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miércoles. 17.08.2022

Israel: El pueblo que no quería crecer

Estos días vacacionales, dejando a parte los numerosos y graves problemas de España, estamos sobrecogidos por la masacre, una más y no será última, que sufre el pueblo palestino...

Estos días vacacionales, dejando a parte los numerosos y graves problemas de España, estamos sobrecogidos por la masacre, una más y no será última, que sufre el pueblo palestino en la franja de Gaza por parte del Estado de Israel ante la pasividad de las grandes potencias, que miran hacia otro lado. No obstante, sería mejor sustituir la palabra de pasividad por el de apoyo condicional de los Estados Unidos. Podría detenerse fácilmente esta auténtica carnicería, nada más que Obama paralizase el envío de material bélico a Israel. Y luego el presidente estadounidense en un gesto de auténtica hipocresía, le dice a Netanyahu que detenga o modere sus ataques. Es igual de culpable el que  aprieta el gatillo, como el que le proporciona las armas.

Contemplar esos bombardeos indiscriminados sobre la población civil, incluidos niños, a cualquier bien nacido le tiene que producir un grave desgarro en el alma. ¿Cómo pueden existir seres humanos capaces de ejecutar tales crímenes? Pues, evidentemente que existen. Lo estamos viendo estos días en Gaza.

Yo querría ahora fijarme en encontrar alguna explicación, en ningún caso justificación, a este comportamiento tan inhumano, para ello me parece muy interesante un artículo del judío y gran historiador Tony Judt titulado El país que no quería crecer, que le fue encargado por el diario liberal israelí Ha`aretz con motivo del 58 aniversario de la fundación del Estado de Israel, y que se publicó en mayo de 2006. Levantó una inmensa oleada de críticas desde Israel, pero las más vehementes llegaron de los Estados Unidos.

Voy a tratar de resumir lo fundamental, tarea no fácil, en tanto en cuanto es de un profundo calado, y todas las palabras tienen un expreso significado. Si he recurrido a este autor es porque desde que cayó en mis manos su extraordinario libro Algo va mal, que deberían leer, reflexionar y comentar todos aquellos que alardean de socialdemócratas, pero socialdemócratas de verdad, no camuflados, que los hay, me ha parecido uno de los historiadores con más claridad y juicio a la hora de estudiar los acontecimientos históricos. Mas no es de su labor de historiador, de lo que quiero hablar aquí.

Según Tony Judt, a los 58, un país, como un hombre, debería haber alcanzado cierta madurez. A esa edad reconocemos nuestros errores, y aunque todavía mantenemos algunas ilusiones sobre nosotros mismos, tenemos ya la suficiente sabiduría para reconocer que no son más que ilusiones. En definitiva, somos adultos. Sin embargo, entre las democracias occidentales, el Estado de Israel sigue siendo inmaduro. Se comporta como un adolescente consumido por una frágil confianza en su propia singularidad: nadie lo "comprende" y todo el mundo está "contra" él, y está henchido de autoestima herida, y listo para sentirse ofendido y para responder a las ofensas. Como muchos adolescentes está convencido -y se empeña en ser agresivo y firme en sus posturas- de que puede hacer lo que se le antoje, de que sus acciones no entrañan consecuencia alguna y de que es inmortal.

Los israelíes aducen que esa visión foránea esta llena de prejuicios. Lo que desde fuera parece un país autoindulgente y voluntarioso -delictivo en sus obligaciones internacionales  e indiferente a la opinión pública- no es más que un pequeño estado independiente que hace lo que siempre ha hecho: defender sus propios intereses en una zona inhóspita del planeta. ¿Por qué un Israel sitiado debería tener en cuenta esas críticas externas y, mucho menos, actuar en respuesta a ellas? Ellos, los gentiles, los musulmanes, los izquierdistas, tienen  sus propias razones para sentir antipatía por Israel. Ellos, los europeos, los árabes, los fascistas, siempre han elegido a Israel como un blanco preferente para sus críticas. Sus motivos son eternos. Ellos no han cambiado. ¿Por qué debería cambiar Israel?

Mas ellos si que han cambiado, aunque este cambio ha pasado desapercibido en Israel. Antes de 1967, el Estado de Israel puede haber sido pequeño y puede haber estado sitiado, pero no fue particularmente odiado, al menos no en Occidente. El bloque comunista soviético oficial fue antisionista, por supuesto, pero justamente por eso Israel fue bastante bien visto por todos los demás, entre ellos los izquierdistas no comunistas. La imagen romántica de los kibbutz y los kibbutznik ejerció una enorme atracción en el extranjero durante las dos primeras décadas de existencia de Israel. La mayoría de los admiradores de Israel (judíos y no judíos) veían en el Estado judío la encarnación del último sobreviviente del idílico socialismo agrario del siglo XIX, o bien un milagro de energía modernizadora "capaz de hacer florecer el desierto".

En la primavera de 1967 en la Universidad de Cambridge la opinión de los estudiantes estaba abrumadoramente a favor de Israel en las semanas que precedieron en la Guerra de los Seis Días, y no se le prestaba la menor atención a la situación de los palestinos. En los círculos políticos y gubernamentales sólo los arabistas más conservadores expresaban alguna crítica al Estado judío.

Tras  la guerra de 1967, y durante un tiempo, estos sentimientos se mantuvieron inalterados. El entusiasmo propalestino de los grupos radicales y los movimientos nacionalistas posteriores a la década del 60 se vio compensado por el creciente reconocimiento internacional del Holocausto en la educación y los medios de comunicación. Lo que Israel perdía por su ocupación de territorios árabes lo ganaba gracias a la memoria recuperada de los judíos muertos en Europa. Ni siquiera la instalación de los asentamientos ilegales y la invasión del Líbano, si bien fortalecían los argumentos de los críticos de Israel, fueron suficientes para modificar significativamente la opinión internacional. A comienzos de los noventa, la mayoría de la población mundial estaba escasamente informada de la cuestión de la "margen occidental" y de lo que estaba ocurriendo allí. Incluso los que presentaban el caso palestino en los foros internacionales admitían que casi nadie los escuchaba. Israel todavía podía hacer lo que se le antojara.

Pero hoy todo ha cambiado. Hoy podemos ver que la victoria de Israel en junio de 1967 y la ocupación permanente de los territorios conquistados entonces se han convertido en la verdadera Nakba del Estado judío: una catástrofe política y moral. Las acciones de Israel en la margen occidental y en Gaza ha puesto en evidencia: toques de queda, puestos de control, humillaciones públicas, destrucción de viviendas, tomas de tierras, "asesinatos selectivos", el muro de separación. Todas estas rutinas de ocupación y represión eran conocidas por una minoría informada de especialistas y activistas. Hoy pueden ser vistas, en tiempo real en un televisor, lo que significa que el comportamiento de Israel está sometido a la mirada atenta de cientos de millones de personas. El resultado ha sido un cambio total en la percepción internacional de Israel. Hasta hace muy poco la imagen de una sociedad ultramoderna -construida por los sobrevivientes y los pioneros y adoptada por los demócratas amantes de la paz- todavía tenía una influencia decisiva sobre la opinión pública internacional. ¿Qué sucede hoy? ¿Cuál es el símbolo universal que identifica a Israel y se reproduce en todo el mundo en miles de editoriales periodísticos y caricaturas políticas? La estrella de David estampada sobre un tanque.

Hoy sólo una minoría de observadores ve a los israelíes como víctimas. Hoy la idea que predomina es que las verdaderas víctimas son los palestinos. Los palestinos han desplazado a los israelíes como emblema de la minoría perseguida: son vulnerables, humillados y no tienen un Estado. Israel es comparado a un ocupante colonialista o a la Sudáfrica del apartheid. Esas comparaciones son letales para la credibilidad moral de Israel. Afectan seriamente a lo que alguna vez fue su argumento más convincente: la afirmación de que es una isla de democracia y dignidad en un mar de autoritarismo y crueldad, un oasis de derechos y libertades rodeado por un desierto de represión. Pero los demócratas no aíslan con muros a la gente indefensa cuyos territorios han conquistado, y los hombres libres no violan la ley internacional ni se apoderan por la fuerza de los hogares de otros hombres. Las contradicciones de la postura israelí -"somos muy fuertes / somos muy vulnerables", "somos dueños de nuestro destino / somos las víctimas", "somos un Estado normal / necesitamos un tratamiento especial"- no son nuevas: han sido parte de la peculiar identidad del país casi desde el principio. Pero hoy, la narración israelí de víctima y prepotencia, al resto del mundo le resulta grotesca. Y la manía de persecutoria-"todo el mundo está contra nosotros"- ya no inspira la menor simpatía. Al contrario, da lugar a algunas comparaciones muy poco gratas, como describir a Israel como la “Serbia con armas atómicas”.

Israel no ha cambiado, pero el mundo, sí ha cambiado. El autorretrato de Israel en los propios israelíes, ya no convence fuera. Ni siquiera el Holocausto puede ya usarse para justificar su comportamiento. Hoy la mayoría de los estados de Europa occidental han reconocido su parte en la Shoah, algo que no ocurría hace un cuarto de siglo. Para Israel, esto ha tenido consecuencias paradójicas: hasta el fin de la Guerra Fría los gobiernos israelíes todavía podían explotar la culpa de los alemanes y otros europeos; y su reticencia a aceptar plenamente lo que se les había hecho a los judíos en sus territorios. Hoy, la historia de la II Guerra Mundial desaparece de la plaza pública y se lleva a las aulas, por ello una mayoría de europeos y de otras regiones, jóvenes sobre todo, no entiende por qué los horrores de la última guerra europea pueden ser invocados para disculpar o perdonar acciones inaceptables en otra época y otro lugar. Hoy que la bisabuela de un soldado israelí haya muerto en Treblinka no justifica el maltrato a una mujer palestina que espera turno para cruzar un puesto de control. "Acuérdense de Auschwitz" ya no sirve.

En síntesis: a los ojos del mundo Israel es un Estado normal, pero que se comporta anormalmente. Es dueño de su destino, pero las víctimas son otras. Es fuerte, muy fuerte, pero su comportamiento hace que todos los demás sean vulnerables. Así, despojado de cualquier otra justificación por su comportamiento, Israel (y quienes lo apoyan) se aferran cada vez a la reivindicación más antigua de todas: Israel es un estado judío, y es por eso que la gente lo critica. En Israel y en los Estados Unidos se considera que la idea de que criticar a Israel es, implícitamente, una consecuencia del antisemitismo, es la carta de triunfo de Israel. Si se ha usado en los últimos años es porque, en realidad, es la única carta que le queda. La costumbre de tachar de antisemita toda crítica extranjera a Israel está muy arraigada en el instinto político israelí. David Ben Gurion y Golda Meir no se privaron de utilizar ese recurso. Pero los judíos que viven fuera de Israel pagan un alto precio por esta táctica. No sólo los inhibe de expresar sus críticas a Israel por el temor a quedar identificados con malas compañías, sino que alienta a los demás a considerar a los judíos de todo el mundo como colaboradores de facto de las acciones que emprende Israel.

Algo está cambiando en Estados Unidos. No hace muchos años, los asesores del primer ministro Sharon le impusieron al presidente, George W. Bush, los términos de una declaración que aprobaba los asentamientos ilegales. Ningún congresista norteamericano ha propuesto reducir o suspender los 3.000 millones de dólares que Israel recibe anualmente -y que representan el 20% del presupuesto de ayuda externa de Estados Unidos- una suma que ha contribuido a sostener el presupuesto de defensa israelí y a costear el establecimiento de asentamientos en la margen occidental. E Israel y Estados Unidos aparecen cada vez más unidos de manera que las acciones que emprende cada uno de ellos exacerba su impopularidad en el resto del mundo y, por añadidura, su asociación cada vez más estrecha a los ojos de quienes los critican.

Pero si bien Israel no tiene otra opción que ampararse en Norteamérica, pues no tiene otros amigos o bien, en el mejor de los casos puede contar con el afecto interesado de los enemigos de sus enemigos, como la India, por ejemplo, Estados Unidos es una gran potencia; y las grandes potencias tienen intereses que tarde o temprano trascienden las obsesiones locales de hasta sus más cercanos estados clientes y satélites. Un reciente ensayo de "El lobby de Israel", de John Mearsheimer y Stephen Walt, ha despertado gran interés público y muchos debates. Mearsheimer y Walt son académicos destacados que exhiben credenciales conservadoras intachables. Es cierto que todavía no lograron que sus críticas políticas fueran publicadas en algún periódico importante de Estados Unidos (sólo apareció un comentario en la London Review of Books), pero la cuestión es que hace diez años no lo habrían publicado, y probablemente ni siquiera habrían podido hacerlo. Y aunque el debate iniciado puede producir más calor que luz, es de una enorme significación.

El hecho es que la desastrosa invasión de Irak y sus secuelas están comenzando a producir un cambio diametral en el debate acerca de la política exterior, aquí, en Estados Unidos. Los pensadores más destacados de todo el espectro político -desde intervencionistas neoconservadores como Francis Fukuyama hasta realistas empedernidos como Mearsheimer- están empezando a tener en claro que en los últimos años Estados Unidos ha sufrido una pérdida catastrófica de influencia política internacional y una degradación sin precedentes de su imagen moral. Las iniciativas del país en el extranjero muestran que se ha derrotado a sí mismo e, incluso, que sus acciones han sido irracionales. En el futuro inmediato habrá que emprender una larga tarea reparadora, sobre todo en lo concerniente a la relación de Washington con comunidades y regiones estratégicamente vitales desde Oriente Medio hasta el Sudeste Asiático. Y no se puede abrigar la esperanza de que esta reconstrucción de la imagen externa y la influencia del país sea exitosa mientras la política exterior de Estados Unidos esté vinculada a los intereses de un pequeño país de Oriente Medio de muy escasa relevancia para las preocupaciones de Norteamérica a largo plazo: un país que es, tal como lo afirman Mearsheimer y Wait en su ensayo, una carga estratégica: un obstáculo en la guerra contra el terror y, más en general, en el esfuerzo para vérselas con los estados delincuentes.

Se trata de un ensayo que no es más que un indicio mínimo de cómo están las cosas, una conjetura acerca de la probable orientación del futuro debate interno en Estados Unidos a propósito de la muy particular relación que liga al país con Israel. Por supuesto, ha tenido que soportar muchas críticas de parte de los sospechosos de siempre, y, tal como ellos mismos lo anticiparon, se ha acusado a los autores de antisemitismo.

Esta nueva inclinación a tomar distancia de Israel no se limita a los especialistas en política internacional. Como profesor, dice Judt,  me ha llamado la atención en los últimos años un cambio diametral en la actitud muy negativa de los estudiantes hacia Israel, en mi Universidad de Nueva York. Sin duda, los tiempos están cambiando, lo que debería servir de una profunda preocupación para Israel. Nada dura para siempre, y me parece probable que terminemos pensando los años que van desde 1973 a 2003 como una era de trágica ilusión para Israel: años dominados por la extraña idea de que, fuese lo que fuese lo que decidiera hacer o exigir, Israel podía contar indefinidamente con el apoyo incondicional de Estados Unidos y no correría nunca el riesgo de tener que vérselas con una reacción violenta. Esta ciega arrogancia está trágicamente sintetizada en una afirmación de Shimon Peres en las vísperas de la calamitosa guerra que, creo, ha precipitado el comienzo del alejamiento de Estados Unidos de su aliado israelí: "La campaña contra Saddam Hussein", dijo Peres, "es indispensable".

Desde una cierta perspectiva, el futuro de Israel es sombrío. No es la primera vez en la historia, por cierto, que un Estado judío se encuentra en la periferia vulnerable de un imperio ajeno, pero actúa exageradamente confiado en la justicia de su proceder, ciego al peligro de que, a la larga, sus excesos pudieran hartar a su mentor imperial, e ignora a sabiendas su incapacidad para conseguir otros amigos. Por supuesto, el moderno Estado israelí cuenta con armas muy poderosas. ¿Pero qué puede hacer con ellas que no sea granjearse más enemigos de los que ya tiene? Sin embargo, el Israel moderno también tiene otras opciones. Podría llevar un cambio profundo en sus políticas (el desmantelamiento de los principales asentamientos, una apertura incondicional de negociaciones con los palestinos, el poner en evidencia a Hamas ofreciendo a los dirigentes de ese movimiento algo importante a cambio del reconocimiento de Israel y el cese del fuego), lo que le permitiría lograr efectos incalculablemente positivos.

Pero un cambio tan radical de la estrategia israelí entrañaría una difícil revaluación de los clisés y la ilusión en los que el país y su elite política se han refugiado durante casi toda su vida. Implicaría reconocer que Israel ya no está en condiciones de reclamar la solidaridad o la indulgencia internacional, que Estados Unidos no estará siempre disponible, que las armas y los muros ya no pueden proteger más a Israel que lo que protegieron a la República Democrática Alemana o a la Sudáfrica blanca, que las colonias están siempre condenadas a menos que uno esté dispuesto a expulsar o exterminar a la población autóctona. De Gaulle comprendió que la presencia de Francia en Argelia, mucho más antigua y mejor instalada que lo que lo está Israel en las colonias de la margen occidental, significaba un desastre moral y militar para su país. En un ejercicio de coraje político, se retiró de Argelia. Pero cuando De Gaulle llegó a esa conclusión era un estadista maduro, tenía casi 70 años. Israel no puede darse el lujo de esperar tanto tiempo. A los 58 años, ha llegado el momento de comportarse como un adulto responsable. 

Israel: El pueblo que no quería crecer