sábado 24/10/20

La historia no solo debe hacernos más razonables (para la vez siguiente), sino sabios (para siempre)

 El título que encabeza este artículo es de Jacob Burckhardt, de su libro  El estudio de la Historia de 1870.
Bruno Tertrais
Bruno Tertrais

La Historia se ha convertido para la clase política en la disciplina más importante en nuestro sistema educativo. Pocas veces ha cobrado tanta importancia. En un mundo que se pretende sin memoria, la Historia ha irrumpido por todos lados. El pasado está más vivo que nunca. En España se habla de las Navas de Tolosa, Lepanto, Hernán Cortés, la Segunda República, la Guerra Civil, Franco, la Transición… Hasta hace poco era considerada despectivamente como una María. Como profesor de Historia me congratulo. Otra cosa el uso que de ella hacen los políticos.

Eric Hobsbawm en  Sobre la Historia decía: “Antes solía pensar que la Historia, a diferencia de otras disciplinas, como la física nuclear, no le hacía daño a nadie. Ahora sé que puede hacerlo y que existe la posibilidad de que nuestros estudios se conviertan en fábricas clandestinas de bombas, como los talleres del IRA ha aprendido a trasformar los abonos químicos en explosivos”.

De Bruno Tertrais es el libro La venganza de la Historia. Cómo el pasado está cambiando el mundo. Es especialista en geopolítica y relaciones internacionales, y director adjunto de la Fondation pour la Recherche Stratégique. Ha colaborado con la OTAN y el Ministerio de Defensa francés, además de con el think tank Terra Nova. Sus libros han cosechado diversos galardones, entre los que destaca el premio Vauban al conjunto de su obra. Es autor de ensayos como Le marché noir de la bombe (2009), L’Apocalypse n’est pas pour demain (2011) o Le président et la bombe (2016).

De su  libro La Venganza de la Historia tras una lectura en profundidad, voy a exponer algunas de sus ideas con algunas otras personales. El artículo está dividido en 3 grandes apartados. El primero trata sobre diferentes usos de la Historia. El segundo, sobre el recurso de las analogías históricas para tratar de entender los acontecimientos actuales. Y el tercero, sobre la importancia dada por los nacionalismos a la Historia.

La historia puede tener diferentes usos. Simplificación de los fenómenos políticos complejos es, frecuentemente, una cómoda solución para ahorrarse el pensar o el actuar. La Historia tiene una buena posibilidad para proporcionar un esquema explicativo simple. Al hablar de los Balcanes se argumenta: son territorios de odios y conflictos centenarios. Lo cual sirve para exculparse de la inacción por parte de los países occidentales.  En el convulso Oriente Próximo las ideas son no menos simples: desde tiempos inmemoriales  ha habido enfrentamientos entre sunníes y chiíes o entre árabes o persas.  A la inversa, estos culpan al colonizador occidental de sus desgracias. Para  Rusia y China: el culpable son los Estados Unidos. Explicaciones simples para problemas complejos son meros juegos de artificio.

Otra manera de hacer inteligible el mundo actual a través de la Historia es el recurso de la analogía a modo de comparación o metáfora. La analogía histórica es una de las armas políticas más poderosas. Su elección nunca es neutral. Según la ideología o la política, serán diferentes. “La historia justifica lo que queramos”. Desde la caída del Muro de Berlín, ¡cuántas veces hemos entrado en una nueva Edad Media! Producto de la pérdida de soberanía de las naciones, de un mundo sin reglas, regreso a la barbarie… Crimea es la nueva Alsacia-Lorena. ¡Cuántas Yaltas!  ¡Cuántas nuevas doctrinas Monroe! Sobre el uso de la analogía en la Historia me extenderé más adelante en el segundo apartado.

La Historia puede utilizarse como inspiración. Es una fuente de motivación para los pueblos y un instrumento de legitimación y de movilización para sus dirigentes. Tal hecho se da especialmente en los regímenes autoritarios. Hitler buscaba enraizarse en una cultura germánica mítica y heroica, Mussolini veneraba la antigua Roma, el franquismo con un pasado imperial. También hoy en muchas democracias se nos recuerda un destino nacional, redescubrimos un pasado mítico para proyectarnos en un futuro. “Glorioso pasado; sombrío presente; brillante futuro”, fue el lema de Sukarno, el primer presidente de Indonesia: lema que podrían hacer suyo muchos gobiernos.

A la inversa, la Historia puede servir de revulsivo, un precedente trágico del que hay que protegerse para evitar su repetición. China y Rusia están obsesionadas por las horas oscuras de su historia: hay que evitar a toda costa el regreso a los tiempos revueltos, los del colapso, la división o las injerencias externas. Aquí en la Transición el revulsivo fue el de la repetición de la Guerra Civil.

Por último, la Historia puede ser una pesada carga que hay que soportar, de la que a veces hay que librarse. En las democracias, la carga de los errores pasados debe recaer y transmitirse a las generaciones futuras, sin permitir que se supere la sensación de culpa. Es la tradición del arrepentimiento. Es cierto  que Europa se ha reconstruido sobre el principio de nunca más del nacionalismo, la guerra, el imperialismo o la esclavitud. No solo hay que recordar, sino también pedir perdón incluso si los hechos son antiguos.

El tema del perdón o arrepentimiento de Estado, es relativamente nuevo. Por ello, no solo no existe jurisprudencia sino que los precedentes son pocos. En la mayoría de los casos no son compromisos jurídicos, sino más bien éticos y políticos. Es frecuente que un país o un pueblo ofrezcan disculpas, se arrepientan o lamenten públicamente actos de su pasado reciente o lejano. Los británicos ofrecieron reparaciones por la esclavitud, el gobierno de Portugal en 1996 disculpas a las víctimas de las persecuciones religiosas del siglo XVI, el presidente francés pidió perdón por las atrocidades en la Guerra de Argelia o el consulado italiano a España por el bombardeo del mercado en Alicante.

La disculpa es una herramienta de buena voluntad, de reflexión por parte de las naciones o de los gobiernos que cometieron excesos y ahora se animan a reconocerlos o repararlos. Levantó en España una gran polémica la carta del presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), al rey Felipe VI instándole a disculparse por nuestros abusos cometidos en la conquista de hace 500 años sobre los pueblos mexicanos. La respuesta negativa por parte de la sociedad española quizá esté relacionada con la visión recibida en la escuela sobre nuestra actuación en América. Según el profesor de Didáctica de las Ciencias Sociales de la Universidad de Murcia, Raimundo Rodríguez Pérez, a pesar de esa escasa presencia curricular en la ESO y en el Bachillerato de la América colonial, cada vez hay más gente de acuerdo con las disculpas solicitadas por AMLO, sobre todo, en la juventud y gente progresista. «No hay unanimidad…» El problema de España es que pasó de ser un imperio a una nación débil, sin término medio, y eso no ha sabido asumirlo. Le cuesta reconocer sus clarososcuros históricos, pero también resolver sus problemas internos.

Por el contrario, también es posible desear eliminar el pasado. Los romanos practicaron la damnatio memoriae: el condenado a desaparecer veía cómo su nombre, su vida y sus obras eran borradas de escritos y monumentos. Stunde Null, la hora cero (en origen una expresión militar inglesa), es un punto de partida, como lo es el de Alemania de 1945. Pero también un principio revolucionario. Los  jemeres rojos de Pol Pot, la revolución Cultural de Mao y la Unión Soviética. E igualmente para los totalitarismos de diferentes tipos “Debemos destruir el pasado para evitar que los pueblos piensen”, escribió  Olivier Weber.

Hoy, el pasado se asume o se exhuma más que se borra o elimina. Pero la damnatio memoriae  se sigue practicando, porque así se  privilegia una historia sobre otra. De esto en España sabemos bastante. Nada más hay que recordar aquella terrible asignatura durante el franquismo de Formación del Espíritu Nacional. Para legitimarse la dictadura necesitó deslegitimar el régimen del II República. Por ende, lo primero que hizo fue denigrar y desmontar totalmente la escuela republicana. Reorientó la enseñanza basada en el nacional-catolicismo, en la que la Iglesia tuvo un protagonismo fundamental, no en vano había apoyado a la dictadura en la Carta colectiva de los obispos. Se construyó un doble discurso escolar: uno catastrofista, del que era culpable la República; y otro heroico en beneficio de los sublevados, que no tuvieron otra opción que levantarse para que España no acabase en el abismo. La Enciclopedia Escolar Edelvives. Segundo Grado. Editada en Zaragoza en 1944 decía: «El Ejército en cumplimiento de su sagrado deber para con Dios y con España, decidió lanzarse a su salvación. Así empezó el Glorioso Movimiento Nacional».Fue un relato maniqueo. La República: anticatólica, antipatriótica, antinacional, anticlerical… sustentada por los enemigos seculares de España: comunismo, masonería, judaísmo, anarquismo.., la chusma, las hordas, los rojos…En contraste: los buenos, los nacionales, los españoles, salvadores, héroes, mártires…, sacrificio, divinidad, humanidad… Un capítulo de lectura para niños comenzaba así «En España empieza a amanecer». Un diario zaragozano, cuyo primer número de 11 de agosto de 1936, y que perduró hasta 1979, se titulaba Amanecer.

Lo que es incuestionable es que la Historia en los últimos tiempos con sus pasiones se ha transformado y se ha afirmado como un resorte esencial de las luchas de poder internacionales. Ante este reto, lo primero es conocer y entender esta “inagotable reserva de experiencia humana”. Labor complicada, porque en Europa el culto a la memoria parece haber sustituido al estudio de la Historia. Y además, porque en esta era de política postfactual, la gran avalancha de información  se ha convertido en torbellino triturador virtual, en el que cualquier distinción entre hechos, comentario, análisis, relato, narrativa y mentira es cada vez más difícil.

Debemos preguntarnos qué hacer frente a esta avalancha de la Historia en el panorama internacional, con el objetivo de que no inflame visceralmente las relaciones entre los pueblos. La analogía histórica es una de las armas políticas más poderosas. Su elección nunca es neutral. Según la ideología o la política, serán diferentes. Lo primero es desconfiar de ellas. Percibir de una manera permanente concordancias de hechos presentes con otros de la Historia es un síntoma de un estrecho presentismo de una cultura occidental, que solo ve en el pasado el reflejo infinito de sus propias preocupaciones. La  sabiduría  de la Historia no nos llega bajo la forma de lecciones preenvasadas, sino de oráculos cuyas analogías con el presente tenemos que intentar aclarar con nuestras dificultades actuales.

Nuestros políticos occidentales usan y abusan de las analogías a la hora de elaborar sus decisiones. En realidad, no hay analogías buenas o malas, sino bien o mal utilizadas, que nos engañan o que nos enseñan. Mas los malos usos son más frecuentes que los buenos. Es fácil hallar una lista de analogías inapropiadas o inservibles en los debates estratégicos contemporáneos. Recurrir a la ocupación alemana (1945-1952) para legitimar o gestionar la de Irak, como hizo el administrador americano Paul Bremmer, no parece el mejor modo de proceder. Invocar Auschwitz a propósito de los Balcanes sirvió a Alemania en la crisis de Kosovo, pero insulta a los supervivientes. Hablar de un nuevo Gulag a propósito de Guantánamo, como hizo Amnistía Internacional en 2005, es otro insulto a los supervivientes soviéticos. Comparar la barrera israelí de Cisjordania con el muro de Berlín es un sinsentido. El Telón de Acero se concibió para que nadie pudiera salir, la barrera israelí  para que nadie pudiera entrar. Tampoco estamos hoy en los años treinta: no se ha desplomado la economía de ningún país-hasta la llegada del Covid-19-, las ligas armadas no circulan por las calles, el populismo no es el fascismo; el nuevo nacionalismo occidental es más defensivo que ofensivo; nadie desea la guerra. Desde la caída del Muro de Berlín, ¡cuántas veces hemos entrado en una nueva Edad Media! Producto de la pérdida de soberanía de las naciones, de un mundo sin reglas, regreso a la barbarie… Crimea es la nueva Alsacia-Lorena. ¡Cuántas Yaltas! ¡Cuántas nuevas doctrinas Monroe!  El recurso a Munich propicia la emoción e indignación y sustituye el análisis por el tópico. Permite economizar inteligencia y complejidad. Esta conclusión vale para otras muchas analogías históricas.

No obstante, aunque resulten discutibles como eslóganes políticos, las analogías pueden justificarse como herramientas de búsqueda de conocimiento. Hacer referencia a Vietnam, Afganistán o Irak puede ser la mejor o peor manera de actuar. Recordar tales intervenciones puede servir de aviso; pero también como excusa perfecta para la no intervención. Por ejemplo, la no intervención en el auténtico genocidio actual en Yemen o en el de Ruanda.

Recordar la crisis de 1929  resultó beneficioso para los dirigentes americanos y europeos en la crisis de 2008. Así evitaron muchos de los errores de sus predecesores. La analogía histórica  ayuda así a entender los comportamientos humanos, a imaginar posibles escenarios, a propiciar la reflexión. “Cuando más útil es la Historia  es cuando se trata de comprender por qué una situación concreta difiere de otra que superficialmente se le parece”, señala el estratega británico Lawrence Freedman.  Usada con cuidado, la Historia nos puede ofrecer alternativas y ayudarnos a plantear preguntas que necesitamos hacerle al presente, y, sobre todo, a advertirnos de lo que puede salir mal.

Un ejemplo del buen uso de la analogía, referido al presente actual en España. El historiador Borja de Riquer cuestionó a Juan-José López Burniol, cuando este  propuso, como alternativa para evitar unas nuevas elecciones-finalmente se celebraron el 10-N de 2019-, la formación de un gobierno de gran coalición del PSOE, el PP y Cs, ya que sería el único ejecutivo con bastante autoridad para abordar y solucionar el pleito catalán. De Riquer adujo que el programa de PP y Cs sobre la cuestión catalana  y sobre el Estado de las autonomías imposibilitaba tal opción,  ya que se manifestaría como un ejecutivo nacionalista español,  que radicalizaría todavía más el pleito catalán, dificultando la posibilidad de creación de espacios de diálogo. Tal propuesta le recordaba al gobierno na­cional de Antonio Maura de 1918, que sólo duró ocho meses, de marzo a noviembre y que fra­casó radicalmente.

Los dirigentes nacionalistas son los que mejor juegan con la Historia y la manipulan para sus intereses. Según Yahya Zadowski “la mayor parte de los conflictos en el mundo no se arraigan en la historia; son nuevos y pueden acabar tan rápido como han surgido”. Al igual que la historiografía sobre el nazismo insiste en el papel de Hitler en el descenso al infierno de Alemania, el periodista británico Julian Borger recuerda el papel determinante de los líderes en  la violencia en la guerra de los Balcanes. “El simple hecho de que las matanzas hayan cesado tan rápidamente muestra el papel decisivo de los políticos. Los líderes nacionalistas llegados al poder cuando explotó Yugoslavia no luchaban por contener las pulsiones homicidas de su pueblo. Al contrario, crearon las circunstancias para que los sádicos y los psicópatas pudieran matar con total impunidad. Cuando estos dirigentes fueron eliminados y se acabó con ese clima permisivo, la sangre dejó de correr”.

Son los dirigentes quienes manipulan la Historia, aunque los pueblos pueden ser culpables de seguirles. No es la Historia la que he destruido Yugoslavia y sus horrores sino su hábil manipulación. Aunque según Winston Churchill “los Balcanes produce más historia de la que son capaces de  consumir”.

Una perversa nostalgia nacionalista por la Historia se ha incrementado con la crisis migratoria. Nigel Farage, líder del Brexit, se puso una corbata estampada con el Tapiz de Bayeux, que refleja la invasión normanda de Inglaterra en 1066. Mientras Turquía amenaza con abrir las compuertas, el griego, el serbio,  el austríaco, el húngaro y el italiano se muestran como los nuevos guardianes de la Europa cristiana y blanca. Jean-Marie Le Pen eufórico “¡Yo soy Carlos Martel!  Su hija Marine compara la llegada de los refugiados con las invasiones bárbaras del siglo IV.  Italia, que tuvo a Gasperi y Spinelli entre los fundadores de otra Europa tras la hecatombe de la II Guerra Mundial, tiene a Matteo Salvini, que cita a Mussolini y ataca al papa Francisco por su apoyo a  los inmigrantes. Durante las negociaciones con Turquía para acceder a la UE el titular de un semanario austriaco: ¡Los turcos a las puertas de Viena! Y un auténtico descerebrado, cuyo nombre no quiero ni citarlo, en el Parlamento europeo: “Sin las Navas de Tolosa, Lepanto y Carlos V todas las señoras de esta sala vestirían el burka”.  En definitiva, observamos cómo a Europa  su historia trágica del siglo XX se le echa encima, ya que su proyecto europeo se está resquebrajando.

A su vez, los nuevos nacionalismos de Europa del Este juegan peligrosamente con la Historia. En los países bálticos la guerra no acabó en 1945, sino en 1991, y el pasado se mezcla con el presente. Ahora la amenaza se llama “Putler”, (Put) in + Hit (ler). Y son irresponsables con el genocidio judío, borrado por la ocupación soviética. Según Maciek Wisniewski, en la liquidación del gueto en Kaunas –el centro del nacionalismo lituano y la capital en el periodo entreguerras– los más ardientes perpetradores fueron los lituanos: en uno de los episodios más nefastos (la masacre en los garajes Lietükis) un grupo de judíos fue ejecutado públicamente con bates y varillas de acero, mientras los nazis miraban y sacaban fotos; tras apalear a una docena de hombres uno de los verdugos se sentó en la pila de cuerpos, agarró el acordeón y tocó el himno nacional. Era mucho más de lo que Hitler hubiera imaginado.

En Polonia, la legislación aprobada en 2006 penaliza la “difamación” de la nación. El expresidente Jaroslaw Kaczynski puso en marcha una política de memoria para potenciar el heroísmo de los polacos y  prohibir toda referencia a los “campos de exterminio polacos”. De la  Masacre de Jedwadne (1941), hoy el presidente del Instituto de la Memoria Nacional, Jaroslaw Szarek, niega cualquier responsabilidad polaca, cuando ya fue demostrada por el historiador Jan T. Gross.

En Hungría, el nacionalcristianismo de Orban también coquetea con el revisionismo, borra el colaboracionismo y se desvincula de la deportación de los judíos. Añora la restauración del Imperio austro-hungaro. Y si alguien ignora el drama de la partición del Imperio y no apoya a los jóvenes húngaros  o está en contra de la doble nacionalidad (una propuesta de Budapest a los antiguos súbditos del Imperio desde 2004), no es una persona decente, en la línea de Putin para el cual quien no se arrepiente de la pérdida de las antiguas repúblicas soviéticas no tiene corazón.

La movilización de la Historia por parte de Putin es la glorificación del pasado de la nación rusa,  una Historia en la que ni ella ni sus gobernantes son culpables de ninguna de sus vilezas pretéritas. Putin no se siente culpable de nada. Los Juegos Olímpicos en Sochi en el 2008 conmemoraron el 150 aniversario del final de las guerras del Cáucaso. En el 2012 se celebró un doble aniversario, de la liberación de Moscú (1612) y la batalla del río Moscova (1812). El “Día de la Unidad Nacional”, instituido en el 2005, se conmemora la victoria del príncipe Pojarski sobre el invasor polaco, la victoria de la dinastía de los Romanov y el fin de los tiempos convulsos. Hay una visión de la Historia persistente: Rusia ha de repeler los ataques de Occidente, desde Napoleón, Hitler y la OTAN. El discurso oficial, de autocelebración, aleja definitivamente cualquier arrepentimiento colectivo. Los crímenes pasados son suplantados por la sublimación de hitos que alimentan el orgullo nacional. El pacto Ribbentrop-Mólotov, se justifica ahora a posteriori y su  protocolo secreto, por el que se dividían Europa en zonas de influencia,  se esconde, ya que Rusia prefiere hacerse pasar por víctima antes que por culpable. El Ministerio de Exteriores ruso ha publicado en la red social VKontakte que el pacto fue necesario para que la URSS retrasara la guerra, se fortaleciese y no quedarse aislada. En los últimos años tras la crisis ucraniana y las sanciones económicas Rusia, al sentirse marginada por Occidente,  ha intensificado la defensa de Stalin y de los éxitos soviéticos.  La “Ley sobre la invasión de la memoria histórica de la Segunda Guerra Mundial“ de 2014, prevé juicios penales a quienes impugnen la versión oficial de la Historia.

Los separatistas europeos, ante la posibilidad de una desintegración de la UE, rememoran sus batallas históricas; en Cataluña la derrota de Barcelona de 1714; en Escocia la victoria de Bannokburn en 1314.

En Francia los dos agujeros negros de su historia reciente, Vichy y Argelia, han sido tema tabú. A pesar del continuo cambio en los programas de Historia, también está retornando la Historia patriótica. Los candidatos a las presidenciales de 2017 fueron acosados con referencias a mitos nacionales como los galos y el bautismo de Clodoveo. Esta visión heroica de la Historia es grotesca, como cuando un político de derechas quiso repatriar el anillo de Juana de Arco o un diputado presentó un proyecto de ley para que la República se disculpase con los Reyes de Francia por haber profanado sus tumbas en 1793.

La historia no solo debe hacernos más razonables (para la vez siguiente), sino sabios...