sábado 19.10.2019

Reflexiones intrascendentes de un ciudadano cabreado sobre nuestro presente político

Estoy observando en nuestra clase política unos discursos, unos relatos y unos comportamientos relacionados con los pactos para formar gobiernos autonómicos y estatal, que me producen un gran desencanto, e incluso, a veces, ciertas dosis de risa. Tengo la impresión de que nuestros políticos nos toman por imbéciles.

Me fijaré en algunos de estos discursos muy representativos. Ante la pregunta a portavoces de algunos partidos: ¿Con quién van a pactar? La respuesta es prácticamente la misma. Es intercambiable. “Nosotros no intercambiamos sillones. Nosotros somos responsables. Contrastaremos programas y en base a ello negociaremos. Siempre lo hemos hecho así. Porque nuestro objetivo como partido responsable ha sido siempre el interés del pueblo español". 

¡Qué nivel! Me recuerda la canción Mi colegio de la Trinca, cuando decía: ¡Qué buenos son los padres escolapios que nos llevan de excursión! Se repiten como loritos. Y se quedan tan anchos. De verdad, nos toman por gilipollas. Todo puro teatro. Dan risa. Es tragicómico. Ante estas palabras plenas de profundo calado ideológico, un ciudadano normal tiene que hacerse una pregunta muy simple y con cierta dosis de humor. Esas fuerzas políticas acusatorias, que no quieren sillones: ¿Se sentarán en alguna banqueta, algún taburete o, quizá, en el suelo? Hace falta tener cuajo para emitir tales palabras. En cuanto a los programas. ¡Ah, los programas! Sirven para todo. Otra palabra mágica. ¡Qué bonita! Los programas electorales, que nadie los lee, buzoneados junto con las papeletas de los partidos, todos sabemos dónde acaban en su mayoría… Yo, tengo la rara costumbre, puede que un tanto masoquista, de leerlos. Y en ellos, me llama la atención que aparezcan “60 propuestas” o en algunos más ambiciosos, “100 propuestas”. ¿Por qué siempre son cifras redondas 60 o 100? ¿Cuándo llegan a esas cifras se les agota la imaginación a los grandes ideólogos de los partidos políticos? Por cierto, en estos procesos de negociación, en ningún momento afloran esas diferencias programáticas. Todo se reduce a la matraca de los sillones. ¡Ya vale!

La mentira se ha institucionalizado en el juego político

Ahora mismo, acabamos de sorprendernos con otro discurso. La capacidad de sorpresa de la ciudadanía española es ilimitada. La portavoz de un partido muy enojada, acusa a otro, para justificar la ruptura de las negociaciones, de que su líder ha pedido la vicepresidencia del Gobierno. Este replica que no es cierto. Ante este hecho, ¿qué tiene que pensar el ciudadano normal?, ¿a quién ha de creer? Cabe pensar que los militantes de los respectivos partidos deberán, mejor tendrán que creer a sus portavoces, porque eso es una exigencia para la miltancia, sin que tengan datos para justificarlas. Esto funciona como si fuera una secta. Es cuestión de fe. Con lo fácil que sería conocer la verdad. Luz y taquígrafos. Pero a nuestra clase política esto no les interesa, ya que la mentira se ha institucionalizado en el juego político. Al respecto me parecen muy oportunas las palabras de Antonio Machado en Juan de Mairena, sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo: «Se miente más que se engaña; y se gasta más saliva de la necesaria... Si nuestros políticos comprendieran bien la intención de esta sentencia, ahorrarían las dos terceras partes, por lo menos, de su actividad política».

¿Cómo se puede presentar como liberal, de centro, un partido que no se habla con Unidas Podemos, el  PSOE de Sánchez, independentistas, nacionalistas, la mayor parte de feministas, y LGTBI?

Hay un partido político, que llegó a la política española, para regenerarla, el cual para justificar su participación en determinados gobiernos autonómicos o municipales, argumenta que es un gobierno liberal, de centro, reformista, progresista. Ya, menos mal, no habla de socialdemócrata. De verdad, hace falta tener cuajo (desfachatez, cara dura, desvergüenza…) para emitirlas. El gran líder ya no sale. Tiene que salir la portavoz, que escapó de Cataluña. De verdad, resulta patética. Da muestras que no cree en absoluto lo que le han dicho que tiene que decir y que lleva escrito en unas cuartillas, cual si fuera un catecismo. ¿Cómo se puede presentar como liberal, de centro, un partido que no se habla con Unidas Podemos,el  PSOE de Sánchez, independentistas, nacionalistas, la mayor parte de feministas, y LGTBI…? A este paso pronto no se hablará con la CEOE y la Conferencia Episcopal. Si no tienen enemigo se lo inventan, aunque quizá el mayor enemigo sea el mismo Rivera. Todos son, somos enemigos, salvo el PP (que también lo es estratégicamente) y por supuesto es enemigo de VOX, ya que no quieren “reunirse” con él.  Una de sus grandes aportaciones a la terminología política a partir de estas negociaciones será llamar “tomar café” a las reuniones.

El uso de las palabras citadas anteriormente por parte de los portavoces de Ciudadanos merece una reflexión, que también es extrapolable al resto de los partidos políticos. Es muy frecuente por nuestra clase política y también por los medios el uso de palabras que además de biensonantes resultan incuestionables para el público: desarrollo, modernización, liberal, progresista, competitividad, crecimiento, reformas, democracia, sostenibilidad, etc. Podríamos poner otras, aunque no muchas más, ya que los políticos repiten casi siempre las mismas.

El control del lenguaje ha sido siempre instrumento de dominación. El capitalismo de hoy en su versión neoliberal sólo profundizó y extendió prácticas anteriores. El lingüista alemán Uwe Poerksen en su libro de 1988 Palabras plásticas: la tiranía de un lenguaje modular documentó cómo se impuso sobre el habla vernácula (común) la tiranía de un lenguaje modular formado por las que llama palabras plásticas. Palabras huecas, vacías, de plástico, sin sustancia que han sido alteradas en su significado y empobrecidas en su contenido para usarlas como simples módulos de ensamblaje que se ajustan a cualquier discurso, relato, necesidad, solución de problema o justificación de un atropello. Son contorsiones semánticas para ocultar y deformar los hechos políticos, sociales y económicos de cualquier sociedad. Cuando nuestra clase política usa y abusa de esas palabras de plástico: ¿saben realmente lo que dicen? Creo que no. ¿Y entonces por qué las utilizan? Porque saben que nadie las va discutir. ¿Quién va a estar en contra del desarrollo, de la modernización, del crecimiento, del progreso, de la democracia…? Y si alguno tiene la osadía de criticarlas, será sometido a furibundos ataques y además acusado de retrógrado. Pero no debemos olvidar que en numerosas ocasiones al amparo o con la excusa del desarrollo, democracia, centrismo, liberal, reformista, progresista,  se han destrozado economías, sociedades y culturas en el mundo.

Que pacten lo que tengan que pactar y con quien sea. De una puñetera vez

Que pacten lo que tengan que pactar y con quien sea. De una puñetera vez. En todo caso, los pactos posibles para la formación de los gobiernos municipales y autonómicos no deberían haber entorpecido ni retrasado la formación del gobierno a nivel estatal. Sé que decir esto es pecar de ingenuidad. Admito mi ingenuidad, pero también tengo derecho como ciudadano a acusar a nuestra clase política de irresponsabilidad, ya que no tiene prisa alguna para constituir un gobierno a nivel estatal, y así empezar a tomar medidas para solucionar los muchos y graves problemas que aquejan a la sociedad española. Por si acaso se los recuerdo: creciente desigualdad, paro y precariedad, desahucios, pobreza energética, la reforma de las pensiones, contaminación ambiental, y, sobre todo, el más importante, la vertebración territorial, el problema catalán, bueno, catalán no, español. Se lo toman con calma. ¿Esperan que se solucionen esos problemas por sí mismos? Por supuesto, el mayor culpable de esta tardanza recae en el líder del partido que ganó las elecciones. Quizá no tengan prisa, porque saben que la administración en sus distintos ámbitos, hospitales, colegios, policía, Hacienda, Seguridad Social..., siguen funcionando.

Reflexiones intrascendentes de un ciudadano cabreado sobre nuestro presente político