martes 17.09.2019

Sánchez e Iván Redondo: mucho ojo, que las elecciones las carga el diablo

Estas líneas quizá sean las que escribo con más profundo malestar. Razones no faltan. Que tras cerca de 5 meses de las elecciones generales del 28-A, con unos resultados ganadores para las fuerzas de la izquierda, estas hayan sido incapaces de formar un gobierno, resulta desolador. Naturalmente que hay culpables. Tal como se vislumbra en el futuro más próximo, todo ese voto de izquierdas del 28-A, insisto claramente vencedor, es posible que se desperdicie y acabe en el cubo de la basura con gran regocijo de la derecha.

De entrada la realidad es muy clara. Y quien no la quiera ver es un ciego. Viene bien recurrir a nuestra Carta Magna.  En el artículo 99 de nuestra Constitución aparece en 5 ocasiones  la palabra confianza. “El candidato propuesto expondrá ante el Congreso de los Diputados el programa político del Gobierno que pretenda formar y solicitará la confianza de la Cámara. Si el Congreso de los Diputados, por el voto de la mayoría absoluta de sus miembros, otorgare su confianza a dicho candidato, el Rey le nombrará Presidente. De no alcanzarse dicha mayoría, se someterá la misma propuesta a nueva votación cuarenta y ocho horas después de la anterior, y la confianza se entenderá otorgada si obtuviere la mayoría simple. Si efectuadas las citadas votaciones no se otorgase la confianza para la investidura, se tramitarán sucesivas propuestas en la forma prevista en los apartados anteriores. Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso”.

En definitiva, quien quiera alcanzar la presidencia del gobierno deberá conseguir la confianza por mayoría absoluta en primera votación, y de no alcanzarla 48 horas después por mayoría simple. Y en este caso quien debería haberla alcanzado era Pedro Sánchez. Y no la ha alcanzado, aunque no sé si ha sido porque no ha querido, no ha podido o no ha sabido. Obviamente Pedro Sánchez es el máximo responsable de la repetición de las elecciones. Yo me inclino a pensar que realmente no ha querido, porque quizá no le han dejado. Si él es quien quería dirigir políticamente el país, él tenía que acumular las fuerzas necesarias, alcanzar la confianza de ellas, para poder hacerlo. Este es punto clave. No es él el que tiene que confiar en los demás. Él es el que ha de conseguir que los demás se fíen de él, es decir, ganarse la confianza de los demás. Y no lo ha conseguido. Sé que lo que acabo de afirmar para muchos de los hinchas de Pedro Sánchez les provocará un profundo malestar. Pues que le vamos hacer. Insisto, Pedro Sánchez debería haberse ganado la confianza de un número suficiente de diputados propios o ajenos. Quien quería ser presidente era él. Y toda su actuación ha ido en dirección contraria. Ha aducido en numerosas ocasiones que no se fiaba de Pablo Iglesias, por lo que lo vetó, ni de Unidas Podemos, como señaló en la conferencia de prensa tras entrevistarse con el Rey en Mallorca este verano. Vaya manera de tratar de alcanzar la confianza para ser investido presidente.

Pedro Sánchez debería haberse ganado la confianza de un número suficiente de diputados propios o ajenos. Quien quería ser presidente era él. Y toda su actuación ha ido en dirección contraria

En el debate de investidura tras solicitar la abstención de PP y Cs y sólo, al final, como opción residual mencionó a UP para pedir su apoyo. Vaya manera de tratar de alcanzar la confianza para ser investido presidente.

Si de verdad, Pedro Sánchez quería ganarse la confianza de UP, resulta una incongruencia remitir las 370 medidas al grupo Prisa antes que a  sus representantes. Y no es menos incongruente dejar pasar todo el verano sin una sola reunión con UP, y entrevistarse con sus representantes al final, tras haberlo hecho con los representantes de la sociedad civil y otras fuerzas políticas. Como también que el gobierno de coalición que era válido en julio, hoy ya no lo es. No lo entiendo yo y no lo entiende cualquiera. Vaya manera de tratar de alcanzar la confianza para ser investido presidente.

Por otra parte, resulta inconcebible aducir que por el solo hecho de formar parte de la lista más votada ya se tiene algún tipo de derecho adquirido. Mas, en las democracias parlamentarias, estos derechos se obtienen, en caso de no haber conseguido una mayoría absoluta, estableciendo alianzas a través de la negociación con otros grupos con los que puede haber puntos comunes. Y como se es incapaz de establecer tales alianzas,  de ganarse la confianza de otras fuerzas políticas, se aduce que estas deben abstenerse para que haya una investidura. Lo acaban de mostrar diferentes ministras en funciones en la sesión del Senado. “Tienes que abstenerte, y si no lo haces, estás en contra de España”. Esto es demagogia pura y dura.

La conclusión es clara que Pedro Sánchez, supongo que asesorado por Iván Redondo, no quiere pacto alguno con UP. Ni gobierno de coalición, ni tampoco su apoyo parlamentario en un gobierno monocolor. Lo que quiere es ir a unas nuevas elecciones. ¿Cuál es el objetivo?  Según las encuestas, el PSOE aumentará el número diputados en detrimento de UP y Cs. Y el PP se recuperará a costa de Cs y Vox. Ante esta situación, UP no tendrá otra opción que la claudicación. Y de no producirse esta, para evitar unas terceras elecciones, el PP en un acto de patriotismo se abstendrá. Consecuencia, restauración en parte del bipartidismo. Un gobierno de coalición, PSOE-PP no resulta descartable.

Pero esas previsiones de Pedro Sánchez y del ínclito Iván Redondo, o de quien sea, pueden resultar fallidas, y se produzca un triunfo de la derecha, lo que no resulta descabellado. Las elecciones las carga el diablo.  Los votantes de derecha seguirán votando a los suyos, mientras que no pocos votantes de izquierda se abstendrán. Y si las derechas  tienen la posibilidad de gobernar, aparcarán sus muchas desconfianzas-que son muchas-  y gobernarán, tal como acabamos de ver en Andalucía y Madrid. Y las derechas no se andan con concesiones a la hora de gobernar. Entre las numerosas reflexiones extraídas del Juan de Mairena, me ha impresionado una, que demuestra además de un extraordinario conocimiento de nuestra historia, una sorprendente visión profética de nuestro futuro. ¡Qué bien conocía la idiosincrasia española! Consecuencia de su profundo amor hacia España. Dice así, es para leerla despacio, con calma y para rumiarla: «En España —no lo olvidemos— la acción política de tendencia progresista suele ser débil porque carece de originalidad; es puro mimetismo que no pasa de simple excitante de la reacción. Se diría que sólo el resorte reaccionario funciona en nuestra máquina social con alguna precisión y energía. Los políticos que deben gobernar hacia el porvenir deben tener en cuenta la reacción a fondo que sigue en España a todo avance de superficie. Nuestros políticos llamados de izquierda —digámoslo de pasada— rara vez calculan, cuando disparan sus fusiles de retórica futurista, el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extraño, más violento que el tiro». Ese retroceso violento de las culatas, muchísimo más violento que los tiros progresistas, lo podemos constatar en nuestra historia. Viene bien recordar algunos episodios de ella. El período de 1808-1814, con la Constitución de Cádiz de 1812, la más avanzada de Europa en aquel entonces, impregnada plenamente del espíritu de la Revolución Francesa, finalizó con la funesta y desgraciada llegada del Rey Borbón Fernando VII, que inauguró uno de los períodos más tenebrosos y lamentables de la Historia de España, que no sería el último, con exilios forzados, represión y muerte. El Sexenio Revolucionario, que despertó grandes expectativas, finalizó con el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto y sirvió para proclamar a Alfonso XII. La II República, de nuevo, supuso una bocanada de aire fresco y una de las ocasiones perdidas, una más, de nuestra historia, y el intento más serio de abordar la solución a los graves y enquistados problemas de España: el agrario, el educativo, el militar, el social, el autonómico, y que terminó con un golpe militar frustrado, que generó una Guerra Civil, a cuyo fin se instauró, de nuevo, una larga y tenebrosa Dictadura. Algunos políticos deberían mirar por el retrovisor nuestra Historia. Es muy posible que tengamos un gobierno presidido por Casado; de vicepresidente, a Rivera; de ministra de Interior a Inés Arrimadas, de Exteriores a Áznar y de Defensa a Abascal.

Les recuerdo a nuestros políticos de izquierda, bastante duros de mollera, las palabras de Juan de Mairena: “Nuestros políticos llamados de izquierda —digámoslo de pasada— rara vez calculan, cuando disparan sus fusiles de retórica futurista el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extraño, más violento que el tiro”.

Sánchez e Iván Redondo: mucho ojo, que las elecciones las carga el diablo