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jueves. 18.08.2022

Cuando el inmediato futuro se presenta turbio y problemático el hombre vuelve atrás la cabeza

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El franquismo es hoy un espectro del pasado más o menos molesto, pero operativo

Son tantos y tan problemáticos los acontecimientos actuales en los que estamos inmersos los españoles, que nos resulta muy complicado poder asumirlos y entenderlos. Uno de ellos: ¿Cómo es posible que tenga tanto respaldo electoral una fuerza política que añora el franquismo? Por ello, a veces, resulta terapéutico olvidarte del presente y sumergirte en los tiempos pretéritos. Por diferentes razones, entre ellas la señalada por Ortega y Gasset en el prólogo a la obra de Guizot Historia de la civilización en Europa: “Siempre ha acontecido esto. Cuando el inmediato futuro se hace demasiado turbio y se presenta excesivamente problemático el hombre vuelve atrás la cabeza, como instintivamente, esperando que allí, atrás, aparezca la solución. Este recurso del futuro al pretérito es el origen de la historia misma…”.

Hace 207 años, un 19 de marzo, fue promulgada la Constitución de Cádiz. Según el catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza Manuel Ramírez, en un trabajo Sobre la Constitución de Cádiz, el profesor Sánchez Agesta nos cuenta que estando de vacaciones en Granada, el egregio historiador Cristóbal Dawson le solicitó que le llevará como lectura para esos días, cuanto hubiera de nuevo sobre las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812. Y que Sánchez Agesta al preguntarle por las razones de tal curiosidad, Dawson le replicó: "1812 es una de las fechas europeas de España". La respuesta es atinada. Pocos acontecimientos históricos españoles en los últimos 200 años han alcanzado mayor trascendencia como nuestro primer texto constitucional, ya que sirvió de referente político liberal para países como Italia, Portugal y de Sudamérica. De tal fecha los españoles podemos alardear. Por el contrario, de otras como 1492, Expulsión de los judíos; 1609-10, Expulsión de los moriscos, no.

El inicio de la Guerra contra el francés --la denominación de la Independencia fue de los años 20 y 30 del siglo--, tras la brutal represión de los invasores ante los acontecimientos del 2 de mayo y las renuncias de la familia real en Bayona, originó la Revolución española. Sin la primera hubiera sido harto difícil la segunda. Para España, el 1808 equivale al 1789 francés. El descrédito de las instituciones del Antiguo Régimen fue total. Ni la Junta de Gobierno dejada por Fernando VII ni el Consejo de Castilla estuvieron a la altura del momento, para ponerse al frente de la lucha contra los franceses. Esta situación, colocó al pueblo español por primera vez en la historia en la coyuntura de asumir la soberanía, que estaba en la calle. Y supo hacerlo. Por ello, surgieron desde abajo para organizar el gobierno y la lucha Juntas locales y provinciales, en Oviedo, Valencia, Sevilla, etc. El caso de Zaragoza muestra las diversas fases de formación del nuevo poder. La ruptura con las autoridades nombradas por Godoy se produjo cuando los zaragozanos tras su negativa a concederles armas encarcelaron al general Guillelmi en la Aljafería, de donde finalmente las tomaron. La elección popular de un jefe que asumiera el mando, cuando los vecinos del barrio del Arrabal lo encontraron en la persona de José Palafox. La legitimación del nuevo poder establecido, la hicieron las Cortes de Aragón, a las que previamente Palafox las había convocado. Posteriormente todas las Juntas se coordinaron en una Junta Central, instalada en Aranjuez ya el 25 de septiembre de 1808, bajo la presidencia del conde de Floridablanca. La Junta agobiada por muchos problemas tras las sucesivas derrotas militares, trabajó en el proyecto de una convocatoria de Cortes, posteriormente cedió el poder a una Regencia de 5 miembros, que no pudo impedir, y eso que lo intentó, que el 24 de septiembre de 1810 las Cortes abrieran sus sesiones en la isla de León (San Fernando). El 24 de febrero de 1811 se trasladaron a Cádiz a la iglesia de San Felipe. En cuanto a su composición: eclesiásticos 97; abogados 60; funcionarios 55; militares 46; intelectuales 20; propietarios 15; y sin oficio 10. Pronto destacaron Argüelles, Toreno y Torrero. Se dividieron entre serviles y liberales. En su primer gran decreto asumieron la soberanía nacional. Y redactaron la Constitución en la que destacan principios revolucionarios para aquellas fechas y todavía más en nuestra España. La "soberanía nacional", expresada en su Art. 3°. "La soberanía reside esencialmente (sin discusión, sin matices) en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales."  "La división de poderes", en los Art. 15, 16 y 17. Aunque Agustín de Argüelles en el Discurso Preliminar para la presentación del Proyecto de Constitución, pretendiera justificarlos aduciendo que no había nada de revolucionario en ellos, al estar ya en las instituciones políticas españolas antes de que los Austrias y los Borbones los eliminasen, son de clara inspiración de la Revolución francesa, del abate Sieyès y Montesquieu, respectivamente. Además aparecen el derecho de representación, la libertad de expresión, de prensa e imprenta; derecho a la integridad física; libertad personal, inviolabilidad de domicilio y determinadas garantías procesales y penales. Y como ilustrados, todo un Título, el IX, De la Instrucción Pública. Los españoles pasaban de súbditos a ciudadanos. En definitiva era el triunfo del liberalismo frente al Antiguo Régimen. Mas, como muchas veces en nuestra historia ha habido "Demasiados retrocesos". Uno más, que no sería el último, fue el retorno del malhadado Fernando VII, ya que arrancó de cuajo y sin compasión cualquier posibilidad de que España entrase en la Modernidad. Su Decreto de 4 mayo de 1814 era claro: declaró aquella Constitución y todos los decretos de las Cortes nulos, como si no hubiesen pasado jamás, y se quitasen de en medio del tiempo. Es tratar de borrarlos de la historia. Pocas veces en nuestra historia podemos encontrar una expresión tan rotunda y contundente. Es querer negar, no ya manipular. Es borrar la historia que no conviene. Pero es un intento fallido, porque todo cuanto ocurre, por insignificante que sea, deja huellas en la historia.

Como señala Manuel Ramírez, y desde ese olvido, todavía en 1828, Fernando VII visita Zaragoza y publica un Manifiesto en el que, además de otras disposiciones contra toda la obra de la Constitución de 1812, se puede encontrar una peculiar fórmula para graduarse en un acto que el Rey preside en la Universidad. Hay que leerlo con detenimiento:

Entonces el Secretario de la Escuela D. Joaquín Pardo Vicente, que desde el sitio que ocupaba en igual clase en el Ayuntamiento había pasado a autorizarlos, y se hallaba en pie delante de su Ilma., pidiendo a S.M. la Real licencia, y dirigiéndose al graduando, a voz en grito, y con energía y en tono de pregunta, pronunció los dos juramentos prescritos por el plan general de estudios que hoy rige, y son los siguientes:

1.- Enseñar y defender la Soberanía del Rey Nuestro Señor y los derechos de su Corona. 2.- No haber pertenecido ni haber de pertenecer jamás a las Sociedades secretas reprobadas por las leyes, ni reconocer el absurdo principio de que el pueblo es árbitro en variar la forma de los gobiernos establecidos.

A todo lo cual respondió con presteza y alborozo el graduando: Sí Juro”.

He dicho antes que pocas veces en nuestra historia podemos encontrar una expresión tan rotunda y contundente de borrar la historia que no conviene, como la acontecida en tiempos del malhadado Fernando VII. Pero las ha habido, como la de la dictadura franquista. En la España franquista se acusó a la Institución Libre de Enseñanza (ILE) de todos los males de la patria, culpabilizándola del desencadenamiento de la guerra. Como botón de muestra pueden servir el libro “La Institución Libre de Enseñanza”, auspiciado por la Confederación Católica Nacional de Padres de Familia publicado en 1940, donde se reúnen una serie de trabajos en parte inicialmente aparecidos en 1937 en El Noticiero de Zaragoza, escritos por personajes políticos de primera fila además de prestigiosos profesores o catedráticos de universidad, como eran: Fernando Martín-Sánchez Juliá, Miguel Artigas, Antonio de Gregorio Rocasolano, Miguel Allué Salvador, Miguel Sancho Izquierdo, Benjamín Temprano, Carlos Riba, Domingo Miral, José Talayero, Ángel González Palencia. Entre ellos hay una notable presencia de nombres vinculados a la ciudad de Zaragoza, hecho al que no será ajena la circunstancia de que la Comisión para la Depuración del Personal Universitario –Comisión A–, creada por Decreto publicado en el BOE de 11 de noviembre de 1936, que fue presidida por Antonio de Gregorio Rocasolano y de la que fue secretario Ángel González Palencia, hubiera establecido con anterioridad su sede en esa ciudad. En esta obra se lanzan los ataques más viscerales y truculentos contra la obra de la ILE. En algunos momentos superan lo imaginable en cuanto a su crueldad. Por ello, nada tiene de extraño que González Palencia en el último capítulo del libro proponga arrasar la escuela de niños que la ILE tenía en la calle Martínez Campos de Madrid, sembrando de sal el solar. Igual que hicieron los romanos con Cartago para borrarla de la historia.

Toda esta obra de persecución contra esa encomiable laboral cultural de la ILE, ya la anunciaba Pablo Neruda, cónsul de Chile en Madrid  desde 1935, que tras el golpe militar y la subsiguiente guerra escribió en 1937: Estoy convencido de que una ola fascista de persecuciones jamás vista en la historia del mundo, terminará con todo lo vital y creativo de España. A sangre y fuego terminarán con todo. Y así fue. El Nuevo Estado que surgió tras la guerra practicará desde el principio una política implacable de tierra quemada. Había que exterminar de raíz la planta del liberalismo, de la democracia, del socialismo, del nacionalismo y, por supuesto, de toda la cultura auspiciada por la ILE. Esto es lo que pretende una fuerza política, que según las últimas encuestas, tiene una representación superior al 10%. ¿Y por qué? Quizá se deba a que el franquismo es hoy un espectro del pasado más o menos molesto, pero operativo. Una parte de la cultura política actual quizá tenga su origen, queramos o no, en esa tenebrosa época de nuestra historia.

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