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martes 24/5/22

Vieja y nueva política

A principios del pasado siglo, el primer Ortega –del posterior a la guerra mejor olvidarse– escribió una serie de artículos que luego se recogerían en un libro titulado como este modesto artículo.

A principios del pasado siglo, el primer Ortega –del posterior a la guerra mejor olvidarse– escribió una serie de artículos que luego se recogerían en un libro titulado como este modesto artículo. Ortega, al igual que los regeneracionistas pero mucho más optimista que ellos, estaba convencido de que a la altura de 1914 se había formado en España una valiosísima generación de personas en todos los campos del saber y del quehacer capaz de sacar al país del atraso y la decadencia en que lo habían sumido los políticos dinásticos de la Restauración. Para que esa España vital naciera y pusiese en marcha todo su potencial, era menester que la otra España, la de siempre, la del privilegio, la de la incompetencia, la del chanchullo, la de la corrupción y la endogamia quedase arrinconada en la oscuridad de los museos etnográficos para su disección y estudio. Ambas no eran compatibles, porque la Restauración había creado un sistema político esencialmente corrupto que había parido una casta que se sucedía en el poder en todos los rincones de España, a excepción de la Valencia republicana de Blasco Ibáñez –¡quién te ha visto quién te ve querida Valencia!– que había roto con la monarquía desde finales del siglo XIX. Una isla de libertad en un mar de corrupción, clericalismo y concupiscencias.

El sistema ideado por Cánovas del Castillo –un político cínico y conservador hasta lo indecible que quiso poner como primer artículo de su Constitución “es español aquel que no puede ser otra cosa”– se basaba en lo que llamó turno pacífico en el poder de dos partidos monárquicos, uno conservador y otro liberal, dispuestos a anteponer los intereses de la Corona y de las distintas oligarquías patrias al interés general. El pueblo votaba, incluso se implantó el sufragio universal masculino, pero el voto no tenía ninguna importancia porque una extensa red de caciques obligaba a la población a votar lo correcto, terminándose de decidir los resultados electorales en el ministerio de la Gobernación según conviniese en cada momento. En la política de aquella restauración borbónica se dieron la mano los aristócratas más rancios de todo el Estado con la oligarquía financiera, industrial y terrateniente, y no había ministro o cargo importante que tras su cese temporal no recibiese como recompensa la presidencia de algún banco, ferrocarril, mina o industria de cualquier tipo, tejiendo de ese modo una tupida tela de araña de intereses particulares que crecían a costa de los del pueblo, que sumido en la ignorancia, la explotación y la miseria era el pagano de esa gigantesca maquinaria de incompetencia y abusos.

La tarea callada de la Institución Libre de Enseñanza, de la Liga para la Educación política, de los partidos socialistas y republicanos –todos al margen de las dádivas del régimen– lograron que la España vital consiguiera imponerse un 14 de abril de 1931, pero tan sólo tuvo dos años –de 1931 a 1933– llenos de enormes obstáculos para intentar desfacer los entuertos creados durante siglos de ignominia, clericalismo y barbarie. Ni siquiera en ese momento crucial de nuestra historia la alta burguesía catalana y vasca, que en teoría eran las más avanzadas de España, tuvieron el valor de apostar por el cambio, antes al contrario, renegando de sus lógicas pretensiones de autogobierno, optaron por la vieja política, apoyando con dineros y hombres a los golpistas africanistas de 1936 y a los gobiernos tiránicos que sometieron a España a la oscuridad y la violencia de uno de los periodos más funestos de su historia.

Hoy, cuando nos hallamos inmersos en una crisis de envergadura difícilmente descriptible, se han impuesto de nuevo los arietes de la vieja política sin que apenas haya habido tiempo para que la verdadera nueva política haya podido imponer maneras y fondos. Los gobiernos de España, de las naciones y las regiones que la componen se han olvidado de cuál es su mandato y de cuál la misión de un representante del pueblo en un régimen democrático, social y de Derecho, anteponiendo en buen número –las excepciones confirman la regla– el interés personal, de casta o de tribu al general del Estado, lo que ha propiciado que un país que recuperó la democracia con energía, desconfíe ahora de ella y se vea sumido en una especie de laberinto depresivo del que no se atisba salida. Empero, las cosas no ocurren por que sí.

En 1977, tras las primeras elecciones democráticas, se produjo una nueva Restauración borbónica en la persona de Juan Carlos I, monarca impuesto por el genocida Francisco Franco pero que fue aceptado por todas las fuerzas políticas como valedor de la democracia tras los diferentes pactos que hicieron posible la transición. No niego el valor de aquellos pactos en su momento, que lo tuvieron y mucho, pero tras el fracaso del golpe de Estado de febrero de 1981 –es decir, de la vieja política– y el triunfo socialista de 1982 –es decir, de “la nueva política”– hubieron de revisarse para excluir de la vida política a todos los descendientes ideológicos del franquismo, a todos aquellos que no mostrasen, mediante hechos, promesa o juramente, su aborrecimiento por aquél régimen espurio; hubo de afrontarse entonces una reforma electoral efectiva en la que contase el voto de las personas y no el de las tierras; denunciar el Concordato con el Vaticano y crear un Estado Federal con muchos menos actores que el actual de las Autonomías, responsabilizando a las partes de sus responsabilidades y a la Federación de las suyas, claramente definidas. El Estado debió también incautarse de los bienes adquiridos de forma artera y delictiva por los seguidores del dictador y expulsar para siempre de la nueva política los modos y hábitos corruptos heredados de aquel tiempo. Se hicieron muchas cosas, es verdad, pero ninguna de éstas. Y es por eso que hoy nos encontramos dónde estamos, porque tampoco en esa ocasión fuimos capaces de romper con el pasado, con la vieja política, con el privilegio, con un régimen acostumbrado durante siglos a defender a sangre y fuego los intereses de las clases privilegiadas de cualquier rincón del Estado a costa de los del común.

Y aquí no hay excepciones, la misma burbuja financiero-inmobiliaria-especulativa que triunfó en Madrid, tuvo un éxito clamoroso en Cataluña, en Valencia, en Murcia o Andalucía. La obsesión por el enriquecimiento rápido corrió de norte a sur y de este a oeste sin que apenas se alzasen voces en aquellos años advirtiendo de que estábamos, nunca mejor dicho, hipotecando nuestro futuro para muchas décadas. Visto desde la lejanía, y reconociendo lo mucho que el pueblo español ha hecho durante estos años, no cuesta trabajo afirmar que las componendas de la transición hicieron posible que los hábitos y los actores económicos, políticos, culturales y sociales del franquismo hayan llegado hasta nuestros días sin menoscabo alguno, todo lo contrario, enaltecidos, agrandados, realzados. Y es ahora cuando, debido a la sumisión de la España vital a la de la vieja política, surgen disparates mesiánicos como el propuesto por Artur Mas para Cataluña cuando ha sido su partido el que ha hecho a ese territorio a su imagen y semejanza, cuando han sido ellos, los nacionalistas catalanes, quienes renunciaron a su “histórica” voluntad regeneradora y modernizadora para someter al país más avanzado de España a la corrupción, la destrucción del litoral y el sometimiento de un pueblo sano y libre a los intereses de la alta burguesía y la oligarquía patria, apuntándose como el primero de la clase a la vieja política neoconservadora y ultraliberal que destruye los derechos ciudadanos y aumenta los de los “elegidos”; y es ahora, cuando el Gobierno de Mariano Rajoy, heredero directo del franquismo por consanguinidad, afinidad y querencia, trata de cargar sobre los trabajadores, inmigrantes, parados y pensionistas los gastos de una fiesta a la que nunca fueron invitados, destinando todos los dineros de los contribuyentes a mantener una banca que quebró porque quiso, que no da créditos y se queda con las viviendas de millones de ciudadanos dentro de una política errática y malvada que sólo lleva a la ruina general de todos los habitantes de España, salvo aquellos que siguen apuntados a los modos, hábitos y costumbres de la vieja política, una minoría tan minoritaria pero tan rica que ha hecho que el consumo de productos de lujo crezca durante los primeros nueve meses de este año más de un ochenta por ciento.

Pues bien, la vieja política ha de morir, como sea, por los medios que sea. Es imprescindible que así ocurra, cuanto antes, porque de otro modo quienes moriremos o malviviremos durante generaciones seremos los ciudadanos que componemos el Estado español. Olvídense los engatusados por el Sr. Mas y secuaces de que Cataluña saldrá sola de la crisis porque los políticos nacionalistas la metieron en la misma crisis que sufre Valencia, Madrid o Murcia; olvídese el Sr. González, heredero de Aguirre, de que va a seguir cerrando hospitales y privatizando servicios públicos esenciales, porque tendrá que pasar por encima de nuestros cadáveres; olvídese el Sr. Rubalcaba de que su partido sea futuro de nada si no son capaces de recuperar íntegramente los valores consustanciales al socialismo, entre ellos el federalismo y, mucho más, la ética personal y colectiva; olvídense todos los que actualmente ocupan cargos de representación pública, aunque no la ejerzan, de que van a poder retrocedernos a 1970, de que sólo saldremos de la crisis aplicando políticas restrictivas que asimilen nuestras vidas a las de los desgraciados chinos que viven en la más absoluta de las miserias pero fabrican, desde la esclavitud y gracias a la magnanimidad de las empresas occidentales, la mayoría de las cosas que todavía consumimos; olvídense de sus prebendas, de sus privilegios de casta, de su endogámico sistema de privilegios y sucesiones -¿por qué es Oriol Pujol el sucesor de su padre Jordi Pujol, por qué siguen en la vida política personas que se iniciaron en ella en las elecciones de 1977, por qué el círculo del que salen los políticos y las clases dirigentes españolas es más pequeño que el anillo que llevo en el dedo?–; olvídense también de la historia, porque su nombre pasará con letras diminutas a sus páginas debido al daño inmenso que están haciendo a un país que se merece otra suerte, otra política, otros políticos; porque, aunque ahora mismo no se vea, está a punto de explotar un sunami que no dejará de quienes sirvieron al capital y sus intereses bastardos por encima de los del pueblo soberano, ni rastro.

El próximo 14 de noviembre, España, las naciones y regiones que la componen, pero sobre todos sus ciudadanos, tenemos una ocasión de oro para acabar de una vez por todas con la Vieja Política y de abrir de par en par las puertas a la España Vital, esa que hoy estudia, emigra, llora y sufre por la ineptitud y la arrogancia interesada de las clases dirigentes del pasado. No desperdiciemos una vez más la oportunidad, dejemos a un lado diferencias –siempre auspiciadas por los de arriba– y enfrentémonos a nuestro futuro como demanda la ocasión, sin miedo, a pecho descubierto, abrazados unos a otros, sin retroceder un paso: El enemigo es el mismo, en todos lados, para todos. Qué cada cual ocupe el lugar que quiera en la barricada, que cada cual elija entre la vieja política y la esclavitud o la nueva política, la libertad y el progreso.

Vieja y nueva política