lunes. 15.07.2024

La irreversible McDonalización de Europa

Todo lo que provenga de los Estados Unidos los europeos embelesados lo miramos con envidia, y con cierto retraso tendemos a imitarlo.  Allí se produjo  el paso de una economía de mercado a una sociedad de mercado, donde todo puede comprarse o venderse. Y el resto lo plagiamos sumisamente.

Al terminar la Guerra Fría, los mercados y su ideología mercantil gozaban de un extraordinario prestigio, Ningún mecanismo para organizar la producción y distribuir los bienes se había mostrado tan eficaz en generar bienestar y prosperidad. Pero luego los valores del mercado invadieron aspectos de la vida tradicionalmente regidos por normas o valores no mercantiles. El sociólogo norteamericano Michael J. Sandel  en su libro Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado, refleja toda una casuística de esa invasión ilimitada del mercado a muchas actividades humanas en USA. Disponer una celda más cómoda en una prisión pagando 82 dólares por noche. Derecho a emigrar a USA invirtiendo 500.000 dólares. Suscribir una empresa seguros de vida de sus empleados, sin conocimiento de estos, para cobrarlos ella. Comprar el seguro de vida de una persona enferma de cáncer, pagando las primas anuales mientras viva y luego cobrarlo al fallecimiento con suculentos beneficios. Mas, quiero fijarme, como docente, en el ámbito educativo. Chanel One transmite mensajes publicitarios a millones de adolescentes obligados a verlos en aulas de todo el país. El programa de noticias  de televisión, de 12 minutos y comercialmente patrocinado, lo lanzó en 1989 el empresario Chris Whittle, el cual ofreció a los colegios televisores, equipos de vídeo y conexión vía satélite, todo gratis, a cambio de emitir el programa todos los días y exigir a los alumnos que vieran los dos minutos de anuncios. En el 2000 Channel One fue visto por ocho millones de alumnos en doce mil colegios. Así han podido anunciarse Pepsi, Snickers, Clearasil, Gatorade, Reebok, Taco Bell… Los alumnos aprenden conceptos sobre nutrición con materiales proporcionados por McDonald’s, o los efectos de un vertido de petróleo en Alaska con un vídeo grabado por Exxon. Procter & Gamble ofreció unos materiales sobre medio ambiente explicando por qué los pañales desechables eran buenos para la tierra. Boletines de notas con el anagrama de McDonald’s, además de ofrecer a los niños con sobresalientes y notables en toda las asignaturas, o con menos de tres ausencias, una comida gratis en un McDonald’s. ¿Esto es lo que tratamos de imitar? ¿Somos conscientes de su extraordinaria gravedad?

En una sociedad en la que todo se puede comprar y vender, la posesión  de dinero supone la mayor de las diferencias. Por ello, la mercantilización juega a favor de las desigualdades, de su incremento y de su expansión. No solo se amplia la brecha entre ricos y pobres, sino que la mercantilización de todo intensifica la necesidad de tener dinero y vuelve más cara la pobreza.

Por otra parte, la mercantilización genera otra secuela no menos grave: la corrupción. Se argumenta que los mercados son imparciales e inertes, que no afectan a los bienes intercambiados, pero al poner precio a los objetos, bienes, relaciones y servicios, modificamos su naturaleza, los tratamos como mercancías o instrumentos de uso y beneficio, y, por ello los degradamos. Conceder plazas en una universidad para el mejor postor podrá incrementar sus beneficios, pero también está degradando su integridad y el valor del diploma. Contratar a mercenarios extranjeros para que combatan en nuestras guerras podrá ahorrar vidas de nuestros ciudadanos, pero corrompe el significado auténtico de ciudadanía.

El razonamiento mercantil vacía la vida pública de argumentos morales. El atractivo de los mercados estriba en que no emiten juicios sobre nuestros gustos satisfechos. No se preguntan si ciertas maneras de valorar bienes son más dignas o más nobles que otras. Si alguien está dispuesto a pagar por sexo o un riñón y un adulto consiente en vendérselo, la única pregunta que se hace el economista es, ¿Cuánto? Los mercados no reprueban nada. Nuestra resistencia a contraponer argumentos morales al mercado, al aceptarlo sumisamente,  nos está haciendo pagar un alto precio: ha vaciado al discurso público de toda energía moral y cívica, y ha propiciado la política tecnocrática, que hoy nos invade. Un debate sobre los límites morales del mercado es necesario e imprescindible.

Esta americanización, o McDonalización de Europa explica la profunda crisis política, económica, social, cultural y de valores de la Unión Europea, lo que significa que esté perdiendo sus auténticas señas de identidad.   Los dirigentes de la UE todavía no se aperciben de esta grave situación, de momento, irreversible. Sus dirigentes y la inteligencia europea, si todavía queda algo de ella, han perdido toda capacidad de imaginar otro futuro, y solo saben insistir en los viejos dogmas ya fracasados: respetar los criterios de Maastricht, pagar las deudas y salvar a los bancos a expensas de los salarios, pensiones y servicios públicos. Estamos en manos de burócratas anónimos e invisibles, que nos recuerdan El Castillo y El Proceso de Kafka y que se limitan a seguir a rajatabla a tecnócratas. La política ha desaparecido. ¿Dónde está el pensamiento creativo europeo? ¿Dónde están los pensadores, poetas, artistas que inyecten visión e imaginación para el futuro de Europa? El pensamiento brilla por su ausencia. El conformismo y el dogmatismo impregnan el discurso político. No obstante, también hay grandes pensadores, cuyas visiones de Europa, nos proporcionan un resquicio de luz para salir de este túnel. Uno de ellos es George Steiner, que en un librito La idea de Europa, producto de una conferencia en  el Nexus Institute en Ámsterdam en 2004, expuso, a partir de cinco axiomas, su idea Europa: una unidad cultural con sentido y no una asociación arbitraria y azarosa de países.

Europa en primer lugar son sus cafés. Lugares para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y el cotilleo, para el poeta o el filósofo con su cuaderno. En el Milán de Stendhal, en la Venecia de Casanova, en el París de Baudelaire, el café albergó a la oposición política. Danton y Robespierre se reunieron por última vez en el Procope. Jaurés en 1914 fue asesinado en un café. En otro café de Génova escribe Lenin su tratado sobre empirocriticismo. Los bares americanos son otra cosa, nadie escribe tratados políticos en ellos.

Europa ha sido y es paseada. Su cartografía tiene su origen en las capacidades de los pies humanos. Los europeos han caminado por sus mapas, de pueblo en pueblo. Hay cumbres, ciénagas, terrenos áridos, pero no son obstáculos insalvables. El paisaje ha sido moldeado y humanizado. La diferencia con USA es inmensa, con grandes extensiones, desiertos, bosques. A ojos americanos, las nubes europeas parecen domesticadas.

En Europa el pasado pesa mucho, mientras que en USA es el futuro. Las calles en las ciudades europeas llevan nombres de políticos, artistas, literatos, científicos, filósofos. En USA se designan por números, por letras y a veces con árboles y plantas. Europa es el lugar de la memoria. La cultura norteamericana está orientada hacia el futuro, por eso Henry Ford señaló que “la historia es una estupidez”. 

Europa se ha formado a través  de una doble herencia: Atenas y Jerusalén; o lo que es lo mismo, de la razón y de la fe, de la tradición que humanizó la vida, posibilitó la coexistencia social, trajo la democracia y la sociedad laica; y la que produjo los místicos, la espiritualidad y la santidad, y, también, la censura y el dogma, el fanatismo religioso, las cruzadas, la Inquisición, las grandes matanzas en nombre de Dios y la verdad religiosa.

Y en quinto lugar  Europa desde siempre  ha albergado una autoconciencia de su posible desaparición, mucho antes del apocalíptico diagnóstico de Spengler en su obra La decadencia de Occidente. En el cristianismo existe la creencia en el Juicio Final. En Europa, a diferencia de otras civilizaciones, siempre ha intuido que un día se hundiría bajo el peso de sus conquistas, de su riqueza y de su compleja historia. Dos guerras mundiales y los recientes genocidios en los Balcanes “llevaron este presentimiento al paroxismo entre 1914 y 1945, de Madrid al Volga y del Ártico a Sicilia, unos cien millones de seres humanos -niños, ancianos, mujeres- perecieron por obra de la guerra, las hambrunas, la deportación, las limpiezas étnicas y las "bestialidades indescriptibles de Auschwitz o el Gulag". Y a veces, como si no tuvieran bastante, necesitan saciar su capacidad destructiva fuera de sus fronteras. Jean Paúl Sartre en el prólogo de Los condenados de la tierra de Frank Fanon afirma: Europa hace siglos que en nombre de una pretendida aventura espiritual ahoga a casi toda la humanidad.

Steiner se pregunta si este presentimiento puede hacerse realidad algún día, como consecuencia de dos peligros: “la reducción de la vida espiritual en Europa”, en razón de la americanización de sus costumbres —vaticinada por Weber— , y la posibilidad de que Europa olvide hoy como en otras ocasiones que en ella nacieron la filosofía y la idea de la razón. A Steiner le preocupa la repetición de su historia: los odios étnicos, los nacionalismos chovinistas, las reivindicaciones regionalistas. Nunca más guerras intestinas. E  igualmente la uniformización cultural producto de la globalización, que está destruyendo la gran variedad lingüística y cultural que es el mejor patrimonio del Viejo Continente. 

La irreversible McDonalización de Europa