martes 27/10/20

Una metáfora muy significativa del Covid-19

Es inquietante, pero cierto, que la mayoría de las personas todavía subestiman el verdadero impacto de la pandemia de Covid-19. Sus efectos inmediatos son tan impactantes que todos estamos atrapados en ellos. Pero las implicaciones a largo plazo pueden ser aún más profundas. Sacudirán el orden mundial hasta sus cimientos. Ya los están sacudiendo. La historia no procede linealmente. Como dijo Lenin: «Hay décadas en las que no pasa nada, y hay semanas en las que pasan décadas». Estas palabras son muy adecuadas para el momento actual. El Covid-19 se ha transformado en el primer sujeto revolucionario no humano de la historia global. Pandemias hubo muchas en la historia: la peste negra en 1348, la gripe española en 1918, el SARS (2002), el Ébola (2014), y ahora el Covid-19. Mas, nunca un estado de excepción en una especie de Leviatán sanitario. Confinamiento obligatorio, cierre de fronteras, controles internos, paradigma de la seguridad, aislamiento y distanciamiento social. Todo nos recuerda el film Contagio de Steven Goderbergh.

Para comprender completamente la trascendencia y distintas, y hasta cierto punto imprevisibles, derivaciones del Covid-19, puede servirnos como metáfora, las ondas concéntricas generadas por una piedra arrojada a un estanque, que he podido conocer en el artículo de  Jeremy Farrar, The worst of Covid-19 may still be to come (Lo peor de Covid-19 aún puede estar por venir) en el Financial Times, 20/7/20.

La onda más interna es el impacto inmediato del virus: miedo, enfermedad y muerte. Lo podemos constatar en España. Desde el estallido de la pandemia con toda su acritud a mitad de marzo todos estábamos sobrecogidos por las cifras de muertos ante una enfermedad desconocida, y en buena lógica acongojados por el miedo. Una vez se produjo la desescalada, ¡vaya palabra!, pensamos que retornábamos a la normalidad. Pero, la verdad desagradable asoma y ahora a finales de septiembre estamos inmersos de nuevo en la pandemia y sobrecogidos por el miedo, enfermedad y muerte. No obstante, quizá, como un mecanismo de autodefensa, nos decimos a nosotros mismos que ya la enfermedad no es tan grave.

La segunda onda más grande describe los efectos indirectos sobre la salud de Covid-19. Farra pone como ejemplos dramáticos, las pruebas de detección de cáncer omitidas. Cuando el brote de ébola de 2014, murieron más personas de malaria en África occidental que del virus en sí. En España será necesario que pase un tiempo para conocer los efectos nocivos colaterales del Covid-19: las muertes de ictus, el retraso en las pruebas de detección de cáncer o de operaciones quirúrgicas u otras enfermedades marginadas por los servicios sanitarios. Ya muchos ciudadanos no acudimos a los Centros de Atención Primaria a realizarnos los análisis periódicos del colesterol, urea, presión, etc. Tales hechos lógicamente tendrán su repercusión en la mortandad o la salud, aunque será de momento harto difícil de evaluar. Mas habrá que hacerlo. Y todo ello, significará que los ciudadanos tardaremos años en recuperar la confianza en nuestra sanidad pública, que nos dijeron, era la mejor del mundo. Al final ha pasado lo que tenía que pasar. La pandemia ha puesto de rodillas a los sistemas sanitarios, incluso a los de los países desarrollados. Al respecto es muy interesante el artículo de Maurizio Lazzarato. ¡El virus es el capitalismo! En el contexto de los procesos de privatización de la sanidad, convertida en una mercancía más, los recortes en los gastos de atención sanitaria, la no contratación de médicos y personal sanitario, el cierre continuo de hospitales o de camas y la concentración de las actividades restantes para aumentar la productividad, «cero camas, cero stock» suponen la aplicación del New Public Management. A partir de los 80 surgió una nueva organización de la Administración Pública regida por valores como la eficacia y la eficiencia, procedente de la empresa privada. La idea es organizar el hospital según la lógica de los flujos just in time de la industria: ni camas ni ucis deben quedar desocupadas porque constituyen una pérdida económica. El método justo a tiempo, JIT, es un sistema de organización de la producción para las fábricas, de origen japonés, el método Toyota, que permite reducir costos, especialmente de inventario de materia prima, partes para el ensamblaje y de los productos finales. Aplicar esta gestión a los bienes (¡sin mencionar a los trabajadores!) fue problemático, pero extenderla a los enfermos además de una locura es una maldad-de ello es un buen ejemplo la organización de la sanidad pública en la Comunidad de Madrid-. El stock cero también en los equipos médicos (las industrias no tienen respiradores disponibles en stock y tienen que producirlos), medicinas, mascarillas, etc. Todo tiene que estar just in time. La lógica contable en la Administración pública, obsesionada con una tarea típicamente capitalista: optimizar siempre y en cualquier caso el dinero (público) para el cual cada stock es una inmovilización inútil, adoptando otro reflejo típicamente capitalista: actuar a corto plazo. Por lo tanto, los Estados, perfectamente alineados con la empresa, se han encontrado desprevenidos ante una emergencia sanitaria «impredecible». Cualquier contratiempo hace que el sistema de salud salte por los aires, produciendo costos en vidas humanas, pero también económicos mucho mayores que los ahorrados con las políticas de recortes.

La tercera onda, siguiendo con la metáfora de Farrar, es el impacto social y económico con el aumento del desempleo, la reducción de las economías, e incremento de las desigualdades. Esta onda es mucho más amplia. Crecen las dimensiones del impacto de la pandemia entre los trabajadores de todos los continentes. En un nuevo informe sobre del Covid-19, la Organización Internacional del Trabajo advertía el 23 de septiembre que, en los últimos nueve meses, los ocupados habían visto descender en un 10,7% sus ingresos laborales debido a la emergencia sanitaria y las medidas para contener el avance del virus. La fuerte reducción de ingresos para los trabajadores supone un 5,5% del PIB mundial. “La pandemia ha provocado una gran pérdida de horas de trabajo en todo el mundo, que ha dado lugar a su vez a una “drástica” reducción de los ingresos provenientes del trabajo de los ocupados”, resumió ayer la agencia de la ONU.

La pandemia ha puesto de manifiesto la gravedad de las desigualdades sociales y la enorme tendencia a la concentración de la riqueza que existe en el planeta. Como cada crisis, la pandemia amplificará las fracturas sociales y las desigualdades ya existentes. El patrimonio de Jeff Bezos aumentó en unos 33.000 millones de dólares entre marzo y abril, ya que su empresa Amazon fue una vía fundamental para la entrega de alimentos y suministros de las familias confinadas.

Dentro de esas repercusiones sociales merece la pena detenerse en el ámbito educativo. Ante el confinamiento, Enrique J. Díez Gutiérrez y Katherine G. Espinoza realizaron una investigación Educar y evaluar en tiempos del coronavirus: la situación en España, a partir de una encuesta a 3.400 familias y estudiantes de toda España en marzo y abril del 2020. El objetivo: conocer la visión de una parte de la comunidad educativa que se suele tener poco en cuenta. Y entre las conclusiones merece la pena destacar que a la brecha digital se sumó y amplificó la brecha social, aumentando la desigualdad en épocas de crisis; la brecha digital se ve incrementada en el ámbito rural, en la España vaciada. Pero es sobre todo el alumnado de familias más vulnerables y con menos recursos —1 de cada 4 niños/as en España — quien ha visto reducida la función compensadora de la escuela pública. Buena parte de las familias con más necesidades «carece de las condiciones materiales (tecnología, conexión a la red, espacio, temperatura, etc.), de las herramientas culturales (habilidades pedagógicas, conocimiento del idioma, formación, etc.), del tiempo para acompañar el proceso educativo, de la estabilidad emocional (por problemas económicos, de salud, habitacionales, etc.) o de los recursos alimentarios necesarios para aprender.

Estas secuelas sociales y económicas tendrán sus consecuencias políticas. Algunos gobiernos pueden caer como resultado de Covid-19. En España estamos observando dramáticamente este impacto socio-económico con el incremento del paro tras la parálisis de nuestra economía. El gobierno actual ha actuado con prontitud para paliar estas secuelas con un escudo social, cuyo ejemplo más significativo, ha sido la implantación de los ERTES o ayudas a los autónomos, ingreso mínimo vital, etc. Además, los defensores de ayer de la reducción del Estado hoy exigen su intervención. De nuevo Keynes. Se ha producido el retorno del Estado social. Una pregunta es inevitable: ¿hasta dónde pueden los Estados asumir esas políticas sociales? Es cierto que a España vendrán ayudas cuantiosas de la UE, pero nunca suficientes para hacer frente a todas las secuelas sociales y económicas presentes y futuras. E imprevisibles. Hay planteamientos políticos distintos sobre el destino de esas ayudas para salir de la crisis. Las opciones del PP-Vox-Cs no son las del Gobierno de coalición y de los partidos que lo invistieron. Aquellas remiten a las puestas en marcha ante la crisis del 2008; estas, de momento, son novedosas y solidarias. Dice bien Farrar que muchos gobiernos podrán caer por las secuelas económicas y el incremento de las desigualdades. Unos alumnos aventajados de tal tesis son las derechas españolas, que llevan tiempo convencidas que el Covid-19 se llevará por delante el gobierno de coalición de Pedro Sánchez y con ese mismo objetivo siguen trabajando. Los muertos y los parados son su munición para llegar al poder.

Llegamos a la cuarta y más grande onda: la geopolítica. La manera en que las potencias mundiales elijan cuidarse a sí mismas frente al resto del mundo definirá la política global en las próximas décadas. Por ejemplo, a medida que muchos gobiernos se enfrentan a las crecientes críticas por su fracaso percibido o real para proteger a sus ciudadanos, una respuesta natural será culpar a otros. Nacionalismo insolidario. En el Reino Unido, se han incrementado los ataques contra grupos inmigrantes, como también en España con los trabajadores temporeros. En los Estados Unidos, el presidente Donald Trump ha acusado a los jóvenes mejicanos, ha decidido "romper" las relaciones con la Organización Mundial de la Salud (OMS), ya que. ha acusado a este organismo de estar influenciado por China durante la gestión de la pandemia del coronavirus., "China ha ocultado el virus de Wuhan para permitir que se expandiese a todo el mundo, instigando una pandemia global". En la misma línea, Trump ha acusado al país asiático de "ignorar las obligaciones de informar a la OMS", y ha llegado a decir que "presionó a la OMS para que el mundo infravalorara el coronavirus".

En contraposición, el presidente de China, Xi Jinping, ha tratado de posicionar a su país como amigo de África, prometiendo las vacunas continentales tan pronto como los ciudadanos chinos las obtengan. Solo el tiempo dirá si la promesa del Sr. Xi fue un verdadero altruismo, o simplemente un juego de poder diplomático. Pero deliberadamente diferenciaba a China de Europa y los Estados Unidos. También subrayó el cambio acelerado del poder global de oeste a este.

No obstante, todas las secuelas de las cuatro ondas expansivas son corregibles. Para eso existe la política. De las dos primeras ondas, hay que invertir y con prontitud en sanidad pública para mejorar la atención clínica para reducir el impacto de las segundas olas del Covid-19. Hay que invertir para proporcionar un cambio radical en los diagnósticos, tratamientos y vacunas, y construir sistemas de salud para todos, independientemente de su capacidad de pago.

Los impactos sociales, económicos y políticos de la tercera onda también pueden mitigarse. Entre las respuestas más necesarias se encuentran: alivio de la deuda para los países más pobres; inversión para ayudar a la transición digital; apoyo a tecnologías verdes para construir un mundo neutral en carbono; mejor educación para los jóvenes; lucha contra la corrupción; y estructuras e instituciones democráticas mejoradas. Políticas contundentes para mitigar las desigualdades. Debemos ver la pandemia como una oportunidad, para abandonar un mundo y entrar en otro, cuyos perfiles todavía no están definidos, pero que se basa en una agenda de cambio para construir una sociedad más resiliente, solidaria y democrática. Se trata, según la socióloga argentina Maristella Svampa «de una articulación entre la justicia social, la justicia ambiental y la sostenibilidad de la vida». Así, la postpandemia podría traer una valorización de los cuidados en todas las dimensiones de la vida: en cuanto al reparto igualitario de las tareas domésticas, el cuidado de los ecosistemas, de los territorios, de la agricultura, de la salud, educación, el trabajo asalariado y el cuidado en relación a los seres dependientes (niños, ancianos, enfermos, etc.). Las crisis también sirven para despertar conciencias dormidas. Walter Benjamín dijo que el capitalismo nos durmió y que para entender lo que nos pasa necesitamos despertarnos. Hay que recuperar el insomnio como herramienta de concienciación. Despiertos podremos superar el fatalismo o la inacción y hacer posible aquello que hasta hace poco parecía una utopía. Ahí van esas «supuestas» utopías: reformas fiscales progresivas, acabar con los infiernos fiscales, reparto del trabajo, renta básica universal, etc.                   

Por último, está la cuarta onda, está en nuestras manos el camino a seguir. Puede ser el nacionalismo que culpa a otros. O trabajar juntos para forjar un futuro mejor y compartido. Hay precedentes históricos. La creación tras la Segunda Guerra Mundial de instituciones internacionales como la ONU, el Banco Mundial y la OMS para salvaguardar el orden mundial en diferentes ámbitos. Tales instituciones con sus limitaciones han sido claves en los últimos 75 años. En ellas habrá que hacer profundas reformas, pero son más necesarias que nunca. El Covid-19 no será la única pandemia en el futuro. Y su erradicación en tanto en cuanto su carácter global no se podrá llevar a cabo por cada Estado a nivel individual. Como defiende Luigi Ferrajoli sería necesario un constitucionalismo a nivel global. Los Estados son demasiado grandes para las cosas pequeñas, como el resolver los problemas de las ciudades; y demasiado pequeños para las cosas grandes, como las funciones de gobernar y de tutela exigidas en temas globales: crisis medioambiental, terrorismo, narcotráfico, seguridad, paz; y por supuesto, la pandemia actual, que desborda claramente el ámbito de las fronteras estatales.

Una metáfora muy significativa del Covid-19