. Luego se sorprenden de que muchos de sus votantes hayan preferido y sigan prefiriendo otras opciones políticas.

La auténtica talla de los políticos, se demuestra cuando piensan a tiempo en que han llegado nuevos tiempos.

Socialdemocracia y republicanismo en el pensamiento político de Luis Gómez Llorente