Nuevatribuna

Ninguna sociedad, como la nuestra, idolatra y desprecia tanto a la juventud

Estremece conocer las auténticas masacres de jóvenes en toda América Latina, sometidos a la precarización, vulnerabilidad, estigmatización, criminalización y muerte, impuestas por quienes detentan el poder

Santiago Alba Rico en el libro Juventud sin Futuro señala que solo un modelo social ha insistido más que el fascismo en las virtudes de la juventud; solo un modelo social ha despreciado más que el nazismo la debilidad, la vejez, la biodegradabilidad: el mercado capitalista. El himno del fascismo italiano se llamaba «Juventud» (giovinezza, giovinezza primavera di bellezza). Hitler exaltó igualmente la juventud. Hoy, en el mundo capitalista se rinde pleitesía a la juventud, mucho más que en el fascismo y el nazismo. La publicidad exalta la eterna juventud. Productos siempre nuevos, rejuvenecidos, renovados. Todos miramos a los jóvenes: modelos, actrices, presentadores, deportistas, concursantes todos jóvenes. En España se realizan anualmente 400.000 operaciones de cirugía estética, que es una muestra obsesiva de juventud. Pero aquí hay una perversa paradoja. Ninguna sociedad manifiesta un culto tan fanático a la juventud como la nuestra; pero, también, ninguna sociedad desprecia tanto a los jóvenes. Todavía más, en cierta manera de se puede hablar de un auténtico Juvenicidio, término que  el sociólogo mejicano José Manuel Valenzuela introdujo en su libro Sed de mal, 2012, escrito ante la avalancha de muertes juveniles por asesinatos que cada año rompe récords en el Valle de Juárez en México. El mismo autor coordina una serie de trabajos, publicados en el libro editado en octubre de 2015 Juvenicidio. Ayotzinapa y las vidas precarias en América Latina y España.

Estremece conocer las auténticas masacres de jóvenes en toda América Latina, sometidos a la precarización, vulnerabilidad, estigmatización, criminalización y muerte, impuestas por quienes detentan el poder, con la activa participación de las industrias culturales que estereotipan y estigmatizan conductas y estilos juveniles, predisponiendo a descalificarlos como revoltosos, vagos, violentos, pandilleros, peligrosos, anarquistas y criminales. Por ello, son sacrificables, suprimibles, eliminables, cuya vida les puede ser arrebatada ya que su muerte, de acuerdo con Giorgio Agamben, no tiene consecuencias jurídicas porque ni siquiera se mencionan como homicidio.

Me fijaré en el caso de los "falsos positivos" más de 5.000 en Colombia, cuya punta del iceberg estalló en 2008 en Soacha, un municipio de 400.000 habitantes al lado de Bogotá, poblado por muchos desplazados del campo tanto por la guerrilla, los narcos y los paramilitares, donde predomina la pobreza, la miseria y la exclusión. Fueron auténticos crímenes de Estado, siendo ministro de Defensa Juan Manuel Santos. A 19 jóvenes de Soacha, algunos disminuidos psíquicos, se les ofreció un puesto de trabajo en otro lugar de Colombia. Pasados unos días aparecieron vestidos con trajes de las FARC acribillados a balazos en un cuartel del ejército. Las recompensas para los militares fueron: éxito ante la opinión pública en la lucha contra la guerrilla, más sueldo, más ascensos y más vacaciones. En 2010 Mariano Rajoy, siendo líder de la oposición en visita a Colombia señaló que este país era todo un "ejemplo de democracia y de respeto a los derechos humanos". Este señor o no se entera de nada, y si enterándose dice lo que dice, mucho peor todavía.

En México las masacres a los jóvenes son continuas e incontables, sobresaliendo "La tragedia ocurrida con los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa es un acto de juvenicidio, ocasionado principalmente por la ya comentada estigmatización que se libra frente a los jóvenes, al presentarlos como criminales y no como agentes de cambio". La decisión del papa Francisco de no reunirse en su visita con los familiares de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos ni aludir a esa tragedia "fue un silencio muy lamentable", comentó el padre Miguel Concha Malo del Centro de Defensa de los Derechos Humanos Francisco de Vitoria, luego de participar en la presentación del vídeo Mirar Morir. El Ejército en la noche de Iguala, realizada en el Senado. En una entrevista, comentó que los familiares de los normalistas no querían presionar al Papa, como sostuvo el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, sino "encontrarse unos momentos con el jefe de la iglesia católica, para recibir una palabra de aliento, de esperanza y consuelo, a la que tienen derecho". Uno de los padres, Bernardo Campo ha dicho "Hijo, donde quieras que estés, te seguiré buscando, aunque mi corazón sangre".

Saskia Sassen en el 2013 advirtió que las políticas de austeridad, a las que son sometidos muchos países del mundo capitalista, y especialmente en el Sur de Europa, pueden ser consideradas como una forma blanda de genocidio, mediante la cual generan daños colaterales entre los sectores desfavorecidos (entre ellos pobres, emigrantes, mujeres y jóvenes). Si tras la II Guerra Mundial los jóvenes fueron unos de los mayores beneficiarios de la creación del Estado de bienestar, tras la crisis financiera, aunque ya antes también con la irrupción del neoliberalismo, hoy son las principales víctimas.

Como consecuencia de la crisis en España, pero extrapolable a otros muchos países del mundo occidental, la pérdida de empleo o sus trabajos precarios suponen un juvenicidio económico; además como suele acompañarse de una estigmatización mediática y cultural de los jóvenes, presentados como rebeldes y ociosos voluntariamente, puede hablarse de un juvenicidio simbólico. Cuando convergen ambos procesos se puede hablar de un juvenicidio moral. Para que se produzca debe darse una situación de precariedad material y de expulsión del mercado de trabajo. Pero eso no basta: debe darse también un proceso de estigmatización y criminalización de la juventud, que deja de ser una prioridad para la sociedad y pasa a ser una categoría social prescindible, una especie de ejército de reserva.

La precariedad laboral juvenil produce tres tipos de transformaciones en sus trayectorias vitales.

La etapa de juventud se ha alargado en el tiempo como consecuencia de una mayor duración de la formación, pero también por la consolidación de la precariedad como norma, lo que impide acceder a la vivienda, que en el caso español se agrava todavía más por un mercado inmobiliario con alquileres muy caros y la práctica inexistencia de vivienda social.

En los últimos años asistimos a la aparición masiva de biografías o trayectorias vitales no lineales, discontinuas e imprevisibles. Ya lo advirtió Sennett en el 2000 en su libro La corrosión del carácter. La secuencia estudios-trabajo-matrimonio-emancipación es ya excepcional y atípica. Lo habitual hoy son trayectorias oscilantes entre el empleo precario y el paro, con entradas y salidas de la universidad y otros espacios formativos (prácticas en empresas sin remunerar… ), y con itinerarios laborales muy móviles geográficamente. Con el agotamiento y la excepcionalidad de esas trayectorias lineales aparecen otras reversibles. La reversibilidad supone volver al punto de partida, el retorno al hogar paterno por una emancipación fallida.

Como consecuencia de lo anterior se produce la creciente diversidad de las trayectorias vitales. Las biografías estandarizadas de los 70 u 80 se han convertido en excepcionales. Los acontecimientos biográficos son cada vez más imprevisibles, de ahí la sensación de que cada trayectoria biográfica es única e irrepetible.

Los jóvenes sometidos a una ininterrumpida, incontrolable y despiadada precariedad tienden a ver sus propias trayectorias biográficas a modo de un puzle, un conjunto de fragmentos, piezas, trozos de vida, que no siempre tienen forma para encajar unos con otros y con aristas que pueden echar a perder otras piezas. Es un puzle infinito, imprevisible e inestable, que como un castillo de arena puede venirse abajo en cualquier momento.

Por tanto, la juventud precarizada está imposibilitada de diseñar un proyecto vital cara un futuro ni siquiera en el corto plazo, ni en el ámbito laboral, ni en el afectivo, como el vivir en pareja. No tienen otra opción que vivir en un presente permanente, porque vislumbran un futuro sin futuro. Todo ello, a no ser psicológicamente muy fuertes, supone que muchos se vengan abajo. Tampoco los hemos preparado para las dificultades. ¿Cuántas parejas se han roto? ¿Conocemos sus depresiones y sus suicidios? Mas tampoco debemos extrañarnos el neoliberalismo es una máquina de  destrucción de humanidad. En la culminación de su perversidad el neoliberalismo a través de potentes discursos diseñados desde el ámbito económico, académico, mediático y político responsabiliza y culpabiliza a los mismos jóvenes –lo que estos en su gran mayoría asumen– de quedar descolgados en esta carrera cruel, en la que solo llegan a la meta los más formados, los más emprendedores, los que asumen más riesgos, los más capaces de incrementar su capital humano, los más flexibles, los que muestran más iniciativa y adaptabilidad y los más competitivos.

Termino con las palabras  del periodista polaco, Maciek Wisniewski, en su extraordinario artículo Tres despachos sobre la juventud, publicado en el periódico mejicano La Jornada: “Dado que la crisis inequívocamente favorece las orientaciones proto-fascistas no extraña que muchos jóvenes –estudiantes y/o trabajadores precarios– están convencidos que la única alternativa al presente son el identitarismo, el nacionalismo, el racismo o la religión”, apunta Alain Badiou. El panorama parece bastante desalentador. Su telón de fondo es la degeneración general de la política, su acotación a un consenso parlamentario, la dominación del capital, de los bancos, de la propiedad privada –resguardada por el sistema judicial y el aparato policiaco-militar–, y de los cuasi-valores (la competencia, el éxito, el enriquecimiento personal). Sobre todo desde los 80 [desde la consolidación del neoliberalismo y el advenimiento de la generación Y/millennial] con el cerrar del horizonte de las posibilidades –continua Badiou– a los jóvenes les resulta más y más difícil acoplarse al mundo y encontrarse un lugar en él. “Las viejas tradiciones son destruidas y no aparecen nuevas. Hay nuevos placeres ( jouissances), pero no hay nuevos valores. Todo se disuelve en la fascinación con la mercancía. La juventud está atrapada entre un mortificador espectro del ‘retorno a la tradición’ y la necesidad de ‘competir’ con tal de sólo no perder”

Badiou,  en su libro La verdadera vida. Un mensaje a los Jóvenes–a contrapelo de estas tendencias– llama, como una vez Platón, a corromper a la juventud alentándola a buscar sus propios modos  y no quedar en manos del capital ni de la tecnología. Cuando habla de corromper a la juventud, por lo que fue condenado Sócrates, no es una corrupción basada en el dinero, el placer sexual, o el poder. Badiou, señala que hay que luchar para conquistar la verdadera vida en contra de los prejuicios, de las ideas recibidas, de la obediencia ciega, de las costumbres injustificadas, de la competencia ilimitada. Fundamentalmente, corromper a la juventud significa una sola cosa: tratar de hacer que la juventud no entre en los caminos trillados, que no sea simplemente consagrada a una obediencia a las costumbres de la ciudad, que pueda inventar algo, proponer otra orientación por lo que respecta a la verdadera vida.

Afortunadamente no toda la juventud se refugia en el identitarismo, el nacionalismo, el racismo o la religión. Hay sectores de la juventud que se rebelan para la consecución de una sociedad más justa, tal como hemos visto en movimientos como Occupy Wall Street, 15-M, la primavera árabe, Nuit Debout, Yosoy132 de México, etc.

Termino con el último párrafo del Agradecimientos del libro Algo va mal de Tony Judt, que, como padre y docente, me ha hecho reflexionar en profundidad en numerosas ocasiones: “Gracias a las conversaciones de sobremesa con mis hijos me di cuenta de lo mucho que a la juventud de hoy le preocupa el mundo que le hemos legado, y los medios tan inadecuados que les hemos proporcionado para mejorarlo.