martes 11/8/20

Si el neoliberalismo sobrevive, no busquemos culpables, seremos nosotros

El daño político, social, económico, cultural y moral  del neoliberalismo ha sido de tal calibre, que será difícil que las sociedades se recuperen. Tengo la impresión de que una parte no pequeña de la sociedad no es todavía consciente de la perversión y deshumanización del neoliberalismo.  Creo que es oportuna una definición de tal ideología. Para mí,  la más clara es la del sociólogo mejicano, Fernando Escalante Gonzalbo, en su libro Historia mínima del neoliberalismo del 2016. Tambiénes muy buena la del libro La nueva razón del mundo.

Un ensayo sobre la sociedad neoliberal de los profesores franceses Cristian Laval y Pierre Dardot. No digo que no haya habido españoles que hayan trabajado sobre este tema, como Vicenç Navarro y César Rendueles, entre otros. Mas, tengo la impresión que aquí en esta España nuestra, muchos intelectuales y tertulianos de postín y muy bien remunerados, sus  meninges las han utilizado casi exclusivamente en criticar el nacionalismo catalán.

Algo que no digo que no esté justificado, pero había y hay otros temas producto del neoliberalismo. Por ejemplo, la explotación de gran parte de la juventud, la venta a fondos buitres de viviendas sociales, la terrible desigualdad, pobreza y exclusión reflejada  por el relator de la ONU Philip Alston que a quien se sienta español de verdad debería de estremecer,la vergonzosa existencia del voto rogado que imposibilita el voto de casi 2 millones de españoles en el extranjero, la situación tercermundista en muchas residencias de ancianos, etc. Estos temas no merecían su interés, no venden, no son dignos de titulares mediáticos. Ellos sabrán. Puede que tenga razón Upton Sinclair “Es difícil conseguir que un hombre entienda algo, cuando su sueldo depende de que no lo entienda”.

Para Fernando Escalante, tres ideas básicas constituyen el núcleo del neoliberalismo: 1) los mercados no surgen ni se mantienen de forma espontánea, no son naturales, ni pueden preservarse si no es mediante la intervención del Estado, es decir: es necesario el Estado para producir y defender al mercado; 2) las libertades económicas deben tener prioridad sobre las libertades políticas, y deben ponerse fuera del alcance de las decisiones de las mayorías; y 3) en cualquier caso, lo privado es técnica y moralmente superior a lo público, por definición. Detrás de las tres afirmaciones básicas que definen su identidad hay una idea de la naturaleza humana, una determinada antropología, una idea del vínculo social y una idea del derecho, de la autoridad, también una idea del conocimiento y de la moral. El atractivo del programa deriva de eso.Es discutible la antropología neoliberal, es discutible la filosofía del derecho neoliberal, es discutible su idea del conocimiento lo mismo que su idea de la justicia. Ahora bien: el programa ofrece un sistema consistente, que tiene respuestas prácticamente para todo, respuestas que además parecen ser de un realismo aplastante: de sentido común. Y por eso resultan atractivas para el ánimo desencantado, receloso, casi cínico del nuevo siglo, que dice: no nos hagamos ilusiones, así es el ser humano, así es la sociedad, esto no tiene remedio –porque todos somos egoístas, calculadores, racionales, ambiciosos.      

Antes de la irrupción de la pandemia del coronavirus, el mismo Fernando Escalante a fecha 1 de enero del 2020 en la Revista NEXOS, de ciudad de México, publicó un artículo impresionante, demoledor, reflejando el fracaso estrepitoso a nivel económico del neoliberalismo, titulado Otra década neoliberal (Ludwig von Mises escucha la segunda de Mahler). No he leído nada más claro. Y muchos gurúes de economía no se daban por enterados. Resumo las principales ideas.

La crisis financiera del 2008 dinamitó muchas ideas dominantes durante varias décadas. Sobrevino una crisis económica tan grave o más que la de los años 30. Cundió el pánico, porque además nadie sabía qué hacer.  Supuso un fracaso estrepitoso del experimento neoliberal ya que no produjo mayor crecimiento, ni mejor distribución del ingreso, ni estabilidad.

Pero ocurrió algo mucho más serio. La teoría de los Mercados Eficientes, la Curva de Laffer- bajando los impuestos se recauda más-, la idea de la gran moderación a través del mercado era una falacia, pero lo más dramático del programa neoliberal era que la crisis había echado por tierra la necesidad y bonanza de la privatización. El triunfo cultural del neoliberalismo fue moral, al condenar la corrupción de los políticos, sindicatos y burócratas. Pero, la crisis de 2008 evidenció que lo privado, con trampas y fraudes, era como mínimo tan inmoral como lo público. E igual de ineficiente, o incluso peor.

En 2010 lo lógico hubiera sido el fin del neoliberalismo. Muchos lo pensamos. Sin embargo, hoy tiene  la misma vigencia que antes, y quizá reforzada. La economía hoy dominante, la enseñada, publicada y premiada, la misma que antes de la crisis. Por ende, la política económica sigue los mismos principios: austeridad, equilibrio fiscal, liberalización de mercados. Y lo patético es que no hay alternativa.

Lo más destacado en esta última década es lo que no ha sucedido. Ninguna reforma seria del sistema financiero, ni de  las agencias de calificación de riesgos, ni prohibición de los paraísos fiscales… Meras declaraciones de intenciones. Si no se ha hecho una reforma financiera es por el poder de los bancos, aunque también por la complejidad de coordinar globalmente reformas legales, políticas e institucionales.

Tampoco se recuperó la vieja idea del Estado de bienestar. Se rescataron los bancos, demasiado grandes para quebrar. Mas, no hubo políticas contracíclicas ordenadas, sistemáticas y mantenidas. La medicina la ya fracasada y causante de la crisis.Tampoco una seria revalorización de lo público. Ninguna idea original de teoría económica.

Es evidente que el contexto político, social y económico no es el de después de la II Guerra Mundial, que permitió el Estado de bienestar keynesiano. Ya no hay pleno empleo de larga duración, sindicatos potentes o control del sector financiero. Aquello es irrecuperable, pero no se ha intentado nada nuevo. Ni tampoco un cambio del pensamiento económico. En la academia la economía la misma que antes-un ejercicio intelectual mezcla de álgebra y teología-. Las ideas, a pesar de la refutación empírica, y la arrogancia de los economistas  intactas. La “novedad” la “economía conductual”, que “corrige” los pequeños defectos de los modelos de la economía neoclásica, ya que los seres humanos no son estrictamente egoístas ni absolutamente racionales.

Quizá lo más sustantivo es que no ha habido una crítica profunda al neoliberalismo, a pesar de que muchos han hablado de él negativamente. Han sido críticas demagógicas o denuncias puramente retóricas.

El gran hito intelectual fue el libro de Thomas Piketty, El Capital del siglo XXI, que trajo un giro radical  a la discusión sobre la desigualdad. El problema es que la desigualdad es una de las consecuencias del programa neoliberal, no el programa. Y es posible discutir las consecuencias, incluso tratar de corregirlas, sin ocuparse de las causas. Y es esto lo que ha sucedido. Piketty identificó, comprendió, discutió algunos mecanismos que fomentan o incrementan la desigualdad. Y a partir de este discurso se han sugerido recursos fiscales e institucionales para corregirla. No ha habido grandes cambios, pero por lo menos se habla del tema. Pero no se refiere al programa neoliberal, sino a sus consecuencias.

Es claro que el programa neoliberal aumenta la desigualdad. Pero lo verdaderamente importante es que su programa necesita de la desigualdad. El funcionamiento correcto del mercado supone que haya ganadores y perdedores, es decir, desigualdad. Para cuestionar el neoliberalismo hay que discutir esto. Puede que no haya otra solución, sino dejar al mercado que funcione, y encargar al Estado que lo modere sin alterar  el mecanismo. Pero habría que decirlo y explicarlo.

En el programa neoliberal hay tres ideas básicas, que vuelvo a recordar. Es necesario un Estado fuerte para proteger el mercado; hay que anteponer las libertades económicas a las políticas; y lo privado es siempre más eficiente y moralmente superior a lo público. Tras esas ideas hay una antropología, una idea del derecho y de la política, y de ahí  un programa muy ambicioso. Nada de eso se ha discutido en serio, y por eso no hay alternativa. Limitarse a rechazarlo no sirve para nada.

Habría que tomarse en serio al neoliberalismo, porque ninguna de sus ideas es trivial ni descartable sin más. Hay que discutir hasta dónde debe el Estado proteger al mercado, y cuándo, cómo y por qué, en cambio, debe defender a la sociedad contra el mercado; y discutir después si las libertades económicas, y cuáles, deben estar protegidas del azar de la política; y finalmente plantear una renovada conversación seria sobre lo público. Como no se ha hecho en estos años, nuestro sentido común sigue siendo neoliberal.

Fin de las ideas del artículo de Fernando Escalante

Cabe esperar que la visión neoliberal de la economía de menos Estado rebajando los impuestos, con los lógicos recortes en los servicios públicos así como su privatización, cuyo coste se cifra en vidas humanas, la ciudadanía la considere derrotada por el coronavirus. En el artículo publicado en este medio de Vicenç Navarro titulado Las políticas neoliberales matan, hay que cambiarlas, podemos leer que Estados Unidos, Italia y España  son los tres países del mundo occidental donde está habiendo más muertes por coronavirus (en parte, debido a la gran escasez de respiradores) y donde hay un porcentaje mayor de profesionales y trabajadores del sector sanitario que han sido contagiados por el coronavirus, resultado de la escasez de material protector. 

No creo sea necesario detenerse en los recortes sanitarios, especialmente en la Comunidad de Madrid y de Cataluña. Dice bien Vicenç Navarro, las políticas neoliberales matan. Vaya que si matan. Por ello,  esta realidad inhumana y cruel permite hablar con propiedad de necropolítica neoliberal a Clara Valverde Gefaell en su libro De la necropolítica neoliberal a la empatía radical. Violencia discreta, cuerpos excluidos y repolitización. Tal concepto de necropolítica lo desarrolló el filósofo camerunés Achille Mbembe.

Significa la política basada en la idea de que para el poder unas vidas tienen valor y otras no. Todas las vidas, para el neoliberalismo, son objeto de cálculo de los poderosos. Los que son rentables y los que consumen, esos tienen derecho a vivir si siguen ciertas leyes y tienen ciertas actitudes favorables a los poderosos. O por lo menos que no cuestionen sus políticas mortíferas. Los que no, se les deja morir. En este contexto entendemos a Christine Lagarde, la expresidenta del FMI. "Hay que bajar las pensiones por el riesgo de que la gente viva más de lo esperado". Los ciudadanos, cabe esperar que reaccionen y que deberían  tener muy claro que el Estado es el mejor y a veces, nuestro único protector, frente a las fuerzas desbocadas e insolidarias del mercado. Lo estamos constatando estos días en los hospitales públicos.Mientras escribo estas líneas me emocionan las palabras de una enfermera de un Hospital público de Madrid, que junto con sus compañeros/as han salido a recibir los aplausos de la gente, que con los ojos llorosos afirma «doy las gracias» y que a pesar del cansancio, «siguen en la brecha».

La precarización ha convertido la vida cotidiana en un territorio minado, atrincherado, donde todos somos enemigos

Como dijo poco ha Joan Baldoví: «Cuando todo esto pase, que todos estos aplausos que van a resonar hoy en balcones y ventanas se conviertan en un refuerzo para nuestra sanidad pública, se conviertan en denuncias cada vez que alguien tenga la tentación de privatizar un cachito de nuestro Estado del bienestar». Y yo añado es de esperar que se conviertan también en votos.

Pero el neoliberalismo no solo ha fracasado a nivel económico, como nos ha mostrado Fernado Escalante, también en su escala de valores. Su pretensión es una forma de sociedad e, incluso, una forma de existencia. Lo que pone en juego es nuestra manera de vivir, las relaciones con los otros y la manera en que nos representamos a nosotros mismos. La competencia y el modelo empresarial se convierten en un modo general de gobierno de las conductas e incluso también en una especie de forma de vida, de forma de gobierno de sí. Nos han convencido de que el principio básico que rige las relaciones humanas en lo social es la competencia: entre economías nacionales, entre bloques, pero sobre todo entre individuos en el mercado de trabajo.

La precarización ha convertido la vida cotidiana en un territorio minado, atrincherado, donde todos somos enemigos. No tolera la solidaridad social porque necesita que todos estemos armados contra los otros, de otro modo retornaría la lucha de clases. De lo que se trata es de hundir al máximo de gente posible en un universo de competición y decirles: ¡que gane el mejor! Puro darwinismo social, la ley de la selva. Insistiendo en los efectos letales de la precariedad Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez en Los discursos del presente señalan, a los que tienen trabajo les inocula un miedo atroz a perderlo; al precario a la incertidumbre, a la desposesión de su tiempo, a la imposibilidad de diseñar un proyecto vital y, sobre todo, a la esperanza, ya que la empresa presenta la precariedad como transitoria y superable, siempre que muestres tu valía, aunque sin fecha fija para la estabilidad.

Esta se demora indefinidamente, pues para adquirirla se piden objetivos siempre inalcanzables: se exige más formación, pero en la época del aprendizaje permanente a lo largo de la vida, alcanzar un nivel formativo satisfactorio es utópico; más compromiso, pero el deseo del consumidor es infinito y no es posible ponerle límites; más productividad, pero en la competencia ilimitada neoliberal, nunca será satisfactoria. Obviamente estas situaciones tienen que generar graves trastornos en la personalidad de muchos trabajadores

Por ello, Paul Verhaeghe, profesor en la Universidad de Gante, catedrático en el Departamento de Psicoanálisis y Psicología Terapéutica ha escrito un artículo titulado El neoliberalismo ha sacado lo peor de nosotros mismos. Hoy el objetivo, de acuerdo con esa cultura meritocrática, es abrirte camino a nivel profesional, sin reparar en los medios. Hay que ser elocuente y capaz de sobredimensionar tus capacidades y mostrar una larga experiencia en todo tipo de proyectos. Si hay que recurrir a la mentira, se recurre,  de la que no hay que culpabilizarse, ni sentirse responsable. Ser  flexible e impulsivo, siempre a la busca de nuevos estímulos y retos. La solidaridad es un lujo costoso y deja paso a alianzas temporales, la máxima preocupación vencer a tus competidores. Se debilitan los vínculos sociales con los compañeros, lo mismo que el compromiso emocional con la empresa.  

Estos valores neoliberales podemos observar a dónde nos ha llevado, a más injusticia, más desigualdad, más pobreza y más exclusión

Mas hasta hace poco no era así. El trabajador industrial, hoy minoritario, desarrollaba un sentimiento de solidaridad con sus compañeros, porque les reconocía como miembros de su comunidad existencial y porque compartía sus intereses, mientras el  trabajador cognitivo actual- el cognitariado, término que denomina a los trabajadores con ocupaciones básicamente intelectuales, tecnológicas, a través de la TICs y con una alta capacidad cognitiva- que trabaja en red, está solo delante de su ordenador y es incapaz de solidarizarse, porque cada uno está obligado a competir en el mercado de trabajo y, posteriormente, en la carrera profesional constantemente por las cada vez más escasas oportunidades de un salario precario. El acoso antes solo en las escuelas; ahora es común en el trabajo. Es un síntoma típico del impotente que desahoga su frustración con los débiles; lo que se conoce como desplazamiento de la agresión.  

La evaluación constante en el trabajo provoca un descenso de la autonomía y una creciente dependencia de normas externas. Esto tiene como resultado según Sennett la “infantilización de los trabajadores”. Los adultos exhiben estallidos infantiles de mal genio y se muestran celosos por trivialidades (“Tiene un ordenador nuevo, y yo no”), cuentan mentiras piadosas, disfrutan si se hunden los demás y son vengativos. Más importante, sin embargo, es el grave daño causado al amor propio de la gente, que depende del nulo reconocimiento que recibimos de los demás. Nos dicen que cualquiera puede conseguirlo todo sólo con su esfuerzo, mientras que se refuerza a la vez los privilegios y ejerce una presión cada vez mayor sobre sus agobiados y exhaustos ciudadanos. Cada vez hay más personas fracasadas, por lo que se sienten humilladas, culpables, avergonzadas y juzgadas como si fueran perdedores o gorrones que se aprovechan de nuestro sistema de seguridad social.

Estos valores neoliberales podemos observar a dónde nos ha llevado, a más injusticia, más desigualdad, más pobreza y más exclusión. Por ende hay que recuperar unos valores distintos. Tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos, que hay en gran cantidad. Son valores como: la solidaridad, el altruismo, la fraternidad. O la empatía radical que es ponerte en el lugar del Otro, del que sufre y darte cuenta de que el Otro no es tan diferente de nosotros. Valores que estos días de la pandemia vemos a raudales por toda la geografía española.

Miles de personas trabajadoras de servicios esenciales como sanitarios (médicos, enfermeros, auxiliares, farmacéuticos…), agricultores, pescadores, ganaderos, fruteros, carniceros, pescateros, reponedores y cajeras de supermercados, transportistas, policías, biólogos, científicos e investigadoras, docentes, trabajadores del servicio de basuras, limpiadoras, bomberos, periodistas, conductores de transporte público, militares, empleados de funerarias, repartidores de comida y de paquetería.. Son miles las personas que trabajan y ponen sus cuerpos para asistir a los demás, a pesar de todas las carencias y los recortes. Además, aparecen por doquier iniciativas solidarias de personas que quieren ayudar, desde redes de cuidados para llevar la compra, los medicamentos o prestar ayuda a los que están confinados y enfermos, ancianos y dependientes, grupos especiales de riesgo. Esta crisis brutal e implacable está destapando muchas realidades positivas. La solidaridad, el altruismo, la fraternidad y la empatía radical es lo que nos va a salvar. Deberíamos tenerlo claro.

Si el neoliberalismo sobrevive, no busquemos culpables, seremos nosotros