Nuevatribuna

La igualdad de la mujer española, todavía es una asignatura pendiente

Esta desigualdad en el ámbito laboral, con las secuelas expuestas supone un incumplimiento manifiesto de nuestra Carta Magna, ya que según su artículo 14: Los españoles son iguales ante la ley

La mujer española ha tenido y tiene que abrirse camino con mucha dificultad en determinados ámbitos: políticos, científicos, laborales, deportivos, para alcanzar la igualdad con los hombres. Con mucha mayor dificultad que en otros países europeos. No hace falta más que mirar con el retrovisor a nuestra historia. 

María Luisa González, hija de un boticario de Zaragoza, fue, según su hijo, «una mujer moderna, risueña, llena de coraje y humor». Militó en la Liga por los Derechos Humanos, primera mujer admitida en la Universidad de Salamanca, que acababa de ser incluida en el presupuesto del Estado, por lo que ya no pertenecía a la curia y la mujer podía ingresar. Pero el clero se oponía. Cuando solicitó una beca para estudiar encontró la oposición de aquellos que pensaban que eran solo para hombres. Emilia Pardo Bazán, primera catedrática de Literatura Española, gran conocedora de la disciplina, pero a la que boicoteaban sus clases por ser mujer, salió en apoyo de María Luisa: «Me defendió en el ABC y el ministro que era Burell, cuando ya estaba toda la sala de actos llena de curas que habían acudido allí, el tribunal, y yo al lado de mi hermana esperando, leyó un telegrama diciendo al tribunal «admítase a doña María Luisa González» y gané la beca». Fue en el  curso 1918-19.  Pero siguieron los problemas para ella. En los primeros días que acudía a clase se juntaban en la escalinata hileras de machos para silbarle y decirle groserías. Unamuno la agarró del brazo y se la llevó a su casa, donde vivió 2 años, e iba a la universidad de su mano y regresaban juntos. En 1921 terminada Filosofía y Letras, marcha a Madrid a preparar oposiciones al Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Hasta 1926 se alojará en la Residencia de Estudiantes de señoritas. Al acabar la guerra, como otros muchos, tuvo que exiliarse y terminó en Moscú, donde criando a sus hijos, montó la primera Cátedra de Literatura Española en Moscú, estuvo seis años en China...

Tras la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931, fueron solo 3 mujeres las diputadas en el Parlamento: Margarita Nelken, Victoria Kent y Clara Campoamor. Estas dos últimas protagonizaron el intenso y conocido debate sobre el voto femenino el 1 de octubre de ese mismo año. El 30 de septiembre comenzaron los discursos en las Cortes a favor y contra del sufragio femenino, pero no fue hasta el día siguiente cuando se produjo el momento decisivo con las intervenciones de Victoria Kent y Clara Campoamor. Antes se habían escuchado 'perlas' como que las mujeres no deberían comenzar a ejercer su derecho a voto hasta los 45 años, “dada la debilidad psíquica y de voluntad e inteligencia de las mujeres antes de esa edad”. Otros atribuían su oposición a razones biológicas o a las cualidades con las que se vinculaba a las mujeres en aquella época como el histerismo o la irracionalidad. 

Pero el mayor argumento fue el conservadurismo y la posible influencia tanto por parte de la Iglesia como de sus maridos que podía repercutir en un voto negativo, es decir en la victoria de la derecha. Y este fue exactamente el argumento que escogió Victoria Kent, Directora General de Prisiones y perteneciente al Partido Republicano Radical Socialista. "Creo que el voto femenino debe aplazarse, lo dice una mujer que, en el momento crítico de decirlo, renuncia a un ideal", sentenció en su discurso frente a las Cortes y prosiguió: "cuando transcurran unos años y vea la mujer los frutos de la República y recoja la mujer en la educación y en la vida de sus hijos los frutos de la República, entonces, Sres. Diputados, la mujer será la más ferviente, la más ardiente defensora de la República (...) Si las mujeres españolas fueran todas obreras, si las mujeres españolas hubiesen atravesado ya un periodo universitario y estuvieran liberadas en su conciencia, yo me levantaría hoy frente a toda la Cámara para pedir el voto femenino. Pero en estas horas yo me levanto justamente para decir lo contrario y decirlo con toda la valentía de mi espíritu". 

En contra de Victoria Kent se posicionó la abogada y política Clara Campoamor, miembro del Partido Radical y en su discurso defendió que por encima de los intereses del Estado estaba el principio de igualdad y las mujeres debían conseguir el derecho a voto en ese mismo momento, sin aplazamiento alguno. 

Mary Nash en su libro Represión, resistencias, memoria. Las mujeres durante la dictadura franquista nos indica que  durante la dictadura de Franco se cerró brutalmente el camino de las mujeres hacia la emancipación, la igualdad y la ciudadanía. El Nuevo Estado implementó décadas de represión, derogación de derechos y falta de libertad. La redefinición del rol de las mujeres fue una pieza clave en la maquinaria represiva, en el poder disciplinario y la imposición de una sociedad patriarcal, nacionalcatólica del régimen dictatorial. Mediante leyes, normativas, modelos educativos y la Sección Femenina, el régimen franquista impulsó un arcaico arquetipo femenino recatado y sumiso, que expulsaba a las mujeres de toda actividad en el ámbito público, siendo el hogar y la familia los únicos espacios autorizados. Estableció por ley un orden de género de dominio masculino que reguló la dependencia obligada de las mujeres. Convertidas en seres subalternos, sin derechos, relegadas a la domesticidad forzada del hogar, las mujeres fueron obligadas a permanecer bajo la permanente tutela masculina, sin identidad propia. Los derechos políticos y las conquistas sociales que alcanzaron en la Segunda República, fueron denigrados y rechazados sistemáticamente. Las mujeres ya no tenían lugar en la esfera pública, en el trabajo remunerado, en la política ni en la cultura.

Y obviamente el peso de la Historia deja su impronta. Evidentemente que hoy la situación femenina en España ha mejorado sustancialmente, pero todavía falta mucho, para alcanzar la igualdad con el hombre, como mostraré a continuación.

Fijémonos en la brecha salarial con respecto a los hombres. El pasado día 20 de febrero  de 2018 en el Pleno del Congreso de los Diputados se presentó una Proposición de Ley por el Grupo Parlamentario Confederal de Podemos, admitida a trámite por toda la oposición salvo el PP, en la que Irene Montero señaló «Hoy en día a los 8,5 millones de mujeres, los niveles de brecha salarial existentes implican que las mujeres españolas trabajan al año al menos 54 días gratis en comparación con los hombres. Cobran casi 6.000 euros menos de media anual, según el sindicato UGT. Tienen menos trabajo, más precario y en peores condiciones, sólo por ser mujeres. Según la EPA  del cuarto trimestre de 2017, los hombres se llevan el 54 % del nuevo empleo; las mujeres sólo el 46%. La tasa de desempleo femenino pasa del 18 %, la de los hombres es casi cuatro puntos inferior». Las pensiones de las mujeres son casi el 40% inferiores a las de los hombres. Hay que sumar los millones de horas de trabajo dedicadas, que no son consideradas empleos y por tanto no remuneradas y que fundamentalmente realizan las mujeres, a los cuidados. Es el trabajo reproductivo, que según estudios supone el 53 % del producto interior bruto. Un tercio de la riqueza del país básicamente producida por mujeres y que ni siquiera aparece en las estadísticas oficiales. Según el Instituto Nacional de Estadística las mujeres realizan, de media, dos horas y media más de trabajo doméstico diario que los hombres. Las mujeres dedican entre cuatro y cinco horas diarias a las tareas reproductivas. En un año setenta y seis días a las tareas reproductivas y de cuidados; dos meses y medio cada año. 

Maria Ángeles Durán, Premio Nacional de Sociología, en una reciente entrevista utiliza el término de  cuidatoriado, aplicado a la clase social cuyo trabajo principal es el cuidar (care) y que en  la mayoría es no remunerado. Todos los demandantes de cuidado, niños, enfermos, ancianos por las carencias de nuestro Estado de bienestar y que no lo pueden comprar en el mercado, tienen que recurrir a cuidadores, que son la nueva clase social equivalente al proletariado del siglo XIX. Está compuesto por dos grupos. Un grupo, el más estudiado, el remunerado, formado básicamente por mujeres inmigrantes con condiciones laborales muy precarias. Mas, la mayoría son mujeres de mediana edad o de edad avanzada que no cobran y que lo hacen por afecto familiar. Estas mujeres no tienen ninguno de los derechos conseguidos por los trabajadores. No tienen derecho a la seguridad social, lo tuvieron con la ley de dependencia, lo perdieron con la crisis, y ahora parece que lo vuelven a tener. Si no has tenido seguridad social, al ser  mayor estás condenada a la miseria y a la dependencia.

Maria Ángeles en La riqueza invisible de los cuidadoshe calculado que el trabajo del cuidado en los hogares no remunerado equivale a 28 millones de empleos a tiempo completo (aplicada la misma jornada que al sector servicios). Las opciones que habría son: pagarlo, eliminarlo o redistribuirlo. Se podrían combinar las tres. Pero es sumamente difícil. Si se decide pagarlo, como la mayor parte son niños, ancianos o personas muy enfermas no tienen dinero, debería hacerlo Estado, lo que supondría subir mucho los impuestos. Calcula que tendría que subir un 70% el IRPF para pagar parte de los cuidados que se hacen ahora gratis. Otra posibilidad es la supresión. De hecho, en España es lo que se hace, por la vía de no tener niños. Pero donde únicamente se puede hacer un avance muy grande sería con la redistribución. Por la vía del género, que los hombres contribuyan mucho más. Y en eso se ha notado el paso del tiempo. Los hombres jóvenes y muchos de los abuelos que antes no les parecía bien ir a recoger al nieto, ni hacer la compra o cuidar a alguien en la familia, ahora lo hacen. Hemos mejorado, pero lentamente. Y la otra vía es una redistribución por edad. Se supone que el cuidado de mayores no lo hacen los jóvenes, pero tendrán que participar más en esas tareas colectivas no remuneradas.

Según el Informe Mujer y Ciencia de enero de 2017 del Consell Valencià de Cultura, además las mujeres sufren otras injusticias en el ámbito laboral. Una de ellas es el techo de cristal. Al igual que para el resto de mujeres profesionales, el ascenso a los puestos de primer nivel sigue estando obstruido. Según los datos del Ministerio de Educación de 2015, en la Universidad, las profesoras representan un 40%, pero en las cátedras hay cuatro hombres por una mujer (80% frente a un 20%). En el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, según datos de 2015, del total de profesores de investigación, la categoría superior, apenas un 25% son mujeres. Lo que indica que hay un sesgo de género a la hora de evaluar los méritos y promocionar al personal investigador. 

Pero si la crisis económica ha incidido negativamente en la situación laboral de las mujeres y su capacidad de autonomía, también ha hecho mella en las inversiones en la ciencia y la investigación, y los recortes en los presupuestos públicos han frenado el avance de las mujeres científicas. En los organismos públicos de investigación como el CSIC, donde se observaba un avance sostenido en la promoción de mujeres dentro de sus organismos, se vio truncada con los recortes presupuestarios. 

Pero también ocurre con la falta de becas o la llamada «fuga de cerebros», pues, al ser las mujeres mayoritariamente las «becarias» o de puestos de menor relevancia, son ellas las que buscan trabajo o promoción fuera de nuestro país. Lamentablemente, la situación de las mujeres científicas no es solo representativa de España, sino que afecta al conjunto de la Unión Europea.

Muchas mujeres que estudian en carreras científicas, luego las abandonan. Es lo que se conoce como «oleoducto con fugas». En un momento de la vida de una mujer, también aunque sea científica o investigadora, debe plantearse cuál es su prioridad: investigar o ser madre. Una decisión que no afecta a los varones quienes no se plantean ninguna elección al respecto, pero que en el caso de la mujer supone interrumpir su carrera profesional que, en muchos casos, es difícilmente recuperable. Social y culturalmente, todavía no existe un reparto equitativo de las cargas domésticas y familiares ni tampoco una conciliación real de la vida familiar y laboral que permita que la maternidad no suponga una renuncia en la vida de la mujer. 

Lo expuesto es una muestra contundente de que el capitalismo neoliberal se sirve de la desigualdad social de la mujer como un componente más de su beneficio económico. Esta desigualdad en el ámbito laboral, con las secuelas expuestas supone un incumplimiento manifiesto de nuestra Carta Magna, ya que según su artículo 14: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.