lunes 27/9/21

España, el país que minusvalora la libertad y la dignidad

Esta España nuestra puede servir de paradigma de una democracia profundamente deteriorada.  Quizá sea porque sus habitantes estamos prestos a desperdiciar con prisa lo conquistado, como fue la débil y limitada democracia, que nos trajeron los padres de la  Inmaculada Transición. Ha sido una constante histórica. No tuvimos empacho alguno a cambiar el “Viva la Pepa” por el “vivan las caenas”, tras la llegada del malhadado Fernando VII.

El bullanguero pueblo madrileño, que hacía poco tiempo había condenado y desterrado para siempre a Isabel II y a toda su descendencia, instaurando un tiempo con enormes expectativas para la instauración de un régimen de libertades, aplaudía hasta la extenuación, una tarde de enero de 1875, la entrada triunfal de Alfonso XII.

Llegamos a la fecha del 14 de abril de 1931, en la que con grandes manifestaciones populares proclamamos la II República, sin derramamiento de sangre, ya vendría suficiente después. Nuevamente muchos españoles aborrecieron tales expectativas de libertad, desencadenando una dramática Guerra incivil. Manuel Azaña en la Velada de Benicarló  nos la define cruelmente a través de  Lluch (Negrín): “¡Utilidad de la matanza! Parecen ustedes secuaces  del Dios hebraico que, para su gloria espachurra a los hombres como el pisador espachurra las uvas, y la sangre le salpica los muslos. Vista la prisa que se dan a matar, busco el punto que podrá cesar la matanza, lograda la utilidad o la gloria que se espera de ella. No la encuentro. En los primeros años de este siglo, un autor escribía que para remedio de España era menester “un metro de sangre”. ¿Un metro? Más tendrán. Si el autor acertaba, España se remediará”.   A través de Garcés (Azaña): Ganaremos, perderemos… Bien. ¿Por qué ha sido necesario que ganemos o perdamos una guerra los unos o los otros? ¿Qué padecen los españoles para lanzarse a esta locura? No hablen ustedes de políticas de las derechas o de las izquierdas. No me basta. ¿Qué aberración fascinante arrastra a los promotores de este crimen contra la nación y a quienes la secundan? El hecho escandaloso, el más demostrativo, es la invasión extranjera. Con tal de reventar a los demás compatriotas, entregan la Península a un conquistador. Fuera de España, el caso no tiene semejanza en la historia contemporánea”.

Tras la “Larga noche de piedra” según Celso Emilio Ferreiro, advino la Inmaculada Transición, ejemplar y exportable a otras latitudes, que nos trajo un débil esbozo de democracia. Si ya estaba debilitada en su nacimiento, hoy está en trance extinción, de lo que somos culpables todos. Nuestra clase política que no ha tenido problema alguno en dinamitarla, como veremos luego. Y nosotros, los ciudadanos por nuestra falta de coraje por permitirlo.  Al respecto me viene a la memoria el artículo Sin pulso publicado por Francisco Silvela --hombre inteligente y cultivado, abogado y distinguido político conservador que llegó a la presidencia del Gobierno-- el 16 de agosto de 1898, en el periódico El Tiempo de Madrid, poco después del desastre colonial, que causó una gran conmoción en la opinión española. Decía: Quisiéramos oír esas o parecidas palabras brotando de los labios del pueblo; pero no se oye nada: no se percibe agitación en los espíritus, ni movimiento en las gentes. Los doctores de la política y los facultativos de cabecera estudiarán, sin duda, el mal: discurrirán sobre sus orígenes, su clasificación y sus remedios; pero el más ajeno a la ciencia que preste alguna atención a asuntos públicos observa este singular estado de España: dondequiera que se ponga el tacto, no se encuentra el pulso.

Nuestra clase política es, como señalaba, culpable del deterioro de nuestra democracia. Un presidente del Gobierno que remite un sms: “Luis sé fuerte”. Un partido que financia las obras de su sede central con Cajas B. Y el jefe de la banda decía:  “Entraba en Génova con una tarjeta como la de los miembros de la Ejecutiva”. Un ministro del Interior que escucha regocijado y sin inmutarse: “Les hemos destrozado el sistema sanitario”. Un gobierno que lleva a cabo recortes brutales del Estado de bienestar y de derechos y libertades. Dos expresidentes de una comunidad autónoma y de un partido llevados a juicio oral. Unos dirigentes de un partido que comparan unas primarias para la elección de su secretario general con la Operación Triunfo; y que arrojan al cubo la basura las papeletas de 5.424.709 de sus conciudadanos. Un expresidente de una comunidad que durante 34 años tuvo dinero fuera de España, producto de una herencia paterna y que en este largo período no había encontrado la ocasión oportuna para regularizar su situación ante Hacienda y que de haber muerto hace unos años habría dado su nombre a muchas de sus calles y plazas.

Que estén plenamente justificadas las críticas hacia la clase política, este hecho no significa que nosotros estamos exentos de culpa de la situación política actual, aunque no lo reconozcamos por falta de sinceridad y de hipocresía. La crítica generalizada hacia los políticos nos permite librarnos de algunas críticas que, de no existir ellos, tendríamos que dirigir a nosotros mismos. ¿De dónde han salido nuestros políticos? No han venido de Marte. ¿Cómo es posible que una clase política tan incompetente y corrupta haya surgido de una sociedad tan pura e inmaculada? Si los políticos lo hacen todo tan mal, no puede ser que el pueblo lo haya hecho todo bien.  Evidentemente que no obramos bien. Es práctica usual el regocijo con la corrupción de no pocos españoles según su procedencia. Usando términos de Unamuno, con el Gürtel disfrutan, hunos. Con los Eres de Andalucía, hotros. Y si de un nacionalista catalán, hunos y hotros. Son corruptos los que corrompen, los que se dejan corromper, los que votan a los corruptos y los que no los denuncian. Ya lo cantó Joan Báez:  “Si no luchas por acabar con la corrupción y la podredumbre, terminarás formando parte de ella”. Por tanto, que cada palo aguante su vela.

No quiero desaprovechar la ocasión para hacer una recomendación a mis conciudadanos. Recomendación que de tenerla en cuenta, es probable, es mejor seguro, que nuestra democracia gozaría de mucha mejor salud. En el libro Diálogo en torno a la República que intervienen Norberto Bobbio y Maurizio Viroli, este último nos hace una definición breve pero preciosa, toda una lección de Educación para la Ciudadanía, de la virtud cívica, que es el verdadero significado del ideal republicano del amor a la patria. No la voluntad de inmolarse por la patria. Es una virtud para quienes quieren vivir con dignidad y, sabiendo que no se puede vivir dignamente en una comunidad corrupta, hacen lo que pueden y cuando pueden para servir a la libertad común; ejercen su profesión a conciencia, sin obtener ventajas ilícitas ni aprovecharse de la necesidad o de la debilidad de los demás; su vida familiar se basa en el respeto mutuo, de modo que su casa se parece más a una pequeña república que a una monarquía o a una congregación de desconocidos unida por el interés o la televisión; cumplen con sus deberes cívicos, pero no son dóciles; son capaces de movilizarse con el fin de impedir que se apruebe una ley injusta o presionar a los gobernantes para que afronten los problemas de interés común; participan en asociaciones diferentes; siguen los acontecimientos de la política nacional e internacional; quieren comprender y no ser guiados o adoctrinados, y desean conocer y discutir la historia de la república, así como reflexionar sobre la memoria histórica.

España, el país que minusvalora la libertad y la dignidad