Jueves 27.06.2019

El periodismo ha de poner en calzas prietas al poder

El periodismo de investigación ya no es una opción sino la opción. El suscriptor se siente parte de ese esfuerzo y paga su cuota si todo el diario le ofrece contenido original de calidad

Entre las entrevistas que he leído últimamente me ha llamado poderosamente la atención, la realizada por La Vanguardia a Diana Owen, analista de medios; politóloga; e investigadora en la Universidad de Georgetown. El titular era impactante “Ni anuncios ni quioscos; hoy un diario lo salvan los suscriptores”.

Un fenómeno, que se ha producido en los últimos años en la prensa escrita tradicional, ha sido el haberse visto sometida a graves problemas económicos por la reducción de los ingresos de la venta directa de ejemplares y de la publicidad, sobre todo, por la competencia de la prensa digital accesible a través de la red, lo que ha supuesto una reducción dramática de las plantillas, así como la precarización del trabajo periodístico. Que se haya roto esta dinámica negativa me llama poderosamente la atención, tal como señala Diana Owen, que ha analizado la decadencia de la prensa convencional y está estudiando el auge de la digital, que hoy sirve para defender a la democracia. Señala que tras una década de recortes en plantillas y sueldos, los grandes diarios centenarios de referencia han cambiado su modelo de negocio y ya son rentables en la sociedad digital. Pero no por la publicidad, que ya no es su fuente principal de ingresos-ni volverá, ni por la venta en los quioscos-que son ya un antigualla del pasado-, sino gracias a miles de nuevos suscriptores digitales. Se ha renovado así la relación del diario con sus lectores: ya no son sólo compradores, sino que se sienten orgullosos de suscribirlo y de influir a través de él. Los diarios de referencia digitales hoy son plurales y fiables,- no tienen nada que ver con los grandes diarios generalistas de antaño analógicos, que eran claramente de partido- se han convertido en la garantía frente a las fake news y la información interesada que, precisamente por serlo, ahora ya se regala al instante en las redes. No son sectarios, las cabeceras renovadas de referencia no son partidistas en absoluto. Los lectores que pagan su suscripción agradecen puntos de vista que no son los suyos, pero que merecen conocerse por su rigor y argumentos. Y así pueden tener acceso directo en primicia a contenidos originales de calidad y a un periodismo de investigación que determine la agenda pública. Los cientos de miles de nuevos suscriptores digitales de The Washington Post y The New York Times y de otros legacy media financian hoy su periodismo de investigación. El equipo de David Fahrenthold en The Washington Post, por ejemplo, ha investigado durante dos años hasta revelar las finanzas e intereses ocultos del clan del presidente Trump. El periodismo de investigación ya no es una opción sino la opción. El suscriptor se siente parte de ese esfuerzo y paga su cuota si todo el diario le ofrece contenido original de calidad. Poco a poco se consolida así un vínculo entre el diario y sus suscriptores que es más personal que el que existía si lo compraba en el quiosco. El nuevo suscriptor vivirá mucho mejor si las noticias las tiene de una fuente de su confianza, que sabe que está financiando y que hace mejor a su sociedad y a su país. El periódico ya no es un producto más; el suscriptor se identifica con él mucho más que antes. Nunca la prensa legacy había tenido tanta influencia. No sólo las redes, también las cadenas de televisión por cable que informan a la mayoría de los norteamericanos en esencia se nutren de esos diarios. Los suscriptores también lo saben y están orgullosos de ver que sus noticias marcan la agenda pública. Lo esencial es que los diarios que investigan y sacan noticias marcan la agenda y vuelven a ganar dinero e influencia. Los grupos de comunicación que esperan que les lleguen las noticias de partidos, administraciones y los lobbies se vuelven redundantes, ­ergo irrelevantes, y acaban por cerrar. Las tertulias, el género más barato para llenar horas de tele y radio, que estiran cada tuit de Trump durante horas sin aportar nada a la audiencia: ¿quién quiere pagar por suscribirse a un medio que sólo hace eso? Están en decadencia. En cambio, sobrevivirán, ya lo están demostrando esos grandes diarios de referencia y, además, con un cuerpo de suscriptores orgulloso de serlo y que modularán su línea editorial. Creo que la democracia saldrá fortalecida, porque habrá más periodismo de investigación y más rentable.

Pero ese periodismo de investigación requiere esfuerzo, y exige luchar contra muchas barreras poderosas. Lo señalaba ya Henry David Thoreau en 1854 en Walden: “Asentémonos y esforcémonos para hundir profundamente los pies a través del lodo y del barro de la opinión, del prejuicio, la tradición, el engaño y la apariencia -ese aluvión que cubre el mundo-, de París y Londres, de Nueva York Boston y Concord, de la Iglesia y del Estado, de la poesía, la filosofía y la religión, hasta tocar fondo duro, rocas estables que podamos llamar realidad”.

El periodismo, que está triunfando hoy, es el bueno, el serio, el de investigación, el independiente, el crítico con el poder

Como señalaba antes las palabras de Diana Owen son muy interesantes, y que deberían tener en cuenta los diferentes medios de comunicación, ya que lo que acontece en los Estados Unidos, tarde o temprano se traslada a otros países. Además de describir el nuevo modelo de periodismo, cabe destacar que el periodismo, que está triunfando hoy, es el bueno, el serio, el de investigación, el independiente, el crítico con el poder. Tampoco esto es una novedad. Ese el periodismo de verdad. Si no se rige por esos planteamientos no es periodismo. Es otra cosa. Hoy lamentablemente hay un periodismo al servicio del poder político y económico. Lo dice muy bien Jhon Berger recientemente fallecido en un precioso escrito Como resistir a las fuerzas del olvido.

“En el orden global totalitario del capitalismo financiero especulativo en el que vivimos, los medios no dejan de bombardearnos con información, pero esta información es casi siempre una diversión planeada, que nos distrae la atención de lo que es cierto, esencial y urgente. Mucha de esa información tiene que ver con lo que alguna vez llamamos política, pero ahora la política fue subsumida por la dictadura global del capitalismo especulativo, con sus comerciantes y grupos bancarios de presión. Los políticos, tanto de derecha como de izquierda, continúan en sus debates, en sus votaciones, en la aprobación de resoluciones, como si no fuera así. El resultado es que su discurso no se refiere a nada. Es inconsecuente. Las palabras y los términos que utilizan y repiten –como terrorismo, democracia, flexibilidad– se vaciaron de cualquier significado. A lo ancho del mundo sus públicos siguen sus cabezas parlantes cual si atisbaran un interminable ejercicio escolar o una clase donde aprendieran retórica. Pura  mierda.

Otro capítulo de la información con la que nos bombardean se concentra en lo espectacular, en los eventos violentos y chocantes dondequiera que ocurran por el mundo. Asaltos, terremotos, embarcaciones capturadas, insurrecciones, masacres. -Es añadido mío lo morboso, lo escabroso, vinculado con el tema sexual, violaciones, asesinatos, tal como estamos comprobando ahora mismo-  Una vez mostrados, cualquier espectáculo es reemplazado por otro. Casi no existen explicaciones pacientes ni seguimientos. Nos llegan como impactos, no como historias. Son el recordatorio de la impredictibilidad de lo que puede ocurrir. Demuestran los factores de riesgo en la vida.

Añadamos a esto la práctica lingüística utilizada por los medios en su representación y descripción del mundo. Es muy cercana a la jerga y lógica de los expertos en administración y manejo. Cuantifica todo y casi no hace referencia a la sustancia o a la cualidad. Se ocupa de los porcentajes, de los virajes en las encuestas de opinión, de las cifras del desempleo, las tasas de crecimiento, las crecientes deudas, las estimaciones de dióxido de carbono, etcétera, etcétera. Es una voz que se siente a gusto con los dígitos pero nada tiene que ver con los cuerpos vivos, o con los que sufren. Y no habla ni de remordimientos ni de esperanzas. Entonces, lo que se dice públicamente y el modo en que se dice promueven una especie de amnesia cívica e histórica. La experiencia nos es arrebatada. Los horizontes del pasado y el futuro se borronean. Estamos siendo condicionados a vivir en un interminable e incierto presente, reducidos a ser ciudadanos en el Estado del Olvido”.

Termino con una reflexión, para todo aquel que sienta la profesión de periodista, de no menos calado del artículo del periodista colombiano Reinaldo Spitaletta -¡qué periodismo más comprometido y arriesgado existe en Sudamérica!- Periodismo prostituido. Muchos periodistas sudamericanos su compromiso lo pagan con su vida. Este artículo de Reinaldo Spitaletta debería estudiarse en todas las Escuelas de Periodismo y estar enmarcado en las redacciones de todos los periódicos. Dice así:

”La tía Betsabé (protagonista de mi novela El último puerto de la tía Verania), que era una señora de mucha guasa, advertía sobre tres oficios que la mayoría de gente creía que eran muy fáciles de ejercer. Los denominaba las tres “pes”: periodista, panadero y puta. Hoy quiero referirme al primero de ellos…

El periodismo  nació en la modernidad en medio de la lucha entre las viejas y las nuevas ideas; la Ilustración le dio un carácter de servicio a los más desprotegidos, de servir de vocero de los oprimidos y olvidados de la historia. De ser un vehículo para la defensa de aquello que apenas surgía como una novedad revolucionaria, los derechos del hombre y del ciudadano.

Se iba aclarando que el periodismo se destinaba para narrar las desgracias del hombre, de los explotados, de los humillados y ofendidos. La prensa (aparte de tener la posibilidad en el capitalismo de ser una empresa comercial, con plusvalías y ánimos de lucro) se erigía como el “cuarto poder”, fiscalizador de los otros poderes y portador de cultura, transmisor de lo más avanzado y también de lo más vergonzoso del hombre. Cabían en sus trabajos desde las ideas de progreso y los descubrimientos científicos hasta las bajezas de un político y las desventuras de las víctimas de la guerra.

El periodista era parte de los ilustrados. Y el periódico estaba para ser vocero de las luchas contra las injusticias y los atropellos. Ejemplos históricos como Yo acuso de Émile Zola hasta los reportajes de denuncia de Upton Sinclair, o los de Reed sobre trabajadores norteamericanos, sin contar sus narraciones sobre las revoluciones de México y Rusia, pasando por sus informes sobre la guerra en Europa oriental.

Abundan, ni más faltaba, los grandes periodistas de todos los tiempos. Lo que se quiere decir es que, tras desaparecer el “cuarto poder”, absorbido por los otros, y puesto en general el periodismo al servicio de los poderosos, con lo cual la esencia del periodismo se vulneró, para ser solo propaganda, el asunto ha venido de mal en peor. Noticiarios y periódicos de baja estofa, que es más lo que ocultan que lo que revelan. Embriagados con la promoción de la estupidez y la banalidad. Y periodistas sometidos a destacar lo bobería por encima de la inteligencia. Medios que son un atentado contra la razón y el buen gusto. Con reporteros que no salen a las calles, ni son capaces de mostrar los entresijos de la ciudad, las causas de la violencia, las brechas sociales, las infamias del sistema de salud, las injusticias cotidianas. Nada. Solo bazofia y superficialidad. El periodismo, en general, ha perdido su esencia combativa, su capacidad crítica y de poner en calzas prietas al poder. Y se ha mudado a la otra posición, la de servir de mampara de los desafueros oficiales. No revela; tapa. No cuestiona; bate incienso. Se ha prostituido, aunque, como decía la tía, tampoco es fácil el ejercicio de vender la carnita…”.

El periodismo ha de poner en calzas prietas al poder