miércoles 15.07.2020

La (auto) derrota de la clase trabajadora en los últimos 40 años ha sido una tragedia de la civilización humana

Karl Polanyi
Karl Polanyi

Reflejaré a continuación algunos hechos lamentables ocurridos de Aragón, aunque son también extrapolables a otros lugares de nuestra querida España, que me servirán para unas reflexiones posteriores.

Ibercaja  aplicará un Expediente de Regulación de Empleo (ERE)-un eufemismo en clave neoliberal para hacer digerible el despido puro y duro- para más de 500 trabajadores en toda España, lo que supondrá el cierre de más de un centenar de oficinas.

Un detalle, ninguna de estas empresas Ibercaja, Opel PSA, Schindler y Endesa tiene pérdidas económicas, además de ser extraordinariamente potentes. Su pretensión es ganar más. Lo único que les importa es mejorar la cuenta de resultados

La dirección y el comité de empresa de la factoría de Opel PSA en Figueruelas negociará un (ERE) para los 460 trabajadores que cumplen 61 años este año. La deslocalización de la planta de Schindler en Zaragoza supondrá el despido de 119 trabajadores, algunos de las cuales llevan media vida en la empresa, aunque parece que se recolocarán algunos. La Central Térmica de Andorra (Teruel) deja ya de producir y deja unas toneladas de carbón en reserva sin haber firmado el convenio de transición energética. En este caso la pérdida de empleos directos e indirectos es incalculable en una provincia, como Teruel, representativa de pleno de la España vacía. 

Un detalle, ninguna de estas empresas Ibercaja, Opel PSA, Schindler y Endesa tiene pérdidas económicas, además de ser extraordinariamente potentes. Su pretensión es ganar más. Lo único que les importa es mejorar la cuenta de resultados. Proveedores, consumidores,  y trabajadores les resultan irrelevantes. Se ha llegado a tal grado de perversión en este sistema económico, que existe una relación directa entre los despidos de trabajadores con las cotizaciones en bolsa.

Me quiero detener con más detalle a la situación de Schindler, para lo que me fijaré en algunos datos de un artículo La muerte silenciosa de Schindler de Ricardo Barceló, Jefe de Economía de El Periódico de Aragón. Nos dice que son “los efectos de la deslocalización, una herramienta que permite a las empresas reducir costes y adaptarse a las demandas del mercado. En el caso de concreto de la planta de Zaragoza, Schindler se ahorrará más de dos tercios del coste salarial actual, ya que mientras un operario aragonés cobra alrededor de 1.700 euros mensuales netos, en Eslovaquia los sueldos rondan los 665 euros brutos (se puede llegar hasta 900) y que oferta varios puestos para incorporarse a la Karl fábrica del distrito de Dunajska Streda, a solo 50 kilómetros de Bratislava. Schindler ha repetido hasta la saciedad que el ajuste laboral se aplica por razones organizativas y tecnológicas, no económicas. Imposible. Solo entre el 2015 y el 2017, el grupo cosechó unos beneficios superiores a 166 millones, lo que convirtió a la multinacional en una de las 10 empresas con más facturación de Aragón en la última década”. El caso de Schindler es pues un ejemplo de libro de los procesos de deslocalización industrial. 

Todo sea por la competitividad, el gran dogma neoliberal. Si hay un lugar impregnado de los principios neoliberales es la UE. La actual crisis europea muestra hasta qué punto los fundamentos de la construcción europea (la competencia convertida en dogma) conducen a asimetrías crecientes e irreversibles entre países más o menos competitivos. La carrera a la competitividad (capacidad de competir), a la que se lanzó Alemania a inicios del 2000, no es sino el efecto de la implementación de un principio inscrito en la Constitución Europea: la competición entre las economías europeas, combinada con una moneda única gestionada por el BCE garante de la estabilidad de los precios, constituye la base misma del edificio comunitario y el eje dominante de las políticas nacionales. Esto significa que cada país miembro es libre de usar del dumping fiscal más hostil para atraer a las multinacionales –de esto sabe mucho Juncker–, de devaluar los salarios y reducir la protección social para generar empleo a expensas de sus vecinos; de rebajar los costes de producción a través de la deslocalización; de reducir la inversión pública y el gasto en educación, sanidad, desempleo, pensiones, para disminuir el nivel de las contribuciones obligatorias y los impuestos.

Este principio general de la competitividad supone la extensión indiscriminada de la normativa neoliberal a todos los países, a todos los sectores de la acción pública, a todos los ámbitos de la sociedad; lo que implica con la excusa de que la oferta sea más competitiva, introducir la competencia entre los asalariados europeos y del resto del mundo, con la consiguiente devaluación salarial.

Pero además vinculado con ese ataque a la clase trabajadora, que es la gran mayoría, se deterioran rápidamente las condiciones de vida de la sociedad. Recortes en educación, sanidad, dependencia, vivienda, pensiones, derechos socio-laborales, todo un conjunto de conquistas producto de la lucha sindical

Me llama la atención la pasividad mediática, política, sindical y social en esta Tierra Noble de Aragón ante tales hechos, ataques directos a la economía aragonesa. Salvo alguna manifestación de obreros de Schindler en la Plaza España de Zaragoza o alguna reunión de las autoridades de la DGA con los representantes de alguna empresa, mas para cubrir el expediente, y de los sindicatos para mitigar los destrozos de los despidos y tratar de recolocar a los que puedan, la sociedad aragonesa permanece impasible. Me recuerda el artículo de 1898 de Francisco Silvela “España sin pulso”.  Mas llueve sobre mojado. Es muy fácil explicarlo. Veámoslo.

La realidad es la que es. Para Mario Tronti, la (auto) derrota de la clase trabajadora en los últimos 40 años ha sido una tragedia de la civilización humana. Tal hecho lo ha causado hábilmente el neoliberalismo. Para el filósofo Byung-Chul Han, el poder estabilizador de la sociedad posfordista e industrial caracterizado por su carácter represivo, ha pasado a ser uno de índole seductor: no castiga ni explota, cautiva. En gran parte, es invisible a diferencia del régimen disciplinario, en el que el enemigo, como sería —por ejemplo— el Estado, era visible. El neoliberalismo, en cambio, al haber hecho del trabajador un empleador de sí mismo, hace que éste se autoexplote; se someta a sí mismo al nuevo régimen de dominación instaurado por el neoliberalismo. Él es su propia empresa. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Ya no se trata de una lucha de clases que se juega en la arena revolucionaria, en el espacio social donde se antagoniza para ganar posiciones, sino de una lucha en la que cada quien lucha consigo mismo en soledad y aislado, por la competencia y la productividad requerida, que destruye la solidaridad y desgasta el sentido de comunidad.

Las consecuencias de esta tragedia son evidentes. Después de la derrota, la clase trabajadora no desapareció; en absoluto, se extendió por todo el mundo, al ritmo que los países subdesarrollados se fueron industrializando en grandes concentraciones de producción. Sin embargo, en la medida que hoy la industrialización está formada por conjuntos temporales de trabajadores precarizados, que ya no tienen permiso para crear una comunidad solidaria, se le ha arrancado a la clase trabajadora cualquier herramienta de defensa, en un proceso de desterritorialización  continua e irreversible.

Una concentración industrial puede desplazarse de una sitio a otro muy lejano en un corto espacio de tiempo, como en le caso de Schindler, y ningún sindicato, ni partido político, ni gobierno puede oponerse a esta deslocalización brutal, que puede dejar a una región sin futuro. Las antes sólidas estructuras de solidaridad obrera fueron desmanteladas, debido a que la «desregulación» acaba con cualquier protección legal de la que pudieran tener la comunidad, el territorio y los trabajadores.

Hoy, los salarios son unilateral y arbitrariamente fijados por los capitalistas; por ende, han sido brutalmente rebajados y el sistema industrial nos remite a los inicios de la Revolución Industrial. Con el agravante de que la clase trabajadora, asume esta realidad, como inevitable. «No te quejes». «Hay gente que está mucho peor». «Todavía tienes trabajo». Además muchos trabajadores se sentían humillados de autocalificarse «clase trabajadora». «Somos clase media» decía Tony Blair. Tal hecho lo explica Owen Jones en su libro «CHAVS. La demonización de la clase obrera». Argumentar que todos somos clase media es una falacia, ya que existe clase obrera, pero negar su existencia ha sido muy útil políticamente. No es necesario defenderla. El mantra de todos somos clase media es un mito: al fin y al cabo, si todo el mundo fuera clase media, ¿quién atendería las cajas de los supermercados, vaciaría los cubos de la basura? Mas, si alguien plantea la cuestión de las clases sociales, se ignoran sus argumentos y se le tacha de dinosaurio pleno de prejuicios antiguos y obsoletos.

Pero además vinculado con ese ataque a la clase trabajadora, que es la gran mayoría, se deterioran rápidamente las condiciones de vida de la sociedad. Recortes en educación, sanidad, dependencia, vivienda, pensiones, derechos socio-laborales, todo un conjunto de conquistas producto de la lucha sindical.

Esta regresión es difícil no verla, sin embargo los turiferarios del neoliberalismo tienen una pronta respuesta a quienes denunciamos esta auténtica hecatombe social de Occidente: «Ahora los trabajadores chinos, indonesios y africanos se pueden comprar un coche o un móvil». Entran en la dinámica del consumo. Es cierto. Pero hay que matizarlo. Usan el coche para ir a la fábrica que les explota; y el móvil para comunicarse con su familia, al haber sido expulsado de su tierra. Esos nuevos proletarios quizá no fueran antes tan pobres como ahora, al verse apartados de sus comunidades, desprovistos ya de solidaridad, del tiempo libre y encadenados a la fatiga, el estrés , la competencia y la guerra contra el otro.

Es claro que desde la desaparición de la esperanza socialista las sociedades han empeorado, pero no es la única secuela de la derrota de la clase trabajadora. Es la guerra. Cada vez hay más guerras de pobres contra pobres, étnicas y religiosas propiciadas por la desesperación. Ha retornado el nacionalismo como consecuencia de la extinción del internacionalismo. Mas, solo el internacionalismo nos podrá sacar de esta situación de barbarie, de explotación, de desigualdad, de exclusión, de crisis medioambiental… Es la conciencia de que las personas de todo el mundo comparten los mismos intereses y los mismos valores. No es algo meramente retórico, es la solidaridad entre los trabajadores, sin importar nación, etnia o religión.

Pero observamos que el tiempo del internacionalismo ya pasó. Los trabajadores españoles están contra los magrebíes, rumanos o latinos. Han olvidado su realidad común como trabajadores.

Hemos pasado de una economía de mercado a una sociedad de mercado. Esta sociedad de mercado, en la que todo está en venta, como el trabajo, si hay beneficio, nos dice Polanyi no es el fin de la historia. Convertir el trabajo en una mercancía puede conducir a la destrucción de la sociedad.  En general, a todo avance indiscriminado del proceso de mercantilización de la vida social, de pretensión de  desligar la economía del resto de la vida social, política o moral, ha surgido a lo largo de la historia un movimiento defensivo. Hoy no existe.  La salida hoy no es fácil. Pero es posible. En realidad, es indispensable. Y es sobre todo cuestión de imaginación.

El problema hoy no es el predominio del mercado, sino su capacidad de esterilización cultural. Polanyi de nuevo: “La creatividad institucional del hombre solo ha quedado en suspenso cuando se le ha permitido al mercado triturar el tejido humano hasta conferirle la monótona uniformidad de la superficie lunar”. A pesar de todo, a finales del XIX se imaginaron el salario mínimo, el límite a la jornada laboral; en los años 30 formas de intervención pública para contrarrestar la recesión; y tras la II Guerra Mundial el Estado de bienestar.  Esas conquistas fueron fruto de siglo y medio de luchas sociales. Sin embargo, hoy no se vislumbra nada en el horizonte contra el neoliberalismo. En 2010 lo lógico hubiera sido el fin del neoliberalismo. Muchos lo pensamos. Sin embargo, hoy tiene  la misma vigencia que antes, y quizá reforzada. La economía hoy dominante, la enseñada, publicada y premiada, la misma que antes de la crisis. Por ende, la política económica sigue los mismos principios: austeridad, equilibrio fiscal, liberalización de mercados. Y lo patético es que no hay alternativa.

 La única posibilidad de ruptura de este yugo neoliberal lo explica muy bien Josep Fontana: "Las clases dominantes han vivido siempre amedrentadas por unos fantasmas: los jacobinos, los carbonarios, los masones, los anarquistas, los comunistas. Eran amenazas fantasmales, pero los miedos eran reales”. Con esos fantasmas los gobiernos por prudencia hicieron concesiones a los trabajadores para mantener el orden social.” Hoy no tienen ningún enemigo que les inquiete.  

La (auto) derrota de la clase trabajadora en los últimos 40 años ha sido una tragedia...