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jueves 26/5/22

Los políticos actuales son todos hijos de Margaret Thatcher

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(FILES) - A picture dated July 17, 1987 shows former US President Ronald Reagan and former British Prime Minister Margaret Thatcher posing for photographers on the patio outside the Oval Office, Washington, DC. Former British prime minister Margaret Thatcher, the "Iron Lady" who shaped a generation of British politics, died following a stroke on April 8, 2013 at the age of 87, her spokesman said. AFP PHOTO/Mike SARGENT

Ortega y Gasset nos enseña: Siempre ha acontecido esto. Cuando el inmediato futuro se hace demasiado turbio y se presenta excesivamente problemático el hombre vuelve atrás la cabeza, como instintivamente, esperando que allí, atrás, aparezca la solución. Este recurso del futuro al pretérito es el origen de la historia misma…

La cita es muy adecuada para los momentos actuales. En 1929 irrumpió en Estados Unidos una gravísima crisis económica, la Gran Depresión. Generó cifras de más del 24% de parados, dejó sin casas y sin granjas a muchas familias desahuciadas por la ejecución de las hipotecas, grandes pérdidas financieras y bursátiles, cierre de empresas y muchos bancos. Parecía que toda una civilización se venía abajo, lo que sorprendía si tenemos en cuenta que en 1928, el presidente  Hoover, de profesión ingeniero, había dicho que “los americanos no iban a necesitar paraguas ya que iban a vivir siempre bajo un sol perpetuo.

Las similitudes de la Gran Depresión con la actual crisis iniciada a fines del 2007, son muchas. En sus causas: especulación financiera desorbitada, carencia de controles en las transacciones, burbujas inmobiliarias, crisis de la deuda y un gran incremento de las desigualdades sociales. También en los años 30, la crisis, que en principio era financiera repercutió inmediatamente sobre la economía real y la sociedad.

Donde aparecen con claridad las diferencias es en las medidas para salir de la crisis.  La actual crisis está sirviendo como pretexto para cambiar el modelo político, social y económico surgido a mitad del siglo XX. La crisis es una patraña, que sirve para ocultar las perversas y verdaderas intenciones: una contrarrevolución en toda regla. No se aplican recetas para salir de la crisis, se están aplicando para cambiar el sistema. Ya que son recetas no solo insuficientes sino también contraproducentes para salir de la crisis, tal como estamos constatando. Están siendo utilísimas para destrozar nuestro Estado de bienestar. Y dinamitar toda la legislación laboral conseguida tras cruentas luchas de la clase obrera. Y eviscerar la democracia. Es la gran diferencia. En la de los años 30 se buscaba, de verdad, la salida y así se alcanzó una transacción entre capitalismo y socialismo, impregnada y guiada por un sentido de la equidad y justicia social; tratando de alcanzar un capitalismo de rostro humano más regulado, para erradicar la exclusión social con una mayor y mejor redistribución de la riqueza y de las oportunidades a través de un mayor compromiso social del conjunto. Capitalismo que estuvo vigente tras la II Guerra Mundial.

Y además existe otra gran diferencia.  Los actuales dirigentes políticos, auténticos pigmeos, carentes de cualquier sentido ético, mientras son implacables a la hora de infligir grandes dosis de sufrimiento a la gran mayoría de la sociedad por los desastres generados por unos pocos; a la vez toleran su impunidad y su enriquecimiento. Los Merkel, Hollande, Cameron, Renzi, Rajoy representan una cohorte de políticos, que todos tienen en común el poco o nulo entusiasmo que generan en su electorado, ya que no transmiten ni convicción ni autoridad moral. Son políticos, todos hijos de Thatcher, que tienen como misión exclusiva desmantelar las instituciones del Estado de bienestar que recibieron de sus predecesores para el enriquecimiento de unos pocos. Además de haberse cargado la democracia en la Unión Europea, ya que en ella  son órganos y personal no electos los que toman las decisiones básicas que se adoptan con escasa publicidad y transparencia: el paradigma es el BCE, aunque ni la presidencia del Consejo ni de la Comisión-ni tampoco los comisarios- gozan de refrendo electoral directo. No se estructura una oposición organizada al Ejecutivo de la UE como medio de control. Sin embargo sus órganos de decisión  son muy permeables a los grupos de interés, lobbies y representantes de grandes grupos empresariales. Así se ha llegado a una auténtica des-democratización- de las grandes decisiones ninguna instancia electiva se hace responsable: ni las de los estados miembros porque las han desplazado hacia la UE, ni las de la UE porque son tomadas por órganos comunitarios-especialmente el BCE- totalmente distantes de la responsabilidad electoral. Boaventura de Sousa Santos habla a nivel general pero sus palabras son aplicables a las instituciones de la Unión Europea “en los últimos treinta años las conquistas logradas han sido cuestionadas y la democracia, últimamente, parece más bien una casa cerrada y ocupada por un grupo de extraterrestres que decide democráticamente sus propios intereses y dictatorialmente los de las grandes mayorías”. Un régimen mixto, una democradura.

En cambio tras II Guerra Mundial hubo auténticos líderes políticos, capaces de guiar e ilusionar a un pueblo en un proyecto colectivo, que implantaron el Estado de bienestar propiamente dicho en determinados países de Europa occidental y nórdica; y por supuesto un régimen democrático capaz de embridar las fuerzas desbocadas del mercado. El modelo británico fue obra de laboristas y conservadores y que fue seguido por diferentes países europeos. En 1945 los laboristas encabezados por Attlee ganan con el 47%, con una diferencia de 8 puntos e inician inmediatamente la construcción del welfare británico, poniendo en marcha el Informe Beveridge, que establece entre otros principios que la Seguridad Social debe evitar la miseria, enfermedad, ignorancia, desamparo y desempleo. De ahí,  en 1945 la Ley de subsidios familiares, la de la Seguridad Social en 1946, la de  la asistencia social en el 1948, y el Servicio Nacional de Salud en 1946, la auténtica joya de la Corona.

Y otro gran líder del periodo en entreguerras fue Franklin Delano Roosevelt (1882-1945), del Partido Demócrata, que fue electo en 1932 y reelegido tres veces más, caso único en la historia estadounidense. Desde que accedió a la presidencia dio muestras de un liderazgo, que podríamos resumirlo en palabras como respeto, empatía, justicia y compromiso con y para sus conciudadanos. Ante un país devastado, rápidamente quiso restablecer la confianza de sus ciudadanos para salir de la crisis, tal como dijo en el bellísimo discurso de investidura, el 4 de marzo de 1933  “a lo única cosa que debemos tener miedo es al miedo mismo, el innombrable, el irracional e injustificado temor que paraliza los esfuerzos que necesitamos para convertir el retroceso en avance.” Igualmente apeló, lo que fue una constante en su política, al compromiso de todos en una tarea común, muy vinculada a la historia americana.  La clave es el esfuerzo colectivo de toda la sociedad bajo un liderazgo claro. Esto lo vemos en las leyes que propone al Congreso, y cuando se dirige a los empresarios, para que hagan un esfuerzo para subir el sueldo a los trabajadores “sin los salarios y los beneficios de la mitad del país, la economía funciona solo a medias. No resulta de gran ayuda que la mitad afortunada sea muy rica, la mejor manera es que todos sean razonablemente acomodados”.

En sus famosas charlas a orillas del fuego, Roosevelt se dirige por radio a sus conciudadanos en un lenguaje muy claro explicando las medidas que va a tomar, por qué las tomaba, y el resultado que esperaba obtener, y luego rendir cuenta de los resultados o de las rectificaciones para alcanzar el resultado previsto. En cambio los dirigentes actuales  no explican los recortes en servicios públicos o en derechos, ni por qué se hacen, o mienten abiertamente “la recapitalización de la banca española no tendrá coste alguno para los ciudadanos”. En este diferente trato a la ciudadanía, es cuando se ve la diferencia entre un auténtico líder y quien no lo es.

La política de Roosevelt gira en torno a un objetivo: el de ayudar a las personas que son víctimas de la adversidad, los sin trabajo, los sin techo, pero no por caridad sino como un deber social. En todos sus discursos muestra su preocupación por el sufrimiento humano como “los que queriendo trabajar no encuentran trabajo”. O en este fragmento, que podría ser muy aleccionador para los gobernantes de hoy: “hay muchas formas en que esta reducción del gasto se puede ejecutar, pero estoy totalmente en contra de que el ahorro se haga a costa de la gente que sufre hambre”.

Los políticos actuales son todos hijos de Margaret Thatcher