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miércoles 25/5/22

Viudas tristes y prejubilación

Nadie se acuerda de ellas, salvo en los tiempos electorales Y hoy Isabel, en estas páginas, nos habla de esas mujeres viudas, que se han quedado con el 52% de la pensión al perder a sus maridos. Malviven con poco más de 550 euros al mes. Miran cada céntimo, compran de oferta, ahorran como hormiguitas y esperan ansiosas que alguien se acuerde de ellas.La luz sube también para ellas. Y para ellas suben los tomates y los garbanzos.
Nadie se acuerda de ellas, salvo en los tiempos electorales Y hoy Isabel, en estas páginas, nos habla de esas mujeres viudas, que se han quedado con el 52% de la pensión al perder a sus maridos. Malviven con poco más de 550 euros al mes. Miran cada céntimo, compran de oferta, ahorran como hormiguitas y esperan ansiosas que alguien se acuerde de ellas.

La luz sube también para ellas. Y para ellas suben los tomates y los garbanzos. Arregladitas y pulcras acuden a mítines y defienden mejor que nadie al candidato porque, en el fondo, confían en sus palabras.

Por lo que cuenta Isabel, la reforma que se pretende poner en marcha tampoco arregla la situación al no tener en cuenta otras circunstancias y otros derechos, como los de los huérfanos a su cargo. Tal vez nuestros legisladores deberían entender y comprender que la pérdida del marido no es solo un dolor humano, sino que es también una tragedia económica, porque con la muerte de uno de los conyuges no se reducen los gastos a la mitad. Hay gastos y no los menos importantes- que siguen siendo al cien por cien (luz, casa, agua). Si nos ponemos a pensarlo, a la mitad se reduce sólo la alimentación.

La iniciativa para subir las pensiones de viudedad al 70% de la percepción del titular, es, sin duda, una buena iniciativa. Pero ello no debería influir en el resto de las percepciones, como, por ejemplo, en las retribuciones de orfandad.

Que más de dos millones de viudas rocen o estén en el umbral de la pobreza es una mala noticia para un país que, hay que reconocerlo, está muy bien situado en los índices de protección social y calidad de vida. Y, por ello, precisamente, hay que exigir que cualquier reforma en este sentido vaya en la dirección adecuada y no quite ni a una sola de estas personas el más mínimo derecho.

Otra cosa es la prejubilación. Parece que alguien ha convencido al ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, de que la prejubilación le cuesta una pasta a la Seguridad Social. Al margen de la oportunidad o no de las prejubilaciones, debería tener en cuenta que la prejubilación no le cuesta un duro, un céntimo de euro, a la Seguridad Social, por cuanto las cuotas se siguen pagando religiosamente mientras el trabajador se encuentre en esa situación.

Es verdad que el prejubilado cobra unos años del seguro de desempleo, pero ello nada tiene que ver con la Seguridad Social. El desempleo es un seguro por el que el trabajador ha cotizado durante su vida activa y tiene todo el derecho a percibirlo.

Las prejubilaciones se pueden rechazar desde otro punto de vista. Posiblemente porque tiene difícil explicación que una persona sea relegada a la inactividad cuando su experiencia y sus conocimientos han alcanzado su más alto esplendor. La tendencia es hoy la contraria. En la actualidad, afortunadamente, se valora la experiencia y la sabiduría que un obrero, un empleado, ha logrado obtener y por eso se intenta prolongar su vida laboral.

Cuando las expectativas de vida aumentan y la vejez llega cada vez más tarde, parece lógico que se marche en la dirección de alargar su contribución activa a la sociedad. Una sociedad que precisa de lo aprendido por un segmento de la ciudadanía que todavía tiene mucho que ofrecer a los demás.

El poeta árabe Ibn Sara As-Santarini escribió ya hace once siglos:
El que fue paraíso de la casa
se fue, y en su lugar vino el infierno:
heme aquí desdichado después de venturoso.

Llegó el ocaso del sol
y le siguió una negra noche.


Ojala no se haga un infierno de lo que fue un paraíso. Ojalá, a esta reforma no le siga una negra noche.

Viudas tristes y prejubilación
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