jueves 28.05.2020

¿Por qué debería preocuparme yo por las generaciones futuras? ¿Acaso han hecho ellas alguna vez algo por mí?

Existe una crisis medioambiental gravísima, que de no surgir pronto medidas correctoras, vamos inexorablemente a una gran catástrofe. Especialistas la corroboran. Naomi Klein en Esto lo cambia todo: El capitalismo contra el clima. Jorge Riechmann en 3 libros: 1) Moderar extremistán. Sobre el futuro del capitalismo en la crisis civilizatoria.; 2) El socialismo puede llegar sólo en bicicleta y  3) Autoconstrucción. La transformación cultural que necesitamos. The Worwold Institute en La situación del mundo 2014. Gobernar para la sostenibilidad. La lectura de estos libros me ha propiciado que mi temor sobre la gravedad medioambiental actual de nuestro Planeta Tierra se haya incrementado en grado sumo con respecto, al que ya tenía antes. No en vano, en el pasado siglo XX, además de los más monstruosos genocidios, se sucedieron desastres ecológicos gravísimos, como: el del Mar de Aral que ha pasado a llamarse el desierto de Aral Karakum; en 1957, en la zona de los Urales, la fábrica Mayak (también conocida por Cheliabinsk-40 o Cheliabinsk65), sufrió uno de los peores episodios de la historia nuclear, con un gran escape de estroncio-90, que generó mutaciones genéticas, leucemias y malformaciones congénitas; Chernobil en Ucrania en 1986, que supuso una cantidad de material radiactivo liberado, unas 500 veces mayor a la bomba de Hiroshima; el Gobierno de Irak arrojó al golfo Pérsico en 1991 más de un millón de toneladas de crudo de los pozos de Kuwait para evitar el desembarco aliado; en 1989, el encallamiento del Exxon-Valdez generó una marea negra sobre 2.000 kilómetros de litoral en Alaska. Y en España en el 2002, el del Prestige el mayor desastre ecológico en nuestra historia, con unas 64.000 toneladas sobre las costas gallegas. Y recientemente el documental sobre China: Under the dome (Bajo la cúpula) de la experiodista de la televisión estatal Chai Jing, en el que se señalan las causas de la contaminación: la dependencia del carbón como principal fuente primaria de energía y la reticencia de las petroleras a mejorar la calidad de las gasolinas, dato esencial visto el crecimiento espectacular de su parque móvil. Pero no solo es el tema energético: en China se incumplen sistemáticamente las normas de instalar filtros y tratar los residuos, para mantener la productividad, con las graves consecuencias en el aire y en el agua. Según Riechmann en China, el nivel de contaminación atmosférica en muchas zonas es tal que procesos como la fotosíntesis y la polinización están seriamente amenazados, con sus efectos nocivos en el ámbito agrícola. La existencia del cambio climático y sus secuelas nocivas son incuestionables. Se habla ya de ecocidio.

No obstante, el gran porcentaje de contaminación se produce en los países desarrollados, encabezado por los Estados Unidos. Richard Heede ha revelado que alrededor del 40% de las emisiones de carbono acumuladas desde los inicios de la Revolución Industrial son responsabilidad de solo 81 corporaciones privadas y estatales, mientras que solo nueve países de economías planificadas lo hicieron en otro 21%. Estamos ante una situación de emergencia energética mundial. Los enfoques actuales para controlar la contaminación, basados en la regulación y en el mercado-incluyendo los impuestos y los mercados de carbono- han fracasado porque no se enfrentan a las corporaciones y no han sabido frenar la demanda energética. Un dato esclarecedor: 25 compañías acaparaban el 58% de las inversiones mundiales exploratorias de petróleo y gas, y  tienen que rentabilizar esas inversiones  para beneficio de una reducida clase de accionistas. Entre ellas las había privadas como ExxonMobil, Chevron, Royal Dutch y BP; y también estatales o semiestatales como Petrobas, Gazpron o Pemex. Hace falta una transición equitativa y a tiempo del modelo energético, que solo será posible con una democracia energética que implica tres objetivos: (1) oponerse a los planes de las grandes corporaciones del sector energético; (2) recuperar las partes de la economía energética correspondientes al sector público que han sido privatizadas o mercantilizadas y (3) reestructurar el sistema energético mundial con el incremento masivo de las energías renovables y bajas en carbono, fomentar el ahorro de energía, y garantizar un mayor control democrático y comunitario del sector energético. La tarea será complicada y tendrá que realizarse al margen del marco neoliberal. Es la única opción para la consecución de un mundo sostenible y exigible desde un punto de vista ético, como exponen Antoine Ebel y Tatiana Rinke en su artículo Escuchar las voces de los jóvenes y de las generaciones futuras. Los pueblos primitivos tienen mucho que enseñarnos a nosotros los civilizados. Los iroqueses, pueblo originario de América del Norte, se regían por el Principio de la Séptima Generación, según el cual toda acción o decisión deberá tener en cuenta sus efectos hasta en las siete generaciones venideras. Nosotros, tal como es nuestro desarrollo, somos incapaces, como especie, de garantizar el bienestar ecológico de una o dos generaciones que nos sucedan, y mucho menos de siete.

Afortunadamente, la equidad o justicia intergeneracional a nivel ambiental va adquiriendo protagonismo y se refleja ya en textos nacionales e internacionales. Organizaciones, como el Wordl Future Council, tratan de alcanzarla. Algunos países en sus textos constitucionales la han consagrado, como Bolivia, Ecuador, Alemania, Noruega, Kenia y Sudáfrica. En la noruega, su artículo 110(b)  señala que los recursos naturales deberán ser gestionados en base a consideraciones comprehensivas y a largo plazo, para que este derecho se salvaguarde asimismo a las generaciones futuras. Esta redacción esta en la línea expresada por la Comisión Brundtland en 1987 : “Estamos tomando prestado el capital ambiental de las generaciones futuras (GF) sin intención ni perspectivas de reembolso”. Y si lo hacemos así, es porque las GF no votan, no tienen poder político ni financiero, ni pueden oponerse a nuestras decisiones. Ya se han producido algunas sentencias judiciales pensando en las GF, como lo hizo en 1993 el Tribunal Supremo de Filipinas tras una queja de un grupo de niños que se oponían a la deforestación, dictaminando que tales niños podían representar a las GF. Como nadie puede hablar por ellas, algunos países han creado instituciones para su defensa: Israel en 2001 una Comisión; Hungría en 2008 un Defensor. También han surgido en algunos países como Noruega o Australia, los Fondos, procedentes de la extracción de recursos, para que las GF puedan enfrentarse a daños ambientales. Son de valorar todas estas iniciativas vinculadas con la equidad o justicia intergeneracional, mas todavía son excepcionales. Hasta ahora, nuestra conducta recuerda la famosa ocurrencia de Groucho Marx: ¿Por qué debería preocuparme yo por las generaciones futuras? ¿Acaso han hecho ellas alguna vez algo por mí? Palabras que podrían haber sido emitidas por Trump, que acaba de retirar a los E.E.U.U. del Acuerdo de París y de cancelar las ayudas al Fondo Verde. En un aviso a navegantes una grieta en el sector C de la plataforma Larsen de la Antártida, cerca de Argentina, ha crecido tantos en los últimos días que amenaza con desprender el mayor iceberg visto en décadas.

¿Por qué debería preocuparme yo por las generaciones futuras? ¿Acaso han hecho ellas...