Miércoles 19.06.2019

El diálogo transforma, desarma, humaniza

“Para dialogar, preguntad primero;  después… escuchad.

Busca a tu complementario, que marcha siempre contigo, y suele ser tu contrario.

 En mi soledad he visto cosas muy claras,  que no son verdad.

 ¿Tu verdad? No. La verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, Antonio Machado.


Si estamos donde estamos en relación con la cuestión catalana se debe a la ausencia de diálogo entre determinadas fuerzas políticas. A esta ausencia de diálogo han contribuido con auténtico frenesí determinados medios de comunicación. Ha sido y sigue vigente un periodismo de trincheras, desde allá y desde acá. Una prueba irrefutable de que la democracia auténtica no ha calado todavía en determinados sectores de la sociedad española. Es una secuela del franquismo. Por ello parece oportuno recurrir  a lo que expresan algunos politólogos de reconocido prestigio  sobre la  importancia del diálogo en  la democracia.

Norberto Bobbio ha sido gran promotor del diálogo como coexistencia pacífica en la democracia, quien, al referirse a las relaciones entre política y cultura, formula una «afinidad electiva» con el principio del diálogo, haciendo del coloquio, de la conversación y del intercambio racional su núcleo principal. La referencia al diálogo ha ocupado un lugar privilegiado en sus escritos, en los que considera al coloquio como un ejercicio capaz de estimular las convicciones democráticas que se manifiestan en una determinada sociedad. Al analizar las características básicas del diálogo democrático evidencia de modo claro su naturaleza política, así como las modalidades que adquiere cuando lo practican los distintos actores políticos. En este sentido, otorga al diálogo una «naturaleza ético-política» particularmente importante en el mantenimiento de la coexistencia pacífica. Esta valoración atañe al conjunto de procedimientos que en una democracia garantizan la posibilidad de soluciones diferentes a un mismo problema, reconociendo como válida la existencia de interpretaciones diversas acerca de una misma realidad. Abogar por el ejercicio del coloquio ha sido una de sus constantes preocupaciones en la medida en que en una democracia el diálogo representa una modalidad privilegiada del «hacer política» que intensifica los contactos y la interacción. Lo loable de la posición asumida por Bobbio consiste en que ha mantenido la defensa del diálogo incluso bajo circunstancias y contextos que no siempre fueron propicios para el desarrollo democrático, como el periodo de la Guerra Fría. Dialogo es debate, argumentación, es en la raíz el reconocimiento de la existencia de unos y otros. Lo resume así: “ La fe en la razón quiere decir confianza en la discusión, en los buenos argumentos, en la inteligencia que dirime las cuestiones oscuras, en contra de la pasión que las hace incluso más turbias y en contra de la violencia que elimina desde el inicio la posibilidad de dialogo”.

Rodolfo Arango, Magistrado del Tribunal  Especial para la Paz de Colombia, en un artículo muy esclarecedor titulado La virtud del diálogo escribe que Habermas hace su propia propuesta. La acción comunicativa, pretende rescatar la democracia de las ruinas en que acabó el proyecto de la Ilustración luego del genocidio judío.  Rechaza la desesperanza, pese al desencanto con la modernidad. El pesimismo es algo demasiado costoso que no podemos darnos el lujo de practicar. Si vivimos en un mundo donde todo yace en fragmentos, donde han perecido los grandes metarelatos, donde ya no es posible defender una idea unitaria del bien ni de la justicia, parecería que estamos condenados al relativismo moral. En estas circunstancias, el poder y la fuerza dominan las relaciones humanas, no el ejercicio autónomo de la razón. A ese fatalismo irracional opone una renovada concepción de la acción humana. Lo que nos une como especie es la capacidad de comunicarnos cooperativamente. Usamos el lenguaje no sólo como instrumento para alcanzar fines. También lo hacemos buscando entendimiento con otros y para expresar estados de ánimo propios. El diálogo nos permite llegar a un entendimiento intersubjetivo sin recurrir a la violencia o la coacción.

Ese principio básico del diálogo como esencia de la democracia lo asumió y lo expresó muy bien Pedro Sánchez  en su acto de proclamación como candidato socialista a la Presidencia del Gobierno en junio de 2015. Parafraseando a Fernando de los Ríos, el líder socialista abogó por "abrir un tiempo de tolerancia y respeto que permita el diálogo fructífero" ya que "la única revolución que hace falta en España es la revolución del respeto”. Los problemas a los que nos enfrentamos como sociedad no pueden reducirse a una cuestión moral, aunque sin ética no hay convivencia. Pero nuestros problemas son políticos y tienen que abordarse políticamente. Y si la política es diálogo, la política democrática es un diálogo reforzado. Diálogo es lo que ha faltado durante estos años en uno de los temas que más deberían ocuparnos, como es el de las relaciones entre el Gobierno central y el de Cataluña. No es aceptable que dos gobiernos democráticos hayan vivido durante casi cuatro años de espaldas uno de otro, calculando los réditos del conflicto, sin comprender la ruina colectiva a la que nos llevan sus cálculos”.

Y en estos momentos como presidente del Gobierno del Reino de España, Pedro Sánchez plenamente coherente con su discurso anterior, continúa defendiendo el diálogo para tratar de encauzar de una manera razonable la cuestión catalana. Realmente la tarea para Sánchez va a ser muy compleja. Ni que decir tiene que desde determinadas fuerzas políticas de carácter  estatal, el PP y Cs se lo van a poner muy difícil.  No pretenden convencer, sino derrotar y humillar al enemigo. Como tampoco quieren el diálogo determinados sectores, cada vez menos por la política de distensión de Sánchez, del independentismo catalán, encabezados por Puigdemont y Torrá. Pero ambos se retroalimentan, se necesitan. Son posturas irreconciliables. Y son irreconciliables si desde un planteamiento se aduce que en septiembre y octubre de 2017 las autoridades catalanas llevaron a cabo un golpe. Y si desde el planteamiento independentista se replica que en España no está vigente la democracia, sino un régimen neofranquista.  Planteamientos totalmente falsos, ni hubo golpe, lo que no implica que  no se saltaran la legalidad; como también es falso aducir que en  España no exista una democracia, lo que no significa que sea perfecta. Desde esas posiciones, se cierra la puerta a un mínimo entendimiento entre las partes. Con golpistas no  hay nada que hablar: se los detiene, juzga y encarcela. Con un régimen neofranquista no cabe colaboración alguna. Y esto es un círculo vicioso, del que habrá que salir. Es lo que está intentando Pedro Sánchez.

Quiero terminar con las palabras finales del artículo de Rodolfo Arango, plenas de actualidad para los momentos actuales, y especialmente dirigidas a todas esas mentes recalcitrantes y cerradas a cualquier solución dialogada, en definitiva, razonable.   Ahí van, para que mediten:

“El telos del lenguaje nos conduce fuera del laberinto… Largos años de diálogo en La Habana entre enemigos, hoy meros adversarios; intensas negociaciones entre partidarios del Sí y del No para reformular y precisar el acuerdo final de paz; estos son sólo dos ejemplos que muestran el avance de la democracia dialógica en Colombia. El diálogo transforma, desarma, humaniza. Podemos mirar con moderado optimismo el futuro. No todo está perdido en un mundo ajeno a la virtud y carente de una concepción unitaria del bien. Mientras persistamos en el diálogo, demos oportunidades a todos, y tengamos lealtad con las decisiones emanadas de la acción comunicativa, podremos desterrar la violencia y construir una comunidad más justa, digna y solidaria”.

El diálogo transforma, desarma, humaniza