jueves 19.09.2019

¿Fin de la democracia? Primer paso hacia el desastre

Las líneas que vienen a continuación me parecen muy oportunas tras el resultado de las elecciones autonómicas en Andalucía. Pueden servir para hacernos reflexionar. Es todo un aviso a navegantes. Ahí van:

La primera lección es de no obedecer por anticipado, pues en el pasado el autoritarismo se ha nutrido en gran parte del poder que se le ha otorgado libremente. No pocos optaron por la claudicación preventiva ante la opresión

La historia nos enseña que las democracias mueren por medio de golpes militares. Durante la Guerra Fría las de Chile, Argentina, Brasil, Ghana, Grecia, Guatemala, Nigeria, Pakistán, Perú, Tailandia, Turquía y Uruguay así terminaron. En tiempos más cercanos la del presidente egipcio Morsi en 2013.

Mas, hay otros modos para derribar una democracia, menos cruentos pero igual de expeditivos. Pueden morir a manos de líderes electos, que subvierten el proceso mismo que les llevó al poder. Algunos lo hicieron de una vez, como Hitler al incendiar el Reichstag en 1933. Pero, lo más frecuente, es que las democracias se deterioren lentamente. Con un golpe de Estado clásico, como en el Chile de Pinochet, la muerte de la democracia es inmediata y visible. El presidente asesinado y la Constitución suspendida. Por la vía electoral no ocurre nada de esto. No hay tanques en las calles. La Constitución e instituciones democráticas siguen vigentes. La población sigue votando. Mas, los autócratas electos, como Trump, Erdogan, Orban, Putin, Modi, Duterte, Bolsonaro mantienen en apariencia la democracia, pero la van eviscerando. Muchas de las medidas que pervierten la democracia son «legales», al ser aprobadas por el poder legislativo y los tribunales. Incluso, las presentan para mejorar la democracia, asegurar la independencia del poder judicial, combatir la corrupción o perfeccionar las elecciones. La prensa sigue publicando, pero está comprada o presionada se autocensura. Los ciudadanos critican al gobierno. La población no se apercibe de lo que ocurre y cree disfrutar de democracia. Como no hay un hecho puntual, ni un golpe ni una ley marcial en el que el régimen cruce las líneas rojas para convertirse en dictadura, no aparecen las alarmas entre la población. Quienes advierten los abusos son alarmistas. Para la gran mayoría el deterioro de la democracia es imperceptible.

Ante este peligro, las democracias deben establecer mecanismos para evitar la llegada al poder de personas autoritarias, que puedan destruir la democracia. Es importante la reacción de la sociedad, pero la respuesta más importante debe surgir de las élites políticas y, sobre todo, de los partidos políticos para que actúen de filtro. En definitiva, los partidos políticos son o deben ser los guardianes de la democracia. Pero no es fácil reconocer a esos políticos autoritarios, porque estos camuflan sus intenciones y se presentan como perfectos demócratas. Viktor Orban se inició como demócrata liberal y en su primer mandato entre 1998-2002 gobernó democráticamente. Su cambio autocrático fue por sorpresa en el 2010.

¿Cómo identificar a los políticos autoritarios?  Ahí está el gran problema. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro Cómo mueren las democracias, tomando como referencia el libro de Juan Linz, publicado en 1978, La quiebra de las democracias, han establecido cuatro señales de aviso de comportamientos para identificar a una persona autoritaria. 1) Rechazo o débil aceptación, con palabras o acciones, de las reglas del juego democrático. (Suspender la Constitución, prohibir algunos partidos políticos, restringir los derechos políticos o civiles…) 2) Rechazo de la legitimidad de sus oponentes. (Calificarlos como subversivos o una amenaza para la democracia, y por ello negarles su participación política…) 3) Tolerancia o fomento de la violencia. (Tener lazos con bandas armadas, apoyar la violencia de sus partidarios, elogiar actos violentos, tanto pasados, como ocurridos en otros lugares…) 4) Predisposición a restringir las libertades civiles de la oposición, incluidos los medios de comunicación. (Apoyar leyes para limitar el derecho de manifestación, críticas al Gobierno o elogiar medidas represivas de otros gobiernos…) Un político que cumpliera uno de estos criterios es todo un síntoma de preocupación. Haciendo un inciso a la política española. Algunos de nuestros dirigentes actuales, cumplen los cuatro requisitos mencionados. No digo nombres, pero cualquiera puede conocerlos. Algunos han dicho en repetidas ocasiones su intención de ilegalizar a los partidos independentistas. Igualmente han deslegitimado a su oponente, al calificar a Sánchez como golpista, por haber llegado a la Moncloa con al apoyo de los partidos independentistas. En repetidas ocasiones se han mostrado tolerantes y condescendientes  con determinados actos violentos del pasado, como la dictadura franquista, al haberse abstenido sobre la Moción sobre la exhumación de Francisco Franco Bahamonde del Valle de los Caídos y la modificación y mejora de la Ley de la Memoria Histórica. Como también la predisposición a apoyar leyes que limiten determinados derechos civiles. Pablo Casado acaba de señalar estar dispuesto a pactar con VOX en una entrevista en Radio Nacional de España, para liderar una mayoría alternativa para desalojar a Susana Díaz. Ciudadanos tampoco descarta hablar con VOX.

Mas, mantener a los políticos autoritarios al margen del poder es más fácil decirlo que hacerlo. Las democracias no ilegalizan partidos ni candidatos. La responsabilidad de cribado es obra de los partidos políticos y sus líderes. Los partidos democráticos para ese distanciamiento pueden hacerlo de diferentes maneras. Mantener a los líderes en potencia autoritarios fuera de las listas electorales, aunque esto les suponga pérdida de votos. Escardar de raíz a los extremistas que están en sus filas. Eludir toda alianza con partidos y candidatos antidemocráticos, ya que en ocasiones los partidos democráticos se sienten tentados de alinearse con extremistas de su flanco ideológico para ganar votos. Cabe mencionar que tanto el PP y Cs no se han mostrado contrarios para formar gobiernos en un futuro con VOX, si lo necesitan. Adoptar medidas para aislar sistemáticamente a los extremistas, en lugar de legitimarlos. En los años 30 los políticos conservadores alemanes participando en mítines conjuntos con Hitler, lo legitimaron. Por último, cuando los extremistas se presentan como serios contrincantes electorales, los partidos democráticos deben hacer un frente común para derrotarlos, aparcar sus diferencias ideológicas y así salvar la democracia. En circunstancias excepcionales los líderes políticos de verdad ponen la democracia y al país por delante de sus partidos. Como aconteció en Bélgica y Finlandia en los años 20 y 30, donde sus líderes políticos se unieron y salvaron la democracia, al menos hasta la invasión nazi.

Las advertencias de Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro Cómo mueren las democracias, de septiembre de 2018 y escrito fundamentalmente por la llegada al poder de Trump, también las realizan otros historiadores, politólogos o filósofos. De David Runciman es el libro, Cómo terminan las democracias. De Yascha Mounk, El pueblo contra la democracia. Por qué nuestra libertad está en peligro. Y del discípulo de Tony Judt, Thimoty Snyder, Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del siglo XX. Libro muy sencillo, breve pero altamente aleccionador y una advertencia a la ciudadanía para evitar la quiebra de las democracias. A este último libro me referiré a partir de ahora.

Snyder nos muestra la acción política para ciudadanos conscientes de que la democracia está en crisis. Fijándose en los regímenes de Hitler y Stalin y cómo fueron posibles, sin que nadie se diese cuenta, nos propone una fórmula para enfrentarnos a las tiranías que se nos vienen encima. Parece una profecía de lo que nos espera después de los imperios emergentes, los partidos populistas, y los nacionalismos excluyentes. Los inicios de los regímenes de Hitler y Stalin, de la mano de un gran historiador, nos servirán de aviso a lo que estamos viendo. Es una voz de alarma, de toma de conciencia, y de propuestas de acción.

La primera lección es de no obedecer por anticipado, pues en el pasado el autoritarismo se ha nutrido en gran parte del poder que se le ha otorgado libremente. No pocos optaron por la claudicación preventiva ante la opresión, la censura y el ataque a los derechos y las libertades. Después de las elecciones de 1932 en Alemania, que llevaron a los nazis al gobierno, o tras las elecciones de 1946 en Checoslovaquia, donde los comunistas ganaron, se produjo la obediencia anticipatoria. Gracias a que en ambos casos un número suficiente de personas brindaron voluntariamente sus servicios a los nuevos líderes, los nazis y los comunistas se apercibieron de que podían avanzar rápidamente hacia un cambio total de régimen. Y después ya resultó imposible revertir los primeros e irresponsables actos de conformidad. La mayor parte de los alemanes o austriacos o los colaboracionistas de cualquier país como de la Francia de Vichy.… «supusieron lo que querían sus superiores y demostraron lo que se podía hacer». También muchos españoles supusieron lo que quería la dictadura franquista y le facilitaron el trabajo de represión. Según Maciek Wisniewski, en la liquidación del gueto en Kaunas –el centro del nacionalismo lituano y la capital del país en el periodo entreguerras– los más ardientes perpetradores fueron los lituanos: en uno de los episodios más nefastos (la masacre en los garajes Lietükis) un grupo de judíos fue ejecutado públicamente con bates y varillas de acero, mientras los nazis miraban y sacaban fotos; tras apalear a una docena de hombres uno de los verdugos se sentó en la pila de cuerpos, agarró el acordeón y empezó a tocar el himno nacional. Era mucho más de lo que Hitler hubiera imaginado.

La ciudadanía indiferente o confiada cree que las instituciones se sostienen por sí mismas o por los fundamentos democráticos que las sustentan. No, las instituciones hay que hacerlas nuestras y defenderlas cada día. Es un error presuponer que los gobernantes llegados al poder a través de las instituciones no pueden modificarlas ni destruirlas. A veces se las priva de vitalidad y de funciones, y se las convierte en un simulacro de lo que fueron, de modo que se ajustan al nuevo orden en vez de resistirse a él. Es lo que los nazis denominaban Gleichschaltung (coordinación). En menos de un año se consolidó el nuevo orden nazi. Lo hizo Putin una vez que llegó al poder. Y Trump. ¿Lo hará Bolsonaro?

Tras los riesgos llegan las propuestas de soluciones. El ciudadano consciente de lo que está pasando ha de implicarse en cada elección, votar siempre. «El protagonista de una novela de David Lodge dice que uno no sabe, cuando está haciendo el amor por última vez, que está haciendo el amor por última vez. Pues con el voto pasa lo mismo». Algunos alemanes que votaron al partido nazi en 1932 sin duda eran conscientes que podrían ser las últimas elecciones libres durante algún tiempo, pero la mayoría no lo sabía. ¿Los brasileños hoy están seguros de poder participar en otras elecciones libres? Como decía Víctor Klemperer: «No somos más sabios que los europeos que vieron cómo la democracia daba paso al fascismo, al nazismo o al comunismo durante el siglo XX».

Si «todos los grandes enemigos de la libertad fueron hostiles a las organizaciones no gubernamentales, a las instituciones benéficas…», lo que hay que hacer es crearlas y participar activamente en ellas.

Hay que desmarcarse de la gran mayoría. No es fácil. Incluso puede resultar extraño hacer algo diferente. Pero sin esa incomodidad, no hay libertad. Cuando alguien rompe el hechizo del statu quo, como lo hizo Rosa Parks, detrás vendrán otros.

Consolidar una vida privada, ya que los gobernantes se sirven de lo que saben de nosotros para manipularnos. Utilizar menos la red. Hablar más con la gente cara a cara. Conocer gentes de otros países. Creer en la verdad, ya que si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, al no existir base para hacerlo. La posverdad es el prefascismo. Investigar y comprender las cosas por uno mismo. Hacernos responsables de la información que consumimos y difundimos. Dedicar más tiempo a la lectura de libros y artículos largos. Subscribirse a la prensa seria y de investigación. Así el engaño es más difícil, aunque en política que a uno le engañen no es una excusa.

Citando a Hamlet, nos anima a asumir el riesgo de tomar decisiones, de participar en la vida pública, de no retraernos ante el mal como lo inevitable, y saber que somos responsables de lo que nos pase.  “Los tiempos están dislocados, ¡en mala hora nací para poder deshacer estos yerros!” pero tras el lamento, Snyder termina diciendo la última frase: “No, venid, vamos todos”, como un motor de esperanza.

¿Fin de la democracia? Primer paso hacia el desastre