Nuevatribuna

La idea del título la he manifestado ya en algunos de mis artículos escritos en este mismo diario. En el titulado Crímenes económicos contra la humanidad, indicaba que un artículo me había impactado poderosamente y que había releído en numerosas ocasiones “Crímenes económicos contra la humanidad” de Lourdes Benería y Carmen Sarasúa. Es claro y contundente, además de rabiosa actualidad. Para la Corte Penal Internacional, crimen contra la humanidad es "cualquier acto inhumano que cause graves sufrimientos o atente contra la salud mental o física de quien los sufre, cometido como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil". Desde la II Guerra Mundial nos hemos familiarizado con este concepto y con la idea de que, no importa cuál haya sido su magnitud, es posible y obligado investigar estos crímenes y hacer pagar a los culpables. Situaciones como las que ha generado la crisis económica han hecho que se empiece a hablar de crímenes económicos contra la humanidad. El concepto no es nuevo se usó en los debates sobre las políticas de ajuste estructural promovidas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial durante los ochenta y noventa, que acarrearon gravísimos costes sociales a la población de África, América Latina, Asia (durante la crisis asiática de 1997-98) y la Europa del Este. Muchos analistas señalaron a estos organismos, a las políticas que patrocinaron y a los economistas que las diseñaron como responsables, especialmente el FMI, que quedó muy desprestigiado tras la crisis asiática. Y también pueden calificarse como crímenes económicos contra la humanidad a las secuelas gravísimas sufridas por la gran mayoría de los españoles tras la crisis de 2007, y que impusieron los programas de austeridad a través de la Troika (Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional). Por ende, se está dinamitando el Estado de bienestar financiado con nuestros impuestos. Nuestros gobernantes utilizan la sanidad, la educación, los servicios sociales, las infraestructuras para promocionar negocios privados con subcontrataciones y externalizaciones. Por ello, cada vez más españoles somos sometidos a situaciones dramáticas, incluso al incremento de la mortandad. Pacientes en las largas listas de espera, ancianos que no toman los medicamentos para poder comer, dependientes que no son atendidos al no recibir la ayuda a la que tienen derecho, padres de familia que se suicidan para no verse desahuciados, muchos en situación desempleo que les provoca graves enfermedades, inmigrantes sin atención sanitaria... ¿Y qué decir de las 79 víctimas del accidente ferroviario de Angrois por la escasez de medidas de seguridad, con la excusa de la austeridad, y a la vez la Fiscalía Anticorrupción cifra el presunto desvío en más de 82 millones de euros, que Adif habría pagado por trabajos no realizados a las empresas responsables de la construcción de tres de los tramos de la alta velocidad en los barrios de La Sagrera y Sant Andreu?

En otro artículo de este mismo diario Paraísos fiscales, deuda pública y necropolítica neoliberal, señalaba que a todo ese sufrimiento inhumano y sangrante de la sociedad española se le podía aplicar con propiedad el término necropolítica neoliberal, que pude conocer en el libro de Clara Valverde Gefaell De la necropolítica neoliberal a la empatía radical. Violencia discreta, cuerpos excluidos y repolitización. Tal concepto de necropolítica lo desarrolló el filósofo camerunés Achille Mbembe. Significa la política basada en la idea de que para el poder unas vidas tienen valor y otras no. Todas las vidas, para el neoliberalismo, son objeto de cálculo de los poderosos. Los que son rentables y los que consumen, esos tienen derecho a vivir si siguen ciertas leyes y tienen ciertas actitudes favorables a los poderosos. O por lo menos que no cuestionen sus políticas mortíferas. Los que no, se les deja morir. En este contexto entendemos a Christine Lagarde, la presidenta del FMI. "Hay que bajar las pensiones por el riesgo de que la gente viva más de lo esperado". Los excluidos, que no producen ni consumen, sin quererlo y sin saberlo en la mayoría de los casos, solo existiendo, ponen en evidencia la crueldad del neoliberalismo y sus desigualdades. Son como faros que arrojan luz sobre las mentiras de la propaganda neoliberal. Mas, para ocultar esa realidad existe la palabra. El lenguaje es la primera y más necesaria arma del capitalismo neoliberal para construir y mantener el sentido común, como decía Gramsci, o para fabricar consenso, según Chomsky. Si nos creemos las palabras de políticos, financieros, prensa "vendida" y tertulianos, no cuestionamos el neoliberalismo y así somos partícipes en apoyar su necropolítica. Si nos creemos: "todos tenemos que poner de nuestra parte", "son solo unos años", "hemos salido de la crisis", "no podemos acoger a todos los refugiados", las injusticias seguirán. Sin embargo, al dejar de creer el lenguaje neoliberal, es cuando empezamos a organizarnos y nombramos, ponemos en palabras la exclusión, el sufrimiento y las desigualdades.

Algunos amigos me dijeron, no todos, que los calificativos usados para calificar las políticas neoliberales como crímenes económicos contra la humanidad o necropolítica neoliberal eran excesivos. Les repliqué que me parecían más que justificados.

Y en la misma línea de lo ya expuesto y para añadir nuevos detalles resulta muy aleccionador el libro del Historiador y Profesor titular de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá, Renán Vega Cantor Los economistas neoliberales, nuevos criminales de guerra: El genocidio económico y social del capitalismo contemporáneo (2010).

En la presentación del libro leyó un texto extraordinario y de una claridad meridiana, que resumo en lo fundamental. En el encabezamiento aparece la siguiente cita de John Berger y Nella Bielski:

“Uno debe llamar por su nombre a todo lo que ve. Nunca se deben ignorar las consecuencias. Esa es la única posibilidad de enfrentarse a la barbarie. Ver las consecuencias”,

Este es un análisis de los economistas neoliberales, pero no es un libro clásico de economía plagado de cifras, de ecuaciones, de modelos y de gráficas, instrumentos que en el caso del economista ortodoxo se usan no tanto para aclarar su pensamiento sino para ocultar su ignorancia. Estos libros de los economistas se convierten en una barrera para el conocimiento de los problemas económicos y sociales del mundo y en un mecanismo de desmovilización política de la gente común y corriente. No tiene ningún sentido escribir para los economistas, pues ya bastante ellos se escriben entre sí y para sí mismos, porque eso significa utilizar un lenguaje hermético e incomprensible, alejado de las expectativas inmediatas de los seres humanos. Solamente en el conocimiento académico se genera esa terrible manía de dirigirse de manera exclusiva a los “miembros de la tribu”, sin esforzarse en lo más mínimo en comunicarse con el resto de mortales...

Cuando aquí se habla de economistas neoliberales no se está considerando sólo a los titulados en economía, sino a todos los neoliberales –de cualquier profesión o disciplina - porque han asumido la ortodoxia de la “economía de mercado”, o sea, la vulgata neoliberal. Dicha vulgata es repetida como una letanía por abogados, pedagogos, sociólogos, historiadores, investigadores y técnicos cuando pretenden explicar el funcionamiento de las diversas instancias de la sociedad. Por esta razón, los postulados básicos de todos los neoliberales se subordinan a la “racionalidad” de los economistas, a partir de la cual pueden ser analizadas sus políticas criminales en los más diversos terrenos de la realidad social.

Los economistas neoliberales son la piedra angular para entender los crímenes económicos actuales, porque venden sus habilidades profesionales “sus contactos, su destreza, y hasta su alma, en el tenebroso mundo de la política de Washington”. Se les conceden cátedras de “libre empresa” en universidades de todo el mundo con el fin de expandir la ideología del capitalismo, lo cual ha convertido al fundamentalismo neoliberal a individuos y grupos procedentes de variadas profesiones y de distintos orígenes intelectuales y políticos y ha universalizado los crímenes económicos y sociales.

En el transcurso de la investigación se fue reafirmando la estrecha relación entre neoliberalismo y capitalismo, porque acá se enfatiza que no es posible separarlos y plantear que el neoliberalismo es una negación del “capitalismo civilizado” existente hace algunas décadas en su versión socialdemócrata. Este tipo de análisis son antineoliberales pero no anticapitalistas, suponiendo que puede llegarse a un capitalismo social sin los incómodos “extremismos” de los “fundamentalistas de mercado”. Por el contrario, mostramos que existe un vínculo indisociable entre capitalismo y neoliberalismo y, por lo tanto, resulta obvio que la criminalidad de estos últimos no puede entenderse sin hacer referencia a la barbarie capitalista. Por eso, el subtítulo de esta obra: El genocidio económico y social del capitalismo contemporáneo.

La criminalidad neoliberal ha extendido las redes delincuenciales del capitalismo hasta niveles impensables hace algunas décadas. En el mundo actual los neoliberales desempeñan el mismo papel genocida que antaño cumplieron la iglesia católica y los misioneros, los piratas y aventureros, los negreros y los colonizadores. Aunque todos ellos sigan actuando en forma criminal en el capitalismo contemporáneo, se han subordinado a la lógica del neoliberalismo, cubriéndose con el nuevo manto delincuencial que los arropa a todos. Con el neoliberalismo, el capital ha ampliado su estructural carácter criminal a todo el mundo y a los más diversos aspectos de la vida social y natural, lo que se constata en diferentes ámbitos: el mundo del trabajo, la educación, el medio ambiente, la biotecnología, el sistema de salud, las migraciones internacionales, la alimentación y el agua. 

El capitalismo convierte todo lo que encuentra en su camino en mercancía, destruyendo sociedades, culturas, economías, tradiciones y costumbres, dejando a su paso muerte y desolación. Eso se evidencia con la mercantilización de la naturaleza, de los genes, de los órganos humanos, de los niños y las mujeres... y el neoliberalismo se ha convertido en el legitimador “teórico” e ideológico de la brutal conversión de todos los valores de uso en vulgares mercancías, con sus devastadoras consecuencias sobre los seres vivos. Hoy estamos soportando un despiadado genocidio como puede corroborarse con cifras elocuentes sobre pobreza y riqueza, sobre hambre y obesidad, sobre sed y derroche hídrico, sobre analfabetismo y hastío informativo, sobre explotación laboral y fabulosas ganancias de los empresarios capitalistas... Ese panorama de antagonismos se sustenta en la explotación intensiva de millones de seres humanos y en la destrucción acelerada de los ecosistemas.

He querido mostrar tanto la responsabilidad del sistema capitalista como de los economistas neoliberales en la perpetuación de crímenes de muy diversa naturaleza, resaltando que muchos de los delincuentes, con rutilantes títulos de Doctores en Economía de prestigiosas universidades estadounidenses, planifican el asesinato en masa de millones de seres humanos desde sus cómodas poltronas de burócratas en sus tecnificadas oficinas del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional o de las instituciones económicas en cada país. Esos asesinatos se materializan en la práctica cotidiana cuando se aplican las Armas Económicas de Destrucción Masiva, como los Planes de Ajuste Estructural, contra pueblos enteros. Y, como siempre sucede con los delincuentes, éstos justifican sus crímenes con muy diversas argucias, en el caso de los economistas con sofismas sobre modernización, crecimiento económico, éxito exportador, eficiencia, eficacia, calidad, transparencia... y mil falacias por el estilo. Por si hubiera dudas, sólo recuérdese lo acontecido en Argentina, Bolivia, Colombia, Nicaragua, Rusia, Ghana, Zambia y otros 100 países, devastados por los proyectos neoliberales.

Son tan criminales son los que aprietan el gatillo para matar a sus víctimas como los que las seleccionan y planean la forma de ejecutarlas. Esto, aplicado a la economía capitalista contemporánea, significa que los asesinos no son solo los políticos que implementan los Planes de Ajuste Estructural o privatizan las empresas de servicios públicos o firman Tratados de Libre Comercio para regalarle al capital imperialista los recursos de un país, sino que detrás están los criminales de cuello blanco, que con sevicia preparan los asaltos y atracos del patrimonio de los pueblos, el robo de sus recursos naturales y materias primas y la eliminación de sindicatos y organizaciones de los trabajadores. Como decía Bertolt Brecht en su célebre poema “Muchas maneras de matar”:

“Hay muchas maneras de matar.

Pueden meterte un cuchillo en el vientre,

quitarte el pan,

no curarte una enfermedad,

meterte en una mala vivienda,

empujarte al suicidio,

torturarte hasta la muerte por medio del trabajo,

llevarte a la guerra, etcétera.

Sólo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro estado”.

A partir de los dogmas del “libre mercado”, en los que se basa el supuesto de la globalización como una realidad irreversible –una especie de “ley de gravedad social”–, los neoliberales justifican todas sus acciones criminales con toda la impunidad del caso, incluso responsabilizando a sus víctimas, a las que señalan con el dedo acusador por no ser capaces de adecuarse a las sacrosantas leyes de la competitividad y del éxito. La vulgata neoliberal sostiene que el hombre es egoísta por naturaleza, que el mercado es una condición natural de los seres humanos, que la competencia premia a los triunfadores y castiga a los perdedores, que en la sociedad como en la selva sobreviven los más aptos, y éstos son los mejores... Todas estas mentiras, cuidadosamente urdidas y difundidas por medios de comunicación, editoriales, revistas, libros y universidades, son presentadas como la verdad revelada, ante la que hay que someterse o perecer.

Por fortuna, el nuevo sentido común de tipo criminal que ha tratado de imponer el neoliberalismo en las últimas décadas, y cuyos ideólogos más visibles son los economistas, está repleto de contradicciones insalvables, porque no puede compaginar las promesas de riqueza y prosperidad con las que presenta sus recetas mágicas con la dura realidad de la miseria, el desempleo y la desigualdad, ni su distopia de un crecimiento infinito con los límites naturales de la tierra. Por ello, hasta en la tan ensalzada Unión Europea, presentada como paradigma de una pretendida integración neoliberal exitosa, y que hoy hace agua por todos los flancos, se alzan las voces de rechazo y de protesta, que se suman a todas las de los pueblos del mundo periférico, como nosotros, y a la de todos aquellos que durante muchos años hemos combatido al capitalismo y, desde nuestro modesto lugar como trabajadores del pensamiento, hemos librado un combate abierto contra las falacias criminales de los ensalzados héroes del mercado total, los neoliberales, apoyándonos en la atinada definición de José Martí, cuando decía: “Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otros pueblos sus tierras, no son héroes, sino criminales”. A su vez, en nuestro caso personal se afronta este combate teórico y político, plenamente convencidos que, para decirlo con las palabras del gran José Gervasio Artigas (líder de la independencia del Uruguay), “con la verdad ni ofendo ni temo”.

Todo lo descrito a una parte importante de la sociedad española le resulta irrelevante, obsesionada por la bandera, tal como acabamos de observar en las elecciones andaluzas. Lanzo una hipótesis. El franquismo es hoy un espectro del pasado más o menos molesto, pero operativo. Una parte de la cultura política actual quizá tenga su origen, queramos o no, en esa tenebrosa época de nuestra historia. Y entre estas secuelas nocivas y muy difíciles de extirpar, al haber sido inoculadas en nuestras mentes, puede que siga todavía vigente la imposibilidad de cuestionar la unidad de la nación española y de admitir el carácter plurinacional del Estado español. Y se asume como un dogma que España es un Estado uninacional, un ente indisoluble, una Unidad de Destino en lo Universal. Por ende, VOX ha obtenido 12 diputados. ¿Cuántos obtendrá en las próximas en Cuenca, Soria, Ávila, Santander, Madrid o Zaragoza? Ustedes mismos hagan cuentas.