domingo 08.12.2019

Los dioses de la deuda odiosa

La idea de que España deje de pagar a sus acreedores internacionales no es tan descabellada como parece...

Imaginemos que despertamos mañana y leemos las declaraciones de Mariano Rajoy: “vamos a tomar el toro por las astas: anuncio que el Estado suspenderá el pago de su deuda externa” seguido de una  impetuosa exclamación: “¡lo primero es la vida, después la deuda!”. Algunos retirarían sus ahorros a la misma velocidad que Esperanza Aguirre huyendo de un agente de tráfico; otros -los que no tenemos tantos ahorros- nos pellizcaríamos hasta sangrar deseando que no fuera un sueño. De uno u otro modo, si nos atenemos a los antecedentes históricos de impago de la deuda, la idea de que España deje de pagar a sus acreedores internacionales no es tan descabellada como parece.

Para entender estos antecedentes es preciso conocer la teoría de la deuda odiosa o ilegítima, que sostiene que la deuda externa contraída por un gobierno y considerada como odiosa no tiene por qué ser pagada. En todo caso, ésta podría considerarse como contraída a título personal, con lo que serían el monarca, el presidente, el director del banco central nacional o los ministros los que deberían responder al pago. Para determinar si una deuda es odiosa o no lo es, la definición teórica más aceptada es la que estableció en 1927 el jurista ruso Alexander Sack, quien identificó 3 requisitos: (1) que se haya contraído sin el conocimiento ni la aprobación de los ciudadanos; (2) que se destinen a actividades no beneficiosas para el pueblo; y (3) que el acreedor conceda el préstamo aún siendo consciente de los dos puntos anteriores.

Esta es la teoría que se esconde tras el concepto de deuda odiosa, pero -como suele ocurrir en política- entre la teoría y la práctica hay un abismo. Tenía razón Mao Tse-Tung cuando dijo que “si quieres conocer el sabor de una pera debes darle un mordisco”, así que en este artículo nos proponemos hacerlo con piel y no dejar ni la semilla. Veamos cómo se ha comportado la deuda odiosa en la práctica.

1. La deuda odiosa de los imperios colonizadores

Entre 1327 y 1832 se consideran 4 casos de impago: Inglaterra en dos ocasiones, España y Portugal. En todos los casos los reyes regentes renunciaron a pagar la deuda contraída por sus antecesores porque consideraban reprobable el uso que se le había dado (invadir Francia, expulsar a los judíos de Inglaterra, financiar la Guerra civil de las Dos Rosas y costear las guerras coloniales en América). Los principales perjudicados por estos impagos fueron los acreedores de la vieja Europa -los Bardi, los Peruzzi, los Medici, los Fugger, los Outrequin y los Jauge-, todos ellos viéndose forzados a quebrar o cerrar gran parte de sus sucursales. La conclusión que podemos extraer de estos casos tiene mucho que ver con algo que pronunció siglos más tarde el economista John Maynard Keynes: “si un ciudadano le debe mil libras a un banco, el ciudadano tiene un problema. Si le debe al banco diez millones de libras, quien tiene un problema es el banco”.

2. La deuda odiosa por la independencia de Sudamérica

Entre 1821 y 1923, Perú, Méjico, Cuba y Costa Rica se atrevieron a plantar cara a los imperios. El motivo fue común: la renuncia a devolver los préstamos concedidos a los colonizadores, que fueron utilizados para invadirles, someterles e intentar evitar su independencia. Los damnificados en estos procesos fueron el imperio español, el francés y el de Gran Bretaña, que habían financiado guerras y regímenes dictatoriales en estos países. A diferencia de los antecedentes previos, estos casos se ciñeron con cierta fidelidad a la definición que dio Sack de la deuda odiosa. A pesar de ello y de que pueda parecer que fueron claras victorias de pueblos liberados -como nos gustaría pensar-, a la hora de juzgar los hechos no debemos olvidar que no hubieran sido posibles sin la ayuda de los Estados Unidos, lo que no significó más un cambio de un dueño europeo por uno americano.

3. La deuda odiosa de las Guerras Mundiales

Las grandes guerras dieron paso a una nueva pauta de deuda odiosa, esta vez protagonizada por la Rusia de Lenin y la Alemania de Adenauer. En 1918 el Partido Comunista ruso se negó a pagar la deuda que el anterior régimen zarista había utilizado para financiar su participación en la Primera Guerra Mundial. Habiéndose declarado pacifista y opuesto a la guerra desde el comienzo, el nuevo gobierno renunció a la deuda concedida por los bancos de París, Londres y Nueva York. El caso de Alemania ocurrió en 1953, cuando se negó a devolver un 60% de una deuda que había servido para financiar su intervención en las dos guerras. Los dos casos tienen idiosincracias distintas: recordemos que Rusia no contó con la aprobación de los Estados Unidos, mientras que Alemania tuvo un claro apoyo de las potencias del momento a uno y otro lado del Atlántico en clave de la Guerra Fría que iba a devenir. A pesar de todo tienen un aprendizaje en común y es que cuando existen conflictos de tal envergadura como una Guerra Mundial y que provocan un cambio de régimen tan evidente -del feudalismo al comunismo en Rusia y del nazismo a la socialdemocracia en Alemania- se reconoce el anhelo del nuevo régimen de romper con el pasado, incluyendo la renuncia a la herencia de la deuda.

4. La deuda odiosa de Argentina y Ecuador

Ya en el siglo XXI aconteció el mayor default de la historia. Es el caso de Argentina, donde el elevado déficit fiscal fue carne de cañón para un FMI que ofreció su apoyo a cambio de la imposición de severas medidas de ajuste. La aplicación de políticas neoliberales -que facilitó la especulación de bancos extranjeros y empresas multinacionales- yendo de la mano de una más que reprobable gestión por parte de los gobiernos del momento tuvo como consecuencia la suspensión de pagos de Adolfo Rodríguez Saá en el año 2001. Ecuador se encontró en una situación muy similar en 2008 y fue capaz de no someterse a presiones. El gobierno de Rafael Correa -que disponía de mayor independencia económica gracias a sus reservas de petróleo- se enfrentó a las amenazas del Banco Mundial y expulsó a los enviados del FMI del Banco Central de Ecuador, ganándose así el odio de las esferas neoliberales. Estos casos demuestran que en el siglo XXI la capacidad economía ha sido más clave que nunca en la consideración de la deuda odiosa, ya sea mediante el apoyo de bancos e instituciones internacionales como hizo Argentina o la posesión de recursos naturales codiciados mundialmente como hizo Ecuador.

5. La deuda odiosa de George Bush en Irak

En 2002, previo a la Guerra de Irak y la invasión de los Estados Unidos, George Bush decidió que el primer gobierno provisional de Irak debía declarar la suspensión del pago de la deuda con la excusa de que no debía cargarse sobre los ciudadanos, aunque la verdadera razón fuera que no querían administrar un país con una enorme deuda que les impediría actuar con libertad y sacar el máximo beneficio económico a sus reservas de petróleo. Estados Unidos hizo todo lo posible para que no se utilizara el término deuda odiosa ya que su argumento en Irak podía ser utilizado en muchos otros países con conflictos similares. De hecho, el miedo a la utilización del término fue tal que el principal acreedor -una Francia que había sido la gran suministradora de armamento de Saddam Husein- aceptó la reducción de la deuda con el acuerdo de no mencionar la expresión deuda odiosa y evitar así que se expandiera la idea entre sus protectorados en África.

6. La deuda odiosa del terremoto de Haití

En el año 2010 Haití fue protagonista de un nuevo argumento: el de los desastres naturales. El terremoto del 12 de enero puso en evidencia la imposibilidad del país para pagar la deuda externa contraída a lo largo de muchas décadas por gobiernos dictatoriales y corruptos como los de la familia Duvalier bajo el pleno conocimiento de sus acreedores. A raíz del terremoto, incluso el Club de París -que comprendía los principales países acreedores- alentó la condonación de la deuda externa haitiana ante las evidentes dificultades financieras de este país agravadas por la devastación del terremoto.

Atendiendo a estos 14 antecedentes, lo que evidencia la praxis es que a la hora de declarar una deuda como odiosa la definición original de Sack no es más que una coartada. Lo cierto es que los impagos de deuda externa han tenido éxito cuando han sido orquestadas (a) por un imperio con mayor poder que sus acreedores; (b) bajo la custodia de un imperio con intereses económicos, políticos y estratégicos como el de los Estados Unidos o de instituciones del mismo calibre como el FMI; (c) con un anhelo de pasar página ante grandes guerras con consecuencias devastadoras; (d) gracias a la independencia económica que ofrece la posesión de recursos naturales; y (e) tras la miseria provocada por impredecibles desastres naturales.

Hay que reconocer que no es sencillo imaginar a Rajoy esgrimiendo las palabras con las que introducíamos este artículo (cuyos autores fueron Adolfo Rodríguez Saá en 2001 y de Rafael Correa en 2008). Lo que es cierto es que en el año 2011 Grecia, Portugal, Irlanda y España reclamaron la auditoría de su deuda externa ante la hostilidad del statu quo occidental y, consecuentemente, de la opinión pública. Y pese a no encontrarse ninguno de ellos en ninguna de las situaciones descritas anteriormente, la historia demuestra que el concepto de deuda odiosa es tan efímero que de forma natural estimula a estos países a querer escribir un nuevo capítulo en el libro de la deuda odiosa; un libro que se empezó a redactar en el siglo XIV y no dejará de hacerlo hasta que las sociedades humanas tomen una nueva forma aboliendo las relaciones de explotación a nivel tanto personal como institucional; un nuevo capítulo que nos gustaría titular como “7. La deuda odiosa del sur de Europa contra la Troika”.

No forma parte de este artículo el discutir qué parte de la deuda externa del país es odiosa o no lo es, lo único que pretendemos es poner el debate sobre la mesa con el anhelo de que algún día -más pronto que tarde- demos un golpe sobre esta misma mesa y nos atrevamos a auditar la deuda contraída en las últimas décadas. Sólo de este modo seremos capaces de mirar cara a cara a los dioses de la deuda odiosa.


Si queréis saber más acerca de la deuda odiosa, os recomendamos las referencias utilizadas para la elaboración de este artículo: “The money lenders” de Anthony Sampson; “Kingship and masculinity in Late Medieval England” de Katherine J. Lewis; “Historia inaudita de España” de Pedro Voltes; “Deuda externa ilegítima argentina: la estafa” de Alejandro Olmos Gaona; “Los crímenes de la deuda: deuda ilegítima” de Laura Ramos; ”Deuda externa y ciudadanía” de Jaime Atienza Azcona; “50 respuestas sobre la deuda, FMI y el Banco Mundial” de Damien Millet y Éric Toussaint y “Grecia-Alemania: ¿Quién debe a quién?” de Eric Toussaint. Además de los documentales “Debtocracy” y “Catasrtoika” de Katerina Kitidi y Aris Chatzistefanou.

Los dioses de la deuda odiosa