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viernes. 12.08.2022

No me queda más remedio que hablar otra vez de Cataluña

Es probable que muchos sientan unas lógicas dosis de hartazgo ante el tema. Yo también. Me gustaría no tener que ocuparme de él.

He escrito ya en diferentes ocasiones sobre la cuestión catalana, entendida como la problemática planteada a la hora  de encajar Cataluña dentro de la estructura del Estado español. Tema ya viejo. Para ello conviene recordar algunas palabras de Manuel Azaña en su discurso de defensa del Estatuto de Cataluña en mayo de 1932 en tiempos de la II República. “A nosotros, señores diputados, nos ha tocado vivir y gobernar en una época en que Cataluña no está en silencio, sino descontenta, impaciente y discorde. Es probable que el primer Borbón de España creyese haber resuelto para siempre la divergencia peninsular del lado de allá del Ebro, con las medidas políticas que tomó. Sigue un largo silencio político en Cataluña; pero en el siglo XIX vientos universales han depositado sobre el territorio propicio de Cataluña gérmenes que han arraigado y fructificado, y lo que empezó revestido de goticismo y romanticismo no se ha contentado con ser un movimiento literario y erudito, sino que ha impelido, robustecido y justificado un movimiento particularista, nacionalista como el vuestro,  que es lo que constituye hoy el problema político específico catalán. Cuando este particularismo, cuando este sentimiento particularista, alzaprimado por todos los elementos históricos y políticos de que acabo de hacer breve mención se precipita en la vida del Estado español, cuando esto invade los sectores de la opinión catalana y no catalana, cuando esto determina la vida de los partidos políticos, sus relaciones, sus encuentros, sus choques, entonces es cuando surge el problema político y su caracterización parlamentaria, delante de la cual nos encontramos. Y ésta es nuestra ambición. Cataluña dice, los catalanes dicen: “Queremos vivir de otra manera dentro del Estado español”. La pretensión es legítima… Palabras que podrían decirse hoy mismo. Como vemos es un tema muy antiguo. No lo trajo bajo el brazo ZP ni Artur Mas.

Es probable que muchos sientan unas lógicas dosis de hartazgo ante el tema. Yo también. Me gustaría no tener que ocuparme de él. Si retorno otra vez es porque el problema está sin resolver, tal como nos ha demostrado la cadena humana del 11 de septiembre en forma de V en el centro de Barcelona exigiendo el poder decidir su futuro político. Cualquier español medianamente preocupado por el futuro de España, no debería permanecer al margen del tema susodicho. Hay mucho en juego. Es un tema fundamental para el futuro de Cataluña y para el de España. Dicho de otra manera, no es un problema catalán, es un problema de España.

Afirmo con rotundidad que me siento profundamente español, como también aragonés, en este orden. Esto no significa que sea nacionalista español. Dicho esto con claridad, admito sin ningún tipo de resquemor ni desconfianza que determinados catalanes puedan pensar y sentir que Cataluña es una nación, por las razones que sean: por historia, lengua, tradiciones, sentimientos o lo que sea; y que por ello quieran tener su propio Estado. Como también admito que otros catalanes puedan pensar todo lo contrario y por ello quieran seguir formando parte del Estado español. Las dos actitudes me parecen igualmente legítimas.

Me parece pertinente hacer algunas matizaciones sobre el concepto de nacionalismo, del que se hace frecuentemente un mal uso. Germà Bel en Anatomía de un desencuentro señala: "Cuando los ciudadanos de estas pequeñas nacionalidades (Cataluña o Euskadi) muestran una fuerte identificación nacional, son tachados e insultados de "nacionalistas" por los grandes estados-nación, sin darse cuenta que ellos mismos son un producto histórico del nacionalismo. Así, según Billig creador del concepto de nacionalismo banal, el nacionalismo propio se presenta por el estado-nación como una fuerza cohesiva y necesaria bajo la etiqueta de "patriotismo", mientras que el nacionalismo "ajeno", aplicado a las nacionalidades subsumidas en tales estados, son una fuerza irracional, peligrosa y etnocéntrica. ¿Cómo calificar la obsesión de José María Aznar por las banderas, que el 12 de octubre de 2001, mandó izar en la plaza Colón una con un mástil de 21 por 50 metros, de 294 metros cuadrados (21 por 14) y de 35 kilos? Tan grande era su peso, que se cayó el 2 de agosto de 2012, afortunadamente no hubo víctimas, aunque tuvieron que reponerla bomberos, policía local y personal de la Armada. ¿Y a la fugitiva Esperanza Aguirre que dice: “Nosotros no nos disfrazamos de nacionalistas, porque la nación española no es cosa discutible ni discutida; España es una gran nación”.

Retornando a la cuestión catalana, la realidad es la que es, nos guste o no. Los datos son suficientemente explícitos, en una década los catalanes frente al Estado de las Autonomías, prefieren en una buena parte de la sociedad  la independencia, o cuando menos poder autodeterminarse.. Este cambio de opinión tan radical en la sociedad catalana nos debería llevar a una profunda reflexión. Tengo claro que la intransigencia e insensibilidad hacia la realidad catalana del PP tanto en la oposición como en el gobierno ha contribuido en un porcentaje muy alto en esta nueva actitud, como también el aprovechamiento de la crisis por parte de determinados partidos políticos catalanes.  Entre todos la matamos y ella sola se murió.

Por ende, a este problema creado hay que darle alguna solución. Y yo no veo otra que hable la sociedad catalana. Mas también soy consciente que  poner la unidad nacional española a votación de los ciudadanos es en nuestro país obscena e innombrable, y palabras como autodeterminación nacional o referendo de independencia exigen ser exorcizadas no bien se mencionan, blandiendo el sagrado hisopo de la Constitución. Mas también parece claro que quien no está dispuesto a poner su idea de nación a votación popular es porque no confía de verdad en ella, porque, como escribió Manuel Aragón: "Un pueblo de hombres libres significa que esos hombres han de ser libres incluso para estar unidos o para dejar de estarlo”.

Insisto la situación actual me parece insostenible. Hay que tomar el toro por los cuernos y buscar una solución política al problema. Para eso existe la política. Retorno de nuevo a Azaña: “Se me dirá que el problema es difícil. ¡Ah!, yo no sé si es difícil o fácil, eso no lo sé; pero nuestro deber es resolverlo sea difícil, sea fácil.  Por ello, ante una petición democrática, expresada pacíficamente en la calle, un Gobierno democrático debería darle una salida, como hemos visto en Escocia. Enviar por delante al Fiscal General del Estado blandiendo el Código Penal, no solo no soluciona el problema es que lo agrava mucho más.

No me queda más remedio que hablar otra vez de Cataluña