martes 21/9/21

De la fruta madura a la manzana podrida

Resulta muy conveniente para conocernos mejor recurrir a personas de fuera, que al no estar inmersos en el fragor de la batalla diaria, les permite tener una visión más imparcial.  Yo tengo esta costumbre. Ejemplos hay abundantes. Como el del profesor portugués Gabriel Magalhâes, que acaba de publicar el libro Los españoles. Un viaje desde el pasado hacia el futuro de un país apasionante y problemático. Uno de los aspectos más relevantes que el autor manifestó en la presentación es que España es un país "de alto voltaje", atravesado por una línea de tensión y en el que siempre hay una parte que tiene miedo de quedar excluida. En este sentido, revela que siempre que vuelve a su país desde España se "desenchufa" y le invade una sensación de tranquilidad difícil de percibir en el país vecino de Portugal. "En España no se puede estar distraído" y "Es perfectamente posible que todo el mundo quepa, que nadie perciba riesgo de ser excluido, que todos puedan ser tal como es y que el resto se alegre de ello”. La tensión como esencia de lo “español” es clara, nada más hay que repasar nuestra historia, llenas de fratricidas guerras civiles.

O el brasileño Roberto Mangabeira, catedrático de la Universidad de Harvard y exministro de Lula, con su libro  España y su futuro, ¿un país en transformación? de 2009, donde nos dice que España es hoy un país sin un proyecto capaz de aprovechar su potencial. Existe un proyecto dominante en España, articulado por las elites y por los partidos. Pero es un proyecto que no sirve, porque no guarda relación íntima con las características más importantes y fecundas de la sociedad española. España, un país relativamente pequeño, se está convirtiendo, por culpa de la falta de imaginación de los que ocupan el poder, en un pequeño país, que al dejar de hablar con una voz diferente dentro de Europa, esta perdiendo contacto con las fuentes de su propia originalidad.

 Mas hoy quiero fijarme en Tom Burns Marañón, de doble nacionalidad hispano-británica, nieto de Gregorio Marañón, que fue corresponsal en la Transición de Financial Times y Washington Post y autor del libro De la fruta madura a la manzana podrida. El laberinto de la Transición española del 2015. La tesis central es que "la Transición fue la caída del árbol de la fruta madura" y hoy "la mercancía --la fruta, la manzana-- está podrida". Los cambios sociales, económicos y culturales propiciados por la dictadura, hacían inevitable la llegada de la democracia. La "fruta madura" fue el deseo asumido por la sociedad española de reconciliación y normalización política. Mas, ese nuevo proceso abierto terminó por dilapidar el gran entusiasmo engendrado en sus inicios, de ahí "la manzana podrida". Si todo ese torrente de ilusión colectiva se corrompió fue por una serie de motivos.

El miedo escénico al cambio en la clase política supuso la elaboración de una Constitución esculpida en piedra granítica, que imposibilitaba su adaptación y mejora de acuerdo con las lógicas exigencias del devenir de los nuevos tiempos. Toda regla tiene excepción, cabe recordar la reforma de nuestro artículo 135, que tanto daño ha hecho al PSOE.

Una ley electoral injusta diseñada con el objetivo de institucionalizar un régimen bipartidista de corte europeo. Podemos entender el objetivo del diseño del sistema electoral español por las palabras de Oscar Alzaga: “El sistema electoral fue elaborado por expertos, entre los cuales tuve la fortuna de encontrarme, y el encargo político era el de formular una ley por la cual el Gobierno pudiese obtener mayoría absoluta. Puesto que los sondeos preelectorales daban a la futura UCD un 36-37% de los votos, se buscó hacer una ley en la que la mayoría absoluta pudiese conseguirse con alrededor del 36-37%. Y con un mecanismo que favorecía las provincias rurales, donde en las proyecciones preelectorales UCD fuera predominante, frente a las industriales, en las que era mayor el voto favorable al Parido Socialista”. En las generales de 15 de junio de 1977 la UCD con el 34,4% de los votos alcanzó la mayoría absoluta con 165 diputados.  Y 39 después sigue el mismo sistema electoral. Jorge Urdanoz ha dicho con buen criterio que  el voto de todos ha de ser igual. Porque, si la ley es igual para todos, entonces todos hemos de ser iguales a la hora de establecerla. Es el punto de partida de la democracia. El voto igual es un derecho, tal y como afirman todas las teorías de la democracia y tal y como recoge la mismísima Declaración de los Derechos Humanos de 1948. Si en nuestro país no lo tenemos garantizado, será cuestión de exigirlo, y de hacerlo ya. Lanza una pregunta a los dos grandes partidos: ¿Quieren que los españoles tengamos un voto igual o no? En caso de que lo quieran, ¿por qué no han hecho nunca nada al respecto? No están acostumbrados a responder, lo sé, pero los ciudadanos, sobre todo los jóvenes, han cambiado ahí fuera. Mucho. Ya no se conforman con fantasmales y antipolíticos consensos heredados. Ahora quieren razones democráticas concretas. Otros partidos ya están respondiéndoles…

Y sobre todo el establecimiento de unos hiperliderazgos muy fuertes, como el de Felipe González consolidado por un triunfo arrollador en las elecciones generales de 1982 , sin que tuviera una auténtica oposición en el Parlamento tras la autodestrucción de la UCD --la única oposición provino de la UGT--, lo que supuso la construcción un partido muy jerarquizado y muy poco democrático en su funcionamiento interno, sin posibilidad de crítica ni debate, donde se elaboraban las candidaturas electorales en listas cerradas y bloqueadas. De ahí que el ejecutivo controlaba el legislativo, y este a partir del 1985 con la Ley del Poder Judicial al órgano de gobierno de los jueces, el Consejo General. Se le atribuyó a Alfonso Guerra la frase "Montesquieu ha muerto". Ese híperliderazgo de Felipe González lo heredó José María Aznar, una vez tomó las riendas del PP en 1989. ¿Quién se atrevía a discreparle sobre la guerra de Irak? ¿Quién denunciaba la corrupción? Y al final nombró a dedo, cual monarquía hereditaria, a su sucesor. El híperliderazgo de Pujol en CIU más de lo mismo. Tales híperliderazgos, una reminiscencia del franquismo, hicieron un grave daño a nuestro incipiente sistema democrático. Cabe pensar que los partidos emergentes no cometan el mismo pecado, aunque por lo estamos observando mucho me temo que van a ser más de lo mismo. ¿Quién se atreve a criticar Albert Rivera? ¿Y a Pablo Iglesias? En partidos monolíticos, jerárquicos y burocratizados consecuencia de los  híperliderazgos la llegada de "donativos" del mundo empresarial nadie los cuestionó, con la subsiguiente lacra de la corrupción. Auténtico cáncer de nuestra democracia.  Al respecto es recomendable la lectura del libro de Javier Pradera Corrupción y política. Los costes de la democracia, publicado en el 2014, sobre un manuscrito de 1994, que se mantuvo sin publicar. Realmente es impresionante por la crudeza, aunque plenamente veraz, en sus juicios. Ahí van un pequeño fragmento: “La financiación ilegal de los partidos se configura como una forma mafiosa de apropiación colectiva y distribución individualizada de la riqueza. Porque la recaudación ilegal de fondos en nombre de una organización política permite a sus dirigentes perpetuarse en el poder y disfrutar de un nivel de consumo y servicios equivalente al proporcionado por las rentas de un elevado capital.” El libro de Pradera concluye con distintas medidas para la reforma de los partidos, sin mucha confianza porque la tarea de prevenir los abusos de los partidos corresponde a los propios partidos. Y muestra su escepticismo con una metáfora: "Es como si las perdices y los conejos se encargasen de redactar la ley de caza”.

A partir de los 80, con el crecimiento económico, mejora del nivel de vida e implantación incuestionable por González del Estado de bienestar y la entrada en Europa, la sociedad española autocomplaciente por su "ejemplar" proceso de la Transición, se convirtió en una masa silenciosa que perdonó los pecados veniales y mortales de la clase política. Hubo de llegar la crisis del 2008 para despertar.

Todo lo expuesto, además de otros hechos, nos ha conducido a la situación actual de nuestra democracia, que necesita ser reseteada. Estamos en una segunda Transición, debido a una distinta matemática parlamentaria con nuevas fuerzas políticas, que tiene que llevar a cabo unas reformas necesarias que el bipartidismo no quiso hacer: ley electoral, ley de partidos,  implantación de la laicidad, financiación autonómica, reforma constitucional, vertebración territorial, regeneración institucional, etc. Reformas imprescindibles, porque nuestra democracia se ha hecho vieja, como le ocurrió en 1914 al sistema político de la Restauración borbónica de Cánovas y Sagasta. La historia, a veces se repite. En 1914 Ortega y Gasset en el Teatro de la Comedia de Madrid impartió una conferencia titulada Vieja y Nueva Política.

De la fruta madura a la manzana podrida