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lunes. 26.09.2022

La demonización de la clase obrera

Algunas notas y reflexiones tras la lectura del libro de Owen Jones “CHAVS La demonización de la clase obrera”...

Acabo de leer con gran interés el libro de Owen Jones CHAVS La demonización de la clase obrera, que pude conocer a través de un artículo de Daniel Raventós -uno de los primeros y más activos impulsores de la Renta Básica Universal, considerada hoy por una gran mayoría una auténtica locura y que en el futuro se alcanzará como ocurrió con el sufragio universal- de título además de claro, sobrecogedor Esterilizar a los pobres, pero nunca garantizar su derecho a la existencia. A pesar que nos autoproclamamos con una excesiva complacencia como animales racionales, por nuestros comportamientos hacemos buenos al resto de los animales.  Raventós nos dice algo increíble, Thomas Nixon Carver, catedrático de Harvard entre 1902-35 defendió para luchar contra el paro y la pobreza el esterilizar a los palmariamente ineptos: los que no alcanzaban un ingreso anual de 1.800 dólares. En los años 30 del siglo XX, incluía al 50% de la población de los EEUU, unos 60 millones de personas. Algún despistado podrá aducir y relativizar que esto se dijo en un contexto histórico determinado. Pues no. En el presente actual, en 2013, la australiana Gina Rinehart, una de las mujeres más ricas del mundo, defendió su propuesta para combatir la crisis económica en Australia: "Evitando que los pobres procreen, crearemos una nueva clase de australianos inteligentes, trabajadores y bien pagados que forjarán nuestro futuro económico". Al respecto, no resulta inoportuna la reflexión de Honoré de Balzac “Detrás de cada fortuna hay un delito”. En muchos casos las vinculaciones son muy claras: riqueza-corrupción, riqueza-fraude fiscal, riqueza-herencia, riqueza-robo, o una combinación de todas ellas. Repasen el origen de muchas de las fortunas amasadas estos años merced a la burbuja inmobiliaria en esta querida España nuestra, por todo un conjunto de españoles, que simultáneamente alardean de patriotismo y depositan sus injustos beneficios en paraísos fiscales. O como denuncia José Ramón Villanueva en su artículo “Farmacocraia: un negocio malsano”  la codicia desmedida de la multinacional farmacéutica Gilead, propietaria de la patente del medicamento Sovaldi, de probada eficacia para combatir al VHC. En el documentado estudio de Pablo Martínez Moreno titulado Gilead, Sovaldi y Hepatitis C: la bolsa o la vida, pone de manifiesto no solo el poder de Gilead, sino sus conexiones con los principales fondos de inversión globales, con la banca y con importantes empresas internacionales. Los enormes beneficios que reporta la comercialización de Sovaldi, han hecho que las acciones de la multinacional Gilead se hayan revalorizado en la bolsa un 185% desde el año 2013. De este modo, dicha empresa está ganando miles de millones de euros a costa de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte de los enfermos de VHC”.

Retorno al libro de  Owen Jones, el cual plantea una tesis muy clara, cual es que en el Reino Unido la clase obrera hoy, no solo es ignorada, sino también despreciada y ridiculizada. De ahí el uso de Chavs, término peyorativo para referirse a la subcultura de la clase trabajadora inglesa (sobre todo a los jóvenes, aunque no solo). Según este estereotipo, llevan ropa deportiva de marca, bisutería llamativa, viven de las prestaciones y en viviendas sociales. No obstante esta palabra es aplicada con desprecio a toda la clase trabajadora en su conjunto. Esta situación tiene un inicio. El ascenso al poder de Margaret Thatcher supuso un asalto brutal a los pilares de la clase obrera. Sus instituciones, como los sindicatos y las viviendas de protección oficial fueron desmanteladas; se liquidaron sus industrias, de las manufacturas a las minas; sus comunidades quedaron destrozadas y nunca más se recuperaron; y sus valores, como la solidaridad y la aspiración colectiva fueron barridos en aras a un brutal individualismo; sembró la idea de que Inglaterra era un país de clase media, a la que todo el mundo podía acceder, quien no lo conseguía era por su incapacidad e ineptitud. Tony Blair, discípulo aventajado de la Dama de Hierro, también lo creyó. lo asumió y lo defendió, ya que es frase suya siendo todavía líder laborista “Todos somos clase media”. Los discursos de los políticos están salpicados de promesas para ampliar la “clase media”. La pobreza y el desempleo otrora eran vistos injusticias derivadas de fallos del sistema capitalista que debían solucionarse. Hoy son consecuencia del comportamiento personal, de defectos individuales e incluso de una elección. Mas decir que todos somos clase media es una falacia, ya que existe clase obrera, pero negar su existencia, hacerla desparecer, si se quiere, ha sido muy útil políticamente. El mantra de todos somos clase media es un mito: al fin y al cabo, si todo el mundo se volviera clase media, ¿quién atendería las cajas de los supermercados, vaciaría los cubos de la basura? Mas si alguien plantea la cuestión de las clases sociales, se ignoran sus argumentos y se le tacha de dinosaurio aferrado a prejuicios antiguos y obsoletos.

Pretender que la clase trabajadora ya no existe, hacerla desparecer si se quiere, es muy útil desde el punto de vista político. La caricatura chav ha servido para ocultar la mayoría de la clase trabajadora. Como muy bien saben los ideólogos de las élites, la clase trabajadora ha sido siempre la fuente de apoyo político de la izquierda. Que la izquierda está indisolublemente unida a las aspiraciones y las necesidades de la clase trabajadora se refleja en el nombre de Partido Laborista. Si no hay una clase trabajadora que defender, la izquierda se queda desprovista de toda misión y sin razón de existir.

Todo lo expuesto es aplicable a la situación española actual. Se extendió hasta hace poco la idea de que todos éramos clase media. Y muchos trabajadores, que vivían con el producto de su trabajo, consideraban un insulto el ser llamados trabajadores. Todos éramos clase media.  Como sabemos hoy esto ha sido una gran mentira. Existe una clase trabajadora, pero por nuestra torpeza y por nuestra prepotencia, hoy aunque parezca contradictorio a la vez se niega su existencia, por lo que nadie se atreve a hablar de ella y por ende a defenderla; y a la vez se denigra, insulta y ridiculiza. Hoy las únicas voces oídas son las representativas de las élites políticas y económicas: De Guindos habla de competitividad; Fátima Bañez  de las excelencias de su reforma laboral; Rosell de reducción de los salarios por debajo del mínimo para crear empleo. ¿Quién habla y defiende hoy a los trabajadores? Los sindicatos con unos líderes más caducos que la mojama, no sé si por sus servidumbres con la administración o por sus presuntos delitos de corrupción, permanecen en un silencio más que sospechoso. Y cuando lo hacen sus voces son prácticamente silenciadas. Se repite la situación de Inglaterra milimétricamente.

El libro de  Owen Jones proporciona otros datos muy interesantes sobre la situación actual en Inglaterra extrapolables a España y que me han servido de motivo para una profunda reflexión. Según un informe de la Oficina para la Equidad de Acceso, los chicos inteligentes de la quinta parte más rica de Inglaterra tienen siete veces más probabilidades de ir a la universidad que los del 40% más pobre. A medida que subes puestos en la clasificación, con Oxford y Cambridge a la cabeza, el desequilibrio crece. En 2002-2003, el 5,4% de los alumnos de Cambridge y el 5,8% de los de Oxford provenían de barrios de clase humilde. En 2008-2009, los porcentajes eran 3,7% y 2,7% respectivamente. En el 2006-2007, solo 45 chicos que solicitaron comidas escolares gratuitas entraron en Oxford y Cambridge, de entre unos 6.000 admitidos. Si titulación académica es conditio sine qua non para el acceso a los puestos de ministro, de ahí se deriva que la gran mayoría de ellos en Inglaterra son de extracción socio-económica media-alta, circunstancia que supone la elección de determinadas opciones políticas.

Fijémonos en Cameron, de niño fue al colegio privado Heatherdown, donde estudiaron los príncipes Andrés y Eduardo. A los 11 años viajó en Concorde a los Estados Unidos  con 4 compañeros al cumpleaños de Peter Getty, nieto del magnate del petróleo John Paul Getty. Un antiguo tutor, recuerda ver a Cameron y a sus amigos comiendo caviar, salmón y ternera a la bordelaise, y levantarle la copa de Dom Perignon del 69 para hacer un brindis: ¡Señor a su salud! Antes de llegar a la universidad se educó en el colegio Eton, el lugar de formación de la élite política británica. Por ello, no debe sorprendernos que 23 de los 27 ministros de su primer gabinete fueran millonarios. Son las élites que creen tener derecho a gobernar. Y gobiernan para los suyos, lo triste es que todavía existe gente que no se ha apercibido de ello.

Si echamos la vista atrás, nos dice Owen Jones, el gabinete ministerial laborista que puso en marcha el Estado de bienestar tras los destrozos de la II Guerra Mundial, el contraste es casi obsceno. Los más destacados del Gobierno de Clement Attlee fueron Ernest Bevin, ministro de Exteriores; Nye Bevan, fundador de la Seguridad Social; y Herbert Morrison, el número dos de Attle. Todos eran de origen obrero, y en sus inicios fueron peón agrícola, minero y dependiente en una tienda, respectivamente. Y sin formación académica fueron capaces de llevar a cabo políticas para el progreso de la  gran mayoría de la sociedad. En cambio hoy muchos ministros socialdemócratas europeos tienen unos currículos académicos espectaculares, y su extracción social mayoritariamente está muy desvinculada de la problemática de la clase obrera. Puede que aquí este el origen del deambular errante y sin rumbo de la socialdemocracia europea, causa clave de todo el sufrimiento acumulado en amplios sectores de la sociedad de la Europa actual.

Por todo lo expuesto, el libro de Owen Jones debería ser de lectura obligada para los dirigentes de la socialdemocracia europea, y tras una lectura sosegada realizasen unos ejercicios espirituales y así recuperasen las señas de identidad de esta ideología política, actualmente desnortada, que ignora de dónde viene y tampoco sabe a dónde va.

La demonización de la clase obrera